domingo, 25 de octubre de 2026

SCOTS: CULTURA SUREÑA EN DECADENCIA

Miquel Botella Armengou
Ciudad Criolla, 20/05/2026



Alguien publica un libro sobre un grupo —y, además, presume de ser el único existente— y toda la prensa especializada a aplaudir. Señores, queda feo decirlo, pero fui uno de los primeros en escribir un completo y psicotrónico artículo sobre Southern Culture On The Skids en mi desaparecida web Yi-haa!! en 1999. Así que considero que es un buen momento para actualizarlo y, por qué no, reivindicarlo.

“¡Rockeros y luchadores! ¡Bienvenidos muchachos al gran baile de los Monstruos! El Santo — luchador legendario, heroico actor y cantante de música ‘soul!’. Después de un día duro luchando contra monstruos para la producción de la película Venganza de las mujeres vampiras, nuestro ídolo le gusta relajarse con una cerveza fría y una chica apasionante. El famoso grupo mundial Southern Culture On The Skids surministrará el ritmo vibrante. Poco después cuando se acerca al micrófono nuestro héroe empieza a sentir agotas de sudor debajo de su máscara. Siente el ardor cuando — Santo swings!”.

¿Demencial? Este texto en peculiar —e incorrecto— castellano, incluido en las notas interiores de su EP Santo Swings (1996) —ampliación de otro EP anterior, Santo! Sings (1992), con dos temas más: el Double Shot de Dick Holler & The Holidays y el Scratch My Back de Slim Harpo—, es solo una minucia que retrata a la perfección el mundo bizarro de Southern Culture On The Skids, SCOTS para los amigos.

Retrocedamos a los primeros ochenta: Rick Miller, un guitarrista y cantante con aspecto de garrulo de campo recién salido del casting de Deliverance (John Boorman, 1972), estaba grabando una cinta con canciones de Johnny Burnette, Panther Burns y Elvis Presley; durante una pausa, conectó la radio, justo cuando sonaban los R.E.M. Entonces pensó: “Chico, esto no encaja. Me gusta la cultura sureña, en decadencia”. Su misión en la vida estaba clara: volver a lo básico.

Dicho y hecho. Junto al vocalista Stan Lewis, la bajista Leslie Land y el batería Chip Shelby, en 1983 Miller creó el grupo en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Todos ellos compartían su afición por la música con raíces, pero querían “joderla” un poco. Tras grabar el EP Voodoo Beach Party (1984), y un largo homónimo en 1985 (también conocido como First Album), Lewis abandonó la formación.

En 1987, Mary Huff, una chica de Virginia que empezó a tocar a los 15 años en varios combos de rockabilly, conoció a Rick. Poco después, enterada de que SCOTS necesitaba bajista, lo llamó y se unió a la banda. Finalmente, Shelby fue substituido por un amigo de Mary, Dave Hartman, con pinta de turista cocido por la paella, el sol y la sangría, que golpea su instrumento de pie desde que le robaron la banqueta.

Los tres se trasladaron a una casa situada en un bosque de pinos, el Kudzu Ranch, donde idearon el look y el sonido de SCOTS, al que llamaron “sur-ruralismo”. Fruto de esa experiencia, grabaron Too Much Pork For Just One Fork (1991). Más tarde, se instalaron en un viejo garaje, donde construyeron un estudio de ocho pistas.

El resultado fue For Lovers Only (1992) —con un cover de Daddy Was A Preacher But Mama Was A Go-Go Girl de Betty Jo Bangs— al que siguieron los EPs Peckin’ Party (con el Run Chicken Run de Link Wray) y Girlfight (con el Wheels de The String-A-Longs) en 1993, y el álbum Ditch Diggin’ (1994) —que incluía versiones de The Great Atomic Power de The Louvin Brothers y de Jack The Ripper, Parts 1 & 2 de Link Wray—, regrabado en 2013 como Dig This. Ditch Diggin’ V. 2 con algunos cambios.

Su salida del status de grupo de culto empezó cuando ficharon por el sello Geffen y lanzaron Dirt Track Date (1995). Las ventas conseguidas por este trabajo —unas doscientas cincuenta mil copias—, sorprendieron a la compañía y a la propia banda. Esto permitió a SCOTS incluir en su contrato con la multinacional cláusulas como la que les autorizaba a editar singles en sellos independientes, y les dio pie a editar otro álbum, Plastic Seat Sweat (1997).

Después publicarían varios LP más: entre ellos, Zombified (1988) —con canciones de temática terrorífica y adaptaciones de She’s My Witch de Kip Tyler, de Sinister Purpose de Creedence Clearwater Revival y de Torture de Kris Jensen—y Liquored Up And Lacquered Down (2000), donde versionaban el Hittin’ On Nothing de Irma Thomas y el Pass the Hatchet de Roger & The Gypsies.

También los directos Live At El Sol (2002), registrado en la sala madrileña el 6 de diciembre de 1997 con la formación de cuarteto que incluía a Chris Bess; DoubleWide And Live (2006), grabado en la ciudad que los vio nacer, Chapel Hill, en Carolina del Norte, en noviembre de 2004, y el más reciente Live at Yep Roc 15, Southern Culture On The Skids (2020).

Y aún hay más: Mojo Box (2004), el monográfico de versiones Countrypolitan Favorites (2007), The Kudzu Ranch (2010) —donde atacaban el Are You Ready For The Country de Neil Young y un medley con Come As You Are de Nirvana y Lucifer Sam de Pink Floyd—, Mondo Zombie Boogaloo (2013) —compartido con The Fleshtones y Los Straitjackets, y en el que reinterpretaban Goo Goo Muck de Ronnie Cook and The Gaylads y Que monstruos son de Bobby (Boris) Pickett and The Crypt-Kickers— y el antes citado Dig This. Ditch Diggin’ V. 2 (2013).

Les seguirían The Electric Pinecones (2016) —un guiño a su antigua banda paralela The Pinecones— y el grandes éxitos Bootleggers Choice (2018), en el que regrababan dieciséis de sus canciones más requeridas por el público de sus discos para Geffen Dirt Track Date y Plastic Seat Sweat, además de una remasterización del Camel Walk del EP Santo! Sings.

En 2018 llegó Kudzu Records Presents, reedición expandida de la caja de tres singles de 2004 del mismo título, con covers del One night of Sin y el Lost Weekend de Smiley Lewis, el himno Jesus Took My Burden, el Is Anybody Going To San Antone popularizado por Texas Tornados, el Buzz The Jerk y el Midnight To Six de The Pretty Things, el Devil With The Blue Dress On de Shorty Long, el Whip It On Me de Jessie Hill, el Certain Girl de Ernie K-Doe y el Just Like I Treat You de Howlin’ Wolf.

Su álbum más reciente es At Home With Southern Culture On The Skids (2021), grabado en la sala de estar del Kudzu Ranch y concebido durante la pandemia, y en el que el trío adapta el Sugar Town de Nancy Sinatra y el Dear Mr. Fantasy de Traffic junto a sus temas propios.

Con la sana intención de divertirse con la rica cultura sureña, SCOTS ilustrarían perfectamente esas producciones de serie B de Roger Corman con turbadoras adolescentes de jerséis apretados, coches rápidos y rock’n’roll, e incluso encajarían en las alucinaciones de Troma. Su fórmula: pervertir los estilos característicos del sur que originaron el rhythm’n’blues y el rock’n’roll, y mezclarlos con otros como el surf, para producir lo que ellos denominan “mutaciones culturales”.

