miércoles, 17 de junio de 2026

SERVANDO, EL MADRILEÑO QUE SE ADELANTÓ A TODO: "EN ALGÚN MOMENTO SE NOS HA ROTO EL FUTURO"

Alfredo Pascual

El Confidencial, 20/12/2025

Músico, empresario, ilustrador, futurista, historiador, escritor... pero sobre todo, muy friki, Carballar ha estado en el futuro y sostiene que nuestra utopía es tirarnos a la bartola

Servando Carballar (Madrid, 1962), o Biovac N, como a él le gusta llamarse, es un hombre proyectado al futuro. Mucha gente le conoce como líder y fundador de Aviador Dro, especialísima formación de la Movida, pero pocos saben que Servando, ante todo, es un visionario de la cultura pop.

Jugaba al rol cuando nadie conocía el concepto, creó el primer grupo tecno de España, apostó por los cómics y los videojuegos cuando eran cosa de niños y vio antes que nadie que los juegos de mesa habían llegado para quedarse. Inclusó editó con su sello a Extremoduro, tan en boga estos días, cuando no eran conocidos y cargaban cierta fama de conflictivos.

Su perfil es una rara avis por estos lares: el del artista conceptual, gamberro y friki, que no solo es capaz de ver lo que viene, sino también de rentabilizarlo. Sus dos sellos, Discos Organizados Radiactivos (DRO) y Dro-Soft, los vendió a Warner Music y Electronic Arts, mientras que su tercer emprendimiento, la tienda de cómics Generación X, factura casi 6 millones de euros anuales y es referente en España.

***

Pregunta. ¿A qué dedica los días Servando Carballar?

Respuesta. Pues a lo que me ves, a vender cómics. Tenemos siete tiendas y otras seis franquiciadas. Estos días cumplidos 32 años desde que abrimos nuestra primera tienda y creo que puedo decir, sin mucho riesgo de exagerar, que somos la franquicia más importante de cómics y contenido friki que hay en España.

P. Eres un caso único en España: un músico que no solo crea negocios, sino que tiene éxito con casi todos.

R. En Aviador Dro siempre nos hemos considerado hombres de acción. Y mujeres de acción, claro. Empezamos tras la muerte de Franco, cuando estaba casi todo por hacer. Queríamos hacer cosas y no había quien nos las hiciera, así que nos tuvimos que poner nosotros. ¿Nadie nos publica los fanzines? Pues montamos una editorial. ¿Nadie nos edita el disco? Pues lanzamos un sello. Pero no somos empresarios: creo que nuestro éxito ha tenido mucho de estar en el sitio correcto en el momento adecuado.

P. ¿Te sientes ya un capitalista?

R. No. El capitalismo dice que hay que vivir para trabajar: nosotros hacemos justo lo contrario. Claro que jugamos al capitalismo, gestionamos mercantiles, pero nuestra visión siempre ha sido vivir de lo que nos gusta. Todos los negocios parten de esa premisa, de preguntarse cómo puedo rentabilizar un hobby. A nosotros nos hace felices estar en un escenario comunicándonos con 500 fans o tener una tienda con todos los libros que siempre habría querido leer. A mí me viene un cliente a hablar de Watchmen y me tiro el tiempo que sea necesario, porque no lo concibo como un trabajo, sino una satisfacción. Tengo la inmensa fortuna de decir que trabajo en lo que amo.

P. Pero tú querías ser Indiana Jones.

R. Yo estudié Historia y fantaseaba con descubrir Tartessos, pero surgió el punk y se fue todo al carajo (risas).

P. La música os llega antes de la universidad, ¿no?

R. Sí, Aviador Dro es un grupo de instituto. Nacimos en el instituto Santamarca, en el norte de Madrid, que era un lugar señaladísimo como epicentro rojo de Madrid en el posfranquismo. El director era del PCE, estaban las Juventudes Comunistas... y también estaban los Legionarios de Cristo Rey, que se pasaban todas las semanas a pegarnos. Nosotros éramos el grupo que hacía cosas culturales, fanzines literarios, pero de repente descubrimos por los Sex Pistols que te podías subir a un escenario sin saber tocar y ahí fuimos (risas).

