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domingo, 8 de febrero de 2026

BUDDY GUY: “SOY EL ÚNICO VIEJO TOCANDO BLUES”

David Browne

Rolling Stone, 02/02/2026


Con 89 años, Buddy Guy es un eslabón clave con las raíces de todo un género, además de un artista lleno de vitalidad, que acaba de sumar un nuevo Grammy a su palmarés

Desde su rincón habitual, la banqueta con las iniciales BG en el respaldo, al final de la barra, el dueño de Buddy Guy’s Legends observa a los cientos de personas que colman su club. Tirando del barbijo pandémico que aún usa en las reuniones públicas, se inclina hacia adelante y mira el escenario. “En una hora podría tomarme una copa y subir”, dice.

En un punto, es solo una noche más en el club y restaurante de blues de Chicago que Buddy Guy abrió hace más de 35 años. Las mesas sobre el piso de damero amarillo y azul se están llenando una vez más de turistas, tipos tatuados, parejas jóvenes y fanáticos del blues de toda índole. Las paredes siguen adornadas con fotos de Guy arriba y abajo del escenario, con sus discípulos (Eric Clapton, Stevie Ray Vaughan) y con sus héroes (B.B. King, Muddy Waters). Los empleados en el mostrador de merchandising cerca de la entrada se preparan para vender remeras, gorras y otros souvenires con la imagen de Guy o el logo del local. 

Cuando no está de gira, Guy visita su club regularmente, en parte para supervisar la operación, pero también para empujar el negocio, ya que a veces los clientes aparecen con la esperanza de que suba al escenario, esté o no anunciado. Pero esta no es cualquier noche; como proclama un cartel sobre la barra, es su cumpleaños, el número 89. Aunque apenas se nota: su complexión es suave y parece delgado y ágil con su saco de lunares sobre una camiseta blanca, y con una de sus características gorras blancas. Los fans se acercan, le desean feliz cumpleaños y lo saludan con el puño. Guy responde a cada uno rápidamente, luego le hace una señal a un bartender, que le trae una botella de su cognac favorito. 

Algunos asistentes esta noche probablemente han sido fanáticos de Guy por décadas; otros puede que lo conozcan como la versión mayor de Sammie Moore en las escenas finales de la película Sinners, el aclamado hit de blues y vampiros dirigido por Ryan Coogler. “Me parece que cada vez que voy al supermercado escucho: ‘Ese se parece al tipo de Sinners’”, dice Guy con una sonrisa. Después se desliza del taburete y se dirige al puesto de merchandising para firmar copias de su álbum recién lanzado, Ain’t Done with the Blues (“No terminé con el blues”), y posar para selfies con los fans que hacen fila. 

Una hora después, el trabajo apenas empieza. Convocado al escenario, acepta una torta de cumpleaños con velitas, rodeado por algunos de sus ocho hijos adultos y varios nietos. Pero en cuanto la banda residente de la casa arranca con un blues, la familia abandona el escenario y Guy se queda. Entonces, el reservado anciano se transforma en el astuto y sugerente Buddy Guy, la leyenda. “¡Si no me amás, tal vez tu hermana lo haga!”, gruñe, provocando risas y vítores. Después de media hora, regresa al puesto de merch y reanuda la firma de autógrafos y las selfies, pero la gente quiere más música. Cuando le pasan un micrófono, Guy retoma la faena, esta vez adentrándose en la multitud y exhortando más blues. No se irá hasta las 2 a.m. La imagen de Guy invocando la energía de alguien décadas más joven es sorprendente, incluso para su familia. “Siempre decimos: ‘Oh, Dios mío, es viejo y se va a caer’”, dice su hija Shawnna Guy, artista de hip-hop desde los años noventa. “Lo mirás en el escenario y simplemente se mueve de un lado a otro y golpea las cuerdas con una toalla, luego pone la guitarra detrás de su cabeza y la toca con una baqueta. Y pensás: ‘¿Por qué demonios me preocupo? ¡Ni siquiera podría hacer [lo que Buddy hace]’!”.

Ain’t Done with the Blues es su vigésimo álbum de estudio. Se irá de gira por la Costa Oeste unas semanas después de nuestro encuentro. Pero la vigencia de Buddy Guy no es necesariamente algo que él mismo (ni nadie más) hubiera imaginado años atrás. Durante las primeras décadas de su carrera, a menudo fue pasado por alto y subestimado por la industria musical. Ahora, los pioneros del blues que lo inspiraron –King, Waters, Howlin’ Wolf, Guitar Slim y muchos más– han desaparecido hace mucho, al igual que otros que aprendieron de él, desde Jeff Beck hasta Vaughan. Guy, el inquebrantable del blues que no pudo tener una oportunidad durante mucho tiempo, los sobrevivió a todos. 

“Soy el último viejo que todavía camina y toca blues”, dice. “De eso hablamos con Muddy [Waters] y Howlin’ Wolf antes de que murieran. Me dijeron: ‘Amigo, por favor mantené vivo el blues’. Y así lo intento”. Como dice el joven guitarrista de blues Christone “Kingfish” Ingram: “En cuanto al blues mainstream, es el último original”.

Una clave para su supervivencia es que nunca fue un purista del blues. Desde sus primeros sencillos y su primer álbum, Left My Blues in San Francisco, de 1967, Guy mezcló blues con soul, acordes de rock potente y R&B enérgico, junto con un estilo desenfrenado de tocar la guitarra y un lamento que siempre amenazaba con descarrilar, pero nunca lo hacía.

Su reciente serie de álbumes está llena de cameos de todo el espectro musical (Mick Jagger, Keith Urban y Kid Rock, entre muchos otros) y presentan un sonido fuerte, crujiente y apto para la radio; Ain’t Done with the Blues, que acaba de ser distinguido con un Grammy como Mejor Álbum de Blues Tradicional, lo une con Ingram, Joe Walsh y Peter Frampton. Como dice Bruce Iglauer, de la discográfica de blues Alligator, “Buddy efectivamente rockeó el blues, al mismo tiempo que mantenía su espíritu. No sé si alguien más ha hecho eso. Tal vez sienta que es el último caballero con armadura y que parte de su trabajo no es repetir la tradición, sino llevarla a un contexto más moderno”.

Gracias en parte a Sinners y a músicos como Ingram, el blues parece estar en mejor forma que en mucho tiempo; Ingram ha creado un sello independiente para fomentar nuevos talentos en el género. “He visto a muchos jóvenes artistas de color salir y tocar esta música, o música basada en este género”, dice. “La gente está deseando más música auténtica”. 

Pero una vez que perdamos a Guy, no solo veremos el fallecimiento de un músico que llevó la guitarra de blues a nuevas e inventivas alturas, que influyó a todos (desde los Rolling Stones y Clapton hasta Vaughan e Ingram), y logró tener un raro segundo tiempo en el mundo de la música. También estaremos perdiendo un vínculo vital con las raíces de la música y el trasfondo cultural del que surgió el blues. En pocas palabras, nunca volveremos a ver a alguien como Guy. “Tenemos que aceptar que estos artistas más jóvenes no crecieron con el Movimiento por los Derechos Civiles”, dice Shawnna. “Así que sus historias no van a ser similares”.

