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viernes, 22 de noviembre de 2024

THE CURE: UNA BRILLNATE OSCURIDAD

Sergio Lozano

La Vanguardia, 02/11/2024

A Robert Smith siempre le ha gustado salirse por la tangente, como ha demostrado a lo largo de los 45 años que lleva al frente de The Cure. Un afán por el camino inesperado que también refleja la larga espera para el lanzamiento de Songs of a lost world, primer disco de una futura trilogía con el que la banda pone fin a 16 años de barbecho y algunos menos –aunque un buen puñado– desde que comenzó a hablar de un nuevo disco.

Tan larga fue la espera para la publicación del 14.º trabajo de estudio, acontecida este viernes por la noche, que se le adelantó incluso la propia gira de presentación, esos Shows of a lost world celebrados el año pasado y consistentes en 35 conciertos multitudinarios por toda América, donde sonaron hasta cinco de los ocho temas de que se compone el nuevo trabajo de los padres del rock gótico. Una política, la de adelantar casi todo el material, más habitual de los jóvenes artistas de la urbana, aunque parece que el señor de los labios pintados y el pelo escarolado la ha adoptado más por despiste que por una voluntad clara de abrazar el reguetón.

Con buena parte del disco ya conocido por sus fieles, The Cure ha decidido no celebrar gira de presentación, un parón sobre los escenarios que se prolongará por lo menos hasta octubre del 2025 mientras Smith culmina –eso ha prometido ¡ay!– el segundo álbum de la trilogía que tiene en mente.

Solo dos conciertos dará la banda este 2024; el primero fue el miércoles en la muy británica ­sede de la BBC, mientras que el ­segundo fue este viernes por la noche en el teatro ­Troxy, histórico recinto art déco en el este de Londres que se engalanó para la ocasión con un clima triste y nublado, diríase que elegido por el propio Smith. No en ­vano, recibió al público con el ­sonido de una tormenta que retumbaba en el interior de la sala desde una hora antes de la hora convenida para la actuación, en la que el sexteto repasó por orden todos los temas del nuevo álbum. Droga dura antes de regalar al público un buen reguero de clásicos que se prolongó hasta las tres horas sin perder un ápice de energía.

Edificado en 1933 en el este de la gran urbe, el Troxy alberga en su interior una bella colección de estucados bizarros, moquetas vetustas y barandillas doradas, ideal para espectáculos de cabaret o la grabación de un episodio de la serie Hotel Fawlty. Un escenario ideal para alojar a The Cure, encantados de transitar entre el rictus trágico y la autoparodia al tiempo que se alejan de los estadios con toda su parafernalia. Eso sí, limitó la fiesta a poco más de 3.000 afortunados (el resto del mundo pudo seguirlo en streaming), veteranos seguidores y también muchos jóvenes en su mayor parte vestidos de negro, como mandaba la ocasión.

En tiempos de precios dinámicos, los asistentes solo tuvieron que desembolsar 56 libras por la entrada (66 euros), pura bicoca en esta ciudad donde hay que soltar una pequeña fortuna para alojarse en el cuarto de las escobas. Por este precio tuvieron acceso al mundo oscuro que Smith dibuja en sus nuevas canciones, santo y seña de los autores de discos como Pornography, Disintegration o Blood­flowers, profundidades del alma que tienen su continuación en las recientes Endsong (“No hopes, no dreams, no world”) o I can never say goodbye, que Smith dedicó a su hermano mayor, fallecido en los últimos tiempos al igual que sus padres, y que el propio cantante trenzó con unos dolorosos solos de guitarra.

La banda salió al escenario con toda la calma, y Robert Smith estiró los brazos antes de dar la orden para que sonara Alone, final de todas las canciones que cantamos, seguida de And nothing is forever y el poderoso ritmo al bajo de A fragile thing, mientras el público seguía la actuación con silencio reverencial en toda la sala.

A sus 65 años, Smith mantiene la misma presencia en el escenario sin necesidad de moverse, que para eso ya cuenta con su compañero de primera hora Simon Gallup, con abrigo de leopardo para la ocasión. Junto a ellos estaba la formación habitual con Jason Cooper a la batería, un portentoso Reeves Gabrels a la guitarra y los teclados en manos de Roger O’Donnell y Perry Bamonte, reenganchado en el 2022 tras su expulsión en el 2005.

Las piezas de Songs of a lost world fueron cayendo una a una, y así pudo escucharse por primera vez en directo Warsong con una calidad de sonido que teatros más recientes envidiarían. La batería aplastaba el espacio para que la voz de Smith volara con total libertad junto a teclados y guitarras distorsionadas en la rockera Drone / No drone, que también se estrenaba al igual que la sentida All I ever am, envuelta en un cegador juego de luces.

Los diez minutos de Endsong cerraron la primera parte de la velada con la luna de rojo sangre enseñoreándose sobre la pantalla gigante y todo el público en pie aplaudiendo. Smith, que no abrió la boca más que para cantar, regresó para arrancar sonrisas con una ristra de éxitos que hizo que las cabezas de los asistentes comenzaron a bambolearse con las melodías tantas veces escuchadas.

Sonaron Plainsong, Pictures of you, High, Lovesong o Fascination street, y así un reguero de temas con Smith enganchado a la guitarra y su compinche Gallup en camiseta, retorciendo las piernas ante el regocijo del público. Fiesta completa (con dos nuevas paradas incluidas) que incluyó las celebradas Just like heaven, A forest o Lullaby, alguna sorpresa como M o Secrets, la potente Fron the edge of the deep green sea o el galope de Disintegration, con el bajo distorsionado rasgando oídos sin piedad y un cuidado juego de luces que multiplicó el efecto de la música. 

Gabrels se frotaba las manos y Smith, ya desatado, bailaba y tarareaba las melodías en el fin de fiesta donde alinearon Friday I’m in love, Close to me, Why can’t I be you y Boys don’t cry. Todo un privilegio para el entregado público de parte de una banda que convive en sus letras con la muerte pero no deja de transmitir vida en sus conciertos con el gesto aniñado de este Caronte incombustible al que le basta media sonrisa para alumbrar un destello en la oscuridad y hacerse perdonar décadas de espera.

Un disco de la Luna a la depresión

La prolongada gestación del último disco de The Cure ha pasado por diversas etapas desde su origen, cuando debía llevar por título Live from the Moon en homenaje al 50.º aniversario de la llegada del hombre a la Luna celebrado en el 2019, una idea que llevó a Robert Smith a colgar una luna enorme en el estudio. “Siempre me han fascinado las estrellas”, reconoció el cantante en una entrevista para la BBC. Los retrasos en la producción del propio Smith –que en el 2018 llegó a plantearse seriamente disolver la banda– impidieron que el disco apareciera en esa fecha, cuando debía conmemorar el 40.º aniversario del primer disco de The Cure, Three imaginary boys. Lo que podría parecer un fracaso acabó por no serlo para Smith, quien reconoció que la idea de publicar el disco como una “celebración” habría sido un error. Una vez pasada la efeméride decayó la presión y pudo concentrarse en concluir este disco, que define como “pesimista” aunque con algo de luz. Originalmente, constaba de 13 temas, aunque solo ocho han llegado a publicarse, el resto tal vez aparezca en los próximos dos álbumes que tiene previsto publicar mientras en el horizonte otea la celebración del 50.º aniversario de la banda en el 2028, cuando Smith tendrá 70 años.

lunes, 30 de septiembre de 2019

“LOVE WILL TEAR US APART”: CUANDO IAN CURTIS LE CANTÓ A SU DESGRACIA

Felipe Retamal N.
Culto, 14 Feb 2019 

Inspirado en su crisis matrimonial y personal, el vocalista escribió la letra de la canción, que paradójicamente resultó la más exitosa de Joy Division. En esta también se pueden oír las influencias de la música electrónica en la banda.