P. ¿Ninguno tenía formación musical?

R. No, inicialmente no. Éramos cuatro chavales de Prosperidad haciendo ruido, literalmente.

P. Hablas de punk, pero Aviador Dro es una banda de tecnopop.

R. Es que en ese momento había muchos grupos híbridos, como The Stranglers, Ultravox, Devo... nosotros tuvimos una banda llamada Los Drugos, en honor a la Naranja Mecánica, pero todo cambió un día que fui a comprar el primer disco de Blondie. El disco que estaba al lado era Die Mensch-Maschine de Kraftwerk. Recuerdo que me impresionó muchísimo el aspecto de esa gente, cuantro tíos germánicos con trajes rojos y corbata negra, así que me llevé los dos discos.

El de Blondie me gustó mucho, lo bailé cuanto pude, pero el de Kraftwerk me rompió la cabeza. Recuerdo que lo escuché e inmediatamente me lo puse una segunda vez. Al acabar, me dije: "Esto es lo que yo quiero hacer".

P. ¿Hacer el punk desde el sintetizador?

R. ¡Claro! Yo sospechaba en ese momento, a finales de los 70, que los sintetizadores iban a estar siempre en la música, como ha sucedido. Se empezaron a comercializar sintetizadores más baratos, a los que podíamos acceder todos, y descubrimos que podíamos hacer música incluso los que no sabíamos. La culminación del do it yourself, que es, en esencia, la definición del punk.

P. Vamos, que tu plan era hacer los Kraftwerk españoles.

R. Sí, pero sobre todo lo que queríamos era hacer cosas distintas. Ten en cuenta que yo, con 8 años, llegaba al colegio y tenía que cantar el Cara al Sol. No tenía llaves de casa, tenía que llamar al sereno para que me abriese, que era un Guardia Civil retirado que le contaba a tu familia con quién ibas y qué hacías. Vamos, que yo tenía un profesor que tenía látigos, fustas, varas de hierro y de madera... tú, como niño, podías escoger con qué arma te iba a pegar. De ahí veníamos.

P. ¿Me estás diciendo que tu profesor te daba latigazos?

R. ¡Por supuesto! No era nada oculto, lo hacía frente al resto de tus compañeros, y tampoco sucedía en una galaxia lejana: te hablo del centro de Madrid a comienzos de los 70. Latigazos, arrodillarte sobre garbanzos... yo he visto a un profesor arrancarle la oreja a un niño con claros problemas neurológicos. Dejar atrás eso fue una enorme alegría.

P. Aviador Dro nace en un ambiente de optimismo.

R. De euforia, diría.

P. Choca con la España actual, mejor que aquella en todos los ámbitos, pero en la que reina el pesimismo.

R. Cuando escucho a mi hija de 23 años decir que España y el mundo son horribles, me preocupo mucho. Yo puedo no estar de acuerdo con muchas de las cosas que hace este Gobierno, pero lo cierto es que podríamos estar mucho peor. Mucho peor. Hay que apreciar lo que hemos conseguido desde que aquel caballero tuvo la gentileza de morirse y no dejarse llevar por el discurso de gente como Trump, cuya intención no es la de hacer un mundo mejor.

P. ¿Qué es lo que nos hace pensar que Occidente está al borde del colapso?

R. Para mí, la clave son los procesos de desinformación. Tenemos un montón de guerras que han surgido de forma muy poco natural, bulos en la prensa... la avalancha de información nos hace muy difícil diferenciar lo auténtico de lo falso. Antes, los medios eran otra cosa: tú ponías La Clave y veías a Federica Montseny y a Santiago Carrillo debatiendo con Fraga de forma educada, sin levantarse la voz durante dos horas.

Ahora impera un mensaje muy peligroso que intenta convencer al pobre de que su enemigo es el más pobre, y que todo lo demás está bien. Vivimos en la versión más salvaje del capitalismo que se ha visto a lo largo de la Historia.