(Por cierto, ese concepto de mutación cultural siempre me ha fascinado, y por eso se convirtió en una pregunta recurrente que incluyo en algunas de mis entrevistas a artistas de americana, raíces o como quieras llamarlos: así lo hice en el caso de, por ejemplo, The Raveonettes y Jim White).

Como explica Miller, “todos hemos crecido en el sur, así que jugamos con esos estereotipos. Pero hay un sentido de ironía en lo que hacemos y en la forma en que abordamos el material”. A pesar de su afición por grabar con micros antiguos, no les gusta ser tildados como freaks nostálgicos. Tampoco se consideran rockabillys: “Hay más de Tony Joe White y Link Wray y todo el rock’n’roll y rhythm’n’blues sureño, no solo rockabilly. También nos influyeron muchos artistas negros, como Slim Harpo”.

Para entender mejor la peculiaridad de SCOTS es necesario volver a mencionar a Santo, el enmascarado de plata, el superhéroe idolatrado por el grupo. En 1972, en la revista Terror Fantastic, en un artículo sobre Santo, Luis Gasca decía: “Es el más humilde de los héroes latinos, su talón de Aquiles es la celulitis y lucha en todos los frentes, porque así se lo ordenan los señores guionistas. Santo, el enmascarado de plata, es un héroe de mesa-camilla para ser degustado en los cuadernos semanales o en reportajes de la TV mexicana”.

La similitud es obvia: como el luchador disfrazado, SCOTS también combaten en todos los frentes: el country, el blues, el funk, el soul, el rockabilly, el surf, el rock’n’roll, los guiños a The B-52’s, y los homenajes más que explícitos a sus héroes: Link Wray (con quien han compartido escenario; también participaron en el colectivo Guitar Ace. Link Wray Tribute en 2003) en Link’s Lung (una referencia al pulmón que extirparon a Wray), Chuck Berry (Hey Chuck Berry), Dick Dale (Rumours Of Surf) y, cómo no, Santo (Viva Del Santo!).

Y, como el enmascarado de plata, el trío de Chapel Hill demuestra no temer a los riesgos del colesterol. “Nuestra música se basa en todo lo que representa la buena vida: comer pollo frito y toda clase de sexo: humano, animal, todo. Somos hillbillys cachondos”, confiesa Mary.

Se podría decir que la filosofía de SCOTS se fundamenta en las tres F: “fun, food and foolin’ around” (diversión, comida y tontear), aunque habría que añadir una cuarta, “fuck”. Profundizando en el símil gastronómico, Miller explica que “nuestra música es como un menú sureño. Cada plato ha sido cocinado un rato y tiene su propio sabor, pero todos funcionan cuando los juntas”. Esto explica la afición del grupo a las canciones con títulos sobre comida, como Biscuit Eater o Banana Puddin’.

Las comparaciones de SCOTS con Santo no acaban ahí. En el artículo anteriormente citado de Luis Gasca, este afirma del superhéroe latino que “seguir su rastro cinematográfico es más difícil que localizar en los puestos de reventa mexicanos sus cuadernos, algunos de ellos totalmente agotados”. Algo parecido ocurre con la discografía del grupo, repleta de numerosos singles en sellos independientes y temas inéditos incluidos en recopilatorios.

Y ya que hablamos de cine, SCOTS han aportado sus canciones a películas como Flirteando con el desastre (David O. Russell, 1996), Beavis And Butt-Head recorren América (Mike Judge, 1996), Perdita Durango (Álex de la Iglesia, 1997; aunque sonaron en el filme porque son uno de los grupos preferidos del director, no aparecieron en el disco de su banda sonora) y Sé lo que hicisteis el último verano (Jim Gillespie, 1997), y a series como la tremenda True Blood (2008-2014).

Sin duda, uno de los platos fuertes de SCOTS es su presencia escénica, algo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que en su primer concierto precedieron la proyección de una película porno, y que desde entonces se han curtido en centenares de escenarios, desde prisiones hasta bares de striptease y fiestas universitarias. Sin contar, además, con que pasan unos doscientos cincuenta días al año de gira.

En sus conciertos, reparten pollo frito cuando interpretan Eight Piece Box (especifican en su contrato que “si no hay pollo, no hay show”), interpretan versiones de, entre otros, Link Wray (Run Chicken Run, Jack The Ripper), de The Louvin Brothers (The Great Atomic Power) y de Slim Harpo (Shake Your Hips), y buscan al más gordo del público para quitarle la camiseta y calzarle la máscara de su admirado Santo.

Para afrontar tal experiencia, Miller aconseja lo siguiente: “Bébete un ‘pack’ de seis cervezas de camino al concierto, participa en el show y pásatelo bien. De vuelta a casa, recoge seis botellas de licor de malta, ve al motel más cercano y practica el sexo. SCOTS no hace conciertos. ¡Montamos fiestas!”.

En diciembre de 1997 ofrecieron una primera gira española que incluía Valencia, Barcelona, Bilbao, Madrid y Tomelloso. Un servidor tenía una entrevista concertada con ellos en Bikini, tras la prueba de sonido, hacia las ocho de la tarde, pero a esa hora el grupo ni siquiera había llegado, porque se encontraba en Zaragoza atrapado por un temporal de nieve.

El día anterior habían actuado en Peligrosamente juntos de Radio 3. Al final, tocaron en la capital catalana a la una o las dos de la madrugada. Después volvieron en diciembre de 1998, en agosto-septiembre de 2002, en abril de 2009 y en octubre de 2017, esta vez para presentar The Electric Pinecones.

Quien creía que la cultura sureña en decadencia era la descrita por Clint Eastwood en Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), o estaba convencido de que Ramoncín era el Rey del pollo frito, es que no conocía a Southern Culture On The Skids.



Cuatro fiestas de grasa, pollo y alcohol…

DIRT TRACK DATE (1995)

Retrato del grupo típicamente yanqui: una bajista (Mary Huff) con un gran moño y medias de rejilla, un batería (David Hartman) con sombrero a lo Bing Crosby y pinta de turista sonrosado, y un cantante y guitarrista (Rick Miller) con peto texano, perilla montañesa y aspecto redneck. Increíble pero cierto: son Southern Culture On The Skids, el mejor grupo de arqueología norteamericana desde los Blasters.

Con un estilo autodefinido como “surf de los Apalaches”, capitaneado por la guitarra Danelectro de Miller, en su debut para la multinacional Geffen el insólito trío aficionado a las citas en las pistas de carreras (el condón pisoteado de la portada lo decía todo) nos ofrecía rock’n’roll de carretera (Voodoo Cadillac), funk-soul (Soul City y el Nitty Gritty de Gladys Knight), rockabilly sucio (Greenback Fly), instrumentales a lo Link Wray (Skullbucket), tex-mex hawaiano (Make Mayan A Hawaiian), surf (Galley Slave) y ritmos a lo The B-52’s (Firefly).

PLASTIC SEAT SWEAT (1997)

En su segundo álbum para Geffen, el trío seguía fiel a sus principios, las mutaciones culturales. O lo que es lo mismo, deformaciones de los distintos estilos sureños con ganas de juerga. Plastic Seat Sweat incluía canciones con vocación de himno (Shotgun), soul desencajado (Banana Puddin’), poderosos rig rock para camioneros (40 Miles To Vegas), rockabilly frenético (el Love-A-Rama de Leon Bass and The Keytones), honky tonk sui generis (Earthmover y Country Funk), rock’n’roll salvaje (Strangest Ways) y lounge juguetón (el House Of Bamboo de Neville Taylor).