A diferencia de otras agrupaciones que dependen del talento de uno o dos músicos, en Joy Division se componía de forma colaborativa. Encerrados en su sala de ensayo, en el local de TJ Davidson, los de Manchester creaban su material a partir de improvisaciones o alguna idea base. Así sucedió con “Love will tears us apart”.

Según relata el guitarrista Bernard Sumner en su autobiografía New Order, Joy Division y yo (2015, Sexto piso), la canción partió con una frase tocada por Peter Hook en el bajo, a lo que sumó el resto. “Recuerdo claramente a Ian [Curtis] preparando el riff mientras nosotros estábamos improvisando, y fue sugerencia suya mantenerlo a lo largo de toda la canción”.

Era agosto de 1979 y Curtis no pasaba por un buen momento. Su matrimonio con Deborah se encontraba en crisis, a tal punto que él le pidió que no asistiera más a los conciertos de su grupo. En su libro Touching from a Distance (1995, Faber and Faber), ella narra los difíciles años de casados. “Nuestra existencia se había vuelto aburrida y el hecho de que ambos odiásemos nuestros trabajos no ayudó. Me deprimí mucho. Nos habíamos agobiado por error con una hipoteca y una estabilidad para la que no estábamos preparados”.

Lo cierto es que por esos días, él buscaba su felicidad en otras personas. Su interés sentimental estaba en Anne Honoré, una periodista belga que conoció durante una actuación. Al poco tiempo ella entrevistó a la banda para un fanzine. Desde ese día, comenzaron a verse y entablaron una relación que se mantuvo por un tiempo.

El vocalista también debía lidiar con sus crecientes crisis de epilepsia, las que le dificultaban las presentaciones en vivo con el cuarteto. En escena él imitaba los movimientos bruscos de la enfermedad, lo que causaba una impresión a la audiencia, que poco a poco comenzaba a demandar más de él.

Ese torbellino de emociones empujaron a Curtis a escribir la oscura y pesimista letra de “Love Will Tear Us Apart”.“Cuando la rutina muerde fuerte/Y las ambiciones son bajas/Y el resentimiento viaja alto/Pero las emociones no crecerán”, canta al inicio. En parte, también es una respuesta cínica a “Love Will Keep Us Together”, un exitoso tema de pop que Captain & Tennille había lanzado en 1975.

Como una cruel broma del destino, los días de oscuridad de Curtis coincidían con una creciente atención sobre Joy Division. En septiembre hicieron su famosa aparición televisiva en el programa “Something Else” de BBC, donde tocaron “Transmission” y “She’s Lost Control”, con un público que los miraba atónitos.


Días después comenzaron una gira por Gran Bretaña como teloneros de Buzzcocks. En esa fecha estrenaron en vivo “Love Will Tear Us Apart”, la que casi de inmediato se volvió una canción de culto para los seguidores de la agrupación. El 26 de noviembre grabaron una segunda sesión para el conocido programa del Dj John Peel oportunidad en que registraron una versión del tema.

En lo musical, la composición reunía ciertas referencias del grupo. “La entrada puede haber estado influenciada involuntariamente por ‘Anarchy in the UK’ de los Sex Pistols -ese tipo de fuerza que zumba, que golpea-, mientras que el riff parece la prima segunda de una canción nuestra anterior, tituada ‘Novelty’”, recuerda Sumner en su texto autobiográfico.

Un sonido muy característico del tema es el sintetizador Arp Omni II tocado por el guitarrista, el que luego usaría para temas como “Decades” y “Atmosphere” del disco Closer, el segundo y último del conjunto. Ello respondía al creciente interés de los músicos por la electrónica, influenciados por Kraftwerk.


Finalmente registraron el tema en marzo de 1980, como parte de las sesiones de Closer. Poco tiempo después, a un día de partir a su primera gira a Estados Unidos, Curtis no soportó más los problemas y se suicidó en su hogar. El sencillo se lanzó en junio de ese año y alcanzó el lugar 13 de UK Singles Charts, la mejor posición que alguna consiguieron.

“Esa canción lo tiene todo. Una gran línea de bajos, maravillosos sintetizadores, un gran escaparate de la batería de Steve, la guitarra simple pero efectiva que se convirtió en una de nuestras marcas registradas”, detalló el bajista Peter Hook a Songfacts en 2014.

“Es una de las canciones de amor más hermosas que se hayan hecho nunca. No es una canción de amor al uso, no es un himno triunfal vacío que pretenda romper el corazón o algo así; es auténtica, es real, se balancea de un lado a otro entre la fuerza absoluta y la introspección reflexiva, porque eso era exactamente lo que le estaba sucediendo a la persona que escribió la letra”, concluye Sumner.

lunes, 26 de noviembre de 2018

LOS BABOSOS Y LAS HORNADAS IRRITANTES

José Martínez Ferreira
Jot Down, junio 2014

La portada del cuarto número de 96 lágrimas, de 1982. 
Imagen: El Sardinita. Vía Así se fundó Carnaby Street.

Cincuenta años después de la polémica que tuvo lugar durante la Guerra Civil en la revista Hora de España entre Ramón Gaya y Josep Renau sobre la pintura y el cartelismo, sobre lo emocionante y lo social, en el barrio madrileño de Malasaña se libró una nueva batalla sobre el significado y el valor del arte. En este caso entre unos grupos de música moderna que hablaban sin complejos de emociones y otros que defendían la intrascendencia del pop como pura diversión. En realidad dos caras de la misma moneda, la de la búsqueda de unas bocanadas de aire fresco de las que escapar del rock cabezón y de los cantautores abrasantes llenos de pelo de finales de los años setenta del siglo pasado.

Por el lado de los grupos divertidos, los ofensores, autoproclamados las Hornadas Irritantes gracias al ingenio de Patacho, guitarrista de Glutamato Ye-Yé, la alineación era la siguiente: principalmente los grupos Glutamato Ye-Yé y Sindicato Malone, a los que en distintos grados se sumaban Derribos Arias, Ciudad Jardín, Los Elegantes, Pelvis Turmix, Siniestro Total y los fanzines 96 lágrimas y La pluma eléctrica. En el bando de los ofendidos, llamados Babosos por los anteriores, la alineación era más clara, ya que el objetivo de los dardos fueron siempre Los Secretos y Mamá, añadiendo luego al listado según conviniera a Nacha Pop, Tótem y Los Modelos.

