viernes, 26 de junio de 2026

IRLANDESES, NEGROS Y PERROS PROHIBIDOS: UNA HISTORIA DE LOS SEX PISTOLS

Luis Arribas

Jot Down, abril 2026



Es muy probable que pocos de ustedes hayan visto a los Sex Pistols en vivo. Yo tampoco, por una mera cuestión de edad, por lejanía geográfica o porque la vez que más cerca estuvieron de hoy fue una gira de reunificación y de hacer dinero fácil que recaló por España en el Summercase de 2008. No: llamar Sex Pistols a lo que vino a ser las posteriores actuaciones en España con Frank Carter como vocalista es participar en un autoengaño infantil que reside en un rincón color pastel de nuestras cabezas de cincuentones. 

Para situar a los lectores que anden un poco perdidos con el contexto de este primer párrafo, cuatro adolescentes del entorno requetepobre londinense se unieron en 1975 para fundar un grupo dentro de la emergente corriente del punk rock. En un año en que las listas estuvieron encabezadas por grupos como The Bay City Rollers y su «Bye Bye, Baby», Rod Stewart, The Stylistics o Art Garfunkel, donde la brillantina y las armonías vocales competían por elevar el canto al amor juvenil hasta los cielos de la isla y los techos del Hammersmith Odeon, estos cuatro críos ni sabían cantar, tocar tocaban poco, sus conciertos eran un tumulto constante y tampoco ellos aguantaban mucho tiempo la compostura sobre el escenario. Al menos, acorde con lo que se estilaba en esos días. Nadie les aconsejó sobre cómo evitar ser timados por la industria musical de su tiempo, y no duraron en activo ni cuatro años. 

Sus nombres son Paul Cook (batería), Steve Jones (guitarra), Glen Matlock (bajo) y John Lydon (voz). A ellos hay que añadir a un quinto, el bajo sustituto, un malogrado Simon Ritchie, alias Sid Vicious. A pesar de todo lo anterior, entre todos constituyeron una leyenda musical cuya trascendencia todavía asombra a quien se hace esta pregunta a día de hoy.

En 1975 casi nadie de los que nos sentamos en torno a este artículo pululábamos todavía por el Reino Unido, así que tenemos que ahondar en la historia de los Pistols a través del relato. Precisamente, Lydon —conocido por su alias Johnny Rotten—, vocalista original y, hasta cierto punto, estandarte de la banda, letrista y rostro inquietante para el establishment, colaboró en 1994 escribiendo y dando cierta sistematización a la formación del grupo y ayudando a comprender un poco el mismo sopicaldo musical del punk a través de la autobiografía Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs (Plexus Limited Ed.). También hizo bastante dinero con ello. Recomiendo vivamente su lectura. 

El libro es tanto un relato sobre sí mismo como sobre la fugaz e imprescindible banda, con el que el bocazas de Lydon nos abre la puerta de entrada a su mundo tal que así: «Ni se han editado las contradicciones ni los insultos. Tampoco los piropos, si los hubiera. No tengo tiempo para mentiras ni para fantasías, y tú tampoco deberías tenerlo». 

Poco hay que explicar de las perrerías a las que se enfrentaban los grupos de las décadas doradas del rock. Engañados por el tiburón de las ventas Malcolm McLaren, arrojados a las fauces de las discográficas EMI, Virgin o Warner y paseados por programas de la rancia televisión inglesa como el show de Bill Grundy, al que se le veía que aquellas carreras musicales se la pelaban desde el momento en que presentaba medio borracho, los chicos eran unos adolescentes salidos de la generosa pobreza británica de los años setenta —salvo Matlock, que aspiraba a cantar bingo en la industria y atesoraba una cierta cultura musical y vivencial—. Lydon vivía en la zona de Islington, al norte de Londres. La casa donde Eyleen, su madre, intentó salir adelante aprovechaba malamente el espacio que ocupaba el escaparate de una tienda que daba a Benwell Road, tapada por unas cortinas. A la original y bastante hippie madre de Sid y a su hijo, medio idiota, la alcaldía los desalojaba y realojaba casi semanalmente en pisos de mierda, de puro pobres que eran. Cook y Jones crecieron enredando y delinquiendo por los bloques de pisos chungos de White City Estate —en efecto, les sonarán del álbum y película homónimos de Pete Townshend—, situados por la zona de Shepherd’s Bush, otra zona donde en los años sesenta se habían comenzado a tirar hileras de casas victorianas donde no había ni luz ni agua corriente, y que se sustituyeron por tochos de vivienda pública de una calidad sórdida.

Irremediablemente. Porque a la vieja Gran Bretaña le estorbaba la chusma, una vez que era estabulada y se le asignaba un hueco en el statu quo. La chusma propia, pero también la ajena, que había sido adherida por inercia geográfica o por el fruto de siglos deglutiéndola en la expansión colonial y bélica del Reino Unido. La british era una sociedad que necesitaba imperiosamente mantener los arriba y abajo de las castas históricas. El título del libro, sin ir más lejos, era un cartel común que usaban los elegantes y flemáticos dueños de pubs ingleses expresando su derecho de admisión. Dueños muy seguramente con escasa alfabetización, pero dueños de su public house al fin y al cabo. En los setenta, jamaicanos, indios y esos vecinos irlandeses a los que odiaban por haberse independizado de la Corona en 1921 servían para nutrir la estirada maquinaria fabril de la isla, solo sostenida por Dios y nunca sujeta a lo terrenal: Dieu et mon droit. Y los padres de Johnny Lydon eran irlandeses y mano de obra barata, que habían huido de un esquinazo de una isla en guerra —Lydon reconoce en su biografía tener familiares en ambos bandos de la confrontación entre unionistas y republicanos—.

Rotten, como buen bufón, se explaya en el libro contra todos ellos. Lo hace usando un humor mezclado con amargura dickensiana. No tiene respiro el repaso a su supervivencia en un sistema educativo totalmente anclado en el siglo XIX. Y que no por nada es la diana de un buen número de canciones del punk rock, como las múltiples «I Hate School» firmadas por grupos como los Suburban Studs, The Necros o «Alternative Ulster», de Dead Kennedys. La leña injustificada, un clasismo añejo y el desbordamiento producido por intentar meter en cintura a clases con cuarenta criaturas era el proyecto educativo que prepararía a cualquier adolescente inglés a enfrentarse a la jungla de una economía tambaleante y de una sociedad abominable y rancia. Les sonará el eslogan «No Future» de verlo impreso en camisetas y en paredes pintadas. Pues bien: se acuñó mientras la vieja isla afrontaba, dicho de tirón, unas cifras de desempleo nunca vistas desde la segunda guerra mundial, el desmoronamiento de su parque de viviendas, una inflación de casi un treinta por ciento, la crisis del petróleo de 1973, las huelgas del sector público de todo un invierno, las basuras sin recoger y los servicios básicos cortados. Gran Bretaña incluso tuvo que pedir un préstamo gigantesco —un manojo de billetes de cuatro mil millones de dólares— al Fondo Monetario Internacional para sostener la libra esterlina.