No faltaban los instrumentales imposibles, como Dance For Me, ideal para la danza del vientre, al unir orientalismos kitsch y ramalazos mexicanos; la fantasía surf Deja Varoom, con salpicaduras de Link Wray y Dick Dale; Theme From The Cheaters, la sintonía de un filme inexistente que conjugaba la atmósfera de Harlem Nocturne con las pesadillas de Screamin´ Jay Hawkins, o ese repetitivo tema final no acreditado, donde durante diez minutos mareaban la perdiz sin llegar a ningún lado.

Con la adición de nuevos instrumentos y la incorporación del guitarrista y teclista Chris Bess —que, además de conocer el repertorio íntegro de Booker T, pasaría por la versión palurda de John Belushi; actualmente ya no forma parte del grupo—, SCOTS hacían su sonido aún más ecléctico, pero mantenían sus temáticas preferidas: bodas con tiroteos, camioneros anfetamínicos que conducen con los codos y comida.

MOJO BOX (2004)

Grandes enigmas: ¿Qué había en el maletín de Pulp Fiction? ¿Qué abría la llave de Mulholland Drive? ¿Y qué contenía la caja que contemplaban los Southern Culture On The Skids en la portada de este disco? En este último caso, el misterio está desvelado: Mojo Box era una colección de canciones que funcionaban al igual que hechizos que te hipnotizan y te dan energía.

Tras volver al formato de trío de sus orígenes con la marcha del teclista Chris Bess como miembro fijo (aunque colaboraba en algún tema), en su octavo álbum los freakies de Carolina del Norte recuperaron su sonido garagero a medio camino entre los Cramps y la Credence Clearwater Revival, basado en la tremenda guitarra de Rick Miller y la juguetona voz de Mary Huff.

Todo cabía en su caja de hechizos: rock’n’roll bronco con vocación de road movie (’69 El Camino), intrigante (Mojo Box, con alaridos incluidos) o pantanoso (Swamp Fox); surf acelerado (Doublewide), mezclado con rockabilly (I Want A Love) o evocador de Dick Dale (el instrumental The Wet Spot, con una réplica lounge tropical en The Sweet Spot).

Pero aún había más: honky tonk arrollador (la versión de Biff Bang Pow del grupo sesentero británico The Creation) y spaghetti western polvoriento (el Fire Of Love de Jody Reynolds, también adaptado por The Gun Club y The Nomads), y los habituales himnos bailables (el irresistible Smiley Yeah Yeah Yeah y el soulero Soulful Garage).

COUNTRYPOLITAN FAVORITES (2007)

¿Quién mejor que un trío asilvestrado de la América profunda como Southern Culture On The Skids para enfrentarse a un repertorio de countrypolitan, el country más edulcorado? Tranquilos, porque Countrypolitan Favorites no se parecía en nada a un disco de Kenny Rogers. Y es que, en su primera colección de versiones, el grupo solo atacaba unas pocas canciones de ese nefasto movimiento, como los hits Rose Garden (popularizado por Lynn Anderson) y el Oh, Lonesome Me de Don Gibson.

El resto del álbum se completaba con versiones que raramente hubieran atraído al Nashville decadente: el Muswell Hillbilly de The Kinks (con arreglos a lo Sir Douglas Quintet), el Life’s A Gas de T. Rex, el Have You Seen Her Face de The Byrds, el Happy Jack de The Who (reconvertido en un festivo hillbilly con banjo enloquecido), el Tombstone Shadow de la Credence, o el Te Ni Nee Ni Nu de Slim Harpo.

El trío también reconstruía clásicos de George Jones (el honky tonk garagero Let’s Invite Them Over), Wanda Jackson (Funnel of Love), Roger Miller (Engine Engine #9) y John D. Loudermilk (Tobacco Road), en un recorrido por todos los estilos con raíces. Por eso, Countrypolitan Favorites era la mejor banda sonora para una fiesta, eso sí, con pollo frito y cerveza en abundancia.

El sello Yep Roc lanzó un bonus disc con cuatro versiones más: These Boots Were Made For Walkin’ de Nancy Sinatra, Mr. Spaceman de The Byrds, I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground and Nico, y Monkey See, Monkey Do de Sam the Sham & The Pharaohs.

… y un bonus track no tan inesperado

Descrito como “el hermano maníaco de Chris Isaak”, siempre al borde del filo, el desaparecido guitarrista y cantante Dexter Romweber (1966-2024) fue el líder de los Flat Duo Jets, y empezó a grabar en solitario en 1996.

En su tercer álbum, Blues That Defy My Soul (2004), su debut para el sello Yep Roc producido por Rick Miller —el guitarrista de Southern Culture On The Skids—, exhibía su estilo de tocar sucio y áspero, su voz chillona y poco agraciada y su sonido mezcla de rockabilly, blues y surf.

En formato de trío, y a veces con la colaboración esporádica de un saxo, Dexter atacaba con ferocidad el rock’n’roll (Rockin’ Dead Man o un Monster Blues cercano al estilo de SCOTS), el rockabilly más asilvestrado (The 309, el Come Back de Benny Joy), el blues (Blues That Defy My Soul, Man Walks In) y el surf instrumental (Nephretite, Nabonga).

Pero la bestia también se calmaba en baladas acústicas como Prison Called Life (únicamente con su voz y guitarra, como si se tratara de un Johnny Cash en las últimas) o la versión del I’ve Lost My Heart To You de Charlie Rich.

martes, 13 de octubre de 2026

POR FAVOR, INSÚLTAME

Jaime Gonzalo
jaimegonzalo.com, 20/01/2010


Bonito marrón. Anda la cúpula mofetil urdiendo un número especial dedicado al punk y mi colaboración es requerida. Como ya están todos los temas adjudicados, me toca lo que nadie más ha querido, deduzco. En líneas generales, se trata de trazar un recorrido didáctico, divagación si lo prefieren, por la etimología de la palabra «punk»; es decir, exponer el origen de dicho vocablo, «la razón de su existencia, de su significación y de su forma», que dice el amigo Julio Casares en su diccionario ideológico. ¿Hola? ¿Todavía siguen ahí? A priori, un tema soporífero para quien no sienta cariño por esas hermosas criaturas que son las palabras, madres de todo lenguaje. Apasionante, por el contrario, si nos dejamos guiar por la curiosidad natural, esa que nos conduce hacia lo insospechado. No es este ni lugar ni momento para recordar las enseñanzas de Octavio Paz sobre el poder poético de las palabras, pero si para evocar la primera explicación respecto a la génesis léxica del punk aparecida en la España de la época. Si no me equivoco y nadie más lo hizo antes, fue el ínclito Diego Manrique quien dedicaba un capítulo del librito De qué va el rock macarra (Ediciones La Piqueta, Madrid 1977) a la etimología del punk:

Ya lo decía Shakespeare en 1603, en su «Measure for Measure»: «She may be a punk, for many of them are neither maid, widow nor wife». O sea: tal vez sea una punk ya que muchas de ellas no son ni doncellas ni viudas ni esposas. Lo que quiere decir que punk (antiguamente, puncke o punquetto) era el equivalente de ramera, prostituta, buscona, fulana y demás. Con el transcurso de los siglos, punk pasó al argot de las prisiones, para designar al homosexual débil, al que está bajo la protección de otro penado dominante. Llegando al siglo XX, encontramos que punk pierde sus connotaciones sexuales. Punk pasa a ser —especialmente en USA— el mozalbete inexperimentado, el mocoso insignificante que ocupa el último puesto de la escala social. Como adjetivo, punk también es despectivo y se puede traducir como inferior, malo, miserable… Este epíteto se cuelga a un tipo de rock hecho en USA a mediados de los años sesenta. Diez años después, hay otro movimiento rockero al que se bautiza —sin intención despreciativa— como punk rock. No te plantees demasiados problemas semánticos. Oirás hablar del rock bronca, del gili rock, del rock macarra, del rock callejero…todos son sinónimos de punk rock. Y si no tienes otra versión castellana más adecuada, úsala sin rubor.

