miércoles, 23 de septiembre de 2026

A LOS 80 AÑOS, NEIL YOUNG MIRA HACIA ATRÁS PARA ENTENDER EL PRESENTE CON UN DISCO INTROSPECTIVO Y EMOCIONAL

Guillermo E. Pintos
Infobae, 20/09/2026

La leyenda canadiense del folk-rock publicó esta semana ‘Second Song’, su quincuagésimo álbum con siete canciones que reflejan un repaso íntimo por el tiempo, la memoria y el amor



Hay una edad en la que la mayoría de los músicos de rock deja de crear para empezar a administrarse: giras de aniversario, relanzamientos remasterizados, apariciones esporádicas que confirman que la leyenda sigue viva sin exigirle demasiado. Neil Young, a los 80 años, parece tozudamente conducido por una lógica distinta. Su quincuagésimo álbum de estudio, Second Song, publicado esta semana, no es un cierre de ciclo ni un gesto nostálgico. Es la prueba de que la leyenda canadiense (lo es, aunque hace décadas que vive en Estados Unidos) del folk-rock todavía tiene algo urgente para decir sobre el tiempo que vivimos.

Esa urgencia contrasta con las circunstancias que rodearon su gestación. A mediados de este año, se vio forzado a cancelar una gira europea por agotamiento físico y mental, un quiebre que desvió su energía de los escenarios de vuelta al estudio. El resultado es un disco que abandona la furia política de su predecesor, Talkin to the Trees (2025) -con sus referencias directas a Donald Trump y Elon Musk-, para instalarse en un territorio mucho más íntimo: la memoria, el amor conyugal y la certeza de la muerte.

Second Song es, en ese sentido, la segunda entrega de estudio junto a The Chrome Hearts, la banda que lo acompaña desde finales de 2024 y que, de varias maneras, parece haber revitalizado su energía para tocar. De alguna forma, el título del disco remite a una idea que atraviesa toda la obra de este viejo pero vital rocker: la de un artista que, en lugar de repetirse, vuelve a empezar.

La producción estuvo a cargo de Lou Adler -productor de larga data, responsable entre otros de Carole King, The Mamas and The Papas, Johnny Rivers entre otros-, en conjunto con The Volume Dealers, el seudónimo bajo el que operan el propio Young y su ingeniero Niko Bolas. Las sesiones se realizaron en los estudios Shangri-La, en Malibú, el mismo tramo de costa donde el músico compuso On the Beach en 1974, un dato que no es anecdótico: el disco dialoga de manera directa con esa etapa de introspección acústica. El tema es que han pasado más de 50 años...

Neil Young describió el proceso de grabación bajo el curioso concepto “Moon to Moon”: las canciones se compusieron de madrugada, las grabaciones comenzaron con la luna llena de marzo de 2026 y las mezclas se cerraron con la siguiente luna llena, en abril. Esa brevedad no fue casualidad, sino método. Adler definió su rol como el de un observador que buscaba “las grietas” en la música para intervenir solo cuando era necesario, una filosofía que encajó con la costumbre de Young de limitar la mayoría de las tomas a un máximo de tres por canción. La decisión más reveladora, sin embargo, fue técnica: el álbum se grabó en simultáneo en cinta analógica y en formato digital de alta resolución. No fue una cuestión de nostalgia sonora sino una toma de posición ética. En un ensayo publicado en el Neil Young Archives, sostuvo que el máster analógico es “profundo como la vida”, mientras calificó al archivo digital como “una copia falsificada de la más alta calidad”.

Second Song reúne siete canciones y supera los 46 minutos. Cinco son composiciones nuevas y dos provienen de la adolescencia del músico, un recurso que funciona como columna conceptual de todo el disco: la sugerencia de que ciertas emociones —el anhelo, el amor, el asombro— no se transforman con la edad, solo cambian de vocabulario.