Nadie lo sabe mejor que Guy. Ha tocado para o conocido a tres presidentes, aunque no al actual ocupante de la Casa Blanca, a quien ve con escepticismo (“Es un hombre rico, una persona rica, y tiene palos de golf aquí y allá y todas esas cosas”, dice. “No está con ningún pobre”, añadiendo sarcásticamente. “¿Va a estar pensando en mí y en vos?”). Guy recuerda la noche de 2012 cuando estuvo en la Casa Blanca, como parte de un homenaje al blues durante el primer mandato del presidente Obama. “Sabés, hice una broma sobre eso”, dice Guy con una sonrisa. “Dije que cosechaba algodón en la granja con un baño exterior. Algunos se rieron, pero es verdad, hombre. Les digo: ‘No muchos de ustedes saben lo que es un baño afuera de la casa’”.

El largo camino al éxito

Durante al menos las últimas tres décadas, el blues ha sido bueno con Buddy Guy, evidencia de lo cual se exhibe ampliamente en su propiedad en Orland Park, a las afueras de Chicago. Escondida en un matorral de árboles en cinco acres, incluye una casa con cinco habitaciones, una piscina cubierta y una residencia para el jardinero. En la cocina, completa con estantes llenos de sus especias favoritas, ha llegado un lote de rosas blancas de cumpleaños de Carlos Santana, junto con una tarjeta de Coogler y su esposa, Zinzi.  “Como ves”, dice Guy, sentado en la mesa del comedor bañada por la luz la mañana después de su fiesta de cumpleaños en Legends, “tengo una mesa de billar ahí abajo. Crecí en la granja. No hay mesa de billar en la granja, amigo. Sólo tenías un agujero donde picabas algodón”. 

Como de costumbre, Guy se levantó temprano, alrededor de las cinco de la mañana, lo que significa que sólo durmió tres horas. Ese horario es otro recordatorio de la vida que tuvo, hace casi un siglo, creciendo en una cabaña en una plantación sin agua corriente y con ventanas de madera (no de vidrio). 

Nacido como George Guy en Lettsworth, Luisiana, en 1936, Guy creció en una familia de campesinos que entregaba la mitad de sus ganancias a los terratenientes, pasando los días recogiendo algodón bajo un calor brutal. “Se llegaba a 44° todos los días en junio, julio y agosto, y todo lo que teníamos era un maldito sombrero de paja”, dice, luciendo otra gorra blanca y un saco a cuadros esta vez. “Cuando amanece, sacás el culo de ahí, volvés a casa, te metés en la bañera y te preparás para volver a hacerlo mañana”.

Al principio, la casa de los Guy no tenía electricidad, lo que significaba que no había radio ni tocadiscos. Pero la vida de Buddy comenzó a cambiar cuando el joven de 13 años escuchó a un peón de campo tocar en la guitarra “Boogie Chillen” de John Lee Hooker, y luego se la enseñó a él. Poco después, Guy se sintió aún más atraído por la música después de ver tocar a Lightnin’ Slim. La primera guitarra de Buddy, que su padre le compró, solo tenía dos cuerdas. 

Al mudarse a Baton Rouge, Luisiana, en 1951, Guy trabajó en una fábrica y luego en la limpieza de la Universidad Estatal de Luisiana mientras comenzaba a tocar en bares; otro héroe suyo, Guitar Slim, lo inspiró a sacar notas desgarradoras de su guitarra. Al mudarse a Chicago el 25 de septiembre de 1957 –una fecha que recuerda tan bien que la repetirá varias veces durante dos días de conversación–, consiguió trabajo en clubes y grabó para el sello local de blues Cobra.

Un día fatídico, llevó una cinta con canciones que había grabado en una estación de radio de Luisiana a Chess Records, la principal discográfica de blues de Chicago.

Guy comenzó a trabajar como guitarrista de sesión, capaz de respaldar a cualquiera desde Waters hasta Koko Taylor (escuchá sus aportes en “Wang Dang Doodle”) y Howlin’ Wolf (lo mismo con “Killing Floor”). “Me llamaban a casa porque no podían conseguir que otro guitarrista viniera a tocar el ritmo que querían”, recuerda. “Dicen: ‘Si quieren que se haga bien, llamen a Buddy Guy’”. Pero también comenzó a sacar sus propias cosas. Una noche, durante un descanso de una actuación en un club, dejó la guitarra y se olvidó de apagarla; una clienta que pasaba accidentalmente rozó el instrumento con su vestido, lo que produjo una especie de ruido alegre. Fue una revelación que llevó a Guy a experimentar con la distorsión y la reverb. 

Su habilidad para el show también comenzó a aumentar. Desde el escenario, a menudo se aventuraba no solo entre el público, sino también fuera del club y en los baños, aun tocando, con el cable de la guitarra arrastrándose detrás suyo. “Cuando todo era tan tradicional, llegó con un sonido diferente, salvaje y loco”, dice Ingram. “Me gusta darle crédito como el precursor de este sonido blusero y rockero; Jimi [Hendrix] vio eso y lo llevó a otro nivel”. 

Chess comenzó a lanzar sencillos de Guy, como el ardiente “First Time I Met the Blues” de 1960, pero la estancia de Guy en el sello resultó ser una de las varias oportunidades perdidas en su carrera. Leonard y Phil Chess, quienes dirigían la compañía, no sabían muy bien qué hacer con el joven Guy de veintitantos años. “Lo dominante de la guitarra de blues en ese momento era el sonido más controlado de B.B. King o Albert King”, dice Iglauer, quien más tarde lanzaría uno de los álbumes más finos y salvajes de Guy, Stone Crazy. “En ese momento, Buddy estaba tratando de volverse un poco más loco de lo que Chess le permitía”.

Chess presionó a Guy para que hiciera discos de jazz o novelty (como “Gully Hully”, que era algo así como música surf de Chicago), pero ninguno tuvo éxito. Guy ha contado que Leonard Chess pensaba que su guitarra sonaba a “ruido”. Guy también ha sostenido que los hermanos Chess querían cambiar su apellido a “King” para que sonara como si estuviera relacionado con B.B. o Albert. Marshall Chess, hijo de Leonard y veterano ejecutivo de la industria musical, admite que los hermanos Chess no apreciaban el enfoque artístico de Guy y preferían mantenerlo en segundo plano. “Hay un rumor de que a mi papá no le gustaba cómo tocaba Buddy”, dice. “Eso no es cierto. Mi papá era muy supersticioso con las bandas de sesión, y no le gustaba añadir cosas nuevas cuando ya tenía éxito con la anterior. Nunca supo lo brillante que era Buddy. No creo que nadie en Chess lo supiera”. 

Guy también fue subestimado en otros lugares, como aquella vez que apareció en la televisión británica y lo presentaron como Chuck Berry. Llegó al punto de conseguir trabajo en una empresa de grúas para pagar las cuentas. Fueron días muy difíciles. Tom Hambridge, el baterista y productor que guiaría los álbumes posteriores de Guy, una vez lo visitó en un camarín y observó cómo devolvía una botella abierta de coñac Rémy Martin. Después de verlo hacer lo mismo en otras ocasiones, Hambridge finalmente le preguntó por qué. En un recordatorio del racismo que podía acosar a los artistas de blues, Guy le dijo que una botella abierta indicaba peligro. Como recuerda Hambridge: “‘Porque ya me han envenenado’. Había pasado que escupían u orinaban en botellas. Dijo que se había enfermado antes, así que la botella debía estar sellada en su caja”. 

