Un disco con grabaciones de 1965 pone de manifiesto el talento de Bowie y, también, la travesía por el desierto que tuvo que experimentar hasta conseguir reconocimiento.
1965 marcó el rito de paso en el pop británico. La música dejó de ser un simple entretenimiento juvenil, aparentemente inocuo, y adquirió identidad artística y peso cultural. Los Beatles, que lideraban esta transformación, publicaron el álbum Rubber Soul, cuyas canciones rompían con los patrones habituales: menos historias de amor, más introspección y nuevos horizontes musicales que, en algunos casos, anticipaban lo que poco después llamaríamos psicodelia. Lanzada en junio de ese año, (I Can't Get No) Satisfaction se convirtió en un éxito instantáneo gracias a sus claras referencias sexuales y a su cuestionamiento del sistema, elevando a amarillo el nivel de amenaza social de los Rolling Stones. Mientras tanto, la subcultura mod —abreviación de “modernist”— ganaba peso como una forma de enfrentarse al mundo adulto mediante la imagen y el sonido: Vespas, polos, pantalones pitillo, parkas, trajes entallados, flequillos prominentes y canciones de raíz negra. Miles de jóvenes de clase trabajadora construían así una identidad propia, alternativa a una sociedad que no hacía más que hostigarlos. The Who condensaron y amplificaron esa sensación en los tres minutos y dieciocho segundos de My Generation. El rock & roll se había convertido en la gran vía de escape, y cada nuevo grupo —The Kinks, The Small Faces, The Yardbirds, Moody Blues, Herman's Hermits— pasaba de inmediato a ser una promesa. La fama y la fortuna estaban, al fin, al alcance de cualquier joven que se negara a llevar una vida convencional.
En este escenario frenético se movía un músico ambicioso, decidido a convertirse en una figura indispensable del relevo generacional. En 1965, David Jones llevaba dos años trabajando como aprendiz de creativo en una agencia publicitaria de Bond Street. A sus 18 años, su principal objetivo era formar un grupo de rock, hacerse famoso, ganar mucho dinero y abandonar un trabajo que detestaba. “Uno puede pasárselo bien haciendo rock —declaró en 1976— y normalmente se gana bastante para vivir. Empecé a pensar así en mi época de mod; una ropa bonita era la mitad del asunto. Vivía de los cubos de basura de Carnaby Street, antes de que todo Londres conociera esa calle. Los mejores diseñadores jóvenes estaban allí y, como eran unos italianos muy ricos, si a alguna de sus camisas se le caía un botón o algo así, la tiraban al cubo de la basura. Tiraban muchísima ropa. Lo único que tenías que hacer era coser el botón o una manga”.
Así pues, el artista que apenas un año después pasaría a llamarse David Bowie iba de un grupo a otro en busca de un estrellato que se le resistía. Su primer intento fue en 1963, con The Kon-Rads. Lo admitieron como saxofonista y corista, pero, al comprender que así no podría lucirse lo suficiente para comerse el mundo, los mandó a paseo. Antes de marcharse, tuvo tiempo de cantar una de sus canciones —de la que también fue coautor—, I Never Dreamed. Sin embargo, la maqueta dejó indiferente al cazatalentos de Decca —el sello de los Stones—, y Jones aprovechó la ocasión para despedirse de sus compañeros. A continuación, formó Dave Jones & The King Bees junto con su amigo de la infancia George Underwood. Dos años antes, durante una disputa por una chica, Underwood le había propinado el golpe que haría que su ojo izquierdo cambiara de color. La alianza con los King Bees comenzó en abril de 1964 y duró tres meses. Durante ese tiempo se sumaron a la tendencia del momento: ser —como el propio Bowie diría después— “la típica banda inglesa con sonido americanizado”. En ese breve periodo, Bowie escribió al empresario John Bloom para retarlo a hacer con los King Bees lo mismo que Brian Epstein había hecho con los Beatles. Como la música pop no era su especialidad, Bloom habló del grupo con su colega Leslie Conn. Así, Bowie alcanzó uno de sus primeros objetivos: trabajar con un mánager profesional. En junio de 1964 salió a la venta el sencillo Liza Jane, que inauguró su carrera discográfica y fue también el último que grabó con los King Bees. Su estrepitoso fracaso le dio la excusa perfecta para abandonar el grupo.
