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domingo, 25 de junio de 2017

LA ÚLTIMA VEZ QUE DYLAN TOMÓ PARTIDO: HISTORIA DE UN CONCIERTO


Daniel Salgado
Jot Down, junio 2017

Phil Ochs y Bob Dylan.

9 de mayo de 1974. Un Dylan visiblemente borracho sube al escenario del Felt Forum, la sala más pequeña del Madison Square Garden de Nueva York. Escoltado por su odiado/amado Phil Ochs y por otros viejos compinches de la escena folk de Greenwich Village, apenas consigue entonar «North Country Blues», «Spanish is the Loving Tongue» y una final, obvia, «Blowin’ in the Wind». Son canciones antiguas, casi prehistóricas para el cantante que se había desprendido con estruendo de su aura redentora. Pero son las que eligió ante los cinco mil espectadores que habían acudido a la llamada de la solidaridad con los perseguidos, desaparecidos y exiliados chilenos. Una tarde con Salvador Allende. Concierto benéfico de amigos de Chile fue, tal vez, la última ocasión en que Bob Dylan tomó partido. Políticamente hablando, claro, y por la izquierda.

En aquel año, Dylan vivía sus particulares días sin huella, como los calificó el crítico Paul Williams. Separado de Sara Lowndes —tardarían todavía algún tiempo en formalizar su divorcio—, el 14 de febrero había rematado la gira que, acompañado por The Band, testimonia el volcánico doble elepé Before the Flood. Entre ese momento y las sesiones de septiembre en que iniciaría Blood on the Tracks, se borró del mapa. La única pista registrada de aquellos meses fue, precisamente, la de su participación en An Evening with Salvador Allende. Según Williams, autor de análisis fundamentales sobre la obra del músico, «uno de los casos mejor documentados y más extremos en él de embriaguez». Según Clinton Heylin, biógrafo, «probablemente la más enloquecedora de sus numerosas apariciones como invitado». Según cierto tópico que circula entre dylanólogos y dylanitas, la peor grabación existente de Bob Dylan.

«Aunque existía una gran solidaridad, vimos que había mucha gente bebiendo detrás del escenario, con groupies, lo que era muy llamativo», relataba al periódico chileno La Nación, muchos años despúes, Joan Turner, la viuda de Víctor Jara, «porque nosotros no sabíamos de fans ni de shows. En un momento hasta me robaron la cartera. Creo que nadie de los presentes, ni siquiera nosotros, intuíamos la terrible tragedia que ocurría en Chile». Intuyeran o no lo que intuyeran, aquella tarde desfilaron por el escenario pequeño del Madison Square Garden no solo un Dylan extrañamente recuperado para la causa izquierdista, sino también sospechosos habituales —Phil Ochs, Pete Seeger; Arlo Guthrie, hijo de Woody—, actores del ala rebelde de Hollywood —Dennis Hopper recitó a Neruda y leyó el legendario último discurso de Allende—, un veterano y secundario de honor del Village —Dave Van Ronk—, cantautoras menores —Melanie— e incluso chicos de la playa: Dennis Wilson y Mike Love, de los Beach Boys, entregaron su «California Girls» en defensa de los caídos por la revolución socialista de Allende. Joan Baez y Joni Mitchell se cayeron a última hora del cartel.



De organizar musicalmente aquella peculiar colisión entre el sistema de estrellas del pop estadounidense y la canción de intervención se encargó Phil Ochs. Quería replicar el célebre Concierto por Bangladesh que en 1971 había montado George Harrison. Incluso logró la implicación de Amnistía Internacional. Y fue quien convenció a Dylan para participar, después de haberlo encontrado en la calle de Nueva York y haberle explicado lo que acontecía en Chile. Aquel Dylan aislado, narcisista, no estaba informado. Pero Ochs sí. Había visitado el país, revolucionado bajo el Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, y había conocido a Víctor Jara, autor de «Te recuerdo Amanda», una de esas figuras totémicas en las que teoría (musical) y práctica (política) convergían con coherencia. De hecho, llegaron a compartir escenario en un acto de reivindicación laboral de los mineros del cobre. «No te imaginas, aquí no somos nada comparado con él», contaba un impresionado Phil Ochs a su hermano, «Bob Dylan, Pete Seeger y yo somos una farsa al lado de Víctor. Él es el verdadero activista político».