Y Rotten, como libro, es mucho más entretenido que las series de plataformas contando las batallas entre hooligans. Pero es que, como revista gordota de moda, también hace la mejor síntesis —su síntesis— de cómo se pasó de una actitud del movimiento adolescente a la maquinaria del dúo McLaren y Vivienne Westwood. Y ojo, que cuenta para ello con testimonios de chavales que vivieron en primera línea aquella época como Crissie Hynde (The Pretenders) o Steve Severin (bajista de Siouxsie and the Banshees). Como relato documental, el libro supera a The Filth and the Fury, de Julian Temple. La mala leche de Lydon consigue convertir en una prosa digerible e incluso cómica las terribles necesidades de unos adolescentes que no encajaban en la sórdida sociedad obrera de los años del alcoholismo, el desempleo y el racismo. La historia detrás de la canción «Bodies» supera el material que se puede encontrar en cualquier declaración en comisaría o ante un tutor de frenopático: revive el asombro de unos chicos de ciudad que creían haberlo visto todo, serenos o drogados, ante las cartas que les escribe Pauline, una fan totalmente chiflada desde una institución mental de Birmingham en la que asegura que es violada por el personal y que, un día, se presenta ante los miembros del grupo con una bolsa de plástico que, según Lydon, contendría un feto abortado.

Las trescientas treinta páginas de Rotten son un viaje a una ciudad en la que ningún redactor de Condé Nast se atrevería a poner el pie. El libro es de lectura directa, es ácido y es muy conveniente detenerse a observar que, cincuenta años más tarde, las bases de la confrontación entre la juventud desencantada y las figuras de la élite mundial, figuritas de un tono casi monárquico e intocable, son las mismas.

¿Fue el fenómeno Sex Pistols algo más que el generador de hasta cinco himnos eternos a la rabia («Holidays in the Sun», «Pretty Vacant», «God Save the Queen», «Bodies» y «Anarchy in the U.K.»)? Por encima de todo, hay que reconocerles el inconsciente empuje pionero de ir con la cara descubierta. Cuando Lydon enseñó al grupo la letra de «God Save the Queen», Matlock dijo que ni de coña, que acabarían siendo asesinados. «Pero merecía la pena correr el riesgo», continúa el vocalista. «Nadie había declarado nada abiertamente en contra de la familia real durante tanto tiempo en nuestra feudal y ridícula Gran Bretaña». Quien haya tenido dieciséis años y unos colegas con una guitarra eléctrica y un amplificador entenderá ese proceso liberador y suicida.

El siguiente paso, en una carrera cutre, manipulada por un McLaren cuyo único interés era aparecer como el genial ideólogo de todo aquello, era sacar esa ristra de temas salvajes y nunca imaginados a las salas, pubs, garitos y hasta colegios. Pero va un mundo entre la idea irreverente y anárquica que uno tiene y labrarse un nombre como grupo de rock. Spoiler: en efecto, intentaron asesinarlos. Lydon cuenta a su modo cómo empezaron a foguearse en colegios mayores y garitos de universitarios moñas con material robado —no temas robados, sino material musical sustraído por un Steve Jones con un amplio historial delictivo por hurtos menores—. Enfrente, una juventud pija que ni entendía nada ni se animaba a soltar un solo aplauso. «Nuestros peores enemigos eran estudiantes universitarios que creían saberlo todo porque escuchaban discos de Emerson, Lake and Palmer». Antes de la irrupción de los Sex Pistols, afirma Johnny, «la música juvenil era aburrida: imágenes asociándose a una mística alejada de toda realidad. ¿Cómo cojones íbamos a conectar con esa música si veníamos de los pisos municipales?».

Su repertorio se solidificó girando por salas y pubs del profundo norte inglés, a las que McLaren les enviaba como carnaza, teniendo, sabe Dios, qué proyecto musical en la cabeza. Ahí, en lugar de pedantes universitarios, se encontraban con una masa social que les odiaba por ser unos putos cockneys. Sin duda, un modo de madurar como grupo era mandarlos a cantar sus letras disruptivas a los trabajadores de una industria y una minería en crisis. Los mil matices de la cerrilidad de la sociedad inglesa obrera —brutos que también odiaban a iguales por el mero hecho de ser de la ciudad de al lado— producían escenas en las que los cuatro cabras subidos en el escenario decidían tirar para adelante y coger experiencia como banda mientras les tiraban botellas. Pero era la primera banda que respondía a la pelea mientras tocaba. O lo que fuera aquello que salía por los altavoces.

Buena parte del crecimiento, los meses culminantes y la caída del grupo tras la fallida gira por Estados Unidos pueden seguirse perfectamente en cualquier documento recopilatorio que circule por internet. Johnny dibuja en su biografía un entretenido encadenado, a su modo. La integración de Sid Vicious en el grupo; tener que volver a contratar a Matlock para grabar porque aquel, totalmente drogado, era incapaz de tocar una nota en estudio; la aparición de Nancy Spungen y los roces constantes; encerrar a Sid por voluntad propia para desengancharlo; firmar un disco con A&M Records y que el acuerdo solo durase en vigor unas semanas; la desastrosa gira británica y la peor resolución de la estadounidense tras la acusación de asesinato y posterior muerte por sobredosis de Vicious. Lydon da su versión y los dos periodistas encargados del ensamblaje del material, Keith y Kent Zimmerman, insertan con solvencia los testimonios de gente cercana a la vieja pandilla de Londres y músicos de esos meses clave.

Repetí su lectura hace unas semanas y decidí tomar estas notas. Este tomo es un trabajo de gran calado desde el momento en que gente como Billy Idol afirma que los Sex Pistols eran lo que todos esperaban ser como banda de rock a mitad de los setenta. «Si pudiéramos visualizarlo, allí estaban frente a nosotros». Que un grupo con su influencia mediática y aparición en la prensa diaria cobrase treinta libras semanales es un síntoma de la calaña de los tipos que hicieron crecer la industria del pop y el rock, mendas que posteriormente hicieron volar hasta la estratosfera aquella máquina de picar carne, cuando, en palabras de Steve Severin, «recuerdo que nadie tenía un duro en mitad de una de las peores recesiones del país». Y que el final de todo fuera una mezcla entre los miedos de la gente de Warner Brothers por tocar en los estados del profundo sur y su público homicida —resultó que fueron los únicos conciertos con éxito— y el empeño por hacerles girar en las grandes ciudades del norte, donde la mayoría conservadora ya había decidido de antemano cancelar las actuaciones de aquellos ingleses satánicos.

Un guion al que no le faltó de nada. Un par de discos con canciones eternas. Y todos los personajes a los que se podía haber pedido participar para hundir aquello.

«Ever get the feeling you’ve been cheated?».

jueves, 25 de junio de 2026

MIGUEL COSTAS, FUNDADOR DE SINIESTRO TOTAL, SOBRE LA ESCENA ACTUAL: “HAY GRUPOS Y GENTE DE LOS QUE, DENTRO DE 20 AÑOS, NO SE ACORDARÁ NADIE”

 Cristina Zavala

Los 40 Principales, 21/06/2026

El guitarrista repasa su trayectoria en un libro lleno de anécdotas, donde relata experiencias junto a artistas como Madonna, Antonio Vega, los Ramones, Alaska o Manolo Tena

Si creciste en los años 80, seguramente alguna vez cantaste Bailaré sobre tu tumba o Miña Terra Galega, dos himnos de Siniestro Total que marcaron a toda una generación y capturaron el espíritu punk de la España de la época. En pleno apogeo del grupo vigués, uno de sus fundadores, Miguel Costas, decidió emprender su propio camino en solitario, guitarra en mano.