Prácticamente toda la prensa se puso del lado de las Hornadas Irritantes riéndoles la gracia y, aunque la gran mayoría de los grupos protagonistas se volatilizaron en un par de años, la terminología quedó grabada a sangre y fuego en el corazón de la Nueva Ola Madrileña, como se puede leer en Enrique Urquijo. Adiós tristeza (Rama Lama Music, 2005), la biografía que Miguel Ángel Bargueño escribió de Enrique Urquijo, donde el autor narra una escena digna de Nacho Canut pero protagonizada por el líder de Los Secretos quien, cuando le enseñaron en las oficinas de DRO la versión que de «Quiero beber hasta perder el control» habían hecho Fito y los Fitipaldis se levantó y, en vez de alegrarse, se encaró con el directivo de la disquera gritándole «¡Mira aquí los babosos! ¡Los babosos aquí seguimos!». Quince años después de la polémica al gran Enrique todavía le escocía el término. Hoy, pasados otra docena de años desde el desplante de Enrique, el rechazo a los Babosos sigue refulgente como el sol, estos grupos no se merecen el Olimpo y aunque el indie más recalcitrante acepte tan tranquilo a los Carpenters o a los Everly Brothers nunca podrá aceptar que Los Secretos son mucho más importantes que Parálisis Permanente, por todo. Pero sobre todo por sus canciones, por su primer elepé, que quizá tenga la mejor producción de toda la Movida madrileña, y es la mejor porque es la única que ha resistido fresca treinta y cinco años como lo hace la de cincuenta años de Pet Sounds, por compararlo con la obra más perfecta nunca grabada, con Dios. Siempre se aceptará que un cantante diga «We could be married and then we’d be happy» pero no «Si estás a mi lado me siento mejor».

Las etiquetas que se usaban en aquella época para catalogar a los grupos en ocasiones rozan lo descabellado, con divisiones imposibles, aunque imaginamos que hoy poca diferencia habrá para un oyente finlandés de veinte años que escuche «La balada de Karen Quinlan» y «Ligarse a Vicky», o la «Vicky» de Alaska y los Pegamoides, para él serán lo mismo. ¿Quién sería aquella Vicky protagonista estelar de dos canciones fundamentales de la época? O a lo mejor hubo dos Vickys, al igual que en la vida de la chica a la que están dedicadas estas líneas hubo dos Anas; pudo haber tres, pero en vez de la tercera hay una brujita ideal, su calco absoluto, que es capaz como ella de convencerte de cualquier cosa con la varita mágica de su sonrisa. Una primera etiqueta nos la da Fernando Márquez «el Zurdo», quien en su seminal Música Moderna (Ediciones Nuevo Sendero, 1981; con reedición de Discos Walden y LaFonoteca, 2013), antes de la acuñación del término baboso, coloca a Los Secretos, Nacha Pop y Mamá en el índice del libro dentro de la sección «Los llamados grupos sanos», aunque también coloque bajo ese mismo epígrafe a Los Elegantes y a Ejecutivos Agresivos, grupo este último en el que militaba Poch, meses más tarde uno de los puntales de las Hornadas Irritantes con su propio grupo Derribos Arias. Siguiendo el camino de buenos chicos trazado por el Zurdo podemos poner la frase de Ricardo Aldarondo en su crítica al disco Los Secretos aparecida en el número especial sobre «Los 100 mejores discos españoles del siglo XX» que sacó la revista ROCKDELUX en 2004 para celebrar su veinte aniversario, donde dice que «Los Secretos eran sentimiento a flor de piel, melancolía de chicos buenos sin vergüenza de serlo» y, por qué no, la retranca de Loquillo cuando el roquero barcelonés dice que «para ligar con una chica de aquella época tenía que hablarle de Nacha Pop», según cuenta Álex Fernández de Castro en su libro Nacha Pop. Magia y precisión (Editorial Milenio, 2002). La otra etiqueta común a los babosos, bastante más extraña que la de chicos buenos, que viendo sus fotos parece bastante razonable, es la de hippies, aunque con distinta graduación; mientras el Zurdo habla refiriéndose a Mamá, Los Secretos y Chokes como de la quinta «hippy-country», Diego Silva en su clásico El Pop Español (Teorema, 1984) habla de ellos como «hippy-progres» en la ficha dedicada a Glutamato Ye-Yé al decir que el grupo de Iñaki «venía a refrescar los ambientes musicales, cargando contra todos los “babosos” (entiéndase antiguos hippy-progres y derivados)». A la contra, Aldarondo comenta del primer elepé de Los Secretos que este «contiene una docena  de canciones que en aquel momento, en una España aún afianzada en el hippismo, la progresía y el sinfonismo, sonaban reveladoras» dejando ver que lo que hacía el grupo madrileño era ofrecer una alternativa al hippismo y los progres. En fin, no hay quien se entere, así que para acabar de liarla podemos ver la crónica de un concierto de Tótem del desubicado Álvaro Pombo publicada en 1980 por El País, en la que del grupo de los hermanos Peñacoba al escritor le interesa «particularmente la mezcla de un vigoroso, alegre sentido del ritmo aplicado a temas musicales clásicos. Eran “variaciones” (diferencias, a la manera utilizada en jazz)». Es cierto que Tótem era el único grupo que sabía leer una partitura, que en las maquetas de Tos —primer nombre de Los Secretos— hay una raquítica versión del «Don’t Cry No Tears» del hippy de Neil Young y que el bueno de Pombo no se enteraba de nada.

Si los babosos eran buenos, los irritantes además de graciosetes tenían a la fuerza que ser chicos malos, pero viendo la portada de uno de los números del fanzine irritante 96 lágrimas uno se da perfecta cuenta del increíble cutrerío e ingenuidad que tenían todos en aquellos años. En ese número, el periodista Miguel Ángel Arenas habla con los punkarras de PVP y le pone este bochornoso titular a la entrevista «PVP, un grupo guay del Paraguay». Pero qué podía hacer si el título completo del fanzine era 96 lágrimas, revista de marcha, colega. Espectacular. De todos modos no hay que cargar las tintas sobre Miguel Ángel Arenas por ese titular ya que también tiene en su haber la mejor frase de y sobre la Movida, frase aparecida en un número de 1984 de Rock Espezial: «En 1979 los grupos tocaban muy mal, pero eran todos muy divertidos; en 1984 todos los nuevos grupos tocan muy bien, pero son muy aburridos». Esta es la definición definitiva de la Nueva Ola.



Los demás periodistas, sin importarles la música que hacía cada grupo, prácticamente apoyaron al unísono a las Hornadas Irritantes, hasta periodistas como Juan de Pablos, que en principio uno pondría sin dudar codo con codo en la barricada de la brigada llorona, como diez años después de la polémica califica insistiendo en la gracia a Los Secretos, Los Modelos y Mamá Diego Antonio Manrique en la respuesta a la encuesta de José Luis Gallero en su fundamental Solo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña (Árdora, 1991). Juan de Pablos, él sí un poco arrepentido, comenta en el libro sobre Enrique Urquijo que «Me dejé llevar por esa corriente, al fin y al cabo era el último berrido. Las Hornadas Irritantes hicieron escuela y Mamá y Los Secretos pagaron el pato, quedaron bastante eclipsados, fue un palo gordo». Diego Silva en su libro llega más lejos todavía en su desprecio hacia los grupos babosos y no les dedica ficha ni a Los Secretos ni a Mamá dentro de la sección del índice «La primera generación», solamente a Nacha Pop, dando en cambio cancha a grupos hoy tan borrosos como Distrito 5 o Último Resorte. También es cierto que hubo críticas a Glutamato Ye-Yé, que para mí son algo más que un grupo gracioso ya que cuentan con media docena de clásicos indispensables de aquellos años; por ejemplo, Pedro Calvo en Diario 16 (1984) tras hablar de lo que enganchan las canciones del grupo acaba el párrafo con un demoledor «con estas historias Glutamato Ye-Yé logra renovar el cargado arsenal de himnos excursionistas, canciones de la mili y coplas de borrachería »mientras que un año antes Olmo en El correo español-El pueblo vasco en su crítica al single «Comamos cereales» machaca sin misericordia al grupo diciendo que «ya veremos quién se acuerda dentro de cuarenta años de “Comamos cereales”», que es la misma pregunta que se plantea Javier Urquijo en el libro sobre su hermano, cuando con mucha razón dice «Éramos blandos, ¿y qué? ¿Son blandos los Byrds? ¿Quién queda de las Hornadas Irritantes? Tararéame alguna canción de alguno de esos grupos», como si se le hubiera metido dentro el espíritu del alcalde de Madrid que pasará a la historia por rehabilitar todo el casco histórico de la ciudad, José María Álvarez del Manzano, quien sentenció a la Nueva Ola sin tener ni idea de lo que hablaba en una entrevista en La Vanguardia en el año 91: «Yo no recuerdo un solo libro, un solo cuadro, un solo disco; nada, de la Movida no ha quedado nada».  