Como más tarde sucedería con artistas desde Hendrix hasta Lana Del Rey, otro país tendría que impulsar la carrera de Guy. Las radios negras en Estados Unidos lo ignoraban, pero Guy se convirtió en un héroe para un grupo de jóvenes músicos británicos amantes del blues, cautivados por su combinación de intensidad, distorsión y presencia escénica. Guy recuerda una vez haber visto “un rostro blanco” en uno de sus shows y asumir que era un policía; pero, dice riendo, “¡era Eric Clapton!”. Como Clapton escribiría más tarde, “creó un sonido enorme y poderoso, y me dejó impresionado… Era como un bailarín con la guitarra, tocando con los pies, la lengua y lanzándola por todos lados”.

Jeff Beck, Keith Richards, Jagger y otros también adoraban a Buddy. Muchos años después, Jimmy Page, otro discípulo, le dijo al hijo de Guy, Greg, que Buddy era “el dios de la guitarra”.  Al principio, Guy no sabía qué pensar de la contracultura emergente que lo abrazó en los años sesenta. “Vi a los Stones llegar con tacos altos, casi parecían mujeres”, recuerda. “Digo: ‘¿Qué es esto?’. Llegué a San Francisco y dije: ‘Hombre, mirá esto’. No sabía lo que era un hippie. Vi a hombres con el pelo largo. Pero se volvían locos [por mi música], hombre: ‘¿Qué tenés en ese amplificador?’”.

Pero las malas rachas continuaron. A medida que los años sesenta llegaban a su fin, Guy y su entonces compañero, el armoniquista Junior Wells, se convirtieron en un dúo imperdible y se les ofreció la oportunidad de hacer un álbum producido por Clapton. Pero en medio de la adicción a la heroína, Clapton abandonó el proyecto y el álbum permaneció en los archivos durante dos años hasta ser lanzado sin mayor repercusión. A principios de los años setenta, Guy ya no tenía contrato discográfico y optó por abrir un club propio, el Checkerboard Lounge, en el sur de Chicago. “Sin un disco, se está volviendo difícil encontrar lugares para quedarme”, dijo en ese momento. A menudo se presentaba en el Checkerboard, pero amigos y clientes, incluso la familia, estaban igualmente acostumbrados a verlo barriendo, haciendo inventario o preparando el escenario para los shows de otros artistas. 

A veces, ni siquiera sus hijos sabían exactamente a qué se dedicaba, solo que hacía viajes de negocios y traía suficiente dinero para montones de regalos de Navidad. Los compañeros de clase de Greg Guy en la secundaria le preguntaban si el “Buddy Guy” que estaba con los Stones –quienes lo contrataron a él y a Wells como teloneros en su gira europea de 1970– era su padre, y no estaba seguro; para él, su papá era solo George. En una fiesta barrial en los años ochenta, Greg recuerda haber escuchado música fuerte en un parlante y, sin saber de qué se trataba, decidió ponerle fin. “Saqué el disco de la bandeja y lo tiré”, dice. “No quería escucharlo”. Resultó ser uno de los álbumes de su padre. Greg quería escuchar a Prince. 

Un hermoso segundo acto

En una habitación de la casa de Guy, los recuerdos de su éxito están en exhibición. Además de numerosos premios –incluidos ocho Grammy y una Medalla Nacional de las Artes–, hay un cartel que proclama parte de la autopista 418 en Luisiana como “Buddy Guy Way”; una carta de agradecimiento que Jagger le escribió después de que Guy se uniera a los Stones en Nueva York en 2006 para la filmación de la película Shine a Light (“Fue muy divertido y no veo la hora de ver la película”); fotos de Guy tocando en el escenario con Clapton, John Mayer, Susan Tedeschi y otros. Una escultura de una mujer desnuda está montada en la pared de un baño cercano.

Una pintura de Stevie Ray Vaughan ocupa un amplio espacio en una pared. En agosto de 1990, Guy, Vaughan, Clapton y otros zaparon en Alpine Valley, Wisconsin, y luego se fueron yendo del lugar. Guy dice que se sentó en un helicóptero destinado a Vaughan, quien tomaría un vuelo más tarde. “Cuando salió mi helicóptero”, dice Guy, recordando la densa niebla de la noche, “dije: ‘Gracias a Dios que salimos de ahí’, porque Stevie, Eric y los demás querían que fuera a cocinar para ellos al otro día”. A la mañana siguiente, Guy estaba saliendo a comprar ingredientes para el gumbo cuando su esposa le dijo que había una llamada de la gente de Vaughan: el guitarrista había muerto cuando su helicóptero se estrelló contra una pista de esquí. “Hombre, ni siquiera podía …”, dice Guy, sombríamente. “Sólo me vuelvo a sentar. No podía ni moverme”.

Irónicamente, ese período también marcaría el comienzo de la resurrección de Guy. Con la música de raíz de vuelta en boga, a fines de los años ochenta –gracias en parte a Vaughan, así como a artistas como Robert Cray y Los Lobos–, Guy finalmente consiguió un contrato discográfico importante, esta vez con el sello británico Silvertone. Su primer álbum para ellos, Damn Right, I’ve Got the Blues, de 1991, con cameos de Beck, Clapton y Mark Knopfler, se convirtió en el tardío gran éxito del entonces hombre de 55 años, vendiendo medio millón de copias y trayéndole su primer Grammy (en la categoría Blues Contemporáneo). Su hija Shawnna, que no se dio cuenta de que su padre era un “superhéroe” hasta que lo vio en concierto y observó las reacciones a su actuación maníaca en el escenario, notó un cambio en su estatus. “Nos mudamos de un garaje para un coche a un garaje para tres coches que era del tamaño de la casa”, recuerda. “Solíamos tener un Toyota y una camioneta. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, tuvimos un Ferrari, un Rolls-Royce y un Land Cruiser. Yo estaba como: ‘Oh, Dios mío, papá, lo lograste’”.

Para entonces, otra generación de músicos de blues descubría a Guy. Cuando conoció a Guy en los años noventa, Tedeschi quedó impresionada con su musicalidad: “Su tono de guitarra era increíble”, dice. “Podía tocar cualquier cosa. Era maravilloso verlo”. Pero también se encontró con el lado seductor del alto y fornido músico de cabello rizado.  “Era muy lindo, y de hecho, una vez fue muy coqueto conmigo”, dice Susan. “Años después, me dice: ‘Sabía que debería haberte invitado a salir’. Entonces le dije: ‘Sí, deberías haberlo hecho, ¡habrías tenido una oportunidad!’. La reputación de Guy como conquistador se remonta aún más atrás: en los años sesenta, Marshall Chess le pidió a Guy una de esas pociones místicas del Sur que supuestamente podían atraer a las mujeres, y Chess recuerda que Guy le dio un “pequeño saquito de tela rosa, cosido a mano, lleno de cosas extrañas”.

Después del Checkerboard Lounge, Guy abrió Buddy Guy’s Legends, que en 2010 se mudó de su primera ubicación a la actual. Dado que enero puede ser un mes lento en el club, Guy comenzó a tocar a principios de cada año. Su nuevo estatus era evidente en los fans que hacían cola fuera del club –a veces con temperaturas bajo cero– para conseguir un lugar y ver a su héroe. La vereda frente a Legends estaría atestada de barbacoas y parrilladas de pescado. “Había dos tipos de Tennessee que eran verdaderos contrabandistas y hacían licor de 180 grados”, recuerda Mike Illingworth, superfan de Guy y asistente no oficial. Pero las frías noches eran, para Illingworth, tolerables. “Hay muchos buenos músicos que están surgiendo, pero no al nivel de Muddy, Wolf y Buddy”, dice. “Gary Clark Jr. es un gran músico, y hay cuatro o cinco así. Pero hay un gran vacío después de Buddy”. 