Treinta años después, el léxico castellano sigue sin contemplar un equivalente aproximativo para traducir punk. Lo que habla en favor del poder simbólico al que se refería el poeta mejicano antes mencionado. Nada ni nadie ha sido capaz de verter a otra lengua su universal significado, y por ello mismo intraducible.

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DE CATAMITA A GREASER

Indaguemos un poco más. En su forma más arcáica y de uso popular, que no académico, como se ha visto la palabra punk en el idioma británico refiere a una furcia o prostituta. Pero ya antes de eso, en 1582, existía la forma spunk —del gaélico spong— para denominar la yesca, la madera reseca o podrida utilizada como combustible, o en su lugar una sustancia seca y esponjosa preparada con hongos y empleada para encender antorchas o fuegos artificiales. En 1687, los indios algonquin de Ottawa, en el dialecto derivado del idioma ojibwa en el que hablaban, disponían del término ponk para designar el polvo, la harina o las cenizas. En 1870, punk empezó a ser utilizado significando incienso chino. Brevemente, pues tan solo veintiséis años después ese uso era olvidado para dar paso a punk como algo de calidad inferior o de deshecho, absurdo o sin sentido. Para principios del s. XX, ese empleo derogativo aplicado a objetos empieza a también a ser susceptible de personas, siendo punk, en el contexto del slang o argot, un individuo sin valor, o más en concreto un joven maleante, un gangster de pacotilla, un rufián, diagnosticando éste el primer síntoma del futuro que aguardaba a la nomenclatura. Ubicado el palabro en los bajos fondos, en 1904 ya era de uso común para designar al punk kid o aprendiz de criminal, si bien arraigado a una connotación de tonos homosexuales relacionada con la palabra catamita, o sea muchacho custodiado por un pederasta, práctica habitual en la cultura etrusca y la antigua Roma (aunque su origen es griego y procede de una corrupción de Ganymedes, el joven efebo que fue seducido por Zeus). En 1917, punk cobra auge como término colectivo para la juventud marginal, chapera o no, que ocupa lo más bajo de la escala social. También, vagabundos y convictos negros empiezan a disfrutar del usufructo del sintagma. Suavizado con los años, en 1923 punk designa todavía a una persona joven, sólo que no por ello despreciable, a lo sumo inexperta, principiante, novicia. Por ejemplo, en el argot cirquense de la década de los 30, «punk day» era el día en el que los niños entraban gratis en el circo. También da lugar a un verbo, to punk o retroceder ante algo. A principios de la década de los 50, punk entra en competencia con greaser, siendo casi desbancado por este sustantivo datado en 1846. Entonces algo así como «sudaca» en nuestros días, utilizado derogativamente para referirse a los latinoamericanos, en concreto los mejicanos; con la aparición del rock´n´roll, greaser cobraría vida como joven individuo de raza blanca y sustrato trabajador, agresivo y fanfarrón, extendiéndose su uso hasta bien entrados los 70 (p.e., MC5 eran greasers). En su edición de 1990, el diccionario Webster ya recogía punk como relacionado con o perteneciente al punk rock. Y punk rock, cuya aparición fechaban en 1971, como música rock caracterizada por unas expresiones de alienación y descontento social, a menudo deliberadamente ofensivas.

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DO I FEEL LUCKY? WELL DO YOU PUNK!!!

No tiene mucho de particular tropezarse en cualquier diccionario de internet con la acepción correspondiente al sentido musical por el que actualmente se reconoce mayoritariamente al punk. Todo lo contrario a lo que ocurrió en su día. Veamos, si tenías la suerte de poder leer o escuchar en sus versiones originales libros de William Burroughs o películas de gangsters y delincuentes juveniles, lo de punk no te pillaba desprevenido. Aunque en este sentido, nada como el inmortal monólogo —»you gotta ask yourself question, do I feel lucky? well do you punk!! go ahead, make my day»— que en «Dirty Harry» (1971) Clint Eastwood endilgaba Magnum en mano a un negrata con malas intenciones, escoria chuliputa de la peor calaña. Otra posibilidad era estar en posesión de «Freak Out» (1968) de los Mothers of Invention, donde Zappa se burlaba de los hippies de postal de San Francisco llamándoles «flower punks». En realidad, aquí nadie supo exactamente que podía significar punk hasta años despues de la concepción de Ramones y Sex Pistols, máximos estereotipos del género. Pero una vez nos enteramos, no nos pudo detener nadie. En los 80 entramos a saco en el «punk de los 60″, ubicamos por fin el «punk de los 70″ y nos dispusimos a convivir con el asunto hasta lo que ya parece una exasperante eternidad. Tanto es así, que del mismo modo que «¡no me rayes, tronco!» se ha convertido en expresión popular, «¡que punk, tía!» forma parte del lingo cotidiano adolescente para referirse a algo/alguien que causa impacto o que se pasa de la raya. Centrándonos en unos orígenes que escapan por completo al interés de esa juventud que lo ha incorporado a su dialecto —o de esa segunda juventud que aún lo mantiene en uso—, John Robb fue al grano en «Punk Rock: An Oral History» (Ebury Press, 2006), resumiendo el meollo del siguiente modo:

La palabra punk originalmente significaba prostituta, moho de la madera o hongo. Para enero de 1976, cuando la neoyorquina revista Punk tomó su nombre, su significado se refería al de una persona a quien se la hincan por el culo en la cárcel, un fracasado o una forma de garaje rock & roll de los sesenta.

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UNA PALABRA SUCIA

Publicaciones como Creem, Hit Parader, Village Voice, Trouser Press, Bomp!, Rock Scene, SoHo Weekly, Circus, eran en mayor o menor medida las principales difusoras de lo que musicalmente estaba sucediendo en Nueva York a mediados de los 70. Jocoso, irreverente cuaderno seudoprofesional estrechamente conchabado con los más inmediatos próceres del rock neoyorquino de la época —Joey Ramone, David Johansen, Richard Hell, Debbie Harry—, precisamente por ello el que más de cerca ausculta la situación, Punk nacía en 1975 promovido por el estudiante de artes visuales John Holmstrom y un amigo de su natal Connecticut, en el aristocrático corazón de Nueva Inglaterra, Legs McNeil. A medio camino entre cómic satírico y fanzine rock, los ideales de Punk eran tan prosáicos como los de cualquier otra revista en circulación entonces; El contenido de Punk iba a ser más genérico, el hecho de que cubriéramos a los grupos neoyorquinos se debía a que vivían en la ciudad y eran accesibles, y también a que nos hacían vender revistas porque la gente quería leer sobre ellos (Holmstrom a Clinton Heylin). Escasa expectación causaba en Manhattan la pegada de carteles que precedía la aparición del primer número. Pero bajo aquel misterioso lema de «Llega Punk», se condensaba la nueva taxonomía que iba a redefinir la utilidad de una música que no podía purificarse sino a partir de su propia autodestrucción: «El punk era rock & roll«, diría Holmstrom, «como los Stooges y el rock de garaje. Básicamente, cualquier rock & roll duro era punk, y esa era la clase de música sobre la que queríamos escribir, para diferenciarla de Paul Simon y el rock blando dominante. Pero entonces el término pasó a ser estrechamente definido. En nuestra opinión era un término genérico que abarcaba cualquier cosa que fuera rock duro. Hasta que se convirtió en los Sex Pistols, en quienquiera que sonara como ellos… Punk era una palabra sucia. Poner Punk en la portada era como poner la palabra Joder. Molestó a mucha gente. Fue algo muy controvertido.