P. Volviendo a Aviador... ¿esa estética industrialista no puede entenderse como un homenaje al capitalismo?

R. Nosotros entendemos el industrialismo como un futurismo, pero no el italiano, sino el de Mayakovski. Lo que sucede es que esta visión del industrialismo ya no está en Occidente, sino en China y en Oriente. Nuestro enfoque, desde el primer día, ha sido colectivista, muy parecido a lo que hoy defiende Anonymous o el colectivo hacker: la tecnología no es mala, todo depende de en qué manos esté.

De hecho, la aspiración de la clase obrera, hoy, debería ser dejar de trabajar. Las máquinas están para quitarnos el trabajo, no para enriquecer a unos pocos. La nueva utopía debe ser escribir un libro porque te dé la gana, porque los ingresos los tienes asegurados por otro lado, no irte a un bunker en Nueva Zelanda con todas las riquezas que has acumulado. En algún momento se nos ha roto el futuro. La sociedad va hacia el colapso, pero mientras tanto lo mejor es pasárselo bien leyendo buenos libros (risas).

P. ¿De dónde viene esta vocación colectivista?

R. Yo me he criado, como buen friki, viendo Star Trek. Si te fijas, en ese universo no existe el dinero, es un mundo de exploradores en el que la gente simplemente vive. El dinero es un mecanismo de control, una forma de crear estratos en la sociedad, que durante muchos siglos no ha hecho falta.

P. ¿De dónde salió el dinero para grabar la primera maqueta?

R. De la extinta Diputación de Madrid. Presentamos el single, La chica de Plexiglás, y ganamos un premio que consistía en grabar un EP. La paseamos por todos los sitios y la prensa especializada nos acogió fenomenal. Ordovás, Julio Ruiz, Tomás Fernando Flores, Costa, Carlos Tena, Diego Manrique... nos dieron mucho cariño. Pensábamos que los sellos se iban a interesar en sacar nuestro disco, pero al final no nos querían. Decían que no teníamos batería, que sonábamos raro... nos decían que nos teníamos que parecer más a Robert Palmer (risas).

P. Aquí es donde nace Dro, el sello.

R. Exacto. Hablamos con SGAE y alquilamos una oficina. Teníamos a un chaval que era muy bueno con la informática y nos hicimos nuestro propio programa de facturación y promoción. Lo hicimos con un Vic 20, el antecesor del Commodore 64. La gente de Commodore venía a nuestras oficinas a ver ese software, fue la leche. Creo que mi gran éxito como empresario y músico ha sido el de saber rodearme de gente que generaba confianza en el resto del equipo. Todos hemos sentido que el proyecto era común. Discos Radiactivos Organizados, Dro, fue siempre el proyecto de 16 amigos que montamos con 200.000 pesetas.

Todo lo fuimos aprendiendo sobre la marcha —no sabíamos ni lo que era una letra de cambio— hasta convertirla en la discográfica independiente más importante del país. Publicamos a gente como Gabinete Caligari, Siniestro Total, Los Nikis... y después, a Extremoduro.

P. Dro la compra Warner Music, y la editora de videojuegos, Dro-Soft, es hoy Electronic Arts España. Algo haríais bien para acabar en manos de los líderes mundiales en cada sector.

R. Pues ponerle entusiasmo, porque recursos había muy pocos. Que esto no era Londres ni New York, habría que ver qué habría sido de Alaska, de Miquel Barceló o de Almodóvar de haber sido anglosajones. Alaska salía vestida de leopardo por las noches y alucinábamos con ella, ni siquiera había mujeres por la calle.

P. ¿Cómo llegáis a los videojuegos? Por entonces era un negocio de empresas extranejeras.

R. Como siempre, porque nos gustaba jugar. Estábamos solos, junto a la empresa de Paco Pastor, Erbe. Además recuerdo que ya utilizábamos conceptos como la gamificación por aquellos días. En realidad hicimos Silicon Valley antes de Silicon Valley. Y en Madrid. El mundo latino es muy creativo, mucho menos rígido que otras culturas, y eso no siempre sabemos valorarlo.

