martes, 10 de marzo de 2026

MUERE A LOS 84 AÑOS COUNTRY JOE MCDONALD, ÍCONO DEL ROCK DE PROTESTA DE LOS AÑOS 60

El Mundo, 09/03/2026

[Thanks for the great music you made, Joe. Rest in peace]


El artista se convirtió en una figura clave de la contracultura gracias a la canción 'I-Feel-Like-I'm-Fixin'-To-Die Rag', una sátira mordaz sobre la guerra de Vietnam

El músico estadounidense Country Joe McDonald, una de las voces más emblemáticas del rock de protesta de los años 60, murió el domingo a los 84 años en Berkeley, California, a causa de complicaciones derivadas del párkinson que padecía, informó su esposa, Kathy McDonald.

Con su banda Country Joe and the Fish, McDonald se convirtió en una figura clave de la contracultura gracias a la canción 'I-Feel-Like-I'm-Fixin'-To-Die Rag', una sátira mordaz sobre la guerra de Vietnam que se transformó en himno de los movimientos pacifistas. Su interpretación en el festival Woodstock ante cientos de miles de personas quedó inmortalizada en el documental del evento y es uno de los momentos más recordados de aquella cita musical.

El tema, escrito en 1965 cuando el presidente Lyndon B. Johnson intensificaba el envío de tropas a Vietnam, combinaba humor ácido y crítica política con un estribillo que el público coreaba en los conciertos. La canción le dio gran notoriedad, pero también le acarreó problemas: el presentador Ed Sullivan canceló una actuación de su grupo en televisión y el músico llegó a ser arrestado y multado por cantar su provocador grito inicial en un concierto.

McDonald también fue llamado como testigo en el juicio contra los organizadores de las protestas durante la Convención Demócrata de 1968 en Chicago. En el tribunal intentó interpretar la canción, pero el juez lo interrumpió y le prohibió cantar en la sala.

Aunque siguió grabando y actuando durante décadas, su figura quedó ligada para siempre al espíritu de finales de los 60. A lo largo de su carrera publicó decenas de discos y continuó escribiendo canciones de protesta, como 'Save the Whales' en 1982.

miércoles, 25 de febrero de 2026

LAS MEMORIAS DE JOSELE SANTIAGO: "ME IMPORTA UN COJÓN QUE ME LLAMEN EL LOCO. SOLO INTENTO LLENARME DE MÚSICA"

El Mundo, 22/02/2026

El líder de Los Enemigos desde hace más de cuatro décadas publica 'Desde el jergón', unas memorias llenas de crudeza e ironía. LA LECTURA ofrece un adelanto en exclusiva



Siempre quise estar en una banda de rock. Desde pequeñín. Cuando las cosas se tuercen me obligo a recordármelo una y otra vez: «Es lo que querías, ¿no?». Como suele decirse, nadie dijo que iba a ser fácil. Se supone que eso no importa, pero la verdad es que cuesta llegar, y enseguida caes en la cuenta de que no tiene sentido esperar nada a cambio. Ese es precisamente el significado de «arriesgar». También cuesta mantener la nave a flote, porque el equilibrio depende exclusivamente de la tripulación. Desilusiones, sacrificios, secuelas... Este es uno de esos trabajos en los que te dejas la salud. Disculpa la divagación, pero ya que me pongo a escribir un libro quisiera dejarlo claro. Alegrías muchas, por supuesto. Satisfacción, pues también. Mucha. Pero todo eso se gana a pulso. «Respeto» es la palabra. Eso de que el tiempo pone las cosas en su sitio es una mierda. Las pones tú o vas listo. No digo yo que haya terminado aquí por puro descarte. Pero entonces cómo se explica que sea ahora lo que quería ser de chiquitillo. Pues vete tú a saber, pero el caso es que siempre me las he ingeniado para tener una guitarra a mano.

¿Lo recuerdas? No eras más que otro mocoso perdido en el bullicio de la verbena, extasiado frente a la orquesta y del todo ajeno a las atracciones. Ni siquiera el olor de los churros y el algodón de azúcar conseguían sacarte de tu abstracción. Porque esta fascinación por las guitarras eléctricas y el brillo de los tambores es como la mordedura de un lagarto: nunca te va a soltar. No serás capaz de apartar la mirada del escenario y te preguntarás de dónde salen todas esas canciones. Quién las escribe. Cómo lo hace. Por qué son tan buenas. Y el mero hecho de que un señor se plante ante el micrófono y cante las palabras despierta en ti el hechizo.