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MENTALIDAD CARNÍVORA

Lo que no decía John Robb en «Punk Rock: An Oral History», era quién había utilizado por primera vez la palabra punk en un contexto rock. No está nada claro. Unas fuentes señalan a Dave Marsh, que en 1971 y en la revista Creem utilizaría la acepción de «joven delincuente» de punk, si bien Iggy Pop no recuerda lo mismo al hacer memoria con las críticas que recibió el primer álbum de The Stooges (1969):

Elektra quería vendernos a un público formado por estudiantes de college, la audiencia emergente que estaba siendo formada y dirigida por la revista Rolling Stone y su idioma escrito, pero eso no era bueno para los Stooges y sabía que esa clase de oyente no iba a aceptarnos. Mis gustos eran muy sofisticados pero mis habilidades muy limitadas, más lo eran áun las del resto del grupo. Pienso que eso nos reportó una conexión con la juventud descontenta. Me di cuenta de que si tocábamos en una universidad, la gente inteligente y creativa, como los profesores, podían pillarnos, pero los estudiantes no podían porque la suya era mentalidad de rebaño. A mi me interesaban más los ausentistas de instituto, drogotas problemáticos, chavales que estaban tan metidos en la música que para ellos aquello era mucho más que un estilo de vida. Creo que fue en una crítica de Lenny Kaye de «The Stooges» donde se hacía referencia por primera vez a la palabra punk. Todo el significado posterior del término surgió de ese comentario. Más o menos venía a decir «ésta es la música de punks en busca de hamburguesas». Aquello me puso furioso porque yo era macrobiótico. Pero Kaye acertó en algo, yo era un macrobiótico con mentalidad carnívora.

Como fuere, Kaye retomaría la expresión en las notas de «Nuggets» (Elektra-1972), señalando que «el término que ha sido no oficialmente acuñado para (esas bandas de garaje de los 60), «punk rock», parece especialmente aplicable para aquellas que, incompetentes y caseras, ejemplificaban el maníaco placer de estar en escena con la desvergüenza y determinación que proporciona el mejor rock and roll«.

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¿QUIÉN PUSO LA BOMBA?

Así que Lenny Kaye, ¿eh? Pues no sé que decirles. Acudamos de nuevo a John Holstrom para marear aún más la perdiz:

La revista Punk empezó el punk rock y lo puso todo en marcha en 1975. Y, mientras yo podía haber creado esa revista, nuestro redactor Legs McNeil fue quien dió inicio al movimiento punk. Legs era el punk de la casa de la revista Punk. Pensó en hacer del punk una elección de estilo de vida. Decía, «Soy un punk. Odio a los hippies. Como hamburguesas. Bebo cerveza. Odio la maría». Legs pudo haber acuñado el término «punk rock», la palabra «punk» estaba por todas partes en 1975. A AC/DC, Bay City Rollers y Steven Tyler les llamaban punks. Time y Newsweek sacaban a Bruce Springsteen en portada y le llamaban punk callejero. La revista Creem empezó a escribir sobre punk rock y nombraron a Iggy Pop punk del año en una votación de lectores del 74. Greg Shaw de la revista Bomp! acuñó el término en 1971 para describir la música de garage. Hasta Suicide tenían un poster del 74 en el que se autodenominaban punk rock. En Inglaterra lo recibieron con los brazos abiertos. Todo el mundo quería ser la próxima gran sensación punk.

Desistamos pues de atribuir una paternidad absoluta. La sucesión de acontecimientos, la sintonía mental entre diferentes agentes de la cultura rock a lo largo de los primeros 70, la propia capacidad del rock para seleccionar sus genes, todos son en conjunto responsables de la forja del monosílabo en cuestión. Hoy día, asimilado y empaquetado para consumo adolescente, su significado ha aberrado, pero eso ya es otra historia.

Texto © Jaime Gonzalo.

* Artículo originalmente aparecido en el fanzine Mofo nº 3, circa 2007-8

Esta entrada se publicó en Artículos y está etiquetada con Archivo, cárcel, diego manrique, greaser, iggy pop, mc5, nueva york, punk en 20/01/2010 por Jaime Gonzalo.

martes, 29 de septiembre de 2026

DAVID BOWIE ANTES DE DAVID BOWIE: LOS ORÍGENES MUSICALES DEL ARTISTA VEN LA LUZ

Rafa Cervera
GQ, 23/09/2026

Un disco con grabaciones de 1965 pone de manifiesto el talento de Bowie y, también, la travesía por el desierto que tuvo que experimentar hasta conseguir reconocimiento.



1965 marcó el rito de paso en el pop británico. La música dejó de ser un simple entretenimiento juvenil, aparentemente inocuo, y adquirió identidad artística y peso cultural. Los Beatles, que lideraban esta transformación, publicaron el álbum Rubber Soul, cuyas canciones rompían con los patrones habituales: menos historias de amor, más introspección y nuevos horizontes musicales que, en algunos casos, anticipaban lo que poco después llamaríamos psicodelia. Lanzada en junio de ese año, (I Can't Get No) Satisfaction se convirtió en un éxito instantáneo gracias a sus claras referencias sexuales y a su cuestionamiento del sistema, elevando a amarillo el nivel de amenaza social de los Rolling Stones. Mientras tanto, la subcultura mod —abreviación de “modernist”— ganaba peso como una forma de enfrentarse al mundo adulto mediante la imagen y el sonido: Vespas, polos, pantalones pitillo, parkas, trajes entallados, flequillos prominentes y canciones de raíz negra. Miles de jóvenes de clase trabajadora construían así una identidad propia, alternativa a una sociedad que no hacía más que hostigarlos. The Who condensaron y amplificaron esa sensación en los tres minutos y dieciocho segundos de My Generation. El rock & roll se había convertido en la gran vía de escape, y cada nuevo grupo —The Kinks, The Small Faces, The Yardbirds, Moody Blues, Herman's Hermits— pasaba de inmediato a ser una promesa. La fama y la fortuna estaban, al fin, al alcance de cualquier joven que se negara a llevar una vida convencional.

En este escenario frenético se movía un músico ambicioso, decidido a convertirse en una figura indispensable del relevo generacional. En 1965, David Jones llevaba dos años trabajando como aprendiz de creativo en una agencia publicitaria de Bond Street. A sus 18 años, su principal objetivo era formar un grupo de rock, hacerse famoso, ganar mucho dinero y abandonar un trabajo que detestaba. “Uno puede pasárselo bien haciendo rock —declaró en 1976— y normalmente se gana bastante para vivir. Empecé a pensar así en mi época de mod; una ropa bonita era la mitad del asunto. Vivía de los cubos de basura de Carnaby Street, antes de que todo Londres conociera esa calle. Los mejores diseñadores jóvenes estaban allí y, como eran unos italianos muy ricos, si a alguna de sus camisas se le caía un botón o algo así, la tiraban al cubo de la basura. Tiraban muchísima ropa. Lo único que tenías que hacer era coser el botón o una manga”.