P. ¿A qué te refieres?

R. Por ejemplo, a no tomarnos a nosotros mismos en serio. Por ejemplo, grupos como nosotros, Aerolíneas Federales, Los Nikis o un Pingüino en mi ascensor, tenían letras con muchísimo humor. Un sentido del humor muy integrado, ácido y crítico, que no tiene parangón en el mundo anglosajón salvo casos muy concretos como Madness. La comedia es el género más complicado y aquí hemos tenido comedia hasta en el pop. No hemos sabido valorarlo, en Latinoamérica lo aprecian mucho más.

P. Es verdad que la industria os relegaba con respecto al pop más 'serio', como Mecano o Nacha Pop.

R. En aquella época, nosotros los distinguíamos el pop entre Los Babosos y las Hornadas Irritantes (risas). Usábamos el humor como forma de transgresión, una fuente de la que han bebido realizadores como Álex de la Iglesia. No se nos valoró, pero yo ya estaba acostumbrado. Mira la ciencia-ficción, un género que me ha obsesionado desde niño. Antes, era un género menor, que no interesaba a nadie. Hoy pones Netflix o Apple TV y ves que casi todas las series no solo son ciencia-ficción, sino que adaptan libros clásicos del género, como Plur1bus, que es un remake de La invasión de los ultracuerpos y me está encantando.

Antes se hacían dos o tres películas del género, ¡al año!. Ahora no doy abasto, estoy viviendo en mi mundo feliz.

P. Con los cómics pasó igual. Una cosa de críos que se ha convertido en un negocio gigantesco.

R. Aquí viene mucha gente de nuestra edad que dice que quiere comprarse de nuevo ejemplares que tenía porque, cuando se fue de casa, su madre le tiró todos los cómics a la basura. Nosotros siempre hemos ido un poco por delante en la cultura pop: en los 80, decíamos a las empresas que iba a haber un ordenador en todas las casas y se reían de nosotros. Nos decían "¿y para qué iba a tener la gente un ordenador en casa?".

Se podría decir que el mundo ha girado hacia nuestros postulados.

P. Montas tu primera tienda de cómics en el 84, cuando apenas hay cosas de Marvel y DC. Menudo cambio con respecto a ahora.

R. Antes las tiendas de cómics eran solo de hombres, un poco La mazmorra del androide. De los superhéroes clásicos pasamos a Bola de dragón y algunas cosas de Mazinger Z, después llega el cómic francobelga, con Tintín y Astérix... y por último el boom del manga, que es el que termina arrasando. A los jóvenes, sobre todo a las mujeres, les encanta el manga. El negocio ha crecido enormemente.

P. ¿Qué tiene el manga que no ofrezcan los demás cómics?

R. Una enorme cotidianidad. Hay infinitos cómics de oficios: de cocina, de baloncesto... y el mensaje es siempre positivo, de valorar el esfuerzo, la amistad, el trabajo... promueve una sentido colectivo del que adolecen los cómics norteamericanos, que son mucho más oscuros e individualistas, influenciados por la culpa de la moral judeocristiana. El manga te dice que disfrutes de la vida, que el futuro no es negativo.

P. Veo en la tienda que una parte importante está dedicada a los juegos de mesa.

R. En los 90 llega un juego llamado Catan que es un cambio de paradigma. Junta a los que ya éramos fanáticos de juegos de rol o wargames, que son muy complejos y generan partidas que duran días, con los que quieren echar partidas de una hora u hora y media. Catan fue una explosión que llega hasta nuestros días. Ahora no son juegos como Pictionary o Monopoly, que son para pasar el rato, sino juegos de gestión donde prima la parte intelectual. Hay juegos de gestionar un viñedo o de crear una orquesta, ni te imaginas. Es un formato que está muy masificado, hay abuelas que entran a comprarle juegos a sus nietos.

Nosotros fuimos la primera empresa española que puso stand en Essen, la feria europea de juegos de mesa, en 2009. Hoy hay más de treinta empresas españolas todos los años. En quince años, hemos pasado de 500 novedades a más de 2.000: se ha cuadruplicado la producción.

