sábado, 16 de mayo de 2026

MUERE EL CABRERO, EL CANTAOR AL QUE EL MIEDO HIZO REBELDE Y NO BORREGO

El Salto, 13/05/2026

[Lo que hacía El Cabrero sí que era flamenco y no el pastiche lumpen y chabacano de Rosalía. Por cierto, los grandes medios no han dicho ni Pamplona... José Domínguez no era culturilla pedante, sumisa y subvencionada. Que la tierra le sea leve.]



El cantaor flamenco El Cabrero ha fallecido en Aznalcóllar a los 81 años de edad. Cabrero de profesión y anarquista de filiación, llegó a convertirse en el cantaor con más proyección internacional pero nunca dejó de sacar a sus cabras.

Se llamaba José Domínguez y había nacido en 1944 en Aznalcóllar, Sevilla, pero todo el mundo del flamenco lo conocía por el sobrenombre de El Cabrero, con el que llegó a convertirse durante los años 80 en la figura del cante jondo con más proyección internacional. Era cantaor y cuidaba a sus cabras, lo que siempre había querido hacer. Nunca buscó otra cosa: ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni conceder entrevistas. 

Su cante, atávico y anarquista, se ha apagado el 13 de mayo de 2026 en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, como ha comunicado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook: “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”. 

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, aseguró en una entrevista de Israel Viana en El Salto en 2017. Por eso quiso que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con la que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

“Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento”, razonaba con convencimiento en aquella ocasión, cuando con 72 años todavía sacaba todos los días a sus cabras, si no se encontraba de gira. Un par de años después se retiró de los escenarios tras sufrir un ictus.

En los años 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos. Pero la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. Para qué grabar un disco si él no quería abandonar el oficio de cabrero. Si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. Tras ese primer rechazo, Pepe Carrasco —asesor de la discográfica Belter, letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara.

El acuerdo al que llegaron consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena Bermúdez, en el parto del primero de sus tres hijos. Así lo recordaba en aquella entrevista: “Yo no tenía interés en grabar, solo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal”. 

En la canción “Como el viento de poniente”, El Cabrero habla de sí mismo como de una oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. “Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”, expresa en la letra sobre su alejamiento voluntario de lo que se espera de un cantante famoso. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explicaba a El Salto, subrayando además que lo que cantaba era atemporal: “Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: ‘Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero’. Yo lo veo así”.

En 1982 acabó con sus huesos en la cárcel tras una actuación en Alcolea del Río, condenado por blasfemar tras soltar un “me cago en dios”. “Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recordaba 35 años después y aseguraba haberse sentido muy enfadado e impotente. “Me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, solo estuve tres semanas en la cárcel”. 

No fue la única ocasión en que El Cabrero durmió entre rejas. Su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos usurpados por los terratenientes y otros agricultores también le ocasionó encontronazos con las autoridades. “Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las veredas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez!”, contaba a El Salto en 2017.

Sus padres le decían de pequeño que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. Un miedo que forjó su carácter y su carrera.


jueves, 30 de abril de 2026

LITTLE STEVEN Y LA REVOLUCIÓN BARROCA DE LA MÚSICA EN LOS 60'S: EL ROCK CONVERTIDO EN ARTE

Rodrigo Contreras

Rock FM, 16/04/2026



Una nueva entrega del "Underground Garage" explora cómo el rock de los años 60 abandonó el baile para invadir los museos y las conciencias, utilizando instrumentos clásicos para redefinir el género.

Little Steven, el alma máter de la E Street Band y carismático actor y locutor, regresa a las a RockFM con una nueva entrega de su "Underground Garage" que promete sacudir los cimientos de lo convencional. En este próximo programa, Steven invita a los oyentes a entrar en un "mundo de sueños vivos donde los realistas sueñan lo irreal", advirtiendo a aquellos con condiciones cardíacas o niños impresionables que se preparen para una experiencia primitiva y creativa. El eje central de esta emisión es un homenaje al instrumento más improbable del arsenal del rock: el clavecín (harpsichord), cuya inclusión en la música popular marcó el momento exacto en que el "rock and roll" se transformó en "Rock" con mayúsculas.