Guy puede que no haya estado satisfecho creativa o artísticamente durante sus años en Chess Records, pero para cuando comenzó a ser reconocido, había aprendido lecciones vitales de aquella experiencia, especialmente sobre la forma en que los músicos de blues de la época a menudo eran estafados o recibían tratos injustos. “Yo sabía lo que pasaba”, dice con gravedad. “Me callé y los vi ser jodidos, perdón por la expresión.… Siempre anduve con hombres 20 o 30 años mayores que yo, porque pensé que podría aprender de ellos”. 

Cuando Coogler estaba hablando con Guy para el papel de la versión mayor de Sammie en la película Sinners –un guiño a un tío de Coogler que es un gran fan de Guy–, el director recuerda que Guy contaba haber visitado a un músico de blues mayor, con resultados reveladores. “Habló de ir a la casa de un músico que, a sus ojos, era súperexitoso, y sentarse en un sofá, y lastimarse el trasero”, dice Coogler. “Se dio cuenta en ese momento de la injusticia de la situación, porque ese músico seguía viviendo en la pobreza”. Guy ha trabajado duro para evitar ese destino. Tiene su propia editorial musical y en 2005 registró su propio nombre como marca. 

Las experiencias de vida de Guy también impregnan los discos. Para escribir canciones para Guy, Hambridge hablaba con él sobre su vida. Uno de los resultados, “Show Me the Money”, del álbum Skin Deep de 2008, estaba arraigado en la historia de explotación de Guy. “Buddy me dijo que en aquellos días, a veces [los dueños de los clubes] no pagaban”, dice Hambridge, quien recuerda que Guy le contó que subía al escenario muchas noches pensando que debía tocar tan bien que después del espectáculo, los dueños de los clubes le dijeran: “No iba a pagarte, pero maldita sea, acá tenés tu dinero”. 

De hecho, una conversación con Guy es una visita guiada a la historia del blues. Una pregunta sobre Willie Dixon, el bajista, compositor y productor que dominó la escena de Chicago, le hace fruncir el ceño. “A Willie Dixon se le dio crédito por muchas cosas que no hizo, hombre”, dice. “Chess le estaba quitando, y él les quitaba a los músicos”. 

Pero la mayoría de las historias de Guy se cuentan con la sonrisa melancólica de un hombre que sabe que sus días de ser subestimado y mal pagado han quedado atrás. Hace una imitación sorprendente de Hooker, incluyendo su tartamudeo, y le encanta recordar la vez que Hooker se peleó con una persona de baja estatura por unas mujeres. O aquella vez que Guy fue reclutado por el Departamento de Estado para tocar conciertos en África Oriental, incluyendo uno en Uganda bajo el futuro dictador Idi Amin. Guy dice que en ese momento no era consciente de lo asesino que podía ser Amin. “No sabía que les estaba cortando los dedos y chupando su sangre”, recuerda Guy con una risa. “¡Debería haber tenido miedo de tocar la nota equivocada!”. 

¿A quién extraña más? Guy hace una pausa. “Bueno, odio tener que elegir”, dice. “Cuando llegué a Chicago, B.B. King estaba tocando las cuerdas de la guitarra como nadie lo había hecho jamás. Pero no podría nombrar a uno. Muddy, Howlin’ Wolf, Little Walter, T-Bone Walker, Lightnin’ Hopkins. Toda esa gente. Si tuviera que tomar una decisión, diría que todos ellos”.

¿El final del camino?

A medida que avanza la mañana, Guy está colocado. En realidad, está imitando estar colocado, recordando los días en que compartía cartel con los Grateful Dead y bandas similares, junto con las fans que acudían en masa a esos conciertos. “Todos estaban así”, dice cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás como si estuviera completamente drogado. “Veía a todas esas mujeres lindas. Les dije [a los músicos]: ‘Oigan, ¿se están divirtiendo? Me encantaría estar mirando todo esto con la mente clara en lugar de estar drogado y con los ojos cerrados’”.

La supervivencia de Guy se puede atribuir a su astucia empresarial, pero también a su estilo de vida. Dice que recurría a un “poquito de whisky” porque era tímido y el alcohol lo ayudaba a calmar los nervios antes de salir al escenario. Todavía toma coñac de vez en cuando, como lo hizo en Legends. Pero cree en la moderación. Ya sea en el estudio o en otras situaciones laborales, Guy a menudo evita la comida por completo. “Mi longevidad tiene que ver con que no me paso de la raya en nada”, dice. “Sé cuándo dejar de comer cuando estoy lleno. Si comés demasiado, te va a hacer algo. Me criaron así: cuando es suficiente, es suficiente. Esperá hasta mañana. Te das cuenta de que tomé un par de tragos anoche. Pero nunca me han detenido por conducir ebrio y nunca atropellé a nadie porque sé cuándo parar”. 

Guy rara vez se detiene. Después de un largo día de producción –y sin comer– en el set de Sinners, llegó el momento de filmar las escenas de la actuación en vivo que se ven al final de la película, con Guy dándolo todo junto a Ingram y Hambridge. A pesar de la hora tardía, Guy parecía recargado. “Para cuando terminamos, él apenas había calentado”, dice Coogler. “No quería dejar de tocar”. 

Cuándo Guy mismo dejará la carretera es tema de debate. Una supuesta gira de despedida en 2024 se extendió hasta el año pasado y podría continuar este año. Su familia acepta que se niegue a desacelerar. “Nosotros decimos: ‘Oh, papá, ¿no querés sentarte y disfrutar de los frutos de tu trabajo?’”, dice Shawnna. Buddy responde: “¿Las cuentas van a dejar de llegar?”. “Decimos: ‘Está bien, buen punto’. Mi papá es un hombre del campo. Viene del Sur. Es un hombre trabajador y esos valores fundamentales los tiene bien arraigados. Además, cuando llegás a esa edad, tenés que seguir moviéndote. Una vez que dejás de moverte, todo se apaga, y no queremos que eso suceda. Preferimos verlo de pie, sonriendo, riendo y disfrutando lo que hace”. 

Aun así, Guy y sus compañeros saben que su tiempo se acaba. “Es mejor que lo veas ahora”, dice Illingworth, quien ha presenciado más de mil shows de Guy. “Es como ver el último partido de Pelé. Es ahora o nunca”. 

Como demostró en Legends, Guy puede moverse por su cuenta, lentamente, pero con determinación. Pero abundan las señales de advertencia. Hace dos años, tuvo que reprogramar una serie de shows debido a un tema de salud, y en los aeropuertos su familia se ha asegurado de que pueda ser transportado en silla de ruedas. “No le gustaba al principio”, dice Greg Guy. “Me dijo: ‘¿Qué estás tratando de decir? ¿Que soy viejo?’”. Guy admite a regañadientes que tiene algunos dolores y molestias más estos días. “Hoy estoy dolorido, me puse algunos parches [para el dolor muscular] más; mañana se  me podría pasar”, dice en su casa después de la noche en Legends. 

Luego está ese otro asunto: quién mantendrá el blues vivo cuando Guy ya no esté en escena. Reflexionando sobre el impacto de Sinners, que está impregnado del blues del Delta del Mississippi de los años treinta, Guy dice: “Siento que ayuda un poco al blues, porque hay mucho blues en él y [la gente tiende a] tratar al blues como si fuera un hijastro, especialmente si sos negro. Mis nietos saben de eso, pero ¿qué pasa con tus nietos? Lo que más me preocupa es que los jóvenes ya no lo escuchan porque ya no lo tocan”.