P. En el rol también fuiste precursor. He leído que trajiste el primer Dungeon & Dragons a España.

R. Mis padres eran actores de teatro y durante un tiempo fueron profesores en universidades de Estados Unidos. Yo veía tiendas en New York llenas de figuritas, así que me compré un Dungeons & Dragons pensando que era eso, un juego de figuras. Cual fue mi sorpresa al llegar a España y ver que a aquello se jugaba con lápiz y papel. Me sucedió como con Kraftwerk, me explotó la cabeza. Nos echábamos las tardes enteras mis amigos y yo jugando, echándole imaginación, mientras mi hermano escuchaba Joy Division en el cuarto de al lado.

Hay gente que viene a comprar cómics o juegos, me reconoce y me dice: "Joder, si tú eres el de Aviador Dro, qué haces aquí". En realidad para mí es todo el mismo mundo, el de las cosas que me interesan.

P. ¿Es Biovac N optimista respecto al futuro?

R. Yo intento transmitir optimismo a la gente joven, tanto como artista como empresario. Como futuristas, vemos que el pasadismo, los pasadistas, quieren un fuerte retroceso en derechos. Con esta tienda, por ejemplo, intento ofrecer una forma de mirar la vida, no ya como izquierdista, sino como alguien que quiere que los jóvenes vivan mejor que sus padres.

P. Por último: lleváis varios años anunciando la vuelta de Aviador Dro a los escenarios. ¿Será en 2026?

R. (Risas) Sí, sí, de este año no pasa. Vamos a sacar contenido nuevo y tenemos muchas ganas de reencontrarnos con nuestros fans.

sábado, 16 de mayo de 2026

MUERE EL CABRERO, EL CANTAOR AL QUE EL MIEDO HIZO REBELDE Y NO BORREGO

El Salto, 13/05/2026

[Lo que hacía El Cabrero sí que era flamenco y no el pastiche lumpen y chabacano de Rosalía. Por cierto, los grandes medios no han dicho ni Pamplona... José Domínguez no era culturilla pedante, sumisa y subvencionada. Que la tierra le sea leve.]



El cantaor flamenco El Cabrero ha fallecido en Aznalcóllar a los 81 años de edad. Cabrero de profesión y anarquista de filiación, llegó a convertirse en el cantaor con más proyección internacional pero nunca dejó de sacar a sus cabras.

Se llamaba José Domínguez y había nacido en 1944 en Aznalcóllar, Sevilla, pero todo el mundo del flamenco lo conocía por el sobrenombre de El Cabrero, con el que llegó a convertirse durante los años 80 en la figura del cante jondo con más proyección internacional. Era cantaor y cuidaba a sus cabras, lo que siempre había querido hacer. Nunca buscó otra cosa: ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni conceder entrevistas. 

Su cante, atávico y anarquista, se ha apagado el 13 de mayo de 2026 en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, como ha comunicado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook: “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”. 

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, aseguró en una entrevista de Israel Viana en El Salto en 2017. Por eso quiso que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con la que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

“Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento”, razonaba con convencimiento en aquella ocasión, cuando con 72 años todavía sacaba todos los días a sus cabras, si no se encontraba de gira. Un par de años después se retiró de los escenarios tras sufrir un ictus.

En los años 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos. Pero la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. Para qué grabar un disco si él no quería abandonar el oficio de cabrero. Si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. Tras ese primer rechazo, Pepe Carrasco —asesor de la discográfica Belter, letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara.

El acuerdo al que llegaron consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena Bermúdez, en el parto del primero de sus tres hijos. Así lo recordaba en aquella entrevista: “Yo no tenía interés en grabar, solo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal”. 

En la canción “Como el viento de poniente”, El Cabrero habla de sí mismo como de una oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. “Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”, expresa en la letra sobre su alejamiento voluntario de lo que se espera de un cantante famoso. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explicaba a El Salto, subrayando además que lo que cantaba era atemporal: “Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: ‘Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero’. Yo lo veo así”.

En 1982 acabó con sus huesos en la cárcel tras una actuación en Alcolea del Río, condenado por blasfemar tras soltar un “me cago en dios”. “Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recordaba 35 años después y aseguraba haberse sentido muy enfadado e impotente. “Me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, solo estuve tres semanas en la cárcel”. 