Que yo recuerde, siempre me han rondado melodías por la cabeza. Diseño líneas de percusión para ellas con la boca, entrechocando las mandíbulas. Las muelas retumban en el cráneo con un timbre grave y seco, de manera que ellas se encargan del bombo, y con los incisivos marco lo que sería la caja. Los colmillos son perfectos para hacer redobles de timbal, y simulo los platos con golpes de aire. Soltándolo por la nariz el efecto es muy parecido al de un ride, y chistando la lengua se obtiene un crash bastante convincente.

Los hijos únicos pasamos mucho tiempo solos y acabamos haciendo cosas raras. Yo voy por la calle bufando y desencajando las mandíbulas. Puede que parezca un pelín perturbado. Pero no estoy loco. Todavía no. Al menos no tanto como creen mis compañeros de clase, que me llaman así desde pequeño. El Loco. El Loco esto, el Loco lo otro, el Loco es anarquista... Yo qué sé. Incluso algún profesor me llama así. El Loco. Me importa un cojón. Solo intento llenarme de música. Me gusta sentirla dentro de mí.

Cuando escribes una canción donde sea que estés con tu lápiz y tu guitarrica casi puedes escuchar en tu cabeza cómo va a sonar cuando esté lista para ser grabada. Formas parte de un ente que conoces a la perfección. Cuando la canción comienza a tomar forma en el local de ensayo, tú ya no estás en un local ni en un ensayo. Llegas a algún lugar y te encuentras firmemente anclado a él por líneas de bajo y golpes de tambor, mientras un ejército formado por cuerdas metálicas, cables e imanes acorazados te empuja con fuerza hasta un cielo que se deja acariciar por tus cuerdas vocales. Un árbol enorme y poderoso que, sin embargo, se presta a jugar contigo como si fuera un potrillo.

Pero la canción, como todo, se acaba. Y el local de ensayo sigue ahí, a medio iluminar porque el fluorescente ha decidido ponerse a parpadear para recordarnos de dónde venimos y a dónde vamos. Recoges tus cacharros y sales a la calle. Bullen por tu cabeza contratos, facturas, cachés, derechos de autor y agencias de contratación. Haces cuentas. No cuadran. Cada paso que das resuena en la acera, y la boca de una alcantarilla se resiste a contar que, solo unos metros más abajo, millones de ratas se asesinan las unas a las otras para sobrevivir y que hay demasiados hombres imitándolas aquí arriba. No han pasado ni veinte minutos y ya no queda ni rastro de tu precioso árbol ni del cielo resplandeciente ni del potrillo. Afines que se atraen y contrarios que se repelen. A eso parece reducirse todo.

Josele Santiago


martes, 24 de febrero de 2026

LEONARD COHEN, CANTAUTOR Y POETA: "UN PESIMISTA ES ALGUIEN QUE ESPERA A QUE LLUEVA, Y YO ME SIENTO COMPLETAMENTE EMPAPADO HASTA LOS HUESOS"

Félix Estaban 

Huffpost, 15/02/2026

Sus canciones son pura filosofía que condensa aceptación de la vulnerabilidad, ironía ante el sufrimiento y una espiritualidad sin dogmas.


Hay artistas que escriben canciones y hay artistas que escriben literatura con música de fondo. Leonard Cohen pertenece sin discusión al segundo grupo. Poeta antes que estrella, novelista antes que icono de culto, su obra convirtió la melancolía en un territorio habitable y la ironía en una forma de resistencia.

"Un pesimista es alguien que espera a que llueva, y yo me siento completamente empapado hasta los huesos". La frase no es solo una boutade brillante: resume su mirada lúcida sobre el dolor, la fe, el amor y la fragilidad humana. Cohen no temía la oscuridad; la exploraba.

De poeta en Montreal a voz universal

Nacido en 1934 en Montreal, Cohen publicó primero poesía y narrativa antes de lanzarse a la música a finales de los años sesenta. Su debut discográfico, Songs of Leonard Cohen (1967), marcó un punto de inflexión en la canción de autor norteamericana: minimalismo instrumental, letras introspectivas y una voz grave que parecía susurrar confesiones privadas.

