Diego A. Manrique
El País, 13/08/2026
[Otra muerte de un gran músico que lamentar. D.E.P. Víctor]
Víctor Aparicio Abundancia, más conocido como Víctor Coyote, de 68 años, falleció hoy jueves, mientras circulaba en bicicleta por una carretera de Segovia, adonde había acudido la noche anterior para contemplar el eclipse. Tan súbita muerte ha noqueado a sus amigos, que conocían su pasión por mantenerse en buena forma y su gusto por los deportes.
Gallego de Tui, llegó a Madrid para estudiar Bellas Artes en la segunda mitad de los setenta, a tiempo de contagiarse de la fiebre generacional por formar grupos. Fundó un trío de rockabilly, Los Coyotes, que pronto abandonó lo purista para derivar hacia la variedad del psychobilly, por su gusto por lo truculento (no fue casualidad que terminaran grabando para 3 Cipreses, el sello fundado por Eduardo Parálisis Permanente Benavente y sus amigos).
En realidad, el cambio sería la divisa de Víctor. La curiosidad le llevaba a patearse las tiendas de segunda mano, donde localizaba discos raros de portadas feas que a veces ofrecían ventanas a inesperados mundos sonoros; su cultura musical estaba muy por encima de lo habitual entre sus colegas. Y lo mismo podríamos afirmar de la capacidad narrativa de sus canciones, historias fascinantes que no ocurrían en los locales modernos de Berlín o Londres.
Iba por libre: el primer LP de Los Coyotes, Mujer y sentimiento (1985), negaba directamente los parámetros de la escena de la Movida, tan obsesionada por encajar en la modernidad europea. Víctor se situaba en el medio de un hipotético triángulo definido por la Península Ibérica, América y Africa. Una propuesta tricontinental que algunos empezaron a etiquetar como “rock latino”. No debería extrañarnos que fuera uno de los pocos artistas del rock que incorporara a sus preocupaciones el fenómeno de la inmigración.
Por alguna razón, Víctor no cayó en gracia entre el gran público. En letras, fotos promocionales y conciertos alardeaba de masculinidad, con una actitud que muchos confundieron con la arrogancia. Eso suponía menospreciar su humor y su notable capacidad para la metamorfosis (durante un tiempo, compartió escenarios con Alaska, supliendo la ausencia militar de Carlos Berlanga). Creó incluso un cancionero infantil para Xabarin Club, el programa de la TVG.
Pero no hubo manera, a pesar de que su discográfica invirtió millones de pesetas en conseguir que su “Jaguarundi” fuera sintonía de las transmisiones de la Vuelta Ciclista España de 1995. Reflexionando sobre su situación profesional, un ejecutivo discográfico que trabajó con él en aquella época sugiere ahora que sus cambios constantes desconcertaban a medios, oyentes y compañeros de profesión: “no se le concedían la misma libertad que a un Prince, por poner un ejemplo que a él le gustaba”. Víctor terminó tomándoselo a broma, imaginándose -en uno de los relatos de su libro Cruce de perras- acogido en un asilo, pero siempre orgulloso, buscando un enfrentamiento con Santiago Auserón, alguien que tuvo mayor suerte con propuestas similares. Conviene mencionar que en esas páginas también aprovechaba para saldar cuentas con los tópicos de los ochenta, desde su posición de culto esteta que no rehuía lo convencionalmente considerado “hortera”. En sus letras, también estaban presentes los condicionantes de clase.
Muy trabajador, organizó con el desaparecido Pepo Fuentes el estudio de diseño Pocateja. Su buen talante le abrió la puerta a todo tipo de aventuras: cómics, carteles de cine, portadas de discos, realización de videos para otros artistas, documentales, la cabecera y el score de la serie “Poquita fe”, literatura. Su modus operandi pasaba por buscarse la vida haciendo esto y aquello, para volver a la música cuando había suficiente material nuevo o la oportunidad para actuar. Que conste que defendía a muerte su legado: este año había editado El propio, otro recopilatorio de su trayectoria. Hacía bien: esas canciones merecían seguir paseando por las calles más castizas, con chulería y determinación.