Ingram dice que no ha tenido conversaciones directas con Guy como las que Buddy tuvo con sus predecesores, pero sabe que lo considera entre sus sucesores. “Definitivamente me ha mencionado como uno de los que llevan el género adelante, y se lo he agradecido”, dice. Tedeschi dice que Guy se ha sentado con ella y su esposo, el guitarrista Derek Trucks, para hablar sobre cómo seguirán con la música cuando se haya ido. “Es bastante fuerte”, dice ella. “Son unos zapatos muy grandes para ponerse”.

A medida que cae la tarde, Guy anuncia que se va a retirar, pero en este caso, sólo para su siesta habitual. Su única preocupación es ser despertado por llamadas automáticas y estafas telefónicas. De las muchas lecciones duramente aprendidas que ha comunicado a sus seres queridos, Guy está particularmente orgulloso de transmitir otra: sobre esas solicitudes telefónicas fraudulentas y la forma en que acechan a las personas para robarles plata. “Le dije a mi hijo: ‘¿Te están tratando de sacar el número de la tarjeta de crédito?’”, cuenta. Le dije que les conteste: ‘¿Quieren mi número de tarjeta? [Es]  F-U-C-K-Y-O-U’”. Se ríe a carcajadas y con ganas. “Cuando te llaman así, quieren algo. Nadie te va a regalar nada”.


miércoles, 11 de diciembre de 2024

ESQUERITA: UNA REINA SIN TRONO EN EL PANTEÓN DEL ROCK AND ROLL

Emilio Ramón

Crónica Sonora, 21/06/2021


Si les digo que esta crónica habla sobre Eskew Reeder Jr., es probable que no se les venga a la cabeza ninguna figura ni ninguna canción reconocida. Pero si les hablo de Esquerita… probablemente tampoco. Esquerita -el pseudónimo más conocido entre los tantos que usó Eskew Reeder Jr.- es uno de esos ilustres desconocidos, de los grandes olvidados e ignorados de la historia del rock. Un talento que pudo haber llegado a ser tan grande como el de Little Richard -a quien le enseñó a tocar rock and roll en el piano-, pero que, por distintas circunstancias, terminó siendo no más que un nombre marginal y pintoresco en la fauna salvaje del rock and roll de la vieja escuela, una reina sin trono, un genio que terminó limpiando parabrisas en Brooklyn, muerto de SIDA y enterrado en una tumba sin nombre.

Eskew Reeder Jr. nació en Greenville, Carolina del Sur, en 1938 (aunque algunas versiones dicen que fue en 1935). Cuenta la leyenda que a los cinco años ya tocaba el piano en la casa de su vecina-profesora, una tal señora Willis, y que, mientras estaba ahí, escuchaba las clases de ópera de las dos hijas de su maestra, desarrollando así su gusto por los aullidos en falsete, tal como después lo haría Little Richard, quien a su vez ejercería una influencia enorme en la manera de cantar de otros portentos, como Paul McCartney. Al respecto, Esquerita declaró en una entrevista con Kicks Magazine en 1983, que cuando conoció a Richard, este “aún no usaba falsete, simplemente cantaba”, dando a entender que el intérprete de Tutti Frutti se habría “inspirado” en él al momento de incorporar a sus canciones los característicos aullidos, una de las marcas de fábrica del mítico Ricardito. Y es que resulta inevitable hablar de Esquerita sin referirse a Little Richard. El parecido entre ambos es evidente, y no solo en lo musical. En primer lugar, ambos eran músicos afrodescendientes y abiertamente homosexuales, surgidos en los años cincuenta en las áreas más conservadoras de Estados Unidos, y pioneros del incipiente rock and roll, ese sonido frenético que conmocionaba a la sociedad de entonces. Y, por si todo esto no fuera suficiente como para espantar a los puritanos y conservadores, Esquerita tenía predilección por el maquillaje sobrecargado, la joyería llamativa, el travestismo, con unos lentes enormes de fantasía y un peinado tupé tan alto que llegó a circular el rumor bastante difundido que se trataba en realidad de dos pelucas, una sobre otra.     

En su biografía autorizada, The Life and Times of Little Richard: The Quasar of Rock (1984), el mismísimo Richard recuerda su primer contacto con un adolescente Eskew Reeder Jr. en 1953, en una estación de autobuses de Georgia. Richard tenía entonces poco más de veinte años y su carrera no iba más allá de tocar en lugares mal pagados para un público al que la segregación racial condenaba a reunirse en sus propios ambientes.  “Él estaba con una predicadora llamada Sister Rosa Shaw, que vendía panes bendecidos, con la que tocaba el piano -recuerda Richard en el libro-. Tenía las manos más grandes que haya visto jamás. Eran el doble de grandes que las mías. Así que ambos subimos a mi casa y él se puso a tocar ‘One Mint Julep’, de The Clovers al piano. Yo le dije: Oye, ¿cómo consigues hacer eso? Y él me respondió: Yo te enseño. Y ahí fue cuando comencé a tocar. Aprendí mucho sobre fraseo. Para mí ha sido uno de los grandes pianistas de todos los tiempos y eso incluye a Jerry Lee Lewis, Stevie Wonder o cualquier otro que yo haya escuchado”. Y ojo, que Little Richard no era de los que iba por la vida regalando cumplidos a cualquiera, más bien todo lo contrario. Sin embargo, donde el músico de Georgia era inflexible, era en la influencia de Esquerita sobre su peinado: por ningún motivo estaba dispuesto a aceptar que su legendario tupé estuviera influenciado por el de Esquerita. Es más, cuando su biógrafo le envió la primera versión del libro, donde lo insinuaba, Richard hizo detener las imprentas y exigió de inmediato que se corrigiera esa afrenta a su cabellera. 

Lo que sí es una verdad indiscutible es que entre ambos hubo una relación cercana, de influencia mutua, tan así que es difícil saber hasta qué punto Esquerita influyó en Little Richard y viceversa. Algunos periodistas incluso quisieron indagar si entre ambos hubo algo más que amistad y colaboración musical. Richards no lo afirmó ni lo negó, pero aseguró: “él estaba loco por mí”.

Pero pasó el tiempo y, para 1957, solo uno de ellos había llegado a la cima mundial, mientras que el otro aún no lograba ni siquiera grabar un single como solista. Y cuando parecía que Esquerita nunca saldría de su lugar de músico de acompañamiento, apareció el ex-Blue Cap (el grupo de Gene Vincent) Paul Peek, quien lo llevó a los estudios de grabación como pianista de sesión y quedó impresionado con el talento del pianista, tanto, que juntos compusieron el single “The Rock-around”. Paul Peek le recomendó a Capitol Records que grabaron algunos singles de Esquerita, singles que se transformarían en algunos de los más salvajes de los 50’, como “Rockin´ the joint», de 1958 (lo más cercano a un hit que logró en su carrera), o «Hey Miss Lucy», de 1959. Vale decir que para estas canciones, Capitol le contrató a músicos de acompañamiento de primer nivel, como un joven Jimmy Hendrix, y los Jordanaires, coristas de Elvis Presley. Estos singles fueron recopilados en un álbum titulado simplemente Esquerita! (1959), su único LP oficial en vida. Pero la recepción no fue la que el músico esperaba, ni tampoco el sello, que decidió no seguir invirtiendo en él y despedirlo. 