Es parte de la historia musical de este país gracias a ese grupo y otros como Aerolíneas Federales o Los Feliz. Ahora sigue subiéndose a los escenarios como Miguel Costas y ha decidido compartir su historia y sus recuerdos en ¡Esas palmas, coño! Memorias supervivientes de un Siniestro Total.

Un viaje por distintas épocas de nuestro país y de su escena musical que hemos querido recorrer de su mano. Hemos hablado con él de aquellos tiempos, pero también de los de ahora y de la mirada crítica de alguien que vivió otro momento de la industria.

Pregunta: Te confiesas hombre de poca memoria y adviertes que no todo tiene por qué ser fiel a la realidad porque hablamos de recuerdos. ¿Qué te ha generado ponerte a recordar y repasar tu vida para este libro?

Respuesta: Algunas cosas a lo mejor no son como están en el libro. Fue empezar a recordar y luego ir uniendo cosas y de algunas no me acordaba. Fue un compendio de recuerdos que se fueron hilando, pero son unas memorias que a lo mejor no son exactas, seguramente hay lagunas. Y cuando acabé el libro, me di cuenta de que me había olvidado de escribir muchas cosas.

P: ¿Alguna que te haya dado rabia no haber incluido?

R: El último disco que me hicieron un homenaje en el que participan muchos artistas españoles, desde David Summers a los Nikis, hace un par de años. También tuvimos que reducir porque el libro tenía como 200 páginas más y nos dijeron en la editorial que tenía que ser menos. A ver cómo va este, si no, hacemos la parte dos.

P: ¿Qué has redescubierto de ti con este proceso?

R: Que hay muchos altos y bajos en la música. Me dediqué a la música sin querer. Estaba trabajando en otra actividad y de pronto me uní a un grupo y llegó un día que nos dimos cuenta de que nos dedicábamos a eso, ya no había vuelta atrás.

P: Clavícula que no se recuperó, rotura del hueso calcáneo, hernias… está claro que ser músico es una profesión de riesgo, ¿no?

R: Esto fue también un poco mala suerte. Fue en una prueba de sonido en Bilbao, vino una ventolera, se nos caía el equipo encima y salimos todos pitando y yo tuve la mala suerte de caer sobre el pie. Me operaron y con los años me fue el nervio llegando a la planta del pie y parecía que pisaba una punta. Aparte de eso tengo múltiples hernias y todos los discos desgastados y me dijeron que era de llevar la guitarra. Al principio tocaba guitarras que pesaban mucho. Voy tirando sin operarme, de algún disco ya no puedo porque está completamente deshecho. Cosas que pesan. Ahora las discográficas se centran en un artista y le dan mucha promoción y nosotros fue un trabajo más de currantes, de ensayar mucho, ir tocando, nunca de grandes estadios, como muchos pabellones. Siempre tuvimos un público fiel.

P: Un público que, incluso os escupía en la era más punk, ¿ahora aguantarías algo así?

R: En realidad sigo tocando. Después de Siniestro Total saqué un disco con Los Feliz que fue el mayor error que cometí, no seguir como Miguel Costas. Hice un grupo con un nombre que no tuvo mucha repercusión porque eran discográficas muy pequeñas e independientes. Y luego saqué discos en solitario.

P: Dices que no tuvo repercusión, pero con Los Feliz teloneaste a ZZ Top, Scorpions, Jethro Tull.

R: Sí, pero la repercusión fue una gira de 30 conciertos y volvimos con lo puesto y decidimos que era mucho trabajo para no recibir nada. Aparte nos quitaba tiempo de hacer otras cosas. Unos años después volví porque gente de algunos grupos, como Los Limones, me dijeron que tocara con ellos. Volví a empezar hasta hoy que sigo tocando. Y ahora que no está Siniestro en directo, toco los grandes éxitos del grupo, de Aerolíneas y algunos de mi época de Los Feliz y en solitario.

P: También desmontas mitos: No eres el yonqui de Siniestro Total. Reconoces que fumabas Ducados, que has probado un par de porros y que de coca nada de nada. Entonces, ni hablamos de heroína que tanto daño hizo a tu generación, ¿no?

R: Soy de un barrio muy humilde y muchos amigos míos murieron. Me tocó no probarla. Lo habitual era que la gente, sobre todo en Galicia y el País Vasco, sobre todo en los pueblos de costa que hubo mucho caballo, cayeran. Y cuando me fui, lo que ahora se llaman haters, cada uno decía una cosa, que me iba por yonqui, porque se me caían los dientes, pero bueno, no me afectó mucho tampoco. Nosotros siempre fuimos un grupo de cerveza y yo, en particular, de Ducados. Ahora no bebo ni puedo fumar porque me salió un pequeño tumorcillo en la garganta, que me caen todas, y tuve que dejar de fumar por prescripción facultativa. Y de beber, también, porque con la edad ya no se sostiene, es incompatible.

P: Hablas de tu familia y quizás lo que más te marcó fue la muerte de tu padre cuando tenías 18 años y eras el hermano mayor. ¿Qué fue lo más difícil de esa época?

R: Sobre todo ver a mi madre que no tenía muchos recursos. Le quedó una pensión muy pequeña y tenía tres hijos. Se quedó con treinta y pocos años, viuda. Mi padre murió muy joven y el sufrimiento de la pérdida y ver a tu madre y tus hermanos más pequeños y se dieron cuenta menos, pero también. Escuchar a mi madre llorar desde otra habitación todas las noches me marcó mucho. Me quedó como una preocupación siempre de cómo podían salir las cosas, una especie de neurosis, a ver cómo va a salir esto. Cosas que no te esperas y pasan y te quedas diciendo, qué es esto.

P: Esa neurosis sobre el qué va a pasar, ¿también la trasladaste a la música?

R: No porque cuando empezamos no teníamos intención de nada, solo buscábamos divertirnos, no era vivir de la música. Ahora veo que muchos grupos sacan un disco y ya pueden vivir de la música si tiene mucho apoyo. Ahora es más marketing que realidad, me da rabia porque muchos grupos muy buenos están perdidos por ahí y gente muy válida porque no tienen apoyo suficiente. Ahora es todo a base de likes. Las discográficas ya no te piden las canciones, te piden cuántos likes tienes en Instagram. Es el público potencial, ha cambiado eso. Pero yo sigo tocando con dos guitarras, bajo y batería y no hago playbacks, ni bailes. Soy un grupo de rock and roll y nada más y tocamos las canciones que marcaron mucho a una generación y también a los hijos de una generación porque a mis conciertos viene mucho público joven porque bien lo han escuchado en casa de sus padres o en el coche cuando iban de viaje. Los grupos nuevos también me piden muchas veces colaboraciones y hago las que puedo porque me gusta ayudar a los que empiezan.

P: Hay varios conciertos clave en tu carrera. El primero de ellos, el de Cucharada. ¿Qué fue lo mejor de tu relación con Manolo Tena?