El álbum abre con “The Foggy Edge of Time”, un balance autobiográfico sobre las dislocaciones de su propia vida. Sobre un estribillo de piano en acordes menores, Young reflexiona sobre su salida del Rancho Broken Arrow y el final de su matrimonio con Pegi Young, en una postura lírica estoica que remite a clásicos como “Don’t Be Denied” (1973) o “Thrasher” (1979), canciones donde el artista defendió siempre el costo personal de seguir su instinto creativo. La inclusión de un solo de guitarra reproducido en reversa funciona como guiño a la experimentación psicodélica de los años sesenta, como si el disco anunciara desde su primer tema que va a mirar hacia atrás para entender el presente.

“Day After Day”, subtitulada “Melting on the Roof” en las ediciones físicas, es la primera declaración devocional hacia Daryl Hannah, la actriz esposa de Young desde 2018. Sus siete minutos de progresiones familiares y armonías vocales suaves remiten a la sencillez de “Helpless”, aunque aquí el amor no aparece como pasión ni como conflicto, sino como refugio. Esa misma devoción se profundiza en “Earth Girl”, la pista que más tomas exigió en el estudio —siete, frente a las tres habituales— por su estructura vocal doble, con dos melodías superpuestas que avanzan a velocidades distintas. Allí Young canta directamente: “Eres la luz de mi vida, como un río que fluye directamente a través de mi corazón”, una proclamación sin ambigüedad que confirma a Hannah como centro de gravedad de estos años.

El corazón del disco es la pista homónima, de más de once minutos, construida sobre instrumentación acústica simple y coros casi susurrados. Su letra funciona como el test de Rorschach: cuando Young canta “necesito hablar con alguien, alguien tan viejo como yo, que todavía recuerde algo de eso”, y describe “una manera de caminar lentamente a través de las hojas humeantes del tiempo”, la imagen puede leerse como comentario ambiental —los incendios forestales que han transformado los paisajes que el músico conoció de joven— o como metáfora pura del paso destructivo del tiempo sobre la memoria colectiva. El videoclip (ver al comienzo de esta nota), construido con grabaciones caseras filmadas en 1989 por el fallecido bajista Rick Rosas en el Rancho Broken Arrow, refuerza esa ambigüedad temporal: fantasmas visuales del pasado conviven con una meditación sonora del presente.

El giro más inesperado llega con “Casting Me Away From You”, un shuffle de country-rock optimista escrito y grabado originalmente en 1965, cuando Young tenía 19 años y lideraba The Squires en Canadá. Un dato musicológico ilumina su inclusión: la melodía vocal de esta canción adolescente fue reutilizada años después para construir “The Emperor of Wyoming”, el instrumental que abrió su debut solista en 1968. Su rescate no es relleno de archivo, sino evidencia de que sus instintos melódicos ya estaban completamente formados antes de llegar a Los Ángeles.

Si “Earth Girl” es la luz del álbum, “Soon I Might Be Going” es su oscuridad absoluta. Sus más de nueve minutos, pariente lejano de “Ambulance Blues” (1974), son la única aparición del sonido distorsionado de su guitarra Les Paul modificada, Old Black, con destellos de feedback dentro de un ciclo rítmico a la deriva. Líricamente es la pista más desnuda del disco: Young combina la contemplación de la muerte inminente —“te extraño como al mañana”— con una referencia directa a Trump (“el presidente estaba en la televisión y dice que todo es de oro, pero está derribando la vieja Casa Blanca”) y con el dolor privado del distanciamiento de su hija, Amber Jean. Es el único momento donde la introspección devocional del resto del álbum se quiebra para dejar entrar la desesperanza política y familiar.