Así pues, el artista que apenas un año después pasaría a llamarse David Bowie iba de un grupo a otro en busca de un estrellato que se le resistía. Su primer intento fue en 1963, con The Kon-Rads. Lo admitieron como saxofonista y corista, pero, al comprender que así no podría lucirse lo suficiente para comerse el mundo, los mandó a paseo. Antes de marcharse, tuvo tiempo de cantar una de sus canciones —de la que también fue coautor—, I Never Dreamed. Sin embargo, la maqueta dejó indiferente al cazatalentos de Decca —el sello de los Stones—, y Jones aprovechó la ocasión para despedirse de sus compañeros. A continuación, formó Dave Jones & The King Bees junto con su amigo de la infancia George Underwood. Dos años antes, durante una disputa por una chica, Underwood le había propinado el golpe que haría que su ojo izquierdo cambiara de color. La alianza con los King Bees comenzó en abril de 1964 y duró tres meses. Durante ese tiempo se sumaron a la tendencia del momento: ser —como el propio Bowie diría después— “la típica banda inglesa con sonido americanizado”. En ese breve periodo, Bowie escribió al empresario John Bloom para retarlo a hacer con los King Bees lo mismo que Brian Epstein había hecho con los Beatles. Como la música pop no era su especialidad, Bloom habló del grupo con su colega Leslie Conn. Así, Bowie alcanzó uno de sus primeros objetivos: trabajar con un mánager profesional. En junio de 1964 salió a la venta el sencillo Liza Jane, que inauguró su carrera discográfica y fue también el último que grabó con los King Bees. Su estrepitoso fracaso le dio la excusa perfecta para abandonar el grupo.

Dos meses después ya había encontrado una nueva banda, The Manish Boys, con la que intentar irrumpir en la escena musical de 1965. Contaba ahora con un nuevo as en la manga: un contrato con el productor Shel Talmy, responsable de éxitos como Anyway, Anyhow, Anywhere, de The Who, y You Really Got Me, de The Kinks. Fue precisamente teloneando a estos cuando Bowie conoció a Talmy. El productor percibió enseguida que tenía algo especial, decidió respaldarlo y contrató para las maquetas a músicos como Jimmy Page —todavía desconocido— y Nicky Hopkins, pianista habitual de los Stones. “Estaba completamente convencido de que David iba a conseguirlo. El problema es que tanto él como yo íbamos seis años por delante de los gustos del mercado”, comentaría Talmy en 2017. La relación profesional entre ambos duró apenas nueve meses. No produjo los resultados esperados, pero dejó una serie de grabaciones, muchas de ellas inéditas hasta ahora.

Esas canciones se han recopilado en el álbum The Shel Talmy Recordings, otra pieza imprescindible para completar el enorme rompecabezas artístico que es David Bowie. Al escuchar estas grabaciones, es fácil pensar que Talmy quizá exageraba al afirmar que Bowie iba adelantado a su tiempo. Sin embargo, sí demuestran que estaba preparado para jugar en la primera división del pop británico. El disco incluye los dos sencillos publicados por The Manish Boys. El primero, I Pity the Fool —elegido por el propio Talmy—, apareció en febrero de 1965. En la cara B figuraba Take My Tip, la primera composición de Bowie publicada en un disco, que interpreta intentando imitar a un cantante de blues. Construir una personalidad propia no le resultó fácil. De todos los temas grabados bajo los auspicios de Talmy, solo en la hasta entonces inédita Today, I Do Believe se percibe algo parecido al Bowie que el mundo llegaría a conocer. Le ocurrió lo mismo con el estilo musical. En los años sesenta, los cambios eran rápidos y continuos: la moda de hoy quedaba obsoleta al día siguiente. Por eso, Bowie probó suerte a lo largo de la década con la psicodelia, el folk, el cabaret, el teatro y el rock duro. Su único momento de verdadero relieve en esos años llegó en 1969 con Space Oddity, un éxito que no tuvo continuidad.

El plan inicial era que Talmy ofreciera I Pity the Fool a Decca. Sin embargo, él seguía su propia estrategia: quería promocionarse para que los Beatles lo eligieran como productor. El sencillo terminó publicándose en Parlophone, pero ni siquiera ese respaldo evitó la indiferencia del público. Para colmo, el único revuelo que provocó no tuvo que ver con la música. Cuando The Manish Boys aparecieron en el programa televisivo Gadzooks! It's All Happening, Bowie lució una melena excesivamente larga incluso para las costumbres del momento, y se armó la marimorena. La revolución juvenil impulsada por los Beatles y los Stones inquietaba a los sectores más conservadores de Inglaterra, y la prensa contribuyó a aumentar la tensión. Tras la emisión, se afirmó que Bowie se había negado a cortarse el pelo y había dicho que no lo haría “ni aunque se lo dijera el primer ministro, y menos aún si se lo pedía la BBC”. Algunos asistentes al plató llevaban pancartas con el lema “Be fair to long hair” ("Tratad bien al pelo largo"), y los titulares exageraron la situación. “Una prueba más de la degradación que hay en el ambiente” y “Nauseabundo” fueron algunas de las reacciones publicadas.

En aquella época, el pelo largo en los hombres podía interpretarse como un indicio de homosexualidad. Bowie nunca olvidó que a menudo se dirigían a él como si fuera una mujer, con frases como: “Disculpe, señorita, ¿puedo ayudarla en algo?”. En Inglaterra, las relaciones sexuales entre personas del mismo género no se legalizarían hasta 1967; por tanto, la homosexualidad todavía era un delito. Aun así, Bowie ya sabía aprovechar la ambigüedad de su aspecto. Bob Solly, uno de los músicos de Manish Boys, contó que Bowie habló con el dueño del Star Club de Hamburgo para convencerlo de que contratara al grupo y que uno de sus argumentos fue declararse gay. Según Solly, esa forma de llamar la atención era bastante habitual: cuanto más extravagante se mostraba alguien, más posibilidades tenía de ser escuchado. Bowie aún no había empezado a explorar su sexualidad; lo haría más tarde, cuando se convirtió en alumno del mimo Lindsay Kemp. Por entonces salía con una adolescente llamada Dana Gillespie, a quien acabaría produciendo algunos discos —entre ellos, una versión de Andy Warhol— y con quien mantendría una buena amistad durante el resto de su vida.

Bowie no se andaba con rodeos: tras el fracaso de The Manish Boys, volvió a cambiar de grupo. Tomó esa decisión, en parte, porque I Pity the Fool se había publicado acreditado únicamente a The Manish Boys, algo que no permitiría que ocurriera de nuevo. En su siguiente proyecto, su nombre —ya convertido de Dave en Davy— volvía a preceder al del grupo de acompañamiento: The Lower Third. Con Talmy otra vez a los controles, grabaron You've Got a Habit of Leaving, que llegó a las tiendas el 20 de agosto. Esta vez, la inspiración procedía de The Who. “Teníamos fijación con ellos —reconoció Bowie años después—. Llegamos a telonearlos en Bournemouth. Esa fue la primera vez que hablé con Pete Townshend. Comenté con él cosas acerca de cómo componer y asuntos de ese tipo. Estaba muy influido por él. Estuvo en la prueba de sonido y dijo: ‘¡Estáis intentando escribir canciones como las mías!’. Aparte de eso, creo que no le impresionamos mucho”. En la cara B figuraba Baby Loves That Way, que Bowie definía como un homenaje a Herman's Hermits. En 1971, el excantante de esa banda, Peter Noone, obtuvo su primer éxito en solitario con Oh! You Pretty Things, una composición de Bowie que él mismo grabaría también poco después.

You've Got a Habit of Leaving pasó inadvertida y puso fin a la relación contractual con Talmy. Lejos de desanimarse, Bowie siguió buscando un lugar destacado en la industria. Tras otro cambio de mánager, empezó a trabajar con Ken Pitt, quien le recomendó dejar de firmar como Davy Jones. Ya existía un Davy Jones en el grupo estadounidense The Monkees, cuya fama crecía sin parar. Bowie no necesitó que se lo repitieran: aunque a sus compañeros les horrorizaba el nombre elegido, David Jones se convirtió en David Bowie. Con The Lower Third publicó en 1966 un último sencillo, Can't Help Thinking About Me, que sólo aumentó una lista de fracasos comerciales cada vez más larga. Aun así, no tiró la toalla y durante el resto de la década probó suerte con cuatro grupos más, ninguno de los cuales lo llevó al estrellato. Este no llegaría hasta el verano de 1972, cuando creó el personaje de Ziggy Stardust y publicó el disco homónimo, apoteosis del recién nacido glam rock. Entonces sí: Bowie se convirtió en una figura relevante cuyos movimientos desafiaban las modas. Los setenta, y no los sesenta, fueron su década.