R: Nos hicimos amigos luego. Fuimos a ver a Cucharada en una iglesia. Siniestro Total, el primer concierto, también fue en el auditorio de los Padres Salesianos que era otra iglesia. Tocaron dos días y fuimos los dos días, nosotros y cuatro más. Coincidí con Manolo Tena en conciertos y nos hicimos muy amigos. Fue una pena. Nosotros también versionamos temas de Cucharada como Tan reprimido y lo llamamos una vez para que viniera a cantarla con nosotros, vino y ahí fue cuando nos hicimos amigos. Luego coincidí muchas veces, era un gran compositor y buena persona. Lástima… bueno, ya sabemos todos lo que pasó, una pena. Era uno de los buenos.

P: Otro es el de los Ramones, ¿qué viste en aquel concierto?

R: Muchas leches. La policía daba bien a gusto. Hubo muchas escaramuzas. Era el culmen del punk. Estaba Alaska en primera fila y la arrastraban por allí. Fue el concierto que más nos marcó. Para mí los Ramones siempre fue un grupo de música pop tipo Los Brincos, o Los Canarios, o Fórmula V, pero tocado con guitarras eléctricas a toda leche. Empezamos con el blues, pero cuando vimos eso, dijimos, hay que cambiar rápidamente, porque era muy divertido. Recuerdo que los teloneros fueron Nacha Pop que no pegaban ni con cola. Y Antonio Vega dijo, ‘esta es la última vez que hacemos esta canción’ y era La chica de ayer. Y hasta hoy está hasta en la sopa.

P: Pasaste muchos años compaginando dos grupos clave en la historia de la música en España: Siniestro Total y Aerolíneas Federales.

R: Yo seguía componiendo para Aerolíneas y grabando los discos, pero no iba de gira con ellos, solo los dos primeros años. Se me juntaban las fechas, pero estaba primero Siniestro, pero seguí colaborando con ellos. Luego volvimos e hicimos un par de discos en directo y se acabó porque la gente se hace mayor, había chicas en el grupo, estaba mi hermana que tiene cuatro hijos, muy incompatible eso de tocar y los asuntos familiares.

P: Ya que hablas de familia. Tu hermana contigo en Aerolíneas. Tu hermano en Def Con Dos. Tú con varios grupos. Menuda familia.

R: Mi madre, a la que está dedicada al libro, es como Elon Musk porque también tengo una sobrina, Daniela Di Costas que también está pegando fuerte. Y mis hijos tienen un grupo que se llama The Riggos que es de rock&roll. Mi hijo pequeño tiene Sniff & Crash que es un grupo que cantan en gallego y está preparando un disco en solitario.

P: Vamos, que en vuestra familia no se concibe una familia sin música.

R: Nacieron escuchando música y con los instrumentos en casa y quieras o no, conozco infinidad de músicos que sus hijos se dedican también a la música porque lo mamaron de pequeñitos.

P: Una de las sensaciones que deja la lectura de tus memorias es la reflexión de cuánto ha cambiado la industria en estos años, ¿a mejor o a peor?

R: No lo sé. Yo creo que para peor porque ahora da igual la música que hagas, que si tienes muchos seguidores vas a triunfar. Concierto viene de concertistas, tiene que haber un grupo de músicos, me da igual si clásicos, de rock&roll o salsa –Bad Bunny lleva músicos-, pero hay otra gente que toca playback y yo a eso no lo llamaría concierto, lo llamaría performance o espectáculo. Creo que va a peor, no porque los gustos cambien, sino porque mucha gente que no tiene apoyo se pierde y no salen adelante y creo que nos estamos perdiendo canciones muy buenas y música muy interesante. Antes también era complicado. Tenías que mandar maquetas a las discográficas y en el 99% te las tiraban y ni siquiera las oían. Me decía uno que trabajó en discográficas –esto no lo pongo en el libro-, que le llegaban tantas cintas que las ponía en la mesa y llegaba un día en el que ponía la papelera al lado y las tiraba todas. Es complicado, es cuestión de suerte también. Nosotros salimos con algo que nadie hacía, un humor muy irónico que escandalizaba un poco a la gente no sé por qué. Tocábamos muy mal, pero teníamos mucha fuerza en el escenario, salíamos a darlo todo tocando muy mal. Luego fuimos un grupo muy currante y aprendimos a tocar bien. Al final tocábamos bien y todo.

P: Has mencionado a Bad Bunny que acaba de ser el fenómeno social de la temporada en Madrid. ¿Entiendes el fenómeno?

R: Cuando la gente tenga la mentalidad un poco más formada, igual pasan a otra cosa, jajaja. Donde va Vicente va la gente. Yo no tengo nada en contra de Bad Bunny, pero creo que el 90% del público del Metropolitano ha sido el mismo en todos los conciertos. Eso también pasa en el Movistar Arena, no quiero dar nombres de artistas. Pero cuando tocamos allí, me hablaron de algunos artistas que prácticamente era la misma gente la que iba a los mismos conciertos, hicieras cinco o hicieras diez.

P: ¿En qué cosiste hoy la música? En sacar un producto, mercadearlo y que pase al siguiente, como si las canciones tuviesen fecha de caducidad. Hoy, la tienen”. Está en tu libro.

R: Exactamente. Hay grupos y gente que, dentro de 20 años, no se acordará nadie. No 20, 10. Están sacando artistas que tienen un recorrido y cuando ese recorrido parece que se acaba, sale otro artista nuevo que es muy apoyado. Aparte, ya sabes que ahora ya puedes grabar un disco en casa, no es lo mismo que meter a cuatro cafres en un estudio un mes a grabar un disco. Es más cómodo para las discográficas. La imagen hoy en día es muy importante.

P: Pero tú, Miguel, ¿estás pendiente de lo que va saliendo en la escena actual?

R: Yo lo primero que hago por las mañanas cuando me levanto es leer los periódicos aquí en internet y cuando salió Rosalía hablaban del color de uñas que llevaba, de la marca de tal, del color del pelo, el champú que usaba, cosas que no tienen nada que ver con la música, pero estaba todos los días. Ahora ya no porque es un personaje ultra conocido, pero al principio era un machaque y pasa con más artistas. Voy a seguir hasta que me muera haciendo lo mismo, haciendo canciones que gustarán a unos y a otros no, y tendré un público minoritario como otros músicos de mi generación que sabemos que podemos sacar canciones muy buenas y bonitas que le gusten a la gente y si las descubre vendrán a los conciertos y también a recordar los clásicos. Pero no he dejado de sacar discos.

P: Un momento clave de Siniestro Total fue la marcha de Germán Copini, ¿te alegraste cuando Golpes Bajos desapareció?

R: No, para nada, además, siempre me llevé muy bien con Germán. Incluso antes de morir teníamos ahí un proyecto para hacer juntos. Soy muy amigo de Teo Cardalda. No me alegran esas cosas, ni esas rivalidades entre grupos que me parecen absurdas. Germán escogió Golpes Bajos y lo asumimos. Lo que pasa es que luego me tocó cantar a mí y gracias a eso ahora soy el mejor cantante del mundo. Fue una pena lo de Germán, nunca tuve ningún problema.

P: Creo que más complicada es tu relación con Julián Hernández. Hablas del momento en el que dejaste el grupo y los reencuentros posteriores, ¿te has mordido mucho la lengua?

R: Sí, jejeje. No me gusta hablar mal de nadie y este libro es bastante blanco en ese sentido. No creo que proceda hablar mal de nadie. No hice el libro con esa intención. Pasaron cosas, como ocurre en todos los grupos donde hay varias personas de características distintas y cada uno con su personalidad y siempre hay roces y hay unos mejores y peores, como los matrimonios, pero mezclados con más gente. Sí que ha habido momentos malos y otros muy buenos y me quedo con esos que fueron más.