El disco Esquerita! es pieza obligada para cualquier melómano que se precie. Disco subvalorado hasta la médula, incorpora la línea rocanrolera más tradicional en temas como “Hole in my heart” o “Crazy feelings”, con las típicas introducciones en piano que Little Richard transformaría en sello personal, pero también temas más cercanos al estilo de Fats Domino, otros más bluseros, como “She left me crying” -es imposible oírla sin recordar al clásico “Trouble” de Presley- e influencias del gospel que tanto escuchó en su infancia. Llama la atención -además de los repetidos aullidos en falsete- el sonido del piano, muy presente y crudo, casi como si estuviéramos escuchándolo en el living de nuestra casa, incluso ciertas notas falsas que, lejos de quitarle valor al disco, lo hacen más sincero, oscuro y espontáneo. 

Tras su despido de Capitol, Esquerita siguió lanzando singles esporádicamente y actuando como músico de sesión -trabajó, cómo no, como sesionista de Little Richard en la re-grabación de Good Golly Miss Molly-, pero su vida bohemia y sus conflictos con la autoridad comenzaron a escaparse de sus manos, cayendo detenido numerosas veces por peleas y desórdenes. En una de aquellas peleas llegó a perder un ojo (sus eternas y coloridas gafas futuristas siguieron ocultando al ojo faltante) e incluso pasó una temporada en la cárcel, aunque se ignora las causas. Cuenta la leyenda -sorprende cuántas cosas sobre este artista permanecen en el radio del “mito urbano”- que la causa de su reclusión fue por haber asesinado al hombre que le arrebató el ojo. ¿Verdad o leyenda? No lo sabemos, y quizás nunca lo sabremos.

A principios de los setenta desaparece del mapa y su biografía se vuelve un misterio, para luego reaparecer a mediados de esa década en Brooklyn, tocando el piano en salas de ambiente gay, con el nombre de “The Fabulash”, mientras sobrevive en hoteles baratos. En los años siguientes, de vez en cuando, Esquerita aparecía por la escena, alternando estas presentaciones con años completos de silencio. A veces era sorprendido por algún viejo rocanrolero en un tugurio marginal -siempre con algún pseudónimo distinto- aporreando el piano a su manera, siempre conservando su frenético estilo y su hiperbólica apariencia, aunque los vicios y la calle le estaban pasando la cuenta. Las noches en estos clubes, además de rock and roll, solían estar inundadas de sexo sin protección, prostitución, tráfico y consumo de drogas, lo que sumado a la aparición meteórica y desastrosa del SIDA, convirtieron la vida del músico una verdadera ruleta rusa. 

Tras varios años desaparecido, en 1983 regresa a Nueva York para ofrecer una serie de actuaciones en un local llamado Tramps. Es allí donde conoce a Miriam Linna, la primera baterista de The Cramps, y a su marido, Billy Miller, fundadores de la mítica banda de garage The A-Bones y creadores del fundamental sello Norton Records, que a partir de 1986 reeditaría el LP y todos los singles de Esquerita; es más, la admiración por el música es tal, que el logo de Norton Records es precisamente la cara de Esquerita: “En ese momento a muy poca gente le interesaba Esquerita -explica Miriam Linna en una entrevista-, mientras que para nosotros fue lo más importante que sucedió ese año. Fue algo muy loco. Obviamente él no había ensayado nada, pero en cuanto vio que tenía una pequeña base de fans en la sala, sus shows se volvieron incendiarios”. Para Linna, Esquerita ha sido uno de los “progenitores” del rock and roll, un personaje a la altura de Chuck Berry, Bo Diddley o Jerry Lee Lewis. “Su influencia ha sido inmensa. Esa es la razón de que tengamos una imagen suya en el logo de Norton. Fue un adelantado para su época. Para mí es uno de los artistas más infravalorados de todos los tiempos”.

Pero nada hizo cambiar la suerte maldita del músico. Su vida siguió moviéndose entre el reconocimiento y el desprecio, entre las luces del escenario y la oscuridad de las celdas, entre el ritmo del rock and roll y la muerte susurrándole al oído. Para mediados de los ‘80 hay varios que aseguran haberlo visto trabajando en un estacionamiento e incluso limpiando parabrisas a cambio de unas monedas en Brooklyn. En 1985 le diagnosticaron VIH en estado avanzado y, el 23 de octubre de 1986, falleció por complicaciones relacionadas con el SIDA. Paradójicamente, ese mismo año, se realizaba la primera ceremonia de admisión del Rock and Roll Hall of Fame y Little Richard fue uno de los diez artistas que se incluyeron en el Salón aquella noche.

Para cerrar, dejo aquí unas palabras que dio en una entrevista José Luís Martín, autor del libro Leyendas Urbanas del Rock, donde dedica un capítulo al malogrado músico: “Esquerita esconde un submundo de lumpen extraordinario, marcado por el segregacionismo en Estados Unidos y la homofobia hipócrita de todos sus estamentos. Él y Richard se autoalimentaron y es muy complicado saber quién fue primero, la gallina o el huevo, pero para mí, es mucho más fascinante la vida de Esquerita que la de Richard (…) Es curioso que, mientras escribía el capítulo de Esquerita, falleció Richard Wayne Penniman, Little Richard, y pude comprobar cómo en diferentes redes sociales, blogs y webs musicales, tanto nacionales como internacionales, pusieron fotos de Esquerita para ilustrar la muerte de Richard. Eso documenta perfectamente el despiste que existe entre los dos personajes, en el cual el primero siempre salió perdiendo”.

domingo, 5 de mayo de 2024

MUERE A LOS 86 AÑOS DUANE EDDY, PIONERO DEL ROCK AND ROLL Y «PRIMER DIOS DE LA GUITARRA»

David Morán

ABC, 02/05/2024

El guitarrista, titán del rock instrumental y autor de clásicos como 'Rebel Rouser', influyó de forma decisiva en artistas como Bruce Springsteen, George Harrison y Ry Cooder, entre muchos otros

John Fogerty dijo de él que había sido «el primer Dios de la guitarra», y razón no le faltaba: con su sonido afilado y minimalista y el sutil traqueteo de canciones de como 'Rebel Rouser', 'Ramrod' y 'Cannonball', Duane Eddy sentó las bases del rock and roll vibrante, estridente y alérgico al exhibicionismo gimnástico del que más tarde beberían George Harrison o Ry Cooder, entre muchos otros.

«Los instrumentistas no suelen hacerse famosos. Pero la guitarra eléctrica de Duane Eddy tenía voz propia», destacó ayer el director del Country Music Hall of Fame and Museum, Kyle Young, en declaraciones a la revista 'Variety'. «Duane inspiró a una generación de guitarristas de todo el mundo con su inconfundible sonido característico 'twang'», añadió en un comunicado el representante del músico tras anunciar que Eddy, de 86 años, falleció el pasado 30 de abril víctima del cáncer.

A diferencia de 'guitar heros' pirotécnicos y malabaristas como Jimi Hendrix, Jeff Beck o Jimmy Page, Eddy creó escuela con unos 'riffs' minimalistas y repetitivos nacidos de las cuerdas graves de la guitarra y el brazo de trémolo. Con eso y una gigantesca Gretsch G6120 color fuego tuvo más que suficiente para convertirse en el músico instrumental más exitoso de finales de los cincuenta y principios de los sesenta (se calcula que en 1963 había vendido más de 12 millones de discos) y en uno de los guitarristas más influyentes de los albores del rock and roll.