A lo largo de cinco décadas construyó un repertorio que trascendió géneros y generaciones. Fue incluido en el Rock and Roll Hall of Fame en 2008 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011, un reconocimiento que subrayaba lo que muchos ya sabían: su obra iba más allá del formato canción.

La estética de la melancolía

Cohen hizo del escepticismo una forma de honestidad. Sus letras mezclan referencias bíblicas, erotismo, espiritualidad y desencanto político. No hay sentimentalismo fácil. Hay contradicción, deseo, culpa, redención.

En su universo no existe la pureza sin fisuras. La belleza convive con la imperfección. Como escribió en una de sus composiciones más célebres, siempre hay una grieta por la que entra la luz.

Canciones como Suzanne, Bird on the Wire o Famous Blue Raincoat consolidaron su figura como narrador de relaciones complejas y derrotas íntimas. Más tarde, Hallelujah —convertida en himno universal tras múltiples versiones— demostró su capacidad para fundir misticismo y deseo en una misma pieza.

Su último álbum, You Want It Darker, publicado semanas antes de su muerte, fue una despedida consciente: sobrio, espiritual y sereno.

Las frases más icónicas de Leonard Cohen

Cohen fue, ante todo, un orfebre del lenguaje. Estas son algunas de sus citas más recordadas:

"Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz".

"El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males".

"Actúa como si nunca estuvieras seguro".

"La poesía es simplemente la evidencia de la vida. Si tu vida arde bien, la poesía es solo la ceniza".

"Un pesimista es alguien que espera a que llueva, y yo me siento completamente empapado hasta los huesos".

Cada una condensa su filosofía: aceptación de la vulnerabilidad, ironía ante el sufrimiento y una espiritualidad sin dogmas.

Más que un músico

Reducir a Cohen a la etiqueta de cantautor sería simplificar su legado. Su obra dialoga con la tradición literaria europea, con la mística judía y con la cultura popular norteamericana. Fue un creador que convirtió la fragilidad en fuerza expresiva.

En un tiempo dominado por la inmediatez, su figura representa lo contrario: lentitud, profundidad y silencio entre palabras. Y quizá por eso su voz —grave, casi hablada en sus últimos años— sigue resonando como una confidencia compartida al oído.

Cohen no esperaba a que dejara de llover. Aprendió a caminar bajo la tormenta.

lunes, 16 de febrero de 2026

JEFF TWEEDY Y LA COMPASIÓN HUMANA A LA QUE ATENDER

Fernando Navarro

El País, 13/02/2026



Al igual que Dylan, Springsteen o Neil Young, el líder de Wilco ha alcanzado un nivel de profundidad y dominio de la música norteamericana que se erige ya como un coloso

Cuando entrevisté a Jeff Tweedy en febrero de 2025 para EL PAÍS, hubo una parte de la charla final que no se publicó. Después de formularle todas las preguntas, me lancé a hacer algo que no hago con los entrevistados: agradecer el valor de su música en mi vida. Pocas veces lo he hecho, pero con Tweedy sentí que no podía callarme. Con la mano en el corazón, le dije que sus canciones habían sido parte de mi banda sonora desde que conocí a Wilco con Summerteeth en torno al año 2001 poco antes de publicar Yankee Hotel Foxtrot, que me habían acompañado en los buenos y malos momentos, casi como hace un ser querido, y que, para mí, él era tan importante como lo eran Bob Dylan, Bruce Springsteen y Neil Young.

Hubo un silencio al otro lado del teléfono de apenas cinco segundos, que se me antojaron diez minutos. Y entonces respondió con un “guau”, seguido de unas palabras de agradecimiento que parecían tan sinceras como las mías. Justo cuando pensé que ya había acabado de darme las gracias, soltó una risita y fue él quien me lanzó una pregunta: “¿Sabes lo que siento cuando escucho a esos tres que has nombrado?”. Respondí que no. “Siempre he sentido que su música apela a ser mejor personas. Como si existiera una compasión humana a la que atender”, añadió.