Y eso que había roto con su amigo Dylan en 1965 debido a diferencias de táctica lírica. Ochs le había afeado las «derivas» de sus letras a propósito de lo que iba conociendo del disco Blonde on Blonde, que un año después iba a sacudir la música moderna con su poesía visionaria y su sonido asalvajado. En concreto, a propósito de «One of Us Must Know (Sooner or Later)». Aquel día, asegura la leyenda, Bob Dylan echó a Phil Ochs del coche en que viajaban. «Tú no eres un cantante folk. Tú eres un periodista», le espetó. Lo curioso es que ni Dylan era ya un cantante folk —por lo menos no en la acepción en que lo había sido— ni «periodista» era un insulto para Ochs. Su primer elepé se había titulado, de hecho, All the News that’s Fit to Sing [Todas las noticias que vale la pena cantar], una parodia de la cabecera del New York Times: «Todas las noticias que vale la pena imprimir» [«All the news that’s fit to print»]. Y no dudaba en presentarse como «periodista cantante». Tampoco en asegurar que «cada titular es una canción potencial». Porque de eso trataba su música y su escritura, y composiciones tan reconocidas como la antimilitarista «Ain’t no marching anymore», su particular «La mala reputación». De lo que sucedía y de un mundo colapsado. De las derrotas y las victorias de los menesterosos. De la otra historia de los Estados Unidos. No por casualidad, el FBI poseía un expediente de 450 páginas referidas a sus actividades.

En 1974 los tiempos estaban cambiando, sí. Pero en sentido contrario al que había predicho el último premio Nobel de Literatura. Ochs había conseguido que Dylan se volviera a oponer en público al Gobierno de su país. El papel de los Estados Unidos había sido central en la instauración de la dictadura de Pinochet.  Al cierre de An Evening with Salvador Allende, susurraba al oído del de Minessota —además de bebido, notablemente desafinado, incluso para sus estándares— las letras de sus propias canciones combatientes. Se preocupó de los treinta mil dólares que se recaudaron esa noche. Al día siguiente, un resacoso Bob Dylan acompañó a Joan Turner a visitar el Guernica de Picasso, entonces un refugiado más expuesto en el Moma neoyorquino. «Estamos con ustedes», se despidió de la compañera de Víctor Jara. Y las declaraciones políticas explícitas, públicas, desparecieron de su modo de operar. Phil Ochs aguantaría dos años más sobre la Tierra. Desencantado, harto, paranoico, se suicidó en abril de 1976.

El registro sonoro del concierto, incluidos beodos berridos en la coreada, palmeada «Blowin’ in the Wind», se llegó a editar como An Evening with Salvador Allende. Pero, un poco al igual que esta historia, se encuentra descatalogado.

martes, 28 de enero de 2014

MUERE PETE SEEGER, INSOBORNABLE CONCIENCIA "FOLK" DE ESTADOS UNIDOS

El País, 28/01/2014

[Otra mala noticia...]


En el prólogo de su libro La otra historia de los Estados Unidos, recordaba el historiador estadounidense Howard Zinn, en el momento de referirse al relato humano de su propio país, las palabras de Albert Camus en las que afirmaba que en un mundo de conflictos, de verdugos y víctimas, la función del hombre pensante debe ser no estar nunca en el lado de los verdugos. Extrapoladas estas palabras al mundo de la música, Pete Seeger, fallecido ayer a los 94 años en la localidad de Beacon, en el Estado de Nueva York, fue la gran conciencia de Estados Unidos a través de centenares de canciones, que documentaban las injusticias, las luchas y los sueños de la sociedad civil norteamericana en el siglo XX.

Hijo de un musicólogo y una violinista, Seeger nació en Patterson, en Nueva York. Aprendió los rudimentos del ukelele a través de clases privadas en el colegio pero su verdadero interés por la música le vino después de que sus padres se separaran. Su padre y su madrasta, la compositora Ruth Crawford, coleccionaban y tocaban en casa viejas canciones folk, recopiladas por John y Alan Lomax, los grandes arqueólogos de la música tradicional norteamericana. Un joven Seeger se empapó de todo ese ambiente al tiempo que se aficionaba a instrumentos de corte rural como el banjo, que más tarde se convertiría en su seña de identidad sonora.

Antes de dedicarse de lleno a la música, Seeger quiso ser periodista y estudió en Harvard, donde pronto dio rienda suelta a su activismo político y fundó un periódico de corte comunista. Pero dejó los estudios a los dos años para viajar a Nueva York y conocer, de la mano de Alan Lomax, al fiero cantante de blues Leadbelly. Fue su pasaporte definitivo al mundo de la canción. El propio Lomax dijo que el folk moderno nació el 3 de marzo de 1940. Fue el día en que Seeger conoció a Woody Guthrie en un concierto benéfico por los trabajadores inmigrantes. Ambos pusieron en común su necesidad de transformar la realidad social a través del folk, al que añadieron nuevas texturas y una vena muy combativa en el grupo Almanac Singers.