Varios años después, ya con perspectiva aunque claramente desde el bando melódico, se podían por fin leer textos más reposados sobre aquellos grupos. En la Guía Esencial de la Nueva Ola Española, editada por el sello Rock Indiana en 1994, de Mamá se comenta que «las melodías que Granados se sacaba de la manga bordean la perfección en su intento de redondear una canción pop; incluso las letras, repletas de tópicos adolescentes, tienen un magnetismo y una personalidad muy particulares», y en la de Los Secretos que siendo «denostados por muchos en sus comienzos —fueron objetivo prioritario de las hornadas irritantes como ejemplo arquetípico de grupo baboso—, Los Secretos han logrado sin embargo ganarse el respeto de la mayoría gracias a una carrera coherente y sólida y, sobre todo, cuajada de buenas canciones». La verdad salía a la luz. Sin embargo la misma guía roza lo cruel en su valoración de Sindicato Malone al decir que en su breve existencia «les dio tiempo a grabar alguna buena canción, sin otra pretensión, eso sí, que servir de banda sonora a una buena juerga».

Podemos cerrar este texto resumiendo en la voz de Aldarondo todo lo dicho anteriormente: «Los Secretos tuvieron huevos para ser como eran: mientras Glutamato Ye-Yé, Derribos Arias, Alaska o Loquillo se protegían con la ironía o el surrealismo». De todos modos al final la sangre no llegó al río y la broma se fue olvidando, José María Granados tras disolver Mamá formó con Patacho, grupos como La Banda del Otro Lado y Buenas Vibraciones, y componentes de Los Elegantes tocaron con Los Secretos en multitud de ocasiones. Y fuera de la trifulca que tantas páginas rellenó en su momento han quedado un montón de canciones clave en la historia de la música española, canciones compuestas en unos años veloces de los que muchos salieron mal parados pero que durante aquellos días tenían un objetivo principal, que no era otro que ligarse a Vicky, y que tan bien explicó un lúcido Antonio Vega en una de sus mejores composiciones para Nacha Pop: «Salir, tocar, para verte sonreír, coger al vuelo el sentido de vivir».

domingo, 19 de noviembre de 2017

DETRÁS DEL ICONO: RELEVANCIA Y LEGADO DE “UNKNOWN PLEASURES”

Fran Palma 
El quinto Beatle, 15/06/2017



38 años no son nada, mucho menos si se pretende crear una leyenda. Algunas veces, sin embargo, 38 años pueden parecer una eternidad, o como (seguramente) diría Ian Curtis, un abismo insalvable. Aunque ahora que lo pienso, ¿quién soy yo para poner palabras en la boca de nadie? Mucho menos en la de Curtis, ese hombre que se meneaba con gesto serio entre los sonidos de su propia oscuridad con gesto impenetrable y pensamiento incierto. De haber sido otra persona, la peña probablemente se descojonaría. Pero no, es ese hombre serio, de constitución enfermiza, que con su baile no provoca risa sino espanto, confusión y lo que es más inquietante: una tristeza inconmensurable en la boca del estómago.

En el caso de Joy Division, lo del post-punk es literal, porque antes de la melancolía vino la rabia de inspiración sexpistoliana y buzzcockiana, la de su álbum debut que nunca vio la luz: “Warsaw”. Afortunadamente para todos, la banda rompió con RCA, se subió al carro Tony Wilson (Mr. Manchester) y con su sello Factory Records lanzó el disco que se convertiría en la piedra angular del batiburrillo musical que hoy conocemos como post-punk. 38 años de “Unknown Pleasures” y yo con estos pelos. 38 años del día en el que cuatro chavales de Manchester se metieron con lo puesto en un estudio para dejar su oscuridad en la cinta magnética. El resto, como se suele decir, es historia, impresa en vinilo: en la cara A, el mítico sonido que marcaría una generación; en la B, la turbulenta trayectoria de un grupo destinado a pasar por el escenario como una estrella fugaz. Aquí hay siete cosas que quizás supieras o quizás no. En cualquier caso, no viene mal recordarlas.

El debut punk

Pese a ser considerado como el debut oficial de la banda, “Unknown Pleasures” no es el primer trabajo del grupo técnicamente hablando. Joy Division ya habían autoproducido un EP llamado “An Ideal for Living” en 1978, trabajo de evidente influencia punk que fue muy criticado por su portada, en la que aparece dibujado un miembro de las juventudes nazis tocando un tambor. A esto se añadían otros factores como el toque nietzscheano de su música, el anterior nombre de la banda (Warsaw) y el infame grito que se puede escuchar al principio de un track incluido en la compilación de Electric Circus de 1977: “Have you all forgotten about Rudolf Hess?”. El grupo era acusado de usar el nazismo como algo chic, aunque los miembros siempre se desentendieron de semejantes acusaciones. Fue esto y la influencia de su nuevo manager Rob Gretton lo que hizo que para 1979 la banda dejase este tipo de tonterías a un lado, aunque conservarían su controvertido nombre inspirado por el grupo de mujeres judías violadas por los oficiales nazis de la novela “House of Dolls”.

Un placer desconocido

Ya había pasado antes. En 1978 una sesión de grabación en los estudios de RCA terminó en fracaso debido al descontento del grupo con el trabajo de post-producción y todo apuntaba a que su experiencia con la Factory Records de Tony Wilson iba a terminar de un modo similar cuando el grupo escuchó el resultado final de su productor Martin Hannett, más tarde conocido como el Genio Loco de Manchester. El proceso de grabación fue un ejercicio de continuo contorsionismo. Las órdenes de Hannett habían demostrado ser bastante difíciles de acatar en ciertas ocasiones, especialmente cuando al productor se le ponía entre ceja y ceja cosas como grabar la voz a través de un teléfono o mover la batería al cuarto de baño e incluso a la azotea del estudio. Hannett hacía caso omiso de las sugerencias de unos chavales que miraban con horror mientras su música se veía invadida por sintetizadores, adornos y efectos varios, precisamente los elementos contra los que se había revelado desde su nacimiento el punk que inspiró la creación de Joy Division. El sonido nunca terminó de complacer a los componentes (especialmente a Peter Hook), pues estos creían que las guitarras subordinadas y la atmósfera oscura y reverberada de la mezcla destruía la efervescencia que caracterizaba los directos de la banda. “Unknown Pleasures”, sin embargo, terminó por hacer las delicias tanto de la crítica como del público, adquiriendo un limitado éxito comercial por el que el grupo se dejó llevar sin oponer resistencia. La labor de Hannett acabó siendo reconocida por el bajista Peter Hook, quien lo acreditó como indiscutible creador del sonido Joy Division.