La palabra compasión en inglés -compassion- se pronuncia muy parecida al español. Y, por tanto, resonó nítida, de una forma familiar, con la misma fuerza que da oírla en mi idioma y en estos tiempos en los que apenas se oye en ningún sitio, ni en la calle, los discursos políticos, las mesas familiares o las barras de bar. No pude quitármela de la cabeza durante unos días. De hecho, a día de hoy, todavía siento que, a veces, la escucho.

Durante el concierto de Jeff Tweedy en Madrid el pasado miércoles, la palabra me llegó como un pájaro en llamas. Resonó en mi cabeza con una intensidad extraordinaria mientras el líder de Wilco ofrecía un concierto sublime. El adjetivo no es gratuito: sublime es la palabra exacta para definir una actuación de tal calibre. Belleza, equilibrio, ímpetu, delicadeza o maestría son otras palabras que quedaron impregnadas a la música de Tweedy interpretada sobre el escenario en compañía de su banda, formada por sus hijos Spencer y Sammy y Sima Cunningham, Macie Stewart y Liam Kazar. Hubo algo de ternura aplastante al ver a un tipo como Tweedy, de 58 años, con un grupo de chavales que no llegaba ninguno a los 30 años. El propio Tweedy parecía rejuvenecer con un acompañamiento tan fresco, inocente, entusiasta.

Si me resonó la palabra con la que Tweedy vinculó a la música de Dylan, Springsteen y Neil Young, fue, primeramente, porque yo también volví a igualar su grandeza artística con la de ellos. Tweedy ha alcanzado un nivel de profundidad y dominio de la música norteamericana que se erige ya como un coloso, al igual que ellos. Es un artista capaz de brillar en esos matices de maestro, un músico capaz de ofrecer destellos tan definitivos y deslumbrantes que no puedes por menos que maravillarte por hacerlo, encima, tan sencillo, cuando, a todas luces, no lo es.

En Madrid, dejó fuera su papel de líder de Wilco y esas recreaciones sonoras de pura artillería instrumental tan asombrosas, tan marca de la casa Wilco. Se limitó a un papel de songwriter conseguidísimo en su último triple álbum en solitario, Twilight Override, una obra en la que el año pasado me sumergí con pasión y hallé toda la hondura de un artista con un universo propio. Porque Twilight Override guarda una atmósfera y una coherencia lírica y sonora sobresalientes y nos enseña en 30 canciones cuánto sufrimiento y desorientación hay en un mundo que pasa por encima de tantas personas. No es nuevo. Ya lo hizo en otros discos en solitario, pero también en los últimos tiempos de Wilco. Si hay algo que me ha fascinado de Wilco, más allá de sus hitos de sobra aplaudidos, fue un disco como Cruel Country, publicado en 2022, un trabajo que en su día alabé muchísimo por ofrecer una radiografía dolorosa y certera de un país como Estados Unidos lleno de rencor y paranoia y crear un ambiente delicadísimo, de justo equilibrio, en su country-folk contemporáneo, con un ligero adorno pop, que se distingue como una nueva e increíble vuelta de tuerca al género de la Americana.

Sobre el escenario, Tweedy defendió con la suficiencia de un venerable todo lo dicho, es decir, todo lo que en disco venía haciendo. De hecho, fue más fascinante verlo y sentirlo en directo. A la palabra sublime habría que acompañarla de otra: exquisito. La exquisitez tan detallista con la que tocó todo el repertorio se ve muy poco. Canciones tan sencillas como ‘New Orleans’, ‘Out in the Dark’, ‘Stray Cats in Spain’, ‘Cry Baby Cry’, ‘Feel Free’ o ‘Lou Reed Was My Babysitter’ sonaban como confesiones sagradas. Bajo fondos de telones morados, rojos o verdes, y mientras caían papelitos como restos de una fiesta ya acabada, cuando solo quedan los naufragios, las canciones parecían como sonar en el salón de una casa, con toda la intimidad hermosa de un momento único. Qué contención. Qué aplomo. Qué elegancia. Cuánta belleza.

Como si existiera una compasión humana a la que atender. Eso me dijo Jeff Tweedy cuando le igualé a Dylan, Springsteen y Neil Young. Era y es solo una opinión más, sin mucha importancia, pero, al verlo sobre el escenario, cobró todo el sentido del mundo. Es uno de ellos. Tweedy invita a esa compasión como un cirujano salva la vida de un paciente o una persona buena decide no vengarse para no crear más mal en un mundo dañado.