El cierre, “I’ll Love You Forever”, proviene también del archivo: fue compuesta en 1964 para una novia de secundaria, Pam Smith, y grabada originalmente con The Squires en una versión que integró el Archives Vol. 1 de 2009. Al recontextualizarla seis décadas después, lo que fue un juramento adolescente se transforma en la voz de un hombre de 80 años en una declaración final de devoción matrimonial. La sencillez de la melodía actúa como bálsamo tras la intensidad de “Soon I Might Be Going” y cierra el disco con la misma lógica que lo abrió: la de un hombre que revisa su vida entera para confirmar que el amor y el anhelo permanecieron intactos, aunque todo lo demás haya cambiado.


jueves, 13 de agosto de 2026

MUERE EL MÚSICO Y ARTISTA VÍCTOR COYOTE DE MANERA REPENTINA A LOS 68 AÑOS

Diego A. Manrique

El País, 13/08/2026 

[Otra muerte de un gran músico que lamentar. D.E.P. Víctor]


Víctor Aparicio Abundancia, más conocido como Víctor Coyote, de 68 años, falleció hoy jueves, mientras circulaba en bicicleta por una carretera de Segovia, adonde había acudido la noche anterior para contemplar el eclipse. Tan súbita muerte ha noqueado a sus amigos, que conocían su pasión por mantenerse en buena forma y su gusto por los deportes.

Gallego de Tui, llegó a Madrid para estudiar Bellas Artes en la segunda mitad de los setenta, a tiempo de contagiarse de la fiebre generacional por formar grupos. Fundó un trío de rockabilly, Los Coyotes, que pronto abandonó lo purista para derivar hacia la variedad del psychobilly, por su gusto por lo truculento (no fue casualidad que terminaran grabando para 3 Cipreses, el sello fundado por Eduardo Parálisis Permanente Benavente y sus amigos).

En realidad, el cambio sería la divisa de Víctor. La curiosidad le llevaba a patearse las tiendas de segunda mano, donde localizaba discos raros de portadas feas que a veces ofrecían ventanas a inesperados mundos sonoros; su cultura musical estaba muy por encima de lo habitual entre sus colegas. Y lo mismo podríamos afirmar de la capacidad narrativa de sus canciones, historias fascinantes que no ocurrían en los locales modernos de Berlín o Londres.

Iba por libre: el primer LP de Los Coyotes, Mujer y sentimiento (1985), negaba directamente los parámetros de la escena de la Movida, tan obsesionada por encajar en la modernidad europea. Víctor se situaba en el medio de un hipotético triángulo definido por la Península Ibérica, América y Africa. Una propuesta tricontinental que algunos empezaron a etiquetar como “rock latino”. No debería extrañarnos que fuera uno de los pocos artistas del rock que incorporara a sus preocupaciones el fenómeno de la inmigración.

Por alguna razón, Víctor no cayó en gracia entre el gran público. En letras, fotos promocionales y conciertos alardeaba de masculinidad, con una actitud que muchos confundieron con la arrogancia. Eso suponía menospreciar su humor y su notable capacidad para la metamorfosis (durante un tiempo, compartió escenarios con Alaska, supliendo la ausencia militar de Carlos Berlanga). Creó incluso un cancionero infantil para Xabarin Club, el programa de la TVG.

Pero no hubo manera, a pesar de que su discográfica invirtió millones de pesetas en conseguir que su “Jaguarundi” fuera sintonía de las transmisiones de la Vuelta Ciclista España de 1995. Reflexionando sobre su situación profesional, un ejecutivo discográfico que trabajó con él en aquella época sugiere ahora que sus cambios constantes desconcertaban a medios, oyentes y compañeros de profesión: “no se le concedían la misma libertad que a un Prince, por poner un ejemplo que a él le gustaba”. Víctor terminó tomándoselo a broma, imaginándose -en uno de los relatos de su libro Cruce de perras- acogido en un asilo, pero siempre orgulloso, buscando un enfrentamiento con Santiago Auserón, alguien que tuvo mayor suerte con propuestas similares. Conviene mencionar que en esas páginas también aprovechaba para saldar cuentas con los tópicos de los ochenta, desde su posición de culto esteta que no rehuía lo convencionalmente considerado “hortera”. En sus letras, también estaban presentes los condicionantes de clase.