No fue la única ocasión en que El Cabrero durmió entre rejas. Su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos usurpados por los terratenientes y otros agricultores también le ocasionó encontronazos con las autoridades. “Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las veredas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez!”, contaba a El Salto en 2017.

Sus padres le decían de pequeño que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. Un miedo que forjó su carácter y su carrera.


jueves, 30 de abril de 2026

LITTLE STEVEN Y LA REVOLUCIÓN BARROCA DE LA MÚSICA EN LOS 60'S: EL ROCK CONVERTIDO EN ARTE

Rodrigo Contreras

Rock FM, 16/04/2026



Una nueva entrega del "Underground Garage" explora cómo el rock de los años 60 abandonó el baile para invadir los museos y las conciencias, utilizando instrumentos clásicos para redefinir el género.

Little Steven, el alma máter de la E Street Band y carismático actor y locutor, regresa a las a RockFM con una nueva entrega de su "Underground Garage" que promete sacudir los cimientos de lo convencional. En este próximo programa, Steven invita a los oyentes a entrar en un "mundo de sueños vivos donde los realistas sueñan lo irreal", advirtiendo a aquellos con condiciones cardíacas o niños impresionables que se preparen para una experiencia primitiva y creativa. El eje central de esta emisión es un homenaje al instrumento más improbable del arsenal del rock: el clavecín (harpsichord), cuya inclusión en la música popular marcó el momento exacto en que el "rock and roll" se transformó en "Rock" con mayúsculas.

1965: El año en que el rock se hizo adulto

Según relata Little Steven en sus audios, la metamorfosis del rock comenzó a gestarse en 1964 con el tema de La Familia Addams, pero fue en 1965 cuando el clavecín se integró oficialmente en la caja de herramientas de los artistas. Ese año fue testigo de cómo Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds comenzaron a influenciarse mutuamente de manera profunda. Singles icónicos como "Mr. Tambourine Man", "Help", "Satisfaction" y "Like a Rolling Stone" declararon la llegada de una nueva forma de arte personalmente invertida.

Steven destaca que fue el álbum Rubber Soul de los Beatles el que selló definitivamente este pacto con el arte. En este disco, el productor George Martin realizó un solo fantástico en "In My Life" que, aunque técnicamente no era un clavecín, sonaba como tal, inspirando a toda una generación a experimentar con sonoridades clásicas. A partir de ese momento, los jóvenes dejaron de "bailar los discos" para empezar a "escucharlos", un cambio de paradigma que Steven describe con humor como el inicio de un declive cuesta abajo hacia la intelectualización del ritmo.

Del Renacimiento a los Garajes de Michigan

El programa no solo se queda en la superficie de los años 60, sino que Little Steven profundiza en la historia del instrumento. Explica que la versión más antigua del clavecín vertical fue diseñada por Henry Arnold Dul alrededor de 1430 en los Países Bajos. Posteriormente, fue construido por Andreas Ruckers en Amberes en 1646 y perfeccionado por Pascal Tuskin en París en 1780. Steven bromea diciendo que figuras como William Byrd ya estaban "disfrutando de actos clásicos" en los años 60... pero de la década de 1560.

El relato histórico alcanza su punto álgido con Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, a quien Steven define como un hombre de clase trabajadora que veía su obra como algo funcional, sin saber que se convertiría en el compositor más dotado de la historia. Esta conexión entre la disciplina del oficio y el resultado artístico es una lección que Little Steven subraya: "cuida el oficio, que el arte se cuidará solo".

La huella de George Martin y los Stones

Uno de los momentos más destacados del programa es el tributo a George Martin, a quien Steven califica como el "mejor productor y arreglista de todos". Con un trasfondo en música clásica y grabaciones de comedia, Martin fue esencial para transformar el sonido de los Beatles, sugiriendo cuartetos de cuerda para "Yesterday" y arreglos que definirían el rock para siempre en temas como "Eleanor Rigby" y "Strawberry Fields Forever".

Por otro lado, Steven señala que The Rolling Stones abrazaron el clavecín como ninguna otra banda. Brian Jones fue el encargado de tocarlo en temas como "Lady Jane", mientras que el legendario Nikki Hopkins aportó su magia en "Dandelion" e "In Another Land". Esta sección del programa demuestra que el uso de instrumentos barrocos no era una moda pasajera, sino una expansión del lenguaje sonoro del rock.