1965: El año en que el rock se hizo adulto

Según relata Little Steven en sus audios, la metamorfosis del rock comenzó a gestarse en 1964 con el tema de La Familia Addams, pero fue en 1965 cuando el clavecín se integró oficialmente en la caja de herramientas de los artistas. Ese año fue testigo de cómo Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds comenzaron a influenciarse mutuamente de manera profunda. Singles icónicos como "Mr. Tambourine Man", "Help", "Satisfaction" y "Like a Rolling Stone" declararon la llegada de una nueva forma de arte personalmente invertida.

Steven destaca que fue el álbum Rubber Soul de los Beatles el que selló definitivamente este pacto con el arte. En este disco, el productor George Martin realizó un solo fantástico en "In My Life" que, aunque técnicamente no era un clavecín, sonaba como tal, inspirando a toda una generación a experimentar con sonoridades clásicas. A partir de ese momento, los jóvenes dejaron de "bailar los discos" para empezar a "escucharlos", un cambio de paradigma que Steven describe con humor como el inicio de un declive cuesta abajo hacia la intelectualización del ritmo.

Del Renacimiento a los Garajes de Michigan

El programa no solo se queda en la superficie de los años 60, sino que Little Steven profundiza en la historia del instrumento. Explica que la versión más antigua del clavecín vertical fue diseñada por Henry Arnold Dul alrededor de 1430 en los Países Bajos. Posteriormente, fue construido por Andreas Ruckers en Amberes en 1646 y perfeccionado por Pascal Tuskin en París en 1780. Steven bromea diciendo que figuras como William Byrd ya estaban "disfrutando de actos clásicos" en los años 60... pero de la década de 1560.

El relato histórico alcanza su punto álgido con Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, a quien Steven define como un hombre de clase trabajadora que veía su obra como algo funcional, sin saber que se convertiría en el compositor más dotado de la historia. Esta conexión entre la disciplina del oficio y el resultado artístico es una lección que Little Steven subraya: "cuida el oficio, que el arte se cuidará solo".

La huella de George Martin y los Stones

Uno de los momentos más destacados del programa es el tributo a George Martin, a quien Steven califica como el "mejor productor y arreglista de todos". Con un trasfondo en música clásica y grabaciones de comedia, Martin fue esencial para transformar el sonido de los Beatles, sugiriendo cuartetos de cuerda para "Yesterday" y arreglos que definirían el rock para siempre en temas como "Eleanor Rigby" y "Strawberry Fields Forever".

Por otro lado, Steven señala que The Rolling Stones abrazaron el clavecín como ninguna otra banda. Brian Jones fue el encargado de tocarlo en temas como "Lady Jane", mientras que el legendario Nikki Hopkins aportó su magia en "Dandelion" e "In Another Land". Esta sección del programa demuestra que el uso de instrumentos barrocos no era una moda pasajera, sino una expansión del lenguaje sonoro del rock.

Controversia y vanguardia: El caso de Janice Ian

Little Steven también rescata historias de valentía artística, como la de Janice Ian y su canción "Society's Child". Ian concibió el tema a los 12 años y lo publicó a los 14, enfrentándose a una gran controversia por tratar el romance entre una chica blanca y un chico negro. Muchas emisoras se negaron a pinchar el disco, y no fue hasta que Leonard Bernstein la presentó en televisión que la canción logró entrar en las listas en 1967, dos años después de su lanzamiento. La producción de Shadow Morton, quien cambió el título original ("Baby I’ve Been Thinking"), fue clave para que esta pieza de "pop barroco" con clavecín hiciera historia.

Nuevos talentos y el espíritu del Garage

Fiel a su misión de descubrir música, Steven presenta como la "canción más cool del mundo" de esta semana a "Big in Madrid" de Nick Piunti, procedente de Gross Aile, Michigan. El locutor destaca que, a lo largo de 15 años de programa, han introducido a más de mil bandas nuevas, manteniendo viva la llama del rock auténtico y la contracultura.

El programa concluye con el agradecimiento de Steven a su equipo, incluyendo a Dennis Mortonson, y a sus patrocinadores de siempre, los Hard Rock Cafes. Con su habitual despedida, "Ciao, baby", Little Steven cierra una emisión que no solo es una lección de historia de la música, sino un manifiesto sobre la importancia de mantener el espíritu anti-establishment y creativo en un mundo que a menudo prefiere lo previsible. Los oyentes de RockFM tienen una cita ineludible con este viaje por el tiempo donde el clavecín es el rey y el rock la religión.


martes, 31 de marzo de 2026

THE BLAZERS, LA OTRA BANDA DE EAST L.A.