Muy trabajador, organizó con el desaparecido Pepo Fuentes el estudio de diseño Pocateja. Su buen talante le abrió la puerta a todo tipo de aventuras: cómics, carteles de cine, portadas de discos, realización de videos para otros artistas, documentales, la cabecera y el score de la serie “Poquita fe”, literatura. Su modus operandi pasaba por buscarse la vida haciendo esto y aquello, para volver a la música cuando había suficiente material nuevo o la oportunidad para actuar. Que conste que defendía a muerte su legado: este año había editado El propio, otro recopilatorio de su trayectoria. Hacía bien: esas canciones merecían seguir paseando por las calles más castizas, con chulería y determinación.

domingo, 2 de agosto de 2026

ADIÓS A JEFF CONOLLY, EL HOMBRE MONOAURAL

Esta vez la necrológica no va a ser un reposteo de un artículo de los mass media. Ha muerto Jeff Conolly, líder de The Lyres y DMZ y uno de mis ídolos musicales, de modo que la ocasión merece un obituario personalizado. Jeff se lo merece por el placer que me ha producido su música y porque gracias a él pude asistir al mejor concierto que he visto en mi vida.

Jeff se inició en la escena punk y garage de Boston con los DMZ a finales de los 70. En los 80, con el revival del garaje sesentero pegando fuerte, Conolly, apodado el Monoman por afición a coleccionar discos monoaurales, forma The Lyres, con los que graba tres primeros álbumes inconmensurables: On Fyre (1984), Lyres Lyres (1986) y A Promise Is A Promise (1988) . Después, en los 90, cuando el revival garajero ya no era novedad, las grabaciones se hicieron más escasas. De todas formas, The Lyres han existido hasta que un cáncer de vejiga se ha llevado al Monoman a la tumba el viernes pasado a la edad de 69 años.

Aparte de la incandescente música de The Lyres, tengo que agradecer al Monoman ese inolvidable concierto de, si no recuerdo mal, finales de junio de 1987, en mi ciudad. Y además fue al lado de donde yo vivía con mis padres, pues aún era menor de edad, en una sala muy pequeña de la que hoy día no queda ya ni rastro.  Allí los Lyres descargaron una tralla sónica de primer orden, con Conolly beodo y aporreando un viejo órgano sesentero lleno de quemaduras de cigarrillos y de pintadas, me imagino realizadas por el público. Era la época en que habían sacado su segundo disco, así que tocaron muchos temas del Lyres Lyres, al cual tengo especial cariño. Hubo un momento en que el Monoman y los suyos alcanzaron un clímax demoníaco y Jeff empezó a percutir las botellas de whisky vacías que rodaban por el escenario con un pie de micrófono, creo recordar. De repente, Conolly comenzó furioso a reventar botellas... Los cristales nos pasaban rozando la cocorota a los que estábamos en las primeras filas del público. Recuerdo que la gente se volvió absolutamente loca. A esta orgía sónica contribuyeron los efluvios de una pipa en la que un par de tipos que bailaban con sendas rubias con acento gringo quemaban cannabis. Antaño se podía fumar en las salas de conciertos, aunque no droga. La noche acabó cuando alguien de la organización promotora del concierto tuvo que comunicar que el fiestorro se había prolongado y desmadrado en demasía y que los vecinos de arriba de la discoteca habían llamado a la policía para desalojarnos por las malas. Cuando salí al exterior con los tímpanos reventados me parecía estar flotando en un sueño de una noche de verano. Jamás tuve esa sensación otra vez... Quizá sentí algo cercano cuando vi a los míticos Pretty Things en 2017... Tres años más tarde moría Phil May.

