martes, 31 de marzo de 2026

THE BLAZERS, LA OTRA BANDA DE EAST L.A.

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, 06/03/2026

Los Lobos, recientemente de gira por nuestro país, son tal vez el grupo de rock chicano más famoso surgido en el Este angelino. Pero no son los únicos, como hace poco recordaba el erudito Juanmi Urioz en un interesante post en Facebook sobre The Blazers. Es un buen momento para acordarnos de ellos.

Los Ángeles, y más concretamente la zona del East L.A., ha sido el caldo de cultivo desde hace décadas de una serie de artistas chicanos que consiguieron el triunfo a nivel global. En los sesenta y setenta fueron Cannibal & The Headhunters y los Three Midniters, y en los ochenta, Los Lobos. The Blazers eran la continuación de esa larga cadena. 

El núcleo se creó en 1971 cuando dos guitarristas fascinados por las Fender Telecaster, Ruben Guaderrama y Manuel Big Manny Gonzales, se conocieron en el instituto y compartieron sus gustos musicales, que incluían rock’n’roll, blues, jazz, norteño y cumbias. En 1990, se sumaron Lee Stuart (bajo) y Ruben C. Gonzalez (batería) y ya pasaron a denominarse The Blazers.

César Rosas, el cantante y guitarrista de Los Lobos, produjo en 1994 Short Fuse, el debut del cuarteto en el sello Rounder, además de tocar guitarra, bajo sexto, washboard y bajo. De ellos dijo en los créditos: “Son amigos míos del barrio. Fue un placer producir su primer disco”. 

Rosas repetiría tras los controles en el segundo álbum, East Side Soul (1995), que incluía versiones del Ooh-Poo-Pah-Doo de Jessie Hill y del Going Up the Country de Canned Heat.

Tras esos dos primeros trabajos —y el EP de siete temas (cinco de ellos en directo) Going Up The Country (1996)—, los Blazers regresaron con Just For You (1997), de la mano del productor y guitarrista Pete Anderson, el colaborador de Dwight Yoakam en sus mejores discos. 

El inicio de su colaboración con Pete Anderson

“Los primos más rockeros de Los Lobos”, como fueron descritos en más de una ocasión, prosiguieron con su habitual mezcla de rock’n’roll, rhythm’n’blues, soul, country y folclore mexicano, un batiburrillo que algunos etiquetaban como chicano rock.

Con la colaboración de músicos habituales de Yoakam como Skip Edwards y el mismo Anderson, componentes de The Tower Of Power Horns (Lee Thornburg) y héroes locales como el armonicista de blues John Juke Logan, los Blazers ofrecían una variopinta muestra de estilos. 

Así, encontrábamos rock’n’roll colorista y vital cercano al tex-mex (Just For You, con ese órgano deudor de Joe King Carrasco), acelerado y afilado digno de ser disfrutado a lomos de una Harley (Whatcha Gonna Do), o especialmente reservado al lucimiento de las guitarras (I’m Movin’).

También guiños a la música negra que iban del rhythm’n’blues (el poderoso Nobody Told Me, con la tremenda slide de Anderson) al soul (los metales en When You Call, o el Somebody Please grabado originalmente por The Vanguards en 1969, muy popular entre los chicanos del Este de Los Ángeles, con preciosas armonías vocales a cargo del soulman Donny Gerrard).

E incluso sudoroso honky tonk —el Oh Baby (We Got A Good Thing Goin’) de Barbara Lynn popularizado por The Rolling Stones, con la armónica solista de Logan—, y, cómo no, muestras de su herencia mexicana y de su sentido del humor, como las bailables Tabaco mascao y, sobre todo, esa medley de Las clases del cha cha cha y Los marcianos.

Fruto de su relación con Pete Anderson, en 1998 participaron en el álbum benéfico The Songs Of Dwight Yoakam «Will Sing For Food». A Benefit for the Homeless, para el que interpretaron una versión de If There Was A Way.