El grupo, abierto a varios músicos, tenía su epicentro en Greenwich Village y tocaba canciones pacifistas. Sus integrantes formaban parte del ala de la izquierda liberal, combativa y minoritaria estadounidense que en un principio se opuso a la entrada de Washington en la Segunda Guerra Mundial, más cuando Stalin pactó con Hitler en 1939. La participación en la guerra significaba ir contra la Rusia comunista. Sin embargo, los Almanac, influenciados por Guthrie, terminaron apoyando la lucha contra el nazismo para dar sentido a sus ideales de transformación global. Pero, después del ataque japonés de Pearl Habor en 1941, el FBI intensificó sus persecuciones comunistas y la sociedad receló del discurso de los cantantes. Los Almanac Singers dejaron de actuar.

Junto con Lee Hays, exmiembro como él de los Almanac Singers, formó The Weavers, que contó también con Ronnie Gilbert y Fred Hellerman. Bajo el techo de Decca Records, profesionalizaron su situación y dejaron entrar arreglos orquestales que les permitió alcanzar mayores audiencias con su folk coral. En los primeros cincuenta, se convirtieron en estrellas nacionales. Canciones como Kisses Sweeter Than Wine o So Long (It’s Been Good to Know Yuh) fueron algunos de sus éxitos, aunque otras composiciones como If I Had a Hammer o Goodnight Irene gozaron de mayor acogida entre la comunidad folk. Sin embargo, Seeger dejó el grupo después de que grabasen un anuncio para la marca de cigarros Lucky Strike.



Tanto con los Almanac Singers como con los Weavers, Seeger desarrolló su capacidad para crear un cancionero vivo, cosido a los retazos de la tradición y al impresionante coral de sonidos populares de su país. Acompañado simplemente con su guitarra o su banjo, se dedicó a frecuentar cafeterías, universidades, campus de verano o iglesias. No tardó en convertirse en una de las voces más autorizadas de la escena bohemia y activista del Greenwich Village de Manhattan, que trajo el renacimiento del folk, alumbrando a dos de sus grandes profetas en los sesenta, Bob Dylan y Joan Baez.

Fue perseguido por las autoridades norteamericanas por sus ideas políticas y su antigua pertenencia al Partido Comunista, en el que ingresó en 1942. El músico había sido director de la organización People’s Songs, que tenía el objetivo de difundir música popular y canciones a favor de la solidaridad obrera. Con la excusa de formar parte de esta organización, tuvo que pasar por los interrogatorios del comité del Senado que presidió el senador republicano McCarthy, de marcado carácter conservador, durante la famosa caza de brujas para detener a sospechosos de ser agentes soviéticos a mediados de los cincuenta. Seeger se negó a declarar, acogiéndose a la primera enmienda de la Constitución. Fue sentenciado a un año de prisión en 1961 pero una corte desestimó la acusación. Las organizaciones civiles y la comunidad folk más comprometida vieron en él a una especie de héroe.



Durante los sesenta, se involucró en la lucha por los derechos civiles de los negros apoyando a los activistas. De hecho, uno de los himnos del movimiento, liderado por Martin Luther King Jr., fue una de sus canciones We shall overcome, que realmente era una variación que hizo de un viejo canto espiritual del góspel. Y, antes de que la Guerra de Vietnam se convirtiese en un asunto nacional, en parte porque no paraban de llegar ataúdes con jóvenes soldados caídos en suelo vietnamita y estos no querían ser reclutados, Seeger se opuso con vehemencia a la intervención militar estadounidense. Dedicó una feroz canción al presidente Lyndon Johnson a mediados de los sesenta por su agresiva política exterior, llegando a ser censurado en televisión.

Amante de las esencias del folk, reacio a la modernización del género, lo que le llevó a tener una audiencia cada vez más reducida, el nombre de Seeger también está asociado a una de las leyendas más conocidas de la música norteamericana, aquella en la que se cuenta que intentó con un hacha cortar los cables de la guitarra eléctrica que Bob Dylan utilizó durante su actuación en el célebre festival de Newport de 1965, cuando el bardo de Minnessotta empezó su revolución sonora que le llevaría a convertirse en una estrella pop a la altura de The Beatles. Varios testigos de aquel concierto han desmentido con los años tal suceso, aunque nadie ha dudado nunca del aguerrido cáracter de Seeger, quien a veces tenía demasiadas malas pulgas.