Dos meses después ya había encontrado una nueva banda, The Manish Boys, con la que intentar irrumpir en la escena musical de 1965. Contaba ahora con un nuevo as en la manga: un contrato con el productor Shel Talmy, responsable de éxitos como Anyway, Anyhow, Anywhere, de The Who, y You Really Got Me, de The Kinks. Fue precisamente teloneando a estos cuando Bowie conoció a Talmy. El productor percibió enseguida que tenía algo especial, decidió respaldarlo y contrató para las maquetas a músicos como Jimmy Page —todavía desconocido— y Nicky Hopkins, pianista habitual de los Stones. “Estaba completamente convencido de que David iba a conseguirlo. El problema es que tanto él como yo íbamos seis años por delante de los gustos del mercado”, comentaría Talmy en 2017. La relación profesional entre ambos duró apenas nueve meses. No produjo los resultados esperados, pero dejó una serie de grabaciones, muchas de ellas inéditas hasta ahora.
Esas canciones se han recopilado en el álbum The Shel Talmy Recordings, otra pieza imprescindible para completar el enorme rompecabezas artístico que es David Bowie. Al escuchar estas grabaciones, es fácil pensar que Talmy quizá exageraba al afirmar que Bowie iba adelantado a su tiempo. Sin embargo, sí demuestran que estaba preparado para jugar en la primera división del pop británico. El disco incluye los dos sencillos publicados por The Manish Boys. El primero, I Pity the Fool —elegido por el propio Talmy—, apareció en febrero de 1965. En la cara B figuraba Take My Tip, la primera composición de Bowie publicada en un disco, que interpreta intentando imitar a un cantante de blues. Construir una personalidad propia no le resultó fácil. De todos los temas grabados bajo los auspicios de Talmy, solo en la hasta entonces inédita Today, I Do Believe se percibe algo parecido al Bowie que el mundo llegaría a conocer. Le ocurrió lo mismo con el estilo musical. En los años sesenta, los cambios eran rápidos y continuos: la moda de hoy quedaba obsoleta al día siguiente. Por eso, Bowie probó suerte a lo largo de la década con la psicodelia, el folk, el cabaret, el teatro y el rock duro. Su único momento de verdadero relieve en esos años llegó en 1969 con Space Oddity, un éxito que no tuvo continuidad.
El plan inicial era que Talmy ofreciera I Pity the Fool a Decca. Sin embargo, él seguía su propia estrategia: quería promocionarse para que los Beatles lo eligieran como productor. El sencillo terminó publicándose en Parlophone, pero ni siquiera ese respaldo evitó la indiferencia del público. Para colmo, el único revuelo que provocó no tuvo que ver con la música. Cuando The Manish Boys aparecieron en el programa televisivo Gadzooks! It's All Happening, Bowie lució una melena excesivamente larga incluso para las costumbres del momento, y se armó la marimorena. La revolución juvenil impulsada por los Beatles y los Stones inquietaba a los sectores más conservadores de Inglaterra, y la prensa contribuyó a aumentar la tensión. Tras la emisión, se afirmó que Bowie se había negado a cortarse el pelo y había dicho que no lo haría “ni aunque se lo dijera el primer ministro, y menos aún si se lo pedía la BBC”. Algunos asistentes al plató llevaban pancartas con el lema “Be fair to long hair” ("Tratad bien al pelo largo"), y los titulares exageraron la situación. “Una prueba más de la degradación que hay en el ambiente” y “Nauseabundo” fueron algunas de las reacciones publicadas.
En aquella época, el pelo largo en los hombres podía interpretarse como un indicio de homosexualidad. Bowie nunca olvidó que a menudo se dirigían a él como si fuera una mujer, con frases como: “Disculpe, señorita, ¿puedo ayudarla en algo?”. En Inglaterra, las relaciones sexuales entre personas del mismo género no se legalizarían hasta 1967; por tanto, la homosexualidad todavía era un delito. Aun así, Bowie ya sabía aprovechar la ambigüedad de su aspecto. Bob Solly, uno de los músicos de Manish Boys, contó que Bowie habló con el dueño del Star Club de Hamburgo para convencerlo de que contratara al grupo y que uno de sus argumentos fue declararse gay. Según Solly, esa forma de llamar la atención era bastante habitual: cuanto más extravagante se mostraba alguien, más posibilidades tenía de ser escuchado. Bowie aún no había empezado a explorar su sexualidad; lo haría más tarde, cuando se convirtió en alumno del mimo Lindsay Kemp. Por entonces salía con una adolescente llamada Dana Gillespie, a quien acabaría produciendo algunos discos —entre ellos, una versión de Andy Warhol— y con quien mantendría una buena amistad durante el resto de su vida.