Ha perdido el control… de nuevo

Antes de pegar el salto a la fama con su debut, los miembros de la banda eran tipos muy normales, vecinos corrientes de Salford, aledaño del Manchester industrial de finales de los setenta. De todos ellos, Ian Curtis se llevaba la palma. Casado desde los diecinueve años con Deborah Woodruff, Curtis se ganaba la vida como funcionario de un centro de trabajo que empleaba a personas con discapacidad física y siguió trabajando incluso cuando el grupo empezó a adquirir cierta relevancia. Fue precisamente de ahí de donde sacaría la inspiración para escribir “She’s Lost Control”, un perturbador tema que habla sobre su encuentro con una mujer epiléptica que sufrió un ataque mientras era atendida. Ian recita los versos con urgencia e intranquilidad, envolviendo la música en un aura de terror que hace pensar que el incidente no es más que un vehículo para hablar de su propia condición de epiléptico, la cual le fue diagnosticada en 1978 tras sufrir un ataque en el camino de vuelta de un concierto. La enfermedad de Ian pasó a ser una parte más de la vida del grupo y su influencia es algo que puede verse incluso en el frenesí de muchas de las canciones de este álbum.

Hermanos de otro padre

Tanto “Transmission” como “Love Will Tear Us Apart” son indiscutibles clásicos del grupo de Manchester, aunque es importante destacar que ninguna de estas dos canciones pertenece, al menos literalmente, a la lista de canciones de “Unknown Pleasures”, un hecho que muchas veces da lugar a una especie de versión hípster del efecto Mandela. “Transmission” fue lanzada como single unos meses después del lanzamiento del debut y no es casual que tanto su espíritu como su sonido sean perfectamente compatibles con el universo sonoro de “Unknown Pleasures”. La canción pertenecía a las sesiones de grabación del mismo álbum, aunque debido a su energía, el grupo prefirió reservarla como lanzamiento estratégico que les permitiera extender la vida comercial del LP. Por otro lado, el single “Love Will Tear Us Apart” fue lanzado casi un año después del debut de la banda, funcionando como engañoso aperitivo de “Closer”, un segundo trabajo que poco o nada tenía que ver aquel single independiente. “Love Will Tear Us Apart” es, en cierto sentido, el punto y final de “Unknown Pleasures”. Es irónico que fuera precisamente esta canción la que se convirtiera en el mayor éxito del grupo, especialmente cuando uno analiza la oscura letra de un Ian Curtis cuya tristeza se desparrama por cada uno de sus melancólicos versos, contrastando con la brillante y armoniosa instrumental. Se dice, en retrospectiva, que la canción fue un aviso del suicidio que Ian Curtis llevaría a cabo apenas un mes antes de su lanzamiento. El título, inspirado por su matrimonio, fue grabado en su lápida por orden de su propia mujer. Sin duda un oscuro giro del destino.


El principio del final

Por si el carácter de Joy Division no fuera lo suficientemente oscuro desde sus inicios, fue el final del grupo lo que acabó dándole el toque definitivo, convirtiendo la prometedora banda en el eco en blanco y negro que Joy Division pasó a ser para siempre. Efectivamente, “Unknown Pleasures” fue el primer y último trabajo lanzado mientras Curtis aún seguía con vida, algo que marcaría para siempre la trayectoria de un disco destinado a convertirse en hito, siempre con cierto aire de maldición. Curtis se suicidó en plena ascensión, justo antes de su primera gira en los Estados Unidos. No siendo la primera vez que intentaba suicidarse, su muerte no sorprendió a nadie. De hecho, parece casi como si el trágico final de Ian Curtis hubiera sido parte de algo mayor, una especie de eventualidad inevitable en un grupo que olía a suicidio desde su nacimiento. La muerte de Curtis pasó a ser parte integral no sólo del grupo sino también de su obra prima. Con su abrupto final, Curtis convirtió el principio en final y el debut en legado.

Visualizar lo invisible

Es casi imposible a día de hoy no reconocer la portada que se convirtió casi por accidente en uno de los más circulados iconos del siglo 21, algo especialmente cierto cuando hablamos de la cultura hipsteroide de Tumblr y sus derivados. La imagen encuentra su inverosímil origen en una enciclopedia de astronomía en la que la misma ilustración servía como representación gráfica de la primera señal de Pulsar de la historia. Para explicarlo en cristiano: cada una de las cien líneas es un pulso, un bip que da lugar a los ‘picos’ del centro. La imagen ejerció una atracción magnética inmediata no sólo sobre el diseñador Peter Saville sino también sobre un grupo que vio en aquellas señales de radio la representación perfecta de su sonido: apenas un puñado de trazos brillantes perdidos en la inmensa oscuridad, una foto a lo invisible. Su misteriosa presencia, carente de título o cualquier otra distracción, se rodea aún hoy de una atmósfera de misterio y oscuridad que ha acabado por convertirse en una parte inseparable de la experiencia sonora que es “Unknown Pleasures”. Aparte de esto, es imposible no mencionar el increíble éxito comercial de la imagen, equiparable al de iconos legendarios como la lengua de los Stones o el escudo de los Ramones. Camisetas, posters, tartas e incluso suelas de zapatos. Uno puede encontrar transmisiones de púlsar en todo tipo de recreaciones, lo que hace inevitable que nos preguntemos sobre qué pensaría el nietzscheano Ian Curtis si viera a una chavala de quince años llevando una de estas camisetas mientras escucha a The 1975…

Una frecuencia que no se extingue

El legado de “Unknown Pleasures” es simplemente incalculable. Aparte de ser un trabajo unánimemente alabado por la crítica, su relevancia radica en lo puntero de un sonido oscuro y pesado acompañado de una estética musical y visual que marcaría las pautas de toda una generación de grupos post-punk como The Cure, Wire, Jesus & Mary Chain y más tarde, The Smiths. A día de hoy, el álbum no ha perdido ni un ápice de relevancia y sigue siendo una clara referencia para grupos obvios como Interpol o The National pero también para artistas de otros géneros como lo son Danny Brown o Vince Staples. “Unknown Pleasures” es, desde su concepción, un disco que se alimenta de su entorno, hallándose en un continuo estado de crecimiento que arrasa con todo lo que encuentra. Sea en camisetas o entre las líneas de otros grupos, que así sea por muchos años.

miércoles, 24 de febrero de 2016

LO QUE QUEDÓ DEL ROCK GÓTICO

Miguel U.
Jot Down, agosto de 2012

Joy Division

Poco susto se lleva uno hoy día si, al cruzar la esquina entre la calle Fuencarral y Velarde, se topa con cinco adolescentes aireando las chorreras de sus camisas de franela negra, maquillaje que haría sonrojarse a la mismísima Cristina Aguilera, rímel suficiente para soldar el casco del Ulisses SS Grant, corsés ajustados con presión para competir con la mordedura del gran cocodrilo del Orinoco, recociéndose en plena segunda quincena de julio, mientras lo que antaño fuese una anatomía humana deviene uno de esos rodillos de carne tostada de aspecto sospechoso que hay en los fast food turcos.