Aunque en sus tres álbumes previos los Blazers incluían algún tema en castellano, sin duda su cuarto largo —el último para el sello Rounder—, Puro Blazers (2000), fue el primero dedicado de forma íntegra a esta lengua, producido por Ruben Guaderrama y Manuel Gonzales, los únicos supervivientes del team original. 

Para esta incursión en la tradición mexicana, el grupo aumentó su formación clásica de guitarras eléctricas, bajo y batería con instrumentos como el requinto, el tres, el bajo sexto y el acordeón. Además, contó con el refuerzo de varios músicos a cargo de los timbales, el clarinete y la trompeta.

Puro Blazers era una colección de cumbias (El mochilón, Cumbia de la carretera, Cumbia de la media noche, Mi sombrero alón), polkas (Coco rayado, Vieja escalera, Tu nuevo cariñito, Libro abierto) y un bolero (el delicioso y emotivo Creí), la mayoría versiones.

Como sus compatriotas Los Lobos, los Blazers demostraban su habilidad con los instrumentos tradicionales y su arraigo en la vida y cultura mexicano-americana, sin caer en los tópicos, a través de canciones bailables, con letras simpáticas y divertidas. Por eso, Puro Blazers podía considerarse el hermano menor de La pistola y el corazón (1988) de Los Lobos, eso sí, salvando las distancias.

Como decía el estribillo de Cumbia de la carretera, “vamos todos a bailar, vamos todos a gozar”. Esa era la principal intención de este Puro Blazers: hacer pasar un buen rato, sin más pretensiones. Después, el grupo —reducido al dúo Guaderrama-Big Manny con músicos de sesión— fichó para el sello Little Dog Records de Pete Anderson. 

Solo publicaría dos álbumes más: The Seventeen Jewels (2003) —producido por Anderson, con covers del Leaving It All Up To You de Don and Dewey y del I Don’t Want To Spoil The Party de The Beatles— y Dreaming a Dream (2008), básicamente un disco en solitario de Guaderrama, aunque se atribuyera a los Blazers. 

Por desgracia, la muerte inesperada de Big Manny en 2016 —que había iniciado una carrera solista al frente de The Big Manny Band— truncó la trayectoria de uno de los grupos más interesantes del chicano rock. En 2021, César Rosas y David Hidalgo de Los Lobos, junto con La Marisoul y Los Cenzontles, rindieron tributo a Big Manny con una versión del Somebody Please.

LOS LOBOS EN TINY DESK (Vídeo)

 

LA EXTRAÑA HISTORIA DETRÁS DE "ARNOLD LAYNE", EL PRIMER SINGLE DE PINK FLOYD

Maximiliano Rivarola

Indie Hoy, 21/03/2026



Publicado en 1967, “Arnold Layne”, el primer single de Pink Floyd escrito por Syd Barrett, llamó la atención tanto por su sonido psicodélico como por su peculiar historia.

Antes de convertirse en una de las bandas más influyentes del rock, Pink Floyd era un grupo joven que comenzaba a experimentar con ideas y sonidos extraños y poco convencionales dentro de la escena psicodélica británica. Esa creatividad quedó plasmada en su primer sencillo, “Arnold Layne”, una canción escrita por Syd Barrett que llamó la atención por su sonido y su historia.

El ladrón que inspiró la canción

Grabado a comienzos de 1967 y publicado en marzo del mismo año, el track se convirtió en el primer single oficial de la banda y relataba la historia de un hombre con un “extraño pasatiempo”: robar prendas de vestir, especialmente ropa interior femenina, de los tendederos de las casas.

Lejos de tratarse de una obra de ficción, la letra del tema nació a partir de un personaje real: un ladrón de Hills Road, el área al sureste de Cambridge en la que crecieron Barrett y Roger Waters, cuyo morbo era robar las prendas más íntimas de las mujeres del barrio.