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, 06/03/2026

Los Lobos, recientemente de gira por nuestro país, son tal vez el grupo de rock chicano más famoso surgido en el Este angelino. Pero no son los únicos, como hace poco recordaba el erudito Juanmi Urioz en un interesante post en Facebook sobre The Blazers. Es un buen momento para acordarnos de ellos.

Los Ángeles, y más concretamente la zona del East L.A., ha sido el caldo de cultivo desde hace décadas de una serie de artistas chicanos que consiguieron el triunfo a nivel global. En los sesenta y setenta fueron Cannibal & The Headhunters y los Three Midniters, y en los ochenta, Los Lobos. The Blazers eran la continuación de esa larga cadena. 

El núcleo se creó en 1971 cuando dos guitarristas fascinados por las Fender Telecaster, Ruben Guaderrama y Manuel Big Manny Gonzales, se conocieron en el instituto y compartieron sus gustos musicales, que incluían rock’n’roll, blues, jazz, norteño y cumbias. En 1990, se sumaron Lee Stuart (bajo) y Ruben C. Gonzalez (batería) y ya pasaron a denominarse The Blazers.

César Rosas, el cantante y guitarrista de Los Lobos, produjo en 1994 Short Fuse, el debut del cuarteto en el sello Rounder, además de tocar guitarra, bajo sexto, washboard y bajo. De ellos dijo en los créditos: “Son amigos míos del barrio. Fue un placer producir su primer disco”. 

Rosas repetiría tras los controles en el segundo álbum, East Side Soul (1995), que incluía versiones del Ooh-Poo-Pah-Doo de Jessie Hill y del Going Up the Country de Canned Heat.

Tras esos dos primeros trabajos —y el EP de siete temas (cinco de ellos en directo) Going Up The Country (1996)—, los Blazers regresaron con Just For You (1997), de la mano del productor y guitarrista Pete Anderson, el colaborador de Dwight Yoakam en sus mejores discos. 

El inicio de su colaboración con Pete Anderson

“Los primos más rockeros de Los Lobos”, como fueron descritos en más de una ocasión, prosiguieron con su habitual mezcla de rock’n’roll, rhythm’n’blues, soul, country y folclore mexicano, un batiburrillo que algunos etiquetaban como chicano rock.

Con la colaboración de músicos habituales de Yoakam como Skip Edwards y el mismo Anderson, componentes de The Tower Of Power Horns (Lee Thornburg) y héroes locales como el armonicista de blues John Juke Logan, los Blazers ofrecían una variopinta muestra de estilos. 

Así, encontrábamos rock’n’roll colorista y vital cercano al tex-mex (Just For You, con ese órgano deudor de Joe King Carrasco), acelerado y afilado digno de ser disfrutado a lomos de una Harley (Whatcha Gonna Do), o especialmente reservado al lucimiento de las guitarras (I’m Movin’).

También guiños a la música negra que iban del rhythm’n’blues (el poderoso Nobody Told Me, con la tremenda slide de Anderson) al soul (los metales en When You Call, o el Somebody Please grabado originalmente por The Vanguards en 1969, muy popular entre los chicanos del Este de Los Ángeles, con preciosas armonías vocales a cargo del soulman Donny Gerrard).

E incluso sudoroso honky tonk —el Oh Baby (We Got A Good Thing Goin’) de Barbara Lynn popularizado por The Rolling Stones, con la armónica solista de Logan—, y, cómo no, muestras de su herencia mexicana y de su sentido del humor, como las bailables Tabaco mascao y, sobre todo, esa medley de Las clases del cha cha cha y Los marcianos.

Fruto de su relación con Pete Anderson, en 1998 participaron en el álbum benéfico The Songs Of Dwight Yoakam «Will Sing For Food». A Benefit for the Homeless, para el que interpretaron una versión de If There Was A Way.

Aunque en sus tres álbumes previos los Blazers incluían algún tema en castellano, sin duda su cuarto largo —el último para el sello Rounder—, Puro Blazers (2000), fue el primero dedicado de forma íntegra a esta lengua, producido por Ruben Guaderrama y Manuel Gonzales, los únicos supervivientes del team original. 