Son góticos, sí, reconocible figurante de un sector demográfico perfectamente integrado en la sociedad española, un elemento del paisaje ibérico que ya no choca al espectador que, acodado a la barra del bar, se zampa un pincho de jamón ibérico con la misma mano que segundos antes hurgase despreocupadamente bajo la camisa primero, peinando la pelambrera que sepulta el crucifijo; en lo que vienen siendo los huevos sudados después.

Pero esta tribu urbana con sus costumbres que son suyas y digo yo que habrá que respetar, tuvo su momento, el viejo y nostálgico momento de gloria, de provocación, que al igual que la música que da ritmo y vida a los movimientos juveniles de nombre anglosajón y estrafalaria puesta en escena, se vio en la cúspide de la Cultura con mayúsculas para precipitarse al abismo e, incapaz de asumir su decadencia, darse cuenta de sopetón de que le habían vendido la moto. Así pasaron los años de la movida, cuando los chicos más trendys del lugar, tras haber quemado el viaje de fin de curso en Londres dándose la vida padre y experimentar lo que se cocía en occidente, volvían a casa para fardar de lo aprendido con los amigos para espanto de abuelas, párrocos y profesores.

Ian Curtis

El origen

Fue en 1979 que John Peel, el gurú musical de la televisión británica, decidió bautizar la actuación que acababa de presentar como “rock gótico”. Cuatro chavales de Manchester, de aspecto más bien apocado dados los estándares de aquella época del punk-rock, venían de ejecutar uno de los temas del que sería su primer álbum, Unknown Pleasures. Su vocalista, un delgado y pálido veinteañero tocado con un peinado de emperador romano, pasó toda la actuación retorciéndose como un cable sometido a una descarga eléctrica en un baile frenético que, si se hubiese visto hoy día, habría sido identificado inmediatamente como “el bailecito de Chiquito”. Hablamos de Joy Division, claro.

Joy Division brotaron en el terreno fértil del post-punk británico (sus miembros fundadores se conocieron en un concierto de los Sex Pistols), la escena que sucedió y aspiró a superar los esquemas del estilo. Tras unos primeros pasos como un grupo convencional de punk-rock llamado Warsaw, decidieron cambiarse de nombre y emprender junto al productor Martin Zero Hannet, un genio loco de lengua incontenible, su propio camino redefiniendo el rock y el pop de la época. A la ralentización del sonido le sucedió una forma distinta de arropar la música de melodías funerarias, atmósferas densas y letras de empantanado nihilismo. Hannet tuvo mucho que ver en esto.

Dejando de lado la conocida y trágica historia de su vocalista, Joy Division dieron el pistoletazo de salida de un género que ha recibido nombres distintos desde entonces (coldwave, darkwave, after-punk, goth-rock, música siniestra, etc) que ahora nos ocupa, ya sea escribiendo con sangre humana en un tétrico castillo o como yo ahora mismo, bebiendo cerveza en la terraza en calzoncillos.

Si el punk supuso una expresión de ira combativa, el rock gótico fue la decepción que certificaba la derrota. La lucha contra el sistema quedó rápidamente finiquitada por mucho que los ingenuos rockeros creyeran tenerlo agarrado por los huevos, y el estado anímico de aquella generación de músicos cambió. Los de Manchester lo ilustraron con una banda sonora inspirada en los suburbios industriales, tenebristas referencias a Gogol (Dead souls) y Ballard (Atrocity exhibition), y un cadáver balanceándose suavemente de una soga en la cocina.



No duró mucho este sonido “frío”, ya que sus discos hicieron escuela, y la denominación acuñada por John Peel se convirtió en vocabulario de uso corriente. Bauhaus, Siouxie and the Banshees y Sex Gang Children entre otros añadieron a los ambientes tenebristas la estética glam y cierta querencia por la imaginería cultureta, de manera que el invento cobró unas connotaciones más estrambóticas y la presentación del producto musical tintes barrocos. Los escenarios se poblaron de circos ambulantes que añadían al concierto una puesta en escena bastante currada, por decirlo así.

Bauhaus, el grupo capitaneado por Peter Murphy, alcanzó la fama gracias a su single Bela lugosi is dead, tema incluido en la banda sonora de la película El Ansia, protagonizada por Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie, que fue una de las inspiraciones de Ian Curtis (posiblemente la mayor junto a los Doors e Iggy Pop durante la etapa de The Idiot ), y alma mater del movimiento, por lo menos en lo que estética y actitud andrógina se refiere. El culturetismo de Bauhaus, además del propio nombre del grupo, se deslizó peligrosamente hacia la pedantería; referencias al teatro del absurdo y Antonin Artaud (con su tema homónimo) incluidos. Hasta llegaron a grabar un tema de Brian Eno, fíjate. La querencia por los guiños finolis y la literatura de tronío tuvo continuidad en el género y resulta ya casi tópico parodiar a los miembros de la tribu como flemosos afeminados obsesionados con Nietzsche, Poe, Lautréamont y otros nombres rimbombantes cuyos libros seguramente pasan por sus manos muy de vez en cuando.

Bauhaus

Llegaron los ochenta y con ellos el Horror, el Horror…

Los blandengues 80 fueron la época perfecta para la música siniestra. El clima comercial del negocio discográfico unido a un mercantilismo que se beneficiaba de la bonanza de la cultura juvenil, la aparición de las tribus urbanas (ese singular dogma que obliga a sus miembros a escuchar un tipo de música en exclusiva y a vestirse como mamarrachos) y la fortaleza de los medios de difusión de masas fueron el hábitat idóneo para que los góticos eclosionasen a pie de playa y emprendiesen su carrera hacia el proceloso mar del rock´n roll. Los 80 fueron La Década de las tribus urbanas, pero también la época elegida por el mundillo musical para convertirse en un monstruo tragón absorbido por la mercadotecnia; la misma que vio nacer al grupo siniestro por excelencia, el que popularizó el rollete y marcó tendencia, plenamente reconocible en pósters y camisetas de los personajes de tantas películas cutres protagonizadas por chiquillos con el pelo cardado, o más concretamente por su líder y capitán indiscutible, único superviviente de la formación original: The Cure y Robert Smith.



Aunque miento, The Cure no aparecieron en los 80. Ya por 1979 tenían publicado un LP, Three imaginary boys, que reforzaría el canon con de baterías comatosas, bajos saltarines y letras pesadillescas. La indudable calidad de sus discos fue en aumento hasta finales de los 80, con álbums tan redondos como Pornography, Disintegration, Kiss me, Kiss me, Kiss me o Boys don´t cry, dejando paulatinamente de lado la faceta más oscura de su sonido en favor de los temas pop y un engrudo patafísico que algunos llamaron neo-psicodelia. Es el mismo subgénero que practicaron en su momento bandas tan notables como Echo & The Bunnymen, The Church o Comsat Angels. El caso es que los baños de masas que se daba Robert, unidos a la coba y constantes lamidas de polla de crítica y público terminaron por afectarle. Poco a poco, a medida que asistía a desfiles de canas y discos de oro, el adolescente eterno fue echando tripa y criando una barba que ninguna mascarilla facial ha sido capaz de disimular. Sus discos perdieron chispa convirtiéndose en una grotesca parodia de sí mismo, haciendo honor a aquel sketch de La Hora Chanante en el que, henchido de orgullo y sebo, encaramado a una rama, contemplaba cómo esa lucecita que una vez fuera su talento se eclipsaba en el horizonte.