Pese a los batacazos y las frustraciones de aquellos primeros años, Bowie nunca renegó de esa etapa. Cuando la fama se lo permitió, grabó Pin Ups (1973), un disco de versiones de los artistas de mediados de los sesenta que admiraba y que entonces habían quedado fuera de su alcance: The Who, The Kinks, Them, The Yardbirds y The Pretty Things. También quiso dar una nueva oportunidad a las composiciones de aquellos años difíciles durante su etapa de madurez creativa. En 2000 registró nuevas versiones de You've Got a Habit of Leaving, Baby Loves That Way, Can't Help Thinking About Me y Liza Jane, además de otras canciones grabadas originalmente entre 1966 y 1969. El álbum, titulado Toy, no obtuvo el beneplácito de su discográfica y no se publicó oficialmente hasta veinte años después. Al volver a grabar esas canciones, Bowie afirmó: “Estas canciones están tan vivas, tan llenas de color, que saltan de los altavoces. Cuesta creer que fueran compuestas hace tanto tiempo”. Tal vez no estaban destinadas a cambiar el mundo en 1965, pero aquellas composiciones que entonces no impresionaron a nadie sí han resistido el paso del tiempo.

lunes, 28 de septiembre de 2026

JOHN COLTRANE, UN CENTENARIO PARA DESEMPOLVAR LA MEMORIA DEL ASTRONAUTA DEL JAZZ

Nacho Serrano

ABC, 23/09/2026

La efeméride se celebra con la rehabilitación como museo de las casas en las que vivió y con varios lanzamientos como las míticas 'Tiberi Tapes', tomadas por un fan en los años sesenta

Siempre se ha dicho que, a la hora de mostrar respeto y rendir homenaje a sus grandes iconos, no hay ninguna cultura como la estadounidense. Pero ellos también tienen sus carencias y cometen sus errores y fechorías. No había más que ver el deplorable estado en que se encontraba la casa natal de John Coltrane en High Point (Carolina del Norte), abandonada durante décadas hasta que varias asociaciones locales se pusieron manos a la obra para restaurarla con el objetivo de ofrecer visitas guiadas.

Los esfuerzos comunitarios sirvieron para recaudar los fondos necesarios para iniciar su rehabilitación, pero pronto se mostraron insuficientes y el proyecto quedó en punto muerto hasta agosto de 2025, cuando el Ayuntamiento de High Point, al caer en la cuenta de que se avecinaba el centenario del artista (este 23 de septiembre de 2026), aprobó una partida para terminar las obras y evitar un ridículo sonrojante, de manera que por fin ha podido abrirse al público a principios de este mes.

El genio del saxofón en realidad nació en un pueblecito cercano llamado Hamlet en una casita que hoy luce una placa conmemorativa, pero su familia se mudó a High Point cuando era un bebé de tres meses y vivió allí su infancia y adolescencia. Tras graduarse en la escuela secundaria, a mediados de los cuarenta se marchó a Filadelfia para arrancar su carrera en el circuito de jazz. Allí pasó varios años en un piso compartido y en 1952 se compró su primera casa, donde permaneció toda la década en la que se convirtió en un coloso del género.

Esa vivienda fue adquirida en 2004 por un seguidor del saxofonista que intentó restaurarla para abrirla al público, pero en 2012 se clausuró por peligro de derrumbe y el fan se vio desbordado por los gastos, ya que se necesitaban 50.000 dólares para apuntalarla. Entonces creó The John Coltrane House Philadelphia, una organización cuyo único objetivo era reunir dinero para salvar la construcción y convertirla en un centro cultural para la difusión del jazz, un proyecto que convocó a cien músicos de jazz residentes en Filadelfia para reunirse con los medios en la entrada de la casa y así dar testimonio de su penosa situación.

Aunque aquello pareció un buen comienzo, los esfuerzos se diluyeron por la falta de apoyo institucional y, al igual que en el caso de la residencia de High Point, no ha sido hasta la inminencia del centenario cuando las autoridades locales se han puesto las pilas. Pero lamentablemente no ha sido posible llegar a tiempo para la fecha señalada, y lo previsible es que se inaugure a finales de año o ya en 2027.

Algo parecido ha ocurrido con la casa que Coltrane compró en Huntington (Nueva York) en 1964. Allí compuso 'A Love Supreme' y habilitó un pequeño estudio para sus ensayos, motivo suficiente para que hoy fuese un museo. Pero tras su muerte en 1967, la familia la vendió y la propiedad acabó inmersa en una serie de cambios de dueño que derivó en un abandono total desde mediados de los setenta. Estuvo a punto de ser demolida en 2002, pero fue rescatada por activistas locales y adquirida por el ayuntamiento para ser declarado Tesoro Nacional por el 'National Trust for Historic Preservation'. Sin embargo, la reconversión en museo no arrancó hasta 2020, y aún hoy sigue sin terminarse, así que la reapertura completa está programada para principios de 2027.

Una joya oculta durante seis décadas

Lo que sí ha llegado a tiempo, como era de esperar, son los lanzamientos conmemorativos. Uno de ellos es 'John Coltrane 1960–1964 6CD Box Set', una caja recopilatoria de 6 CD que incluye audio proveniente de las cintas maestras originales en mono de los álbumes 'Giant Steps' (1960), 'Coltrane Jazz' (1961), 'My Favorite Things' (1961), 'Olé Coltrane', (1961), 'Coltrane Plays The Blues' (1962) y 'Coltrane's Sound' (1964). Pero la joya discográfica de esta efeméride es, de lejos, 'The Tiberi Tapes', una serie de grabaciones que han permanecido sesenta años en la penumbra de la leyenda y que ahora se desempolvan para celebrar los cien años de Coltrane.

Las captó el también saxofonista Frank Tiberi, un ferviente fan que siguió a Coltrane por varios clubes de jazz en los años que vivía en Nueva York, grabando sus actuaciones con un magnetófono portátil de bobina abierta que escondía dentro de una bolsa de tela sobre su regazo, pasando el micrófono por debajo de su abrigo para registrar el sonido sin que nadie se diese cuenta.

Dado que Coltrane prolongaba sus actuaciones hasta alcanzar una duración extraordinaria, Tiberi tuvo que aprender a cambiar las bobinas de tres pulgadas al tacto, sin sacar el aparato de la bolsa, en un esfuerzo por preservar la mayor parte posible de cada concierto dentro de las limitaciones de su modesto equipo.

Así reunió un extraordinario archivo privado de más de 80 cintas con más de 26 horas de música y, aunque su existencia llegó a oídos de saxofonistas, estudiantes, coleccionistas y admiradores del músico, nunca se han publicado hasta la llegada de esta efeméride (aunque habrá que esperar al 6 de noviembre, fecha de su salida al mercado).

miércoles, 23 de septiembre de 2026

A LOS 80 AÑOS, NEIL YOUNG MIRA HACIA ATRÁS PARA ENTENDER EL PRESENTE CON UN DISCO INTROSPECTIVO Y EMOCIONAL

Guillermo E. Pintos
Infobae, 20/09/2026

La leyenda canadiense del folk-rock publicó esta semana ‘Second Song’, su quincuagésimo álbum con siete canciones que reflejan un repaso íntimo por el tiempo, la memoria y el amor



Hay una edad en la que la mayoría de los músicos de rock deja de crear para empezar a administrarse: giras de aniversario, relanzamientos remasterizados, apariciones esporádicas que confirman que la leyenda sigue viva sin exigirle demasiado. Neil Young, a los 80 años, parece tozudamente conducido por una lógica distinta. Su quincuagésimo álbum de estudio, Second Song, publicado esta semana, no es un cierre de ciclo ni un gesto nostálgico. Es la prueba de que la leyenda canadiense (lo es, aunque hace décadas que vive en Estados Unidos) del folk-rock todavía tiene algo urgente para decir sobre el tiempo que vivimos.