P: También hablas de tu marcha de Siniestro Total en el mejor momento del grupo. Dices que no te arrepientes de haberte marchado.

R: En el momento me dolió mucho tener que tomar esa decisión, pero luego, con el tiempo, me di cuenta de que estuvo bien. Me costó bastante, pero pasados los años y viendo su cambio de trayectoria y estilo, al final, me alegro de haber tomado esa decisión. Pero en el momento realmente lo pasé mal.

P: No romantizas la vida de músico, de hecho, hablas de tus momentos bajos y expresas lo diferente que hubieran sido las cosas si en aquella época la terapia se hubiera entendido como ahora. ¿Crees que tus decisiones hubieran sido otras?

R: Posiblemente. Cuando me fui fue un cúmulo de circunstancias que, a lo mejor, en otro momento no se hubieran dado. Las cosas surgen así y es lo que hay. También le preguntaban a la chica de Dover por qué se fue en el mejor momento y no sabía por qué. O Héroes del Silencio que se disolvieron cuando estaban en la cima. Se juntan una serie de circunstancias que te hacen tomar una decisión que puede ser buena, puede ser mala, nunca lo vas a saber.

P: El libro está lleno de anécdotas. Por ejemplo, aquellos dos conciertos de Prince y Madonna en Galicia. Vosotros fuisteis al de Madonna, ¿te hubiera gustado que hubiera sido al revés?

R: A Prince lo fui a ver a La Coruña y me fui a la mitad. Fue una experiencia, pero tampoco te creas que fue una cosa como ‘oh, vamos a tocar con Madonna’. Pero bueno, tocamos en un estadio, que no lo habíamos hecho nunca. Con los pocos medios que teníamos. Ella venía con un montón de equipo, de bailarinas, con una parafernalia que nosotros no habíamos visto. Luego fui a ver a Prince a Coruña y era un espectáculo de luces más que musical y las canciones eran muy largas. Al final me fui, pero vi a Prince.

P: Hay canciones míticas en tu carrera, pero, ¿qué sientes ahora cuando cantas Miña Terra Galega?

R: Cuando vas a tocar y te piden Bailaré sobre tu tumba dices, otra vez, pero luego ves a la gente y te lo pasas pipa. La has tocado tantas veces que da pereza, pero cuando la tocas, muy bien. Además, Miña Terra Galega es prácticamente como un himno gallego que se saben aquí y en todos lados. La puedo tocar en Madrid que se la sabe todo el mundo.

P: Podríamos pasar horas y horas hablando porque tu vida tiene mucho que comentar, pero mejor que lean el libro. Para acabar, ¿cuándo fue la última vez que gritaste: ¡Esas palmas, coño!?

R: En el último concierto que di este año. Luego tuve mal de espalda y me pusieron tres epidurales. Hemos sacado una camiseta con la frase que está en mi web para quien quiera tener la camiseta conmemorativa de mi primer libro, que no sé si será el último o no.

miércoles, 17 de junio de 2026

SERVANDO, EL MADRILEÑO QUE SE ADELANTÓ A TODO: "EN ALGÚN MOMENTO SE NOS HA ROTO EL FUTURO"

Alfredo Pascual

El Confidencial, 20/12/2025

Músico, empresario, ilustrador, futurista, historiador, escritor... pero sobre todo, muy friki, Carballar ha estado en el futuro y sostiene que nuestra utopía es tirarnos a la bartola

Servando Carballar (Madrid, 1962), o Biovac N, como a él le gusta llamarse, es un hombre proyectado al futuro. Mucha gente le conoce como líder y fundador de Aviador Dro, especialísima formación de la Movida, pero pocos saben que Servando, ante todo, es un visionario de la cultura pop.

Jugaba al rol cuando nadie conocía el concepto, creó el primer grupo tecno de España, apostó por los cómics y los videojuegos cuando eran cosa de niños y vio antes que nadie que los juegos de mesa habían llegado para quedarse. Inclusó editó con su sello a Extremoduro, tan en boga estos días, cuando no eran conocidos y cargaban cierta fama de conflictivos.

Su perfil es una rara avis por estos lares: el del artista conceptual, gamberro y friki, que no solo es capaz de ver lo que viene, sino también de rentabilizarlo. Sus dos sellos, Discos Organizados Radiactivos (DRO) y Dro-Soft, los vendió a Warner Music y Electronic Arts, mientras que su tercer emprendimiento, la tienda de cómics Generación X, factura casi 6 millones de euros anuales y es referente en España.

***

Pregunta. ¿A qué dedica los días Servando Carballar?

Respuesta. Pues a lo que me ves, a vender cómics. Tenemos siete tiendas y otras seis franquiciadas. Estos días cumplidos 32 años desde que abrimos nuestra primera tienda y creo que puedo decir, sin mucho riesgo de exagerar, que somos la franquicia más importante de cómics y contenido friki que hay en España.

P. Eres un caso único en España: un músico que no solo crea negocios, sino que tiene éxito con casi todos.

R. En Aviador Dro siempre nos hemos considerado hombres de acción. Y mujeres de acción, claro. Empezamos tras la muerte de Franco, cuando estaba casi todo por hacer. Queríamos hacer cosas y no había quien nos las hiciera, así que nos tuvimos que poner nosotros. ¿Nadie nos publica los fanzines? Pues montamos una editorial. ¿Nadie nos edita el disco? Pues lanzamos un sello. Pero no somos empresarios: creo que nuestro éxito ha tenido mucho de estar en el sitio correcto en el momento adecuado.

P. ¿Te sientes ya un capitalista?

R. No. El capitalismo dice que hay que vivir para trabajar: nosotros hacemos justo lo contrario. Claro que jugamos al capitalismo, gestionamos mercantiles, pero nuestra visión siempre ha sido vivir de lo que nos gusta. Todos los negocios parten de esa premisa, de preguntarse cómo puedo rentabilizar un hobby. A nosotros nos hace felices estar en un escenario comunicándonos con 500 fans o tener una tienda con todos los libros que siempre habría querido leer. A mí me viene un cliente a hablar de Watchmen y me tiro el tiempo que sea necesario, porque no lo concibo como un trabajo, sino una satisfacción. Tengo la inmensa fortuna de decir que trabajo en lo que amo.

P. Pero tú querías ser Indiana Jones.

R. Yo estudié Historia y fantaseaba con descubrir Tartessos, pero surgió el punk y se fue todo al carajo (risas).

P. La música os llega antes de la universidad, ¿no?

R. Sí, Aviador Dro es un grupo de instituto. Nacimos en el instituto Santamarca, en el norte de Madrid, que era un lugar señaladísimo como epicentro rojo de Madrid en el posfranquismo. El director era del PCE, estaban las Juventudes Comunistas... y también estaban los Legionarios de Cristo Rey, que se pasaban todas las semanas a pegarnos. Nosotros éramos el grupo que hacía cosas culturales, fanzines literarios, pero de repente descubrimos por los Sex Pistols que te podías subir a un escenario sin saber tocar y ahí fuimos (risas).