Las tribus reaccionaron durante este periodo como cabría esperar: criando facciones enfrentadas y depurando a sus miembros cual comisario soviético. Aparecieron entonces los vástagos con mala leche y el movimiento se fraccionó generando un campo tan rico como inane. Tenemos así cosas como el deathrock (45 Grave, 1919, Penis Flytrap), la movida industrial (Swans, Laibach) y el electropop siniestroide (Klan of xymox), que acudirían a engrosar las filas de los siniestros junto a ya clásicos de la movida como Sisters of Mercy o Killing Joke.

The Sound

Y había variedad, no creas tú que no. Desde los grupos que todavía conservaban el espíritu original coldwave (The sound, The Passage) hasta el punkarrismo embadurnado de órganos de iglesia y el chunda-chunda machacón, que fue sin duda, además de la licuefacción cerebral masiva entre los jóvenes (crimen por el que será sin duda recordado y figurará en las enciclopedias virtuales del futuro junto a Aphex Twin y Chimo Bayo, y por cierto el valenciano dio sus primeros pasos en el mundillo musical pinchando en discotecas a Alien Sex Fiend y Depeche Mode, justo antes de decidir que no había en esta vida hábito más elegante que los trajes de motocross y que las rulas debían ingerirse salteadas), gracias a Front 242, entre otros. Del punk al bakalao. Si hay algo de lo que no se puede acusar a los góticos es de inmovilismo, eso hay que reconocerlo.


Si miras al escote, el escote te devolverá la mirada

Pero realmente no hay ningún delito nuevo en la evolución de la música gótica. De hecho el desarrollo del estilo musical que va de la excitante novedad a la institucionalización malsana, el dogmatismo teenager y la tribalización estética, tan rentable para la industria audiovisual y los modelitos de diseño vendidos en tiendas de ropa temática, el farrismo nocturno y demás, es sospechosamente parecido al sufrido por otros estilos musicales como el punk y el heavy metal.

Igualmente a la diversificación estilística le siguió la difusión. Nació como un estilo 100% británico de chavales paliduchos criados en suburbios y “ciudades verdes” en las que llueve 300 días al año —y hombre, eso no es algo que fomente un carácter risueño y tropical— con sus industrias y sus carbones, sus paisajes negros y su spleen flemático tratado con pintas de cerveza y pastillas, pero dejó su simiente aquí y allá. Hay cierta correlación entre este paso del rock de guitarras a la música de baile, tanto como de la estética contestataria al after. Quien quiera ver esto y echarse unas risas al mismo tiempo no tiene más que ver 24 hours party people.

The Cure

En algún momento tuvo que recalar en España, y así lo hizo. Sin duda alguna Parálisis Permanente es el grupo más conocido, aunque aún hoy punkies y góticos se pelean por dirimir a cuál de las dos tribus pertenecen realmente. Tres cuartos de lo mismo con Los paralíticos (sí, hay cierta fijación con las parálisis), Qloaca Letal y Kante Pinrélico. Más clara resulta la filiación sin embargo de combos siniestros evidentes y tediosos como La Dama se esconde o Décima víctima, pastiches sin gracia puramente coyunturales.

Pero sin duda, si hay un país en el que la música siniestra ha echado raíces y se ha convertido en una auténtica institución, hasta el punto de que la mayor parte del público lo considera su país de origen y su inspiración primera, es Alemania. Por algún motivo que aún hoy se me escapa parece que lo gótico, si alemán, dos veces gótico. Ya no es música oscura, es antimateria. Debe ser el acento, el lenguaje gutural, las catedrales o los uniformes de las SS que los siniestros, incluidos los nuestros, ven en el país de Merkel una fuente de credibilidad gótica, de marca de autenticidad, como Seattle con el grunge o Nueva Orleans con el jazz.



Herencia macabra

Aunque no lo crean los góticos también procrean. Lo juro. Y no por escisión, no me consta que ningún siniestro perdiese un dedo en la obra y este se convirtiese en otro siniestro, sino copulando como cualquier otra persona. Pero no era de esto de lo que quería hablar, sino de lo que ha quedado de la música siniestra en la actualidad. Por un lado existe todavía un circuito alimentado por sellos independientes en el que el estilo sobrevive gracias al constante revisionismo de sus tics más obvios. Aún quedan bandas que reproducen (¿homenajean?) a los clásicos como The Cure y Bauhaus, aunque su alcance es bastante limitado y suele quedar restringido a los ambientes más cerrados. Pero por otra, y esto sí me parece importante, ha sido una importante influencia en grupos de otros palos. Baste mencionar que en una entrevista Chris Cornell reconocía que sus grupos favoritos eran Joy Division y Killing Joke. Billy Corgan participó en un disco tributo a los de Manchester y su influencia es evidente en otros unos cuantos grupos de la generación grunge así como en la precedente (Dinosaur Jr, Pixies, Melvins, Long Ryders, Hüsker Dü, My Bloody Valentine y muchos otros), y podríamos decir que es el 50% de la inspiración de los grupos de “american gothic” actual y pasados como Woven Hand, Jay Munly y Thoose Poor Bastards; el otro 50% correspondería al folk y el blues americano. No hay que tomarse tan a coña a los góticos, nos han dejado cosas muy sabrosas en lo musical, tanto como cansinas y bobas en lo estético (¿y quién no? ¿se libran los hippies, los mods o los heavys?), pero sí que son, en mi opinión, uno de las tribus urbanas que mejor encarnan cómo un puñado de buenas ideas pueden reproducirse hasta la hartura por mor de factores extramusicales y estéticos. ¿Por qué no decirlo? del dichoso “popularismo” de instituto.


No es que sea malo del todo, si hay algo que anima el pop además de la música es la posibilidad de encontrar un medio de vehicular las ansiedades y preocupaciones juveniles, de entrar a formar parte de un grupo y, vamos a decirlo, de apuntalar una personalidad zozobrante justo cuando más falta de directrices vitales está. Pero atentos, como diría Ronnie James Dio: Beware! Watch out! Tras estas soluciones a las tribulaciones, este modus videndi en snack siempre hay un difusor interesado, un creador de cultura a sueldo, un mercenario de los significados. O lo que es lo mismo, un capullo de marketing con la conciencia de un melocotón dispuesto a hacer un buen montón de pasta con eso que a ti, joven lector, te parece tan importante. No me harán caso o si lo hacen poco importará, pero que no se diga que al final no quedó dicha esta advertencia.

Killing Joke

lunes, 21 de diciembre de 2015

CUANDO MANCHESTER FUE LA MEJOR CIUDAD DEL MUNDO

Lucía Lijtmaer  
eldiario.es, 21/12/2015

Joy Division y New Order serían impensables sin entender dónde nacieron y desarrollaron su trayectoria.

Manchester se evoca en la autobiografía del músico Bernard Sumner, “New Order, Joy Division y yo”.

Joy Division con Tony Wilson en Manchester.

Tony Wilson, Alan Turing, Ian Curtis. “Adoraban Mánchester, su historia, su gente famosa y las grandes cosas que habían sucedido en la ciudad. Su filosofía era que mientras vivieras en Mánchester, debías esforzarte por mejorar las ciudad, y de ese modo hacer que resultara también un mejor lugar para ti. Los nativos de Mánchester debían sentirse orgullosos de serlo: esa era su actitud”. Son palabras de Bernard Sumner, el miembro fundador de Joy Division y cantante y guitarrista de New Order, que relata su vida y experiencias en New Order, Joy Division y yo (Sexto Piso). 