Esa urgencia contrasta con las circunstancias que rodearon su gestación. A mediados de este año, se vio forzado a cancelar una gira europea por agotamiento físico y mental, un quiebre que desvió su energía de los escenarios de vuelta al estudio. El resultado es un disco que abandona la furia política de su predecesor, Talkin to the Trees (2025) -con sus referencias directas a Donald Trump y Elon Musk-, para instalarse en un territorio mucho más íntimo: la memoria, el amor conyugal y la certeza de la muerte.

Second Song es, en ese sentido, la segunda entrega de estudio junto a The Chrome Hearts, la banda que lo acompaña desde finales de 2024 y que, de varias maneras, parece haber revitalizado su energía para tocar. De alguna forma, el título del disco remite a una idea que atraviesa toda la obra de este viejo pero vital rocker: la de un artista que, en lugar de repetirse, vuelve a empezar.

La producción estuvo a cargo de Lou Adler -productor de larga data, responsable entre otros de Carole King, The Mamas and The Papas, Johnny Rivers entre otros-, en conjunto con The Volume Dealers, el seudónimo bajo el que operan el propio Young y su ingeniero Niko Bolas. Las sesiones se realizaron en los estudios Shangri-La, en Malibú, el mismo tramo de costa donde el músico compuso On the Beach en 1974, un dato que no es anecdótico: el disco dialoga de manera directa con esa etapa de introspección acústica. El tema es que han pasado más de 50 años...

Neil Young describió el proceso de grabación bajo el curioso concepto “Moon to Moon”: las canciones se compusieron de madrugada, las grabaciones comenzaron con la luna llena de marzo de 2026 y las mezclas se cerraron con la siguiente luna llena, en abril. Esa brevedad no fue casualidad, sino método. Adler definió su rol como el de un observador que buscaba “las grietas” en la música para intervenir solo cuando era necesario, una filosofía que encajó con la costumbre de Young de limitar la mayoría de las tomas a un máximo de tres por canción. La decisión más reveladora, sin embargo, fue técnica: el álbum se grabó en simultáneo en cinta analógica y en formato digital de alta resolución. No fue una cuestión de nostalgia sonora sino una toma de posición ética. En un ensayo publicado en el Neil Young Archives, sostuvo que el máster analógico es “profundo como la vida”, mientras calificó al archivo digital como “una copia falsificada de la más alta calidad”.

Second Song reúne siete canciones y supera los 46 minutos. Cinco son composiciones nuevas y dos provienen de la adolescencia del músico, un recurso que funciona como columna conceptual de todo el disco: la sugerencia de que ciertas emociones —el anhelo, el amor, el asombro— no se transforman con la edad, solo cambian de vocabulario.

El álbum abre con “The Foggy Edge of Time”, un balance autobiográfico sobre las dislocaciones de su propia vida. Sobre un estribillo de piano en acordes menores, Young reflexiona sobre su salida del Rancho Broken Arrow y el final de su matrimonio con Pegi Young, en una postura lírica estoica que remite a clásicos como “Don’t Be Denied” (1973) o “Thrasher” (1979), canciones donde el artista defendió siempre el costo personal de seguir su instinto creativo. La inclusión de un solo de guitarra reproducido en reversa funciona como guiño a la experimentación psicodélica de los años sesenta, como si el disco anunciara desde su primer tema que va a mirar hacia atrás para entender el presente.

“Day After Day”, subtitulada “Melting on the Roof” en las ediciones físicas, es la primera declaración devocional hacia Daryl Hannah, la actriz esposa de Young desde 2018. Sus siete minutos de progresiones familiares y armonías vocales suaves remiten a la sencillez de “Helpless”, aunque aquí el amor no aparece como pasión ni como conflicto, sino como refugio. Esa misma devoción se profundiza en “Earth Girl”, la pista que más tomas exigió en el estudio —siete, frente a las tres habituales— por su estructura vocal doble, con dos melodías superpuestas que avanzan a velocidades distintas. Allí Young canta directamente: “Eres la luz de mi vida, como un río que fluye directamente a través de mi corazón”, una proclamación sin ambigüedad que confirma a Hannah como centro de gravedad de estos años.

El corazón del disco es la pista homónima, de más de once minutos, construida sobre instrumentación acústica simple y coros casi susurrados. Su letra funciona como el test de Rorschach: cuando Young canta “necesito hablar con alguien, alguien tan viejo como yo, que todavía recuerde algo de eso”, y describe “una manera de caminar lentamente a través de las hojas humeantes del tiempo”, la imagen puede leerse como comentario ambiental —los incendios forestales que han transformado los paisajes que el músico conoció de joven— o como metáfora pura del paso destructivo del tiempo sobre la memoria colectiva. El videoclip (ver al comienzo de esta nota), construido con grabaciones caseras filmadas en 1989 por el fallecido bajista Rick Rosas en el Rancho Broken Arrow, refuerza esa ambigüedad temporal: fantasmas visuales del pasado conviven con una meditación sonora del presente.

El giro más inesperado llega con “Casting Me Away From You”, un shuffle de country-rock optimista escrito y grabado originalmente en 1965, cuando Young tenía 19 años y lideraba The Squires en Canadá. Un dato musicológico ilumina su inclusión: la melodía vocal de esta canción adolescente fue reutilizada años después para construir “The Emperor of Wyoming”, el instrumental que abrió su debut solista en 1968. Su rescate no es relleno de archivo, sino evidencia de que sus instintos melódicos ya estaban completamente formados antes de llegar a Los Ángeles.

Si “Earth Girl” es la luz del álbum, “Soon I Might Be Going” es su oscuridad absoluta. Sus más de nueve minutos, pariente lejano de “Ambulance Blues” (1974), son la única aparición del sonido distorsionado de su guitarra Les Paul modificada, Old Black, con destellos de feedback dentro de un ciclo rítmico a la deriva. Líricamente es la pista más desnuda del disco: Young combina la contemplación de la muerte inminente —“te extraño como al mañana”— con una referencia directa a Trump (“el presidente estaba en la televisión y dice que todo es de oro, pero está derribando la vieja Casa Blanca”) y con el dolor privado del distanciamiento de su hija, Amber Jean. Es el único momento donde la introspección devocional del resto del álbum se quiebra para dejar entrar la desesperanza política y familiar.

El cierre, “I’ll Love You Forever”, proviene también del archivo: fue compuesta en 1964 para una novia de secundaria, Pam Smith, y grabada originalmente con The Squires en una versión que integró el Archives Vol. 1 de 2009. Al recontextualizarla seis décadas después, lo que fue un juramento adolescente se transforma en la voz de un hombre de 80 años en una declaración final de devoción matrimonial. La sencillez de la melodía actúa como bálsamo tras la intensidad de “Soon I Might Be Going” y cierra el disco con la misma lógica que lo abrió: la de un hombre que revisa su vida entera para confirmar que el amor y el anhelo permanecieron intactos, aunque todo lo demás haya cambiado.