En estos tiempos, en los mismos en los que tantos líderes políticos son arrogantes y presumen de ser poderosos y no tener escrúpulos, la música de Tweedy es consuelo. Invito para ello escucharlo sin prisas. En estos tiempos, en los mismos en los que mucha gente se mueve guiada por el miedo y el odio, las canciones de Tweedy son pura fraternidad. Invito para ello estudiar los tres discos que forman Twilight Override. En estos tiempos, en los mismos en los que hay muchos adultos y gente de la generación del líder de Wilco tirando la toalla o jugando la baza del cinismo, la actitud de Tweedy es maravillosa. Invito para ello a verlo en directo acompañado de sus hijos y más chavalería.

En estos tiempos, en definitiva, Jeff Tweedy es un grande entre grandes. Porque se esfuerza con un talento descomunal en ofrecer posibilidades, hacer crecer la esperanza.

EL DISCO QUE CUENTA LA HISTORIA DEL CBGB CON TEMAS DE RAMONES, BLONDIE, CRAMPS Y OTRAS BANDAS OLVIDADAS

Rafa Cervera

Valencia Plaza, 08/02/2026



Tras su inauguración en diciembre de 1973, Hilly Krystal tomó la decisión de abrir las puertas del CBGB a las nuevas bandas de la ciudad.  No le importaba que no tuviesen un disco editado –ninguna de las que pasaría por el bar en aquellos primeros años lo tenía-, la única condición que puso fue que no interpretaran versiones. Había hecho algo similar cuando el bar todavía se llamaba Hilly’s. Allí habían actuado grupos de glitter rock como Magic Tramps, que pretendían ser la respuesta neoyorquina al glam británico. Ellos junto a grupos de esa tendencia como Harlots Of 42nd Street –que le hacían descaradamente la competencia a los New York Dolls maquillándose y travistiéndose- son ahora rescatados del olvido en el disco CBGB & OMFUG: A New York City Soundtrack 1975-1986, un recopilatorio de cuatro discos que recorre los años dorados del club donde se fraguó el cambio musical que condujo al punk.

En el disco también están las grandes estrellas del local: Talking Heads, Patti Smith, Blondie, Richard Hell, Mink Deville, Dictators y, cómo no, Ramones. Dee Dee Ramone nunca olvidaría las palabras de Krystal cuando los escuchó por primera vez: “No le gustáis a nadie, todo el mundo se marcha de vuestros conciertos… pero creo que vuestra propuesta es interesante”. El CBGB era un establecimiento pequeño y poco vistoso, con una mesa de billar junto a la barra, y un perpetuo olor a meado (la falta de higiene de sus servicios era legendaria) y a excremento de perro (la mascota del dueño hacía sus necesidades dentro del bar). Pero a principios de 1974, las salas de la ciudad que acogían a grupos desconocidos eran muy pocas. Estaba el Max’s Kansas City, un clásico que vivía horas bajas; y el Club 82, que era un local de transformistas. Y poco más. Por eso la aparición del CBGB y su política resultaron cruciales para el desarrollo de la nueva escena musical que germinaba en el centro de Manhattan.

La primera banda que actuó con regularidad fue Television. Inmediatamente otros debutantes ansiosos por darse a conocer hablaron con Krystal. Una de las primeras figuras en despuntar allí fue Patti Smith. Ninguna mujer, ni siquiera Janis Joplin había transgredido los límites del rock tanto como aquella poetisa flacucha y desgarbada, mitad Keith Richards, mitad Arthur Rimbaud. “Lo que queríamos –declaró en 2011- era abrir el espectro, devolverlo a sus raíces, a las manos de la gente. El CBGB nos ofreció un lugar en el que poder tocar nuestra propia música y vestirnos como quisiéramos”. Artistas como ella y bandas como Blondie o Talking Heads tenían como uno de sus principales referentes a The Velvet Underground,vel primer grupo que sometió el rock a un enfoque artístico, tanto por su conexión con Warhol como por una tendencia a experimentar que los conectaba con la vanguardia. “Los Velvet eran el modelo para seguir”, explica Debbie Harry, su cantante. “En sus comienzos, Blondie también tenía esa intención, hacer rock desde una perspectiva pop art. Queríamos ser un homenaje a esa manera de hacer música”. La formación liderada por Lou Reed y John Cale y apadrinada en sus comienzos por Warhol, era el grupo alternativo neoyorquino por excelencia. Un experimento entre rock & roll y arte cuya libertad creativa sentó las bases para futuras generaciones de músicos locales.