Sin dejar nunca de componer y recuperar composiciones tradicionales, cantó para el movimiento obrero, apoyó la lucha por el medio ambiente y clamó contra las campañas belicistas. Destinó los beneficios que le reportaba la canción We shall overcome a organizaciones que apoyaban a los afroamericanos más desfavorecidos en el sur. Nunca separó su ideario político de su música, llegando a dedicar un disco a las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española. Junto con Bruce Springsteen, quien le rindió tributo en su disco We shall overcome: The Seeger Sessions, actuó en 2009 en el Memorial de Lincoln en el concierto inaugural de la presidencia de Barack Obama.

Antes, en 1994, Bill Clinton le había concedido la prestigiosa Medalla Nacional de las Artes por su contribución a la cultura norteamericana. Por su 90 cumpleaños, se celebró un concierto homenaje en el Madison Square Garden en el que propio Springsteen le presentó como "un archivo vivo de la música americana y de su conciencia, un testamento del poder de la canción y la cultura”. Allí se dieron cita Emmylou Harris, Joan Baez, Roger McGuinn de The Byrds o John Mellencamp.

A decir verdad, resulta muy difícil encontrar en el panorama musical de hoy en día gente de la pasta de Pete Seeger. Músicos que en sí mismos son savia de Norteamérica por su discurso popular, su obra a pie de calle, su influencia en varias generaciones y su compromiso con su arte y su entorno. En definitiva, resulta muy difícil, en este mundo de consumo instantáneo, en el que pocas cosas parecen perdurar, captar el tamaño y el corte de la figura de Seeger, el músico que decía de su humilde guitarra: "Este instrumento atrapa el odio y le obliga a doblegarse". Era su espada, blandiéndose siempre contra los verdugos.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PHIL OCHS: LA VOZ Y EL MARTILLO

Manuel de la Fuente
ABC, 19/12/2012 



Hoy, el combativo músico texano, «el Dylan rojo», habría cumplido 72 años. Se suicidó en 1976

Phil Ochs tenía la lengua muy larga. Más que Dylan con el que siempre se le comparó. Y más afilada. Y más triperina. Dylan fue un cantante protesta, pero aquello solo fue una estación más en su camino. Apuntaba (y tiraba) hacia muchas más dianas que Phil, y no solo políticas. Sus canciones fueron himnos cuando Bob lo creyó necesario. Luego sus infinitas lecturas le harían tomar otros caminos. Inabarcables, generalmente. Hasta hoy mismo, que por ahí sigue con sus salmos, sus letanías, su literatura hecha rock and roll.

Phil Ochs se lo montó más a lo claro. Política hecha folk, como hicieran los maestros Woody Guthrie y Pete Seeger, que también, sobre todo el primero, lo había sido de Dylan. Ochs no cantaba metáforas, ni entonaba parábolas. Lo decía todo por las claras, y las respuestas no estaban «blowin in the wind» sino en la lucha.

Ochs era un texano de El Paso, donde nacía tal que un 19 de diciembre de 1940. No tuvo una buena infancia, ya que su señor padre había vuelto más que tarumba de la Segunda Guerra Mundial. De peque, los ídolos de Phil eran John Wayne y Audie Murphy, un héroe de guerra con todas las condecoraciones habidas y por haber que tras la contienda se fue a vivir a Hollywood.



Canciones como dardos

A finales de los años cincuenta, Ochs ya era moderadamente popular en los garitos de Greenwich Village, donde se cocía la música más vibrante del momento, y por donde también pasaría Dylan al poco de llegar Nueva York. Ochs no hacía muchos amigos cantando: la oligarquía, el poder, el imperialismo, la reacción y la Guerra del Vietnam desde que comenzó fueron las dianas sobre las que arrojó los dardos de sus canciones. Eran sencillas, escuetas, panfletos rimados y melódicos, decían mucho y además eran bonitas.

Ahí quedan títulos como «Ringing of revolution», «Ain't Marching Anymore», «What are you fighting for?» y «Remember me»: «Oh, i am the unknown soldier who died in world war two. / I didn't want to fight, it was the only thing to do. / I was the victim of a world that went insane / Will you show me that i didn't die in vain. / Remember me, when the crosses are a burnin' /. Remember me, when the racists come around. / Remember me, when the tides of peace are turnin / Remember me and please don't let me down».

El momento más reconocido de su carrera llegaría a finales de los años sesenta cuando fue, por ejemplo, uno de los protagonistas de los disturbios que tuvieron lugar a finales de agosto de 1968 durante la Convención Nacional Demócrata celebrada en Chicago.

Pero llegados los 70, la luz de Phil Ochs se fue apagando. Alcohólico y arrastrando un grave problema de trastorno bipolar, muchos cuentan que jamás superó el ser considerado menos imporante que Dylan. El 9 de abril de 1976 puso fin a sus penas ahorcándose.