P. ¿Ninguno tenía formación musical?

R. No, inicialmente no. Éramos cuatro chavales de Prosperidad haciendo ruido, literalmente.

P. Hablas de punk, pero Aviador Dro es una banda de tecnopop.

R. Es que en ese momento había muchos grupos híbridos, como The Stranglers, Ultravox, Devo... nosotros tuvimos una banda llamada Los Drugos, en honor a la Naranja Mecánica, pero todo cambió un día que fui a comprar el primer disco de Blondie. El disco que estaba al lado era Die Mensch-Maschine de Kraftwerk. Recuerdo que me impresionó muchísimo el aspecto de esa gente, cuantro tíos germánicos con trajes rojos y corbata negra, así que me llevé los dos discos.

El de Blondie me gustó mucho, lo bailé cuanto pude, pero el de Kraftwerk me rompió la cabeza. Recuerdo que lo escuché e inmediatamente me lo puse una segunda vez. Al acabar, me dije: "Esto es lo que yo quiero hacer".

P. ¿Hacer el punk desde el sintetizador?

R. ¡Claro! Yo sospechaba en ese momento, a finales de los 70, que los sintetizadores iban a estar siempre en la música, como ha sucedido. Se empezaron a comercializar sintetizadores más baratos, a los que podíamos acceder todos, y descubrimos que podíamos hacer música incluso los que no sabíamos. La culminación del do it yourself, que es, en esencia, la definición del punk.

P. Vamos, que tu plan era hacer los Kraftwerk españoles.

R. Sí, pero sobre todo lo que queríamos era hacer cosas distintas. Ten en cuenta que yo, con 8 años, llegaba al colegio y tenía que cantar el Cara al Sol. No tenía llaves de casa, tenía que llamar al sereno para que me abriese, que era un Guardia Civil retirado que le contaba a tu familia con quién ibas y qué hacías. Vamos, que yo tenía un profesor que tenía látigos, fustas, varas de hierro y de madera... tú, como niño, podías escoger con qué arma te iba a pegar. De ahí veníamos.

P. ¿Me estás diciendo que tu profesor te daba latigazos?

R. ¡Por supuesto! No era nada oculto, lo hacía frente al resto de tus compañeros, y tampoco sucedía en una galaxia lejana: te hablo del centro de Madrid a comienzos de los 70. Latigazos, arrodillarte sobre garbanzos... yo he visto a un profesor arrancarle la oreja a un niño con claros problemas neurológicos. Dejar atrás eso fue una enorme alegría.

P. Aviador Dro nace en un ambiente de optimismo.

R. De euforia, diría.

P. Choca con la España actual, mejor que aquella en todos los ámbitos, pero en la que reina el pesimismo.

R. Cuando escucho a mi hija de 23 años decir que España y el mundo son horribles, me preocupo mucho. Yo puedo no estar de acuerdo con muchas de las cosas que hace este Gobierno, pero lo cierto es que podríamos estar mucho peor. Mucho peor. Hay que apreciar lo que hemos conseguido desde que aquel caballero tuvo la gentileza de morirse y no dejarse llevar por el discurso de gente como Trump, cuya intención no es la de hacer un mundo mejor.

P. ¿Qué es lo que nos hace pensar que Occidente está al borde del colapso?

R. Para mí, la clave son los procesos de desinformación. Tenemos un montón de guerras que han surgido de forma muy poco natural, bulos en la prensa... la avalancha de información nos hace muy difícil diferenciar lo auténtico de lo falso. Antes, los medios eran otra cosa: tú ponías La Clave y veías a Federica Montseny y a Santiago Carrillo debatiendo con Fraga de forma educada, sin levantarse la voz durante dos horas.

Ahora impera un mensaje muy peligroso que intenta convencer al pobre de que su enemigo es el más pobre, y que todo lo demás está bien. Vivimos en la versión más salvaje del capitalismo que se ha visto a lo largo de la Historia.

P. Volviendo a Aviador... ¿esa estética industrialista no puede entenderse como un homenaje al capitalismo?

R. Nosotros entendemos el industrialismo como un futurismo, pero no el italiano, sino el de Mayakovski. Lo que sucede es que esta visión del industrialismo ya no está en Occidente, sino en China y en Oriente. Nuestro enfoque, desde el primer día, ha sido colectivista, muy parecido a lo que hoy defiende Anonymous o el colectivo hacker: la tecnología no es mala, todo depende de en qué manos esté.

De hecho, la aspiración de la clase obrera, hoy, debería ser dejar de trabajar. Las máquinas están para quitarnos el trabajo, no para enriquecer a unos pocos. La nueva utopía debe ser escribir un libro porque te dé la gana, porque los ingresos los tienes asegurados por otro lado, no irte a un bunker en Nueva Zelanda con todas las riquezas que has acumulado. En algún momento se nos ha roto el futuro. La sociedad va hacia el colapso, pero mientras tanto lo mejor es pasárselo bien leyendo buenos libros (risas).

P. ¿De dónde viene esta vocación colectivista?

R. Yo me he criado, como buen friki, viendo Star Trek. Si te fijas, en ese universo no existe el dinero, es un mundo de exploradores en el que la gente simplemente vive. El dinero es un mecanismo de control, una forma de crear estratos en la sociedad, que durante muchos siglos no ha hecho falta.

P. ¿De dónde salió el dinero para grabar la primera maqueta?

R. De la extinta Diputación de Madrid. Presentamos el single, La chica de Plexiglás, y ganamos un premio que consistía en grabar un EP. La paseamos por todos los sitios y la prensa especializada nos acogió fenomenal. Ordovás, Julio Ruiz, Tomás Fernando Flores, Costa, Carlos Tena, Diego Manrique... nos dieron mucho cariño. Pensábamos que los sellos se iban a interesar en sacar nuestro disco, pero al final no nos querían. Decían que no teníamos batería, que sonábamos raro... nos decían que nos teníamos que parecer más a Robert Palmer (risas).

P. Aquí es donde nace Dro, el sello.

R. Exacto. Hablamos con SGAE y alquilamos una oficina. Teníamos a un chaval que era muy bueno con la informática y nos hicimos nuestro propio programa de facturación y promoción. Lo hicimos con un Vic 20, el antecesor del Commodore 64. La gente de Commodore venía a nuestras oficinas a ver ese software, fue la leche. Creo que mi gran éxito como empresario y músico ha sido el de saber rodearme de gente que generaba confianza en el resto del equipo. Todos hemos sentido que el proyecto era común. Discos Radiactivos Organizados, Dro, fue siempre el proyecto de 16 amigos que montamos con 200.000 pesetas.

Todo lo fuimos aprendiendo sobre la marcha —no sabíamos ni lo que era una letra de cambio— hasta convertirla en la discográfica independiente más importante del país. Publicamos a gente como Gabinete Caligari, Siniestro Total, Los Nikis... y después, a Extremoduro.

P. Dro la compra Warner Music, y la editora de videojuegos, Dro-Soft, es hoy Electronic Arts España. Algo haríais bien para acabar en manos de los líderes mundiales en cada sector.

R. Pues ponerle entusiasmo, porque recursos había muy pocos. Que esto no era Londres ni New York, habría que ver qué habría sido de Alaska, de Miquel Barceló o de Almodóvar de haber sido anglosajones. Alaska salía vestida de leopardo por las noches y alucinábamos con ella, ni siquiera había mujeres por la calle.