Bruce Springsteen, por ejemplo, nunca ocultó que Eddy había sido una presencia decisiva a la hora de construir su 'Born To Run'. «Por la noche, apagaba las luces y me alejaba mientras Roy Orbison, Phil Spector o Duane Eddy me cantaban canciones de cuna hasta la tierra de los sueños. Esos discos me hablaban de una manera que la mayoría de la música rock de finales de los sesenta y principios de los setenta no lo hacían», recordaría el de Nueva Jersey al evocar los orígenes de su obra maestra de los setenta. «De Duane Eddy surgió el sonido de la guitarra, el vibrante 'lick' de guitarra», añadió Springsteen.

Nacido en Nueva York en 1938, Eddy creció fascinado por la imagen de 'singing cowboys' como Roy Rogers y Gene Autry y el sonido de los guitarristas Les Paul y Chet Atkins. Esa fue su escuela, el lugar en el que cobraron forma unas maquetas que acabaron en manos del dicsjockey y productor Lee Hazelwood, junto a quien grabaría sus primeros éxitos, 'Moovin' and Groovin' y 'Rebel Rouser'.

Esta última es, con su saxo alocado y ese riff de guitarra monolítico y adhesivo, la Piedra Rosetta de casi todo el rock y rockabilly, también de la música surf, que llegaría a partir de entonces. Años después, Hazelwood aprovecharía aquel sonido para impulsar 'These Boots Are Made for Walkin', de Nancy Sinatra.

Con más de 50 discos publicados y una legión de fans ingleses que en 1960 le auparon a lo más alto de la listas del semanario 'NME' por encima incluso de Elvis Presley, el guitarrista grabó en 1987 un disco homónimo en el que músicos como John Fogerty, George Harrison, Paul McCartney, Ry Cooder y James Burton, entre otros, acudieron a rendirle pleitesía.

«Su sonido era musculoso y masculino, vibrante y duro. Duane obtuvo más de 30 éxitos en las listas, pero lo más importante es que su estilo inspiró a miles de rockeros (The Ventures, George Harrison, Steve Earle, Bruce Springsteen, Marty Stuart, por nombrar algunos) a aprender a hacer ruido y conmover a las personas. El sonido de Duane Eddy siempre estará integrado en la estructura del country y el rock and roll», añadió Kyle Young en su despedida.


miércoles, 31 de enero de 2024

NEGRO, HOMOSEXUAL Y “EL VERDADERO REY DEL ROCK”: ASÍ ESCRIBIÓ LITTLE RICHARD LA HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR

Jaime Lorite

El País, 29/01/ 2024

Se estrena en cines ‘Little Richard: I Am Everything’, documental consagrado a uno de los pioneros del género, que tuvo a Elvis, los Beatles o los Rolling Stones entre sus alumnos, pero nunca se sintió suficientemente reconocido



Mick Jagger durmió en el suelo de su habitación, Paul McCartney recibió clases para imitar su característico grito y Elvis Presley le reconoció como “el verdadero rey del rock”. Sin embargo, Little Richard (Macon, Georgia, EE UU, 1932 – Tullahoma, Tennessee, 2020) siempre estuvo lejos de tener la inmensa entidad comercial y popular de sus más célebres alumnos. “Deberíais estar todos peleando por grabarme un disco. Los más grandes han estado conmigo, Jimi Hendrix, James Brown, los Beatles, Mick Jagger… ¿Mick, te acuerdas?”, dijo, en tono de broma pero muy en serio, ante la plana mayor de la industria en 1989, con motivo de la inclusión de Otis Redding en el Salón de la Fama del Rock and Roll.

Su legado lo homenajea ahora la película Little Richard: I Am Everything, estrenada en cines de España el pasado viernes 26 de enero, un documental que repasa la biografía del cantante, sus decisivas contribuciones musicales y el carácter rompedor de su figura. Que el rock se entendiese como un sinónimo de rebeldía, desde luego, tuvo mucho que ver con que uno de sus arquitectos fuera un hombre negro y notoriamente homosexual que actuaba en el racista y homófobo sur de Estados Unidos en plenos años cincuenta.

“En la historia del rock, durante mucho tiempo, se ha querido dejar fuera a figuras como Little Richard o Esquerita”, dice por videollamada a ICON Lisa Cortés, la directora de Little Richard: I Am Everything. “A menudo es difícil poder contar las historias de la población negra y queer, porque suelen contradecir la narrativa oficial. En este caso, sucede con Little Richard y el relato de que Elvis fue el padre del rock”. Un segmento del documental es dedicado a narrar cómo los éxitos de Little Richard eran inmediatamente versionados por artistas blancos como Pat Boone, quien basó su carrera en adaptar canciones de músicos negros, como Tutti Frutti, y restarles toda mordiente para ajustarlas a lo socialmente aceptable en la era de la segregación racial. Y también para llevárselo crudo: Boone amasó una fortuna (solo Elvis Presley vendió más que él en su época), mientras Richard apenas cobraba derechos por las versiones. El ritmo frenético de temas como Long Tall Sally respondía a una estrategia de Little Richard para boicotear a Boone, que no era capaz de cantar a esa velocidad.

Nacido y crecido en una ciudad del sur estadounidense, Macon, que había sido depósito de suministros del ejército confederado en la Guerra de Secesión y donde los linchamientos a las personas negras estaban a la orden del día, Richard Wayne Pennyman, como realmente se llamaba, fue el tercero de 12 hermanos (siete varones y cinco mujeres) y tuvo una dura relación con su padre, debido a su homosexualidad y a su gusto por el maquillaje y las prendas femeninas. La canción con la que alcanzó la fama, Tutti Frutti, tenía una letra sobre sexo anal, convenientemente reescrita en la versión de estudio después de que el productor Bumps Blackwell le escuchase interpretarla en directo y la identificase al instante como un bombazo. El grito de guerra con el que se inicia (castellanizado, “¡Aumbabuluba balambambú!”), que imita fonéticamente el sonido de una batería, y el aporreo salvaje del piano de Richard se convirtieron en historia de la música. Y la canción generó aún más historia, puesto que estableció el estándar rítmico del rock.

“Lo que hizo a Little Richard un genio fue su don para mezclar en su música aspectos del blues, del góspel y otros distintos medios de expresión, que se combinaban con su faceta queer. Que alguien en 1955 fuera capaz de elaborar una receta así de única es algo impresionante”, reflexiona Lisa Cortés. El artista, que encontró en la música de iglesia una escuela y que subió por primera vez a un escenario invitado por la cantante y guitarrista evangélica Sister Rosetta Tharpe (ídolo para él y considerada precursora del rock), dio algunas de sus primeras actuaciones vestido de mujer, con el apodo de Princess LaVonne. En una entrevista de archivo recogida en el documental, Richard sostiene que exageraba la pluma y el amaneramiento para que los hombres blancos no le viesen como una amenaza para sus mujeres y pudiese actuar en sus locales. “Él ciertamente lo creía así. Pero no tiene mucho sentido”, opina la directora. “Esos ambientes eran también muy homófobos y alguna vez le arrestaron porque consideraban su conducta indecente”.