Bowie no se andaba con rodeos: tras el fracaso de The Manish Boys, volvió a cambiar de grupo. Tomó esa decisión, en parte, porque I Pity the Fool se había publicado acreditado únicamente a The Manish Boys, algo que no permitiría que ocurriera de nuevo. En su siguiente proyecto, su nombre —ya convertido de Dave en Davy— volvía a preceder al del grupo de acompañamiento: The Lower Third. Con Talmy otra vez a los controles, grabaron You've Got a Habit of Leaving, que llegó a las tiendas el 20 de agosto. Esta vez, la inspiración procedía de The Who. “Teníamos fijación con ellos —reconoció Bowie años después—. Llegamos a telonearlos en Bournemouth. Esa fue la primera vez que hablé con Pete Townshend. Comenté con él cosas acerca de cómo componer y asuntos de ese tipo. Estaba muy influido por él. Estuvo en la prueba de sonido y dijo: ‘¡Estáis intentando escribir canciones como las mías!’. Aparte de eso, creo que no le impresionamos mucho”. En la cara B figuraba Baby Loves That Way, que Bowie definía como un homenaje a Herman's Hermits. En 1971, el excantante de esa banda, Peter Noone, obtuvo su primer éxito en solitario con Oh! You Pretty Things, una composición de Bowie que él mismo grabaría también poco después.
You've Got a Habit of Leaving pasó inadvertida y puso fin a la relación contractual con Talmy. Lejos de desanimarse, Bowie siguió buscando un lugar destacado en la industria. Tras otro cambio de mánager, empezó a trabajar con Ken Pitt, quien le recomendó dejar de firmar como Davy Jones. Ya existía un Davy Jones en el grupo estadounidense The Monkees, cuya fama crecía sin parar. Bowie no necesitó que se lo repitieran: aunque a sus compañeros les horrorizaba el nombre elegido, David Jones se convirtió en David Bowie. Con The Lower Third publicó en 1966 un último sencillo, Can't Help Thinking About Me, que sólo aumentó una lista de fracasos comerciales cada vez más larga. Aun así, no tiró la toalla y durante el resto de la década probó suerte con cuatro grupos más, ninguno de los cuales lo llevó al estrellato. Este no llegaría hasta el verano de 1972, cuando creó el personaje de Ziggy Stardust y publicó el disco homónimo, apoteosis del recién nacido glam rock. Entonces sí: Bowie se convirtió en una figura relevante cuyos movimientos desafiaban las modas. Los setenta, y no los sesenta, fueron su década.
Pese a los batacazos y las frustraciones de aquellos primeros años, Bowie nunca renegó de esa etapa. Cuando la fama se lo permitió, grabó Pin Ups (1973), un disco de versiones de los artistas de mediados de los sesenta que admiraba y que entonces habían quedado fuera de su alcance: The Who, The Kinks, Them, The Yardbirds y The Pretty Things. También quiso dar una nueva oportunidad a las composiciones de aquellos años difíciles durante su etapa de madurez creativa. En 2000 registró nuevas versiones de You've Got a Habit of Leaving, Baby Loves That Way, Can't Help Thinking About Me y Liza Jane, además de otras canciones grabadas originalmente entre 1966 y 1969. El álbum, titulado Toy, no obtuvo el beneplácito de su discográfica y no se publicó oficialmente hasta veinte años después. Al volver a grabar esas canciones, Bowie afirmó: “Estas canciones están tan vivas, tan llenas de color, que saltan de los altavoces. Cuesta creer que fueran compuestas hace tanto tiempo”. Tal vez no estaban destinadas a cambiar el mundo en 1965, pero aquellas composiciones que entonces no impresionaron a nadie sí han resistido el paso del tiempo.