P. ¿Cómo llegáis a los videojuegos? Por entonces era un negocio de empresas extranejeras.

R. Como siempre, porque nos gustaba jugar. Estábamos solos, junto a la empresa de Paco Pastor, Erbe. Además recuerdo que ya utilizábamos conceptos como la gamificación por aquellos días. En realidad hicimos Silicon Valley antes de Silicon Valley. Y en Madrid. El mundo latino es muy creativo, mucho menos rígido que otras culturas, y eso no siempre sabemos valorarlo.

P. ¿A qué te refieres?

R. Por ejemplo, a no tomarnos a nosotros mismos en serio. Por ejemplo, grupos como nosotros, Aerolíneas Federales, Los Nikis o un Pingüino en mi ascensor, tenían letras con muchísimo humor. Un sentido del humor muy integrado, ácido y crítico, que no tiene parangón en el mundo anglosajón salvo casos muy concretos como Madness. La comedia es el género más complicado y aquí hemos tenido comedia hasta en el pop. No hemos sabido valorarlo, en Latinoamérica lo aprecian mucho más.

P. Es verdad que la industria os relegaba con respecto al pop más 'serio', como Mecano o Nacha Pop.

R. En aquella época, nosotros los distinguíamos el pop entre Los Babosos y las Hornadas Irritantes (risas). Usábamos el humor como forma de transgresión, una fuente de la que han bebido realizadores como Álex de la Iglesia. No se nos valoró, pero yo ya estaba acostumbrado. Mira la ciencia-ficción, un género que me ha obsesionado desde niño. Antes, era un género menor, que no interesaba a nadie. Hoy pones Netflix o Apple TV y ves que casi todas las series no solo son ciencia-ficción, sino que adaptan libros clásicos del género, como Plur1bus, que es un remake de La invasión de los ultracuerpos y me está encantando.

Antes se hacían dos o tres películas del género, ¡al año!. Ahora no doy abasto, estoy viviendo en mi mundo feliz.

P. Con los cómics pasó igual. Una cosa de críos que se ha convertido en un negocio gigantesco.

R. Aquí viene mucha gente de nuestra edad que dice que quiere comprarse de nuevo ejemplares que tenía porque, cuando se fue de casa, su madre le tiró todos los cómics a la basura. Nosotros siempre hemos ido un poco por delante en la cultura pop: en los 80, decíamos a las empresas que iba a haber un ordenador en todas las casas y se reían de nosotros. Nos decían "¿y para qué iba a tener la gente un ordenador en casa?".

Se podría decir que el mundo ha girado hacia nuestros postulados.

P. Montas tu primera tienda de cómics en el 84, cuando apenas hay cosas de Marvel y DC. Menudo cambio con respecto a ahora.

R. Antes las tiendas de cómics eran solo de hombres, un poco La mazmorra del androide. De los superhéroes clásicos pasamos a Bola de dragón y algunas cosas de Mazinger Z, después llega el cómic francobelga, con Tintín y Astérix... y por último el boom del manga, que es el que termina arrasando. A los jóvenes, sobre todo a las mujeres, les encanta el manga. El negocio ha crecido enormemente.

P. ¿Qué tiene el manga que no ofrezcan los demás cómics?

R. Una enorme cotidianidad. Hay infinitos cómics de oficios: de cocina, de baloncesto... y el mensaje es siempre positivo, de valorar el esfuerzo, la amistad, el trabajo... promueve una sentido colectivo del que adolecen los cómics norteamericanos, que son mucho más oscuros e individualistas, influenciados por la culpa de la moral judeocristiana. El manga te dice que disfrutes de la vida, que el futuro no es negativo.

P. Veo en la tienda que una parte importante está dedicada a los juegos de mesa.

R. En los 90 llega un juego llamado Catan que es un cambio de paradigma. Junta a los que ya éramos fanáticos de juegos de rol o wargames, que son muy complejos y generan partidas que duran días, con los que quieren echar partidas de una hora u hora y media. Catan fue una explosión que llega hasta nuestros días. Ahora no son juegos como Pictionary o Monopoly, que son para pasar el rato, sino juegos de gestión donde prima la parte intelectual. Hay juegos de gestionar un viñedo o de crear una orquesta, ni te imaginas. Es un formato que está muy masificado, hay abuelas que entran a comprarle juegos a sus nietos.

Nosotros fuimos la primera empresa española que puso stand en Essen, la feria europea de juegos de mesa, en 2009. Hoy hay más de treinta empresas españolas todos los años. En quince años, hemos pasado de 500 novedades a más de 2.000: se ha cuadruplicado la producción.

P. En el rol también fuiste precursor. He leído que trajiste el primer Dungeon & Dragons a España.

R. Mis padres eran actores de teatro y durante un tiempo fueron profesores en universidades de Estados Unidos. Yo veía tiendas en New York llenas de figuritas, así que me compré un Dungeons & Dragons pensando que era eso, un juego de figuras. Cual fue mi sorpresa al llegar a España y ver que a aquello se jugaba con lápiz y papel. Me sucedió como con Kraftwerk, me explotó la cabeza. Nos echábamos las tardes enteras mis amigos y yo jugando, echándole imaginación, mientras mi hermano escuchaba Joy Division en el cuarto de al lado.

Hay gente que viene a comprar cómics o juegos, me reconoce y me dice: "Joder, si tú eres el de Aviador Dro, qué haces aquí". En realidad para mí es todo el mismo mundo, el de las cosas que me interesan.

P. ¿Es Biovac N optimista respecto al futuro?

R. Yo intento transmitir optimismo a la gente joven, tanto como artista como empresario. Como futuristas, vemos que el pasadismo, los pasadistas, quieren un fuerte retroceso en derechos. Con esta tienda, por ejemplo, intento ofrecer una forma de mirar la vida, no ya como izquierdista, sino como alguien que quiere que los jóvenes vivan mejor que sus padres.

P. Por último: lleváis varios años anunciando la vuelta de Aviador Dro a los escenarios. ¿Será en 2026?

R. (Risas) Sí, sí, de este año no pasa. Vamos a sacar contenido nuevo y tenemos muchas ganas de reencontrarnos con nuestros fans.

sábado, 16 de mayo de 2026

MUERE EL CABRERO, EL CANTAOR AL QUE EL MIEDO HIZO REBELDE Y NO BORREGO

El Salto, 13/05/2026

[Lo que hacía El Cabrero sí que era flamenco y no el pastiche lumpen y chabacano de Rosalía. Por cierto, los grandes medios no han dicho ni Pamplona... José Domínguez no era culturilla pedante, sumisa y subvencionada. Que la tierra le sea leve.]



El cantaor flamenco El Cabrero ha fallecido en Aznalcóllar a los 81 años de edad. Cabrero de profesión y anarquista de filiación, llegó a convertirse en el cantaor con más proyección internacional pero nunca dejó de sacar a sus cabras.

Se llamaba José Domínguez y había nacido en 1944 en Aznalcóllar, Sevilla, pero todo el mundo del flamenco lo conocía por el sobrenombre de El Cabrero, con el que llegó a convertirse durante los años 80 en la figura del cante jondo con más proyección internacional. Era cantaor y cuidaba a sus cabras, lo que siempre había querido hacer. Nunca buscó otra cosa: ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni conceder entrevistas. 

Su cante, atávico y anarquista, se ha apagado el 13 de mayo de 2026 en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, como ha comunicado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook: “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”. 