Llámeme reverendo

El sentimiento de culpa de Little Richard con respecto a su sexualidad condicionó en gran medida su vida. En lo más alto del éxito, cuando vendía millones de copias y llenaba recintos por todo el país, el cantante decidió abandonar el rock para estudiar teología, se casó con una mujer y pidió a todo su entorno que se refiriese a él con el nombre de reverendo Richard. En aquella época, publicó discos puramente góspel, como los dos volúmenes de Pray Along With Little Richard (Reza con Little Richard, 1960), y se negó a interpretar en directo las canciones por las que era famoso, como Lucille, Keep A-Knockin, Good Golly, Miss Molly o las anteriormente citadas, al estar el rock, explicaba, “alejado de lo divino”.

Su carácter competitivo, sin embargo, le llevó en 1962 a regresar a sus canciones de siempre durante una gira en Europa con Sam Cooke, dados los celos que sentía por el recibimiento enfervorecido del público a su compañero de cartel. A continuación, tuvo lugar su, a posteriori, sonada alianza con los entonces primerizos Beatles, a quienes, agradecido porque le admirasen, aleccionó, aconsejó y apadrinó. Con ellos compartió la temporada musical en Hamburgo que terminó de forjar a la banda británica.

Divorciado de su mujer, Richard volvió a admitir su homosexualidad, aunque, lejos de normalizarla, en múltiples ocasiones dejó claro que sus inclinaciones le parecían impuras. En 1982, en una entrevista en Late Night With David Letterman, renegó otra vez de su orientación y proclamó que “Dios creó a Adán para que estuviera con Eva, no con Esteban”. También reconoció en público su adicción a las drogas, bromeando con que, en ocasiones, se le debería haber llamado Little Cocaine. En el libro La extraordinaria vida de Little Richard, de Mark Ribowsky, editado en España el pasado 2023 por Libros Cúpula, otras sombras del personaje son señaladas, como su tóxica relación laboral con Jimi Hendrix, que por un tiempo fue su guitarrista y a quien, de acuerdo con la entonces novia del malogrado músico, Richard hostigó sexualmente. “Me pagaba mal, vivía mal y me quemaba”, resumió Hendrix al final de su colaboración. Según el libro, la estrella era tiránica con los miembros de su banda, a quienes, entre otras directrices, prohibía sonreír en el escenario.

Redescubierto por una nueva generación en la era de la psicodelia y, más tarde, reconvertido en una figura simpática que aparecía con frecuencia en galas, programas de televisión y películas, Richard mantuvo en los ochenta y noventa posturas contradictorias y cambiantes. El cineasta John Waters, que aparece en el documental y asegura que se dejó su distintivo fino bigote en homenaje a Little Richard, le entrevistó en 1987 para Playboy y provocó la ira del cantante por tomarse a risa su supuesto renacimiento como heterosexual; no obstante, dada su necesidad de atención, Richard se sintió halagado cuando se publicó el texto. También recorrió emocionado diversas entregas de premios en los años noventa, cuando recibió de golpe todos los homenajes que, como a tantos intérpretes negros, le habían escatimado a lo largo de su trayectoria.

“Hay muchas contradicciones en la figura de Little Richard. Pero es que toda su vida consistió en navegar esa zona gris, a través de la cultura popular y de la transgresión”, explica Lisa Cortés. Ringo Starr, Brian Wilson o Keith Richards le rindieron homenaje públicamente a su muerte en 2020, y la película Elvis (2021), de Baz Luhrmann, le representaba y situaba en el lugar que merecía en la historia de Presley, sin esconder la huella del cantante afroamericano sobre su música. Por sus polémicas apariciones finales en medios cristianos ultraconservadores, Waters, por su parte, lamentó que Richard muriera “completamente homófobo, diciendo cosas terribles sobre los gais y las personas trans”. Sobre si el cantante logró hacer las paces consigo mismo, Cortés cree que “solo se puede elucubrar”. “De lo que no cabe duda es de que, en esos últimos días, su relación más importante era con Dios. Él sentía que no tenía a nadie más”, cuenta. Al margen de creencias religiosas, el estreno del documental en cines de todo el mundo prueba que Little Richard, de una forma o de otra, ha logrado trascender con creces.

martes, 9 de enero de 2024

BO DIDDLEY, EL MÚSICO QUE HIZO HISTORIA CON UN SOLO RIFF

Eduardo Bravo

GQ, 02/01/2024

Se cumplen 95 años del nacimiento de Bo Diddley, uno de los pioneros del rock and roll que inventó un riff que ha dado lugar a decenas de canciones propias y ajenas que son ya historia de la música popular del siglo XX.

¿Qué tienen en común canciones tan diferentes como Not Fade Away de Buddy Holly, Hateful de The Clash, Cuban Slide de The Pretenders, Faith de George Michael, Desire de U2, How Soon Is Now? de The Smiths, She’s the One de Bruce Springsteen ó 1969 de The Stooges? ¿Se rinde? Ahí va la solución: todas ellas están basadas en el reconocible riff sincopado creado en la década de los 50 del siglo pasado por Bo Diddley. Ese que suena algo así como: ”Ta-ta-ta / [silencio] / ta-ta / ta-ta-ta/ [silencio] / ta-ta”.

Con ese sencillo pero pegadizo ritmo, inspirado por músicos de blues como John Lee Hooker, Muddy Waters y sonidos afrocubanos de moda en los años 40 del siglo XX, Bo Diddley sentó las bases del rock and roll y creó clásicos del género como I’m a Man, Bo Diddley, Hey Bo Diddley, Roadrunner o Pretty Thing.

Nacido en una granja algodonera de Misisipi el 30 de diciembre de 1928, Bo Diddley — cuyo nombre real fue Ellas Otha Bates, primero, y Ellas McDaniel después de que su madre se volviera a casar— creció en Chicago, ciudad en la que se familiarizó con el mundo de la música tocando el violín y la guitarra.

Aunque en 1951 comenzó a actuar en el mercado al aire libre de Maxwell Street junto a un grupo de amigos, la música no era todavía una actividad suficientemente rentable, por lo que el artista tuvo que compaginarla con otras actividades. Por ejemplo, dependiente en una tienda de comestibles, ascensorista, trabajador en una empresa de carne, empleado en una fábrica de marcos para cuadros y operario una empresa de asfaltado. Todo cambiaría en 1954, cuando unas maquetas con los temas I’m A Man y Bo Diddley llegaron a manos de los responsables del sello Chess, que le propusieron regrabarlas para ser lanzadas en uno de sus sellos subsidiarios. Aparecido en Chacker en 1955, I’m a Man llegó a colocarse en el número uno de la lista Billboard de Rhythm & Blues, por lo que Ed Sullivan decidió invitarlo a actuar en su programa de televisión sin imaginar la que se le venía encima tanto al presentador como al artista.

Cuando Bo Diddley fue contratado, Sullivan insistió en que el tema que debía interpretar en el programa era Sixteen Tons, el éxito de Tennessee Ernie Ford. Sin embargo, cuando llegó el momento de actuar, sin encomendarse a dios ni al diablo, el músico cambió el repertorio e interpretó Bo Diddley. El enfado del poderoso presentador fue tan grande, que, además de algún que otro insulto racista, removió cielo y tierra hasta conseguir que Diddley no volviera a actuar en esa cadena de televisión en los siguientes diez años.

A pesar de ese veto, a Bo Diddley no le faltó trabajo. Era uno de los pioneros del rock & roll junto a Chuck Berry, Little Richard o Jerry Lee Lewis, por lo que siguió grabando y dando unos conciertos especialmente salvajes, con