En definitiva, me alegro de haber conocido la música de Jeff Conolly y The Lyres y haberla sentido tan de cerca en aquel explosivo directo. Ahora que ya no los voy a ver en acción nunca más pienso, como en el caso de los Pretty Things, lo afortunado que he sido. Ellos ya no están pero el recuerdo nada ni nadie me lo podrá arrebatar. D. E. P, Jeff Conolly.

jueves, 23 de julio de 2026

LAURA CANTRELL, VEINTE AÑOS DE UN CLÁSICO

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, julio 19, 2026


La cantautora norteamericana acaba de relanzar Humming By The Flowered Vine, con motivo del vigésimo aniversario de su publicación original —aunque, si somos rigurosos, han pasado veintiún años—. Este tercer álbum fue uno de sus trabajos más celebrados, y ahora aparece en una reedición remasterizada que, además, incluye un tema inédito.

Laura Cantrell es una artista excepcional, no solo por la calidad de su trabajo, sino porque representa una rara anomalía en el mundo de la música: es una investigadora de los estilos con raíces, algo que puede apreciarse en sus discos, y tiene un gusto exquisito para descubrir joyas ocultas y nuevos talentos. 

En Humming By The Flowered Vine (2005), su tercera entrega tras los brillantes Not the Tremblin’ Kind (2000) y When the Roses Bloom Again (2002), la nativa de Nashville afincada en Nueva York combinaba material propio con versiones muy bien escogidas.

En esta ocasión, solo cuatro canciones llevaban su firma: Khaki & Corduroy, una preciosa balada entre el country y el jazz sobre su experiencia de ser una chica del sur en la ciudad de los rascacielos; California Rose, un luminoso country-folk acústico concebido como un tributo a la pionera Rose Maddox (1925-1998), una de las grandes artistas femeninas de la era honky tonk; Old Downtown, un cántico épico con guitarras atmosféricas, y Bees, otra balada de delicadeza extrema.

Entre las versiones, Laura seguía fiel a sus colegas contemporáneos como Emily Spray (con la deliciosa 14th Street, con exquisitas armonías de Mary Lee Kortes), Jenifer Jackson (con el country What You Said, con violín y acordeón) y el guitarrista de Yo La Tengo, Dave Schramm (And Still), e incluso se atrevía con Letters, una canción inédita de Lucinda Williams escrita cuando la artista de Luisiana era una cantante folk que sobrevivía en Nueva York. 

Los sonidos más tradicionales llegaban con el Wishful Thinking de la leyenda del sonido Bakersfield Wynn Stewart (un excelente honky tonk de manual con violín y pedal steel), y la adaptación de Poor Ellen Smith, una animada murder ballad tradicional de los Apalaches de los años veinte.

Humming By The Flowered Vine estaba producido por JD Foster (Richard Buckner, Marc Ribot) y, a diferencia de los trabajos anteriores de Laura, contaba con un impresionante plantel de invitados. 

Entre ellos, John Convertino y Joey Burns de Calexico, Amy Helm y Fiona McBain de Ollabelle, Paul Niehaus (Lambchop), Rob Burger (Tin Hat Trio), Steve Goulding (Mekons, Waco Brothers), Mark Spencer (The Blood Oranges), el citado Dave Schramm (Yo La Tengo), y el pedal steel Jon Graboff. 

Con una portada que evocaba el álbum The Hummingbirds (2002) de Jim Lauderdale, Laura dedicaba su disco a la memoria de John Peel (1939-2004). No en vano, el mítico disc-jockey británico calificó su debut Not the Tremblin’ Kind como “mi disco favorito de los últimos diez años y posiblemente de mi vida”.

Para celebrar los veinte años —bueno, veintiuno, si somos exactos— de la edición de Humming By The Flowered Vine, la cantautora acaba de relanzarlo con todas las canciones remasterizadas, además de incluir un tema inédito, Hammer and Nails, también compuesto por Dave Schramm.