Para esta incursión en la tradición mexicana, el grupo aumentó su formación clásica de guitarras eléctricas, bajo y batería con instrumentos como el requinto, el tres, el bajo sexto y el acordeón. Además, contó con el refuerzo de varios músicos a cargo de los timbales, el clarinete y la trompeta.

Puro Blazers era una colección de cumbias (El mochilón, Cumbia de la carretera, Cumbia de la media noche, Mi sombrero alón), polkas (Coco rayado, Vieja escalera, Tu nuevo cariñito, Libro abierto) y un bolero (el delicioso y emotivo Creí), la mayoría versiones.

Como sus compatriotas Los Lobos, los Blazers demostraban su habilidad con los instrumentos tradicionales y su arraigo en la vida y cultura mexicano-americana, sin caer en los tópicos, a través de canciones bailables, con letras simpáticas y divertidas. Por eso, Puro Blazers podía considerarse el hermano menor de La pistola y el corazón (1988) de Los Lobos, eso sí, salvando las distancias.

Como decía el estribillo de Cumbia de la carretera, “vamos todos a bailar, vamos todos a gozar”. Esa era la principal intención de este Puro Blazers: hacer pasar un buen rato, sin más pretensiones. Después, el grupo —reducido al dúo Guaderrama-Big Manny con músicos de sesión— fichó para el sello Little Dog Records de Pete Anderson. 

Solo publicaría dos álbumes más: The Seventeen Jewels (2003) —producido por Anderson, con covers del Leaving It All Up To You de Don and Dewey y del I Don’t Want To Spoil The Party de The Beatles— y Dreaming a Dream (2008), básicamente un disco en solitario de Guaderrama, aunque se atribuyera a los Blazers. 

Por desgracia, la muerte inesperada de Big Manny en 2016 —que había iniciado una carrera solista al frente de The Big Manny Band— truncó la trayectoria de uno de los grupos más interesantes del chicano rock. En 2021, César Rosas y David Hidalgo de Los Lobos, junto con La Marisoul y Los Cenzontles, rindieron tributo a Big Manny con una versión del Somebody Please.

LOS LOBOS EN TINY DESK (Vídeo)

 

LA EXTRAÑA HISTORIA DETRÁS DE "ARNOLD LAYNE", EL PRIMER SINGLE DE PINK FLOYD

Maximiliano Rivarola

Indie Hoy, 21/03/2026



Publicado en 1967, “Arnold Layne”, el primer single de Pink Floyd escrito por Syd Barrett, llamó la atención tanto por su sonido psicodélico como por su peculiar historia.

Antes de convertirse en una de las bandas más influyentes del rock, Pink Floyd era un grupo joven que comenzaba a experimentar con ideas y sonidos extraños y poco convencionales dentro de la escena psicodélica británica. Esa creatividad quedó plasmada en su primer sencillo, “Arnold Layne”, una canción escrita por Syd Barrett que llamó la atención por su sonido y su historia.

El ladrón que inspiró la canción

Grabado a comienzos de 1967 y publicado en marzo del mismo año, el track se convirtió en el primer single oficial de la banda y relataba la historia de un hombre con un “extraño pasatiempo”: robar prendas de vestir, especialmente ropa interior femenina, de los tendederos de las casas.

Lejos de tratarse de una obra de ficción, la letra del tema nació a partir de un personaje real: un ladrón de Hills Road, el área al sureste de Cambridge en la que crecieron Barrett y Roger Waters, cuyo morbo era robar las prendas más íntimas de las mujeres del barrio.

Según el libro Pink Floyd: The Early Years, de Barry Miles, el propio Waters contó:

“Tanto mi madre como la de Syd tenían estudiantes como inquilinas porque había una escuela de chicas a unas cuadras de ahí, así que constantemente había grandes filas de corpiños y de bombachas en nuestros tendederos y ‘Arnold’, o quienquiera que fuera, tenía trozos de nuestros tendederos”.

Además de su origen, otra curiosidad de “Arnold Layne” es que fue la última canción que David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright interpretaron juntos antes del fallecimiento de este último, durante el concierto homenaje a Syd Barrett, The Madcap’s Last Laugh, el 10 de mayo de 2007.