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, aseguró en una entrevista de Israel Viana en El Salto en 2017. Por eso quiso que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con la que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

“Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento”, razonaba con convencimiento en aquella ocasión, cuando con 72 años todavía sacaba todos los días a sus cabras, si no se encontraba de gira. Un par de años después se retiró de los escenarios tras sufrir un ictus.

En los años 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos. Pero la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. Para qué grabar un disco si él no quería abandonar el oficio de cabrero. Si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. Tras ese primer rechazo, Pepe Carrasco —asesor de la discográfica Belter, letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara.

El acuerdo al que llegaron consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena Bermúdez, en el parto del primero de sus tres hijos. Así lo recordaba en aquella entrevista: “Yo no tenía interés en grabar, solo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal”. 

En la canción “Como el viento de poniente”, El Cabrero habla de sí mismo como de una oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. “Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”, expresa en la letra sobre su alejamiento voluntario de lo que se espera de un cantante famoso. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explicaba a El Salto, subrayando además que lo que cantaba era atemporal: “Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: ‘Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero’. Yo lo veo así”.

En 1982 acabó con sus huesos en la cárcel tras una actuación en Alcolea del Río, condenado por blasfemar tras soltar un “me cago en dios”. “Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recordaba 35 años después y aseguraba haberse sentido muy enfadado e impotente. “Me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, solo estuve tres semanas en la cárcel”. 

No fue la única ocasión en que El Cabrero durmió entre rejas. Su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos usurpados por los terratenientes y otros agricultores también le ocasionó encontronazos con las autoridades. “Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las veredas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez!”, contaba a El Salto en 2017.

Sus padres le decían de pequeño que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. Un miedo que forjó su carácter y su carrera.


jueves, 30 de abril de 2026

LITTLE STEVEN Y LA REVOLUCIÓN BARROCA DE LA MÚSICA EN LOS 60'S: EL ROCK CONVERTIDO EN ARTE

Rodrigo Contreras

Rock FM, 16/04/2026



Una nueva entrega del "Underground Garage" explora cómo el rock de los años 60 abandonó el baile para invadir los museos y las conciencias, utilizando instrumentos clásicos para redefinir el género.

Little Steven, el alma máter de la E Street Band y carismático actor y locutor, regresa a las a RockFM con una nueva entrega de su "Underground Garage" que promete sacudir los cimientos de lo convencional. En este próximo programa, Steven invita a los oyentes a entrar en un "mundo de sueños vivos donde los realistas sueñan lo irreal", advirtiendo a aquellos con condiciones cardíacas o niños impresionables que se preparen para una experiencia primitiva y creativa. El eje central de esta emisión es un homenaje al instrumento más improbable del arsenal del rock: el clavecín (harpsichord), cuya inclusión en la música popular marcó el momento exacto en que el "rock and roll" se transformó en "Rock" con mayúsculas.

1965: El año en que el rock se hizo adulto

Según relata Little Steven en sus audios, la metamorfosis del rock comenzó a gestarse en 1964 con el tema de La Familia Addams, pero fue en 1965 cuando el clavecín se integró oficialmente en la caja de herramientas de los artistas. Ese año fue testigo de cómo Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds comenzaron a influenciarse mutuamente de manera profunda. Singles icónicos como "Mr. Tambourine Man", "Help", "Satisfaction" y "Like a Rolling Stone" declararon la llegada de una nueva forma de arte personalmente invertida.

Steven destaca que fue el álbum Rubber Soul de los Beatles el que selló definitivamente este pacto con el arte. En este disco, el productor George Martin realizó un solo fantástico en "In My Life" que, aunque técnicamente no era un clavecín, sonaba como tal, inspirando a toda una generación a experimentar con sonoridades clásicas. A partir de ese momento, los jóvenes dejaron de "bailar los discos" para empezar a "escucharlos", un cambio de paradigma que Steven describe con humor como el inicio de un declive cuesta abajo hacia la intelectualización del ritmo.

Del Renacimiento a los Garajes de Michigan

El programa no solo se queda en la superficie de los años 60, sino que Little Steven profundiza en la historia del instrumento. Explica que la versión más antigua del clavecín vertical fue diseñada por Henry Arnold Dul alrededor de 1430 en los Países Bajos. Posteriormente, fue construido por Andreas Ruckers en Amberes en 1646 y perfeccionado por Pascal Tuskin en París en 1780. Steven bromea diciendo que figuras como William Byrd ya estaban "disfrutando de actos clásicos" en los años 60... pero de la década de 1560.

El relato histórico alcanza su punto álgido con Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, a quien Steven define como un hombre de clase trabajadora que veía su obra como algo funcional, sin saber que se convertiría en el compositor más dotado de la historia. Esta conexión entre la disciplina del oficio y el resultado artístico es una lección que Little Steven subraya: "cuida el oficio, que el arte se cuidará solo".

La huella de George Martin y los Stones

Uno de los momentos más destacados del programa es el tributo a George Martin, a quien Steven califica como el "mejor productor y arreglista de todos". Con un trasfondo en música clásica y grabaciones de comedia, Martin fue esencial para transformar el sonido de los Beatles, sugiriendo cuartetos de cuerda para "Yesterday" y arreglos que definirían el rock para siempre en temas como "Eleanor Rigby" y "Strawberry Fields Forever".

Por otro lado, Steven señala que The Rolling Stones abrazaron el clavecín como ninguna otra banda. Brian Jones fue el encargado de tocarlo en temas como "Lady Jane", mientras que el legendario Nikki Hopkins aportó su magia en "Dandelion" e "In Another Land". Esta sección del programa demuestra que el uso de instrumentos barrocos no era una moda pasajera, sino una expansión del lenguaje sonoro del rock.

Controversia y vanguardia: El caso de Janice Ian

Little Steven también rescata historias de valentía artística, como la de Janice Ian y su canción "Society's Child". Ian concibió el tema a los 12 años y lo publicó a los 14, enfrentándose a una gran controversia por tratar el romance entre una chica blanca y un chico negro. Muchas emisoras se negaron a pinchar el disco, y no fue hasta que Leonard Bernstein la presentó en televisión que la canción logró entrar en las listas en 1967, dos años después de su lanzamiento. La producción de Shadow Morton, quien cambió el título original ("Baby I’ve Been Thinking"), fue clave para que esta pieza de "pop barroco" con clavecín hiciera historia.

Nuevos talentos y el espíritu del Garage

Fiel a su misión de descubrir música, Steven presenta como la "canción más cool del mundo" de esta semana a "Big in Madrid" de Nick Piunti, procedente de Gross Aile, Michigan. El locutor destaca que, a lo largo de 15 años de programa, han introducido a más de mil bandas nuevas, manteniendo viva la llama del rock auténtico y la contracultura.

El programa concluye con el agradecimiento de Steven a su equipo, incluyendo a Dennis Mortonson, y a sus patrocinadores de siempre, los Hard Rock Cafes. Con su habitual despedida, "Ciao, baby", Little Steven cierra una emisión que no solo es una lección de historia de la música, sino un manifiesto sobre la importancia de mantener el espíritu anti-establishment y creativo en un mundo que a menudo prefiere lo previsible. Los oyentes de RockFM tienen una cita ineludible con este viaje por el tiempo donde el clavecín es el rey y el rock la religión.