Lo que ocurrió dentro del club durante 1974 fue un momento fugaz porque solo un año después el underground musical neoyorquino comenzó a despertar un gran interés en medios e industria. Hasta entonces, todo lo que sucedía en el CBGB y alrededores era algo que solo incumbía a los artistas que vivían o alternaban por allí. “El local estaba siempre medio vacío, incluso los fines de semana, y las audiencias más grandes, aun cuando se trataba de los grupos más populares, eran conscientes de su estatus de iniciados iluminados”, contaría años después Richard Hell en I Dreamt I Was A Very Clean Tramp, su libro de memorias. El público del local lo conformaban básicamente miembros de bandas que iban a ver actuar a otras bandas compuestas por amigos. A pesar de contar con temas memorables, muchos de aquellos grupos nunca llegaron donde merecían. A veces fue por una cuestión de mala suerte, como ocurrió con Mumps. Tenían al frente a toda una estrella, el cantante Lance Loud, que se había hecho famoso siendo niño. A principios de los setenta, la familia Loud protagonizó el primer reality de la historia, An American Family. En él, Lance confesó su homosexualidad ante millones de espectadores. Mumps eran una banda histriónica y brillante, representados en el disco por Crocodile Tears, uno de sus mejores temas.

“En general, creo que lo que ocurrió en el CBGB se puede comparar a los que pasaba en el Cavern Club de Liverpool cuando los Beatles empezaban”, comentó el guitarra y cofundador de Blondie, Chris Stein. Muchas de las historias de aquellas bandas fueron contadas en el libro Por favor, mátame. Su autor, Legs McNeil, coautor de dicho libro, había sido testigo de muchas de ellas. En 1975 había creado junto al dibujante John Holstrom, Punk, una revista donde escribir de sus aficiones y sus bandas favoritas, algunas de las cuales había descubierto en el CBGB. El primer número se publicó en enero de 1976, con una caricatura de Lou Reed. Los textos estaban caligrafiados y la mitad de las ilustraciones eran dibujos. Las entrevistas seguían el método periodístico que Warhol había potenciado desde su revista Interview, conversaciones sin editar, revelando hasta los detalles más insignificantes, e incluso situaciones inauditas, como cuando McNeil se durmió durante una entrevista con Richard Hell. “La revista se llamaba Punk –explica Harry- y el término definía también al público que iba a ver tocar a todos esos grupos. De repente la palabra punk pasó de denominar una actitud a tener un significado muy concreto. Se transformó en un término muy simplista que definía un cierto estilo de música. Creo que eso mató la libertad creativa de los grupos del CBGB. Y desde luego, Blondie nunca fue un grupo al que pudieras llamar punk".

Muchos de aquellos músicos -Dictators, Dead Boys, Cherry Vanilla, Heartbreakers, Richard Hell, Suicide, Mink De Ville, Tuff Darts, The Cramps- editaron discos, casi todos ellos en grandes sellos, pero ninguno logró repercusión comercial. Ese privilegio solamente lo obtuvieron Patti Smith, Blondie y Talking Heads. Hoy, mucho de ellos son historia de la música. Pero quien tenga curiosidad por saber qué ocurrió en el trasfondo de aquella historia, CBGB & OMFUG: A New York City Soundtrack 1975-1986 es un recopilatorio fundamental. Grupos apenas recordados como Marbles, Planets o The Miamis que apenas publicaron un sencillo. Nombres que grabaron para sellos importantes y que se desaparecieron sin pena ni gloria, como Tuff Darts (la banda donde cantaba Robert Gordon), Milk’n’Cookies, Paley Brothers, Cherry Vanilla. Las bandas de la no wave y el art rock local como Mars, Contortions, DNA, Dark Day, Love Of Life Orchestra, Theoretical Girls. Bandas de otras ciudades que hicieron del CBGB su hogar neoyorquino como Human Switchboard, The dB’s o Pure Hell. Y la hornada hardcore donde estaban Bad Brains, Reagan Youth o Vatican Commandos, el grupo donde se dio a conocer Moby.