Según el libro Pink Floyd: The Early Years, de Barry Miles, el propio Waters contó:

“Tanto mi madre como la de Syd tenían estudiantes como inquilinas porque había una escuela de chicas a unas cuadras de ahí, así que constantemente había grandes filas de corpiños y de bombachas en nuestros tendederos y ‘Arnold’, o quienquiera que fuera, tenía trozos de nuestros tendederos”.

Además de su origen, otra curiosidad de “Arnold Layne” es que fue la última canción que David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright interpretaron juntos antes del fallecimiento de este último, durante el concierto homenaje a Syd Barrett, The Madcap’s Last Laugh, el 10 de mayo de 2007.



martes, 10 de marzo de 2026

MUERE A LOS 84 AÑOS COUNTRY JOE MCDONALD, ÍCONO DEL ROCK DE PROTESTA DE LOS AÑOS 60

El Mundo, 09/03/2026

[Thanks for the great music you made, Joe. Rest in peace]


El artista se convirtió en una figura clave de la contracultura gracias a la canción 'I-Feel-Like-I'm-Fixin'-To-Die Rag', una sátira mordaz sobre la guerra de Vietnam

El músico estadounidense Country Joe McDonald, una de las voces más emblemáticas del rock de protesta de los años 60, murió el domingo a los 84 años en Berkeley, California, a causa de complicaciones derivadas del párkinson que padecía, informó su esposa, Kathy McDonald.

Con su banda Country Joe and the Fish, McDonald se convirtió en una figura clave de la contracultura gracias a la canción 'I-Feel-Like-I'm-Fixin'-To-Die Rag', una sátira mordaz sobre la guerra de Vietnam que se transformó en himno de los movimientos pacifistas. Su interpretación en el festival Woodstock ante cientos de miles de personas quedó inmortalizada en el documental del evento y es uno de los momentos más recordados de aquella cita musical.

El tema, escrito en 1965 cuando el presidente Lyndon B. Johnson intensificaba el envío de tropas a Vietnam, combinaba humor ácido y crítica política con un estribillo que el público coreaba en los conciertos. La canción le dio gran notoriedad, pero también le acarreó problemas: el presentador Ed Sullivan canceló una actuación de su grupo en televisión y el músico llegó a ser arrestado y multado por cantar su provocador grito inicial en un concierto.

McDonald también fue llamado como testigo en el juicio contra los organizadores de las protestas durante la Convención Demócrata de 1968 en Chicago. En el tribunal intentó interpretar la canción, pero el juez lo interrumpió y le prohibió cantar en la sala.

Aunque siguió grabando y actuando durante décadas, su figura quedó ligada para siempre al espíritu de finales de los 60. A lo largo de su carrera publicó decenas de discos y continuó escribiendo canciones de protesta, como 'Save the Whales' en 1982.

miércoles, 25 de febrero de 2026

LAS MEMORIAS DE JOSELE SANTIAGO: "ME IMPORTA UN COJÓN QUE ME LLAMEN EL LOCO. SOLO INTENTO LLENARME DE MÚSICA"

El Mundo, 22/02/2026

El líder de Los Enemigos desde hace más de cuatro décadas publica 'Desde el jergón', unas memorias llenas de crudeza e ironía. LA LECTURA ofrece un adelanto en exclusiva



Siempre quise estar en una banda de rock. Desde pequeñín. Cuando las cosas se tuercen me obligo a recordármelo una y otra vez: «Es lo que querías, ¿no?». Como suele decirse, nadie dijo que iba a ser fácil. Se supone que eso no importa, pero la verdad es que cuesta llegar, y enseguida caes en la cuenta de que no tiene sentido esperar nada a cambio. Ese es precisamente el significado de «arriesgar». También cuesta mantener la nave a flote, porque el equilibrio depende exclusivamente de la tripulación. Desilusiones, sacrificios, secuelas... Este es uno de esos trabajos en los que te dejas la salud. Disculpa la divagación, pero ya que me pongo a escribir un libro quisiera dejarlo claro. Alegrías muchas, por supuesto. Satisfacción, pues también. Mucha. Pero todo eso se gana a pulso. «Respeto» es la palabra. Eso de que el tiempo pone las cosas en su sitio es una mierda. Las pones tú o vas listo. No digo yo que haya terminado aquí por puro descarte. Pero entonces cómo se explica que sea ahora lo que quería ser de chiquitillo. Pues vete tú a saber, pero el caso es que siempre me las he ingeniado para tener una guitarra a mano.