¿Cuales fueron los principales pilares de Joy Division y New Order? ¿Qué papel jugó la ciudad y su pasado en la creación de la escena denominada 'Madchester'? Desentrañamos aquí algunas de las relaciones más importantes que conjugan la cartografía del momento y el lugar.

1. La ciudad: “No vi un árbol hasta que tuve 9 años”. La frase, del bajista Peter Hook, es aplicable a cualquiera de los otros miembros de Joy Division y New Order. La influencia que la ciudad norteña ha tenido en el sonido de ambas formaciones y en todo lo que vino después es insondable. Tal es así que ninguna de las biografías y/o documentales sobre ellos se atreve a comenzar sin tratar el urbanismo de una ciudad dónde se criaron los protagonisas. Una ciudad gris, increíblemente contaminada, estratificada socialmente y en plena depresión. En palabras de Sumner: “Lo que recuerdo con mayor nitidez es haber mirado hacia el fondo de la calle y haber visto las farolas de sodio naranja rodeadas de un halo sucio producido por la niebla. Al mirarlas, uno se sentía enfermo de gripe. Nuestro sonido tenía que brotar desde dentro porque el exterior era insoportable”.

2. La Segunda Guerra Mundial: Ese Mánchester es, a su vez, producto de su historia más reciente. Todos los integrantes de Joy Division (y New Order) nacen apenas una década después del final de la Segunda Guerra Mundial, que marcaría a la población británica durante decenios. La sombra de la guerra aún se cernía sobre todo el país, y sobre la ciudad de Mánchester en particular. Las huellas de los bombardeos, los efectos del racionamiento en la gente – el principal retratista del grupo Anton Corbijn diría más adelante que la primera vez que vio a Joy Division se le antojaron “unos chavales producto de la pobreza, famélicos, siempre ateridos de frío”, y el legado de austeridad de la generación anterior influyen directamente en la infancia y adolescencia de la banda.  Por no hablar del nombre, claro, basado en el ala del campo de concentración nazi dedicado a la prostitución -División Alegría-.



3. La revolución industrial: Una ciudad está hecha de capas y su historia también. El desarrollo económico y social que produjo la revolución industrial modificó Europa para siempre, y Mánchester fue una de sus capitales mundiales. La estructura de la ciudad en la que crecieron Bernard Sumner y el resto de Joy Division permanecía a la sombra del resultado de un tránsito económico que marcó a ambas formaciones en su paisaje -fábricas de productos químicos, algodón, serrerías y fundiciones de latón- y en su sonido. Sumner explica de sus recuerdos infantiles musicales y la relación con su barrio : “La canción “Dirty Old Town” (de Ewan MacColl), con su poderosa evocación de amor en un paisaje industrial del norte, fue escrita pensando en Lower Broughton”.

4. La clase trabajadora: Joy Division son producto de Mánchester y su pasado histórico como lo son de las realidades económicas de su entorno. Hijos de obreros y amas de casa y madres solteras, criados en barrios que fueron inspiración para docudramas como “Coronation Street”, los protagonistas del sonido industrial eran los descendientes directos de la mano de obra de las fábricas y los talleres locales. Como explicaba Sumner: “Crecías en un paisaje tan brutal que cuando veías o escuchabas algo que era hermoso realmente lo apreciabas”. 

5. El sonido: Dos citas explican la trascendencia del germen musical de Joy Division. La primera, del propio Sumner: “El sonido al que dimos forma fue el sonido de lo que nos rodeaba: un sonido frío, sombrío, industrial. La segunda, del que sería su principal aliado frente a la industria, el periodista y empresario Tony Wilson: “El punk te permitía decir “que te jodan”, pero no podía ir más allá. Era único, venenoso, una frase de rabia muy corta. Tarde o temprano alguien iba a tener que decir algo más, alguien iba a querer decir “estoy jodido”.  

6. Ian Curtis: A día de hoy resulta imposible separar la imagen del grupo. El joven ídolo y frontman de Joy Division, creador del aura de la banda con el binomio de crooner maldito y suicidio inesperado, fue además una parte fundamental para que el grupo trascendiera en su contenido. Sumner explica: “Ian era el responsable de todas las letras, lo cual nos libraba al resto de una parte importante del trabajo que sería mucho más complicado más adelante, con New Order”. Curtis, con clara reverencia por lo intelectual, era fanático de JG Ballard y William Burroughs. 

7. El relato en imagen: Joy Division ha sido uno de los grupos con un imaginario más potente del postpunk. Desde las portadas de Uknown Pleasures y Closer -creadas por el paisano Peter Saville-  a los fotógrafos que les retrataron -el ya citado Anton Corbijn o Kevin Cummins-, pasando por tres excelentes piezas fílmicas que funcionan como testimonios de una época. “Control”, de Borbijn busca ser la ficcionalización de la vida y obra del malogrado Curtis. “24 hour party people” de Michael Winterbottom centró su atención en Factory Records y la escena de Mánchester, con especial cariño por Curtis. Y “Joy Division”, dirigida por Grant Gee y con guión de Jon Savage resulta uno de los testimonios documentales musicales más fidedignos de la última década.

8. Tony Wilson: Conocido como Mr. Manchester, fue el crisol de la ciudad durante dos décadas. No hay nada que no hiciera: fue periodista para Granada TV y BBC, empresario, cofundador de Factory Records y dueño de The Haçienda, sala fundamental para entender el auge del techno en el Reino Unido entre 1982 y 1997, y de la ciudad en particular, en lo que se denominó la escena “Madchester” El tránsito de Joy Division a New Order sigue la vida e intereses de Wilson, que fichó  también a Durruti Column y The Happy Mondays. Wilson actuó como aglutinador de una comunidad, de una ciudad -a la que adoraba- y de un sueño común: que durante un tiempo, cuan breve fuera, Mánchester resultara la mejor ciudad del mundo.

jueves, 2 de enero de 2014

DAVID EUGENE EDWARDS: THE PREACHER (Documental)


La cadena de TV holandesa VPRO realizó en 2000 un impresionante documental sobre David Eugene Edwards carismático líder de los extintos 16 Horsepower y de Woven Hand, su actual banda. El documental nos acerca a la inquietante personalidad de Edwards y nos ayuda a entender el por qué de esa música oscura y espesa que practica. Nacido en un ambiente familiar extremadamente religioso, nieto de un riguroso pastor de la Nazarene Church de Colorado (que prohibía a sus fieles escuchar rock o incluso ir al cine o bailar), hijo de un padre alcohólico que murió de leucemia cuando él tenía 6 años y de una madre deprimida y desencantada con el rigorismo religioso, el líder de Woven Hand recibió una herencia de angustia que plasmó en un collage sonoro que mezcla el folk americano con el rock más oscuro (Joy Division, Gun Club, Nick Cave And The Bad Seeds). Uno puede no compartir los planteamientos religiosos de Edwards pero tiene que quitarse el sombrero ante esa hiriente sinceridad que ha hecho de su música algo tan singular.

Lo siento por los que no entienden la lengua de Shakespeare pero el documental que cuelgo a continuación no tiene desperdicio.