Controversia y vanguardia: El caso de Janice Ian

Little Steven también rescata historias de valentía artística, como la de Janice Ian y su canción "Society's Child". Ian concibió el tema a los 12 años y lo publicó a los 14, enfrentándose a una gran controversia por tratar el romance entre una chica blanca y un chico negro. Muchas emisoras se negaron a pinchar el disco, y no fue hasta que Leonard Bernstein la presentó en televisión que la canción logró entrar en las listas en 1967, dos años después de su lanzamiento. La producción de Shadow Morton, quien cambió el título original ("Baby I’ve Been Thinking"), fue clave para que esta pieza de "pop barroco" con clavecín hiciera historia.

Nuevos talentos y el espíritu del Garage

Fiel a su misión de descubrir música, Steven presenta como la "canción más cool del mundo" de esta semana a "Big in Madrid" de Nick Piunti, procedente de Gross Aile, Michigan. El locutor destaca que, a lo largo de 15 años de programa, han introducido a más de mil bandas nuevas, manteniendo viva la llama del rock auténtico y la contracultura.

El programa concluye con el agradecimiento de Steven a su equipo, incluyendo a Dennis Mortonson, y a sus patrocinadores de siempre, los Hard Rock Cafes. Con su habitual despedida, "Ciao, baby", Little Steven cierra una emisión que no solo es una lección de historia de la música, sino un manifiesto sobre la importancia de mantener el espíritu anti-establishment y creativo en un mundo que a menudo prefiere lo previsible. Los oyentes de RockFM tienen una cita ineludible con este viaje por el tiempo donde el clavecín es el rey y el rock la religión.


martes, 31 de marzo de 2026

THE BLAZERS, LA OTRA BANDA DE EAST L.A.

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, 06/03/2026

Los Lobos, recientemente de gira por nuestro país, son tal vez el grupo de rock chicano más famoso surgido en el Este angelino. Pero no son los únicos, como hace poco recordaba el erudito Juanmi Urioz en un interesante post en Facebook sobre The Blazers. Es un buen momento para acordarnos de ellos.

Los Ángeles, y más concretamente la zona del East L.A., ha sido el caldo de cultivo desde hace décadas de una serie de artistas chicanos que consiguieron el triunfo a nivel global. En los sesenta y setenta fueron Cannibal & The Headhunters y los Three Midniters, y en los ochenta, Los Lobos. The Blazers eran la continuación de esa larga cadena. 

El núcleo se creó en 1971 cuando dos guitarristas fascinados por las Fender Telecaster, Ruben Guaderrama y Manuel Big Manny Gonzales, se conocieron en el instituto y compartieron sus gustos musicales, que incluían rock’n’roll, blues, jazz, norteño y cumbias. En 1990, se sumaron Lee Stuart (bajo) y Ruben C. Gonzalez (batería) y ya pasaron a denominarse The Blazers.

César Rosas, el cantante y guitarrista de Los Lobos, produjo en 1994 Short Fuse, el debut del cuarteto en el sello Rounder, además de tocar guitarra, bajo sexto, washboard y bajo. De ellos dijo en los créditos: “Son amigos míos del barrio. Fue un placer producir su primer disco”. 

Rosas repetiría tras los controles en el segundo álbum, East Side Soul (1995), que incluía versiones del Ooh-Poo-Pah-Doo de Jessie Hill y del Going Up the Country de Canned Heat.

Tras esos dos primeros trabajos —y el EP de siete temas (cinco de ellos en directo) Going Up The Country (1996)—, los Blazers regresaron con Just For You (1997), de la mano del productor y guitarrista Pete Anderson, el colaborador de Dwight Yoakam en sus mejores discos. 

El inicio de su colaboración con Pete Anderson

“Los primos más rockeros de Los Lobos”, como fueron descritos en más de una ocasión, prosiguieron con su habitual mezcla de rock’n’roll, rhythm’n’blues, soul, country y folclore mexicano, un batiburrillo que algunos etiquetaban como chicano rock.

Con la colaboración de músicos habituales de Yoakam como Skip Edwards y el mismo Anderson, componentes de The Tower Of Power Horns (Lee Thornburg) y héroes locales como el armonicista de blues John Juke Logan, los Blazers ofrecían una variopinta muestra de estilos. 

Así, encontrábamos rock’n’roll colorista y vital cercano al tex-mex (Just For You, con ese órgano deudor de Joe King Carrasco), acelerado y afilado digno de ser disfrutado a lomos de una Harley (Whatcha Gonna Do), o especialmente reservado al lucimiento de las guitarras (I’m Movin’).

También guiños a la música negra que iban del rhythm’n’blues (el poderoso Nobody Told Me, con la tremenda slide de Anderson) al soul (los metales en When You Call, o el Somebody Please grabado originalmente por The Vanguards en 1969, muy popular entre los chicanos del Este de Los Ángeles, con preciosas armonías vocales a cargo del soulman Donny Gerrard).

E incluso sudoroso honky tonk —el Oh Baby (We Got A Good Thing Goin’) de Barbara Lynn popularizado por The Rolling Stones, con la armónica solista de Logan—, y, cómo no, muestras de su herencia mexicana y de su sentido del humor, como las bailables Tabaco mascao y, sobre todo, esa medley de Las clases del cha cha cha y Los marcianos.

Fruto de su relación con Pete Anderson, en 1998 participaron en el álbum benéfico The Songs Of Dwight Yoakam «Will Sing For Food». A Benefit for the Homeless, para el que interpretaron una versión de If There Was A Way.

Aunque en sus tres álbumes previos los Blazers incluían algún tema en castellano, sin duda su cuarto largo —el último para el sello Rounder—, Puro Blazers (2000), fue el primero dedicado de forma íntegra a esta lengua, producido por Ruben Guaderrama y Manuel Gonzales, los únicos supervivientes del team original. 

Para esta incursión en la tradición mexicana, el grupo aumentó su formación clásica de guitarras eléctricas, bajo y batería con instrumentos como el requinto, el tres, el bajo sexto y el acordeón. Además, contó con el refuerzo de varios músicos a cargo de los timbales, el clarinete y la trompeta.

Puro Blazers era una colección de cumbias (El mochilón, Cumbia de la carretera, Cumbia de la media noche, Mi sombrero alón), polkas (Coco rayado, Vieja escalera, Tu nuevo cariñito, Libro abierto) y un bolero (el delicioso y emotivo Creí), la mayoría versiones.

Como sus compatriotas Los Lobos, los Blazers demostraban su habilidad con los instrumentos tradicionales y su arraigo en la vida y cultura mexicano-americana, sin caer en los tópicos, a través de canciones bailables, con letras simpáticas y divertidas. Por eso, Puro Blazers podía considerarse el hermano menor de La pistola y el corazón (1988) de Los Lobos, eso sí, salvando las distancias.

Como decía el estribillo de Cumbia de la carretera, “vamos todos a bailar, vamos todos a gozar”. Esa era la principal intención de este Puro Blazers: hacer pasar un buen rato, sin más pretensiones. Después, el grupo —reducido al dúo Guaderrama-Big Manny con músicos de sesión— fichó para el sello Little Dog Records de Pete Anderson. 

Solo publicaría dos álbumes más: The Seventeen Jewels (2003) —producido por Anderson, con covers del Leaving It All Up To You de Don and Dewey y del I Don’t Want To Spoil The Party de The Beatles— y Dreaming a Dream (2008), básicamente un disco en solitario de Guaderrama, aunque se atribuyera a los Blazers. 

Por desgracia, la muerte inesperada de Big Manny en 2016 —que había iniciado una carrera solista al frente de The Big Manny Band— truncó la trayectoria de uno de los grupos más interesantes del chicano rock. En 2021, César Rosas y David Hidalgo de Los Lobos, junto con La Marisoul y Los Cenzontles, rindieron tributo a Big Manny con una versión del Somebody Please.

LOS LOBOS EN TINY DESK (Vídeo)