¿Lo recuerdas? No eras más que otro mocoso perdido en el bullicio de la verbena, extasiado frente a la orquesta y del todo ajeno a las atracciones. Ni siquiera el olor de los churros y el algodón de azúcar conseguían sacarte de tu abstracción. Porque esta fascinación por las guitarras eléctricas y el brillo de los tambores es como la mordedura de un lagarto: nunca te va a soltar. No serás capaz de apartar la mirada del escenario y te preguntarás de dónde salen todas esas canciones. Quién las escribe. Cómo lo hace. Por qué son tan buenas. Y el mero hecho de que un señor se plante ante el micrófono y cante las palabras despierta en ti el hechizo.

Que yo recuerde, siempre me han rondado melodías por la cabeza. Diseño líneas de percusión para ellas con la boca, entrechocando las mandíbulas. Las muelas retumban en el cráneo con un timbre grave y seco, de manera que ellas se encargan del bombo, y con los incisivos marco lo que sería la caja. Los colmillos son perfectos para hacer redobles de timbal, y simulo los platos con golpes de aire. Soltándolo por la nariz el efecto es muy parecido al de un ride, y chistando la lengua se obtiene un crash bastante convincente.

Los hijos únicos pasamos mucho tiempo solos y acabamos haciendo cosas raras. Yo voy por la calle bufando y desencajando las mandíbulas. Puede que parezca un pelín perturbado. Pero no estoy loco. Todavía no. Al menos no tanto como creen mis compañeros de clase, que me llaman así desde pequeño. El Loco. El Loco esto, el Loco lo otro, el Loco es anarquista... Yo qué sé. Incluso algún profesor me llama así. El Loco. Me importa un cojón. Solo intento llenarme de música. Me gusta sentirla dentro de mí.

Cuando escribes una canción donde sea que estés con tu lápiz y tu guitarrica casi puedes escuchar en tu cabeza cómo va a sonar cuando esté lista para ser grabada. Formas parte de un ente que conoces a la perfección. Cuando la canción comienza a tomar forma en el local de ensayo, tú ya no estás en un local ni en un ensayo. Llegas a algún lugar y te encuentras firmemente anclado a él por líneas de bajo y golpes de tambor, mientras un ejército formado por cuerdas metálicas, cables e imanes acorazados te empuja con fuerza hasta un cielo que se deja acariciar por tus cuerdas vocales. Un árbol enorme y poderoso que, sin embargo, se presta a jugar contigo como si fuera un potrillo.

Pero la canción, como todo, se acaba. Y el local de ensayo sigue ahí, a medio iluminar porque el fluorescente ha decidido ponerse a parpadear para recordarnos de dónde venimos y a dónde vamos. Recoges tus cacharros y sales a la calle. Bullen por tu cabeza contratos, facturas, cachés, derechos de autor y agencias de contratación. Haces cuentas. No cuadran. Cada paso que das resuena en la acera, y la boca de una alcantarilla se resiste a contar que, solo unos metros más abajo, millones de ratas se asesinan las unas a las otras para sobrevivir y que hay demasiados hombres imitándolas aquí arriba. No han pasado ni veinte minutos y ya no queda ni rastro de tu precioso árbol ni del cielo resplandeciente ni del potrillo. Afines que se atraen y contrarios que se repelen. A eso parece reducirse todo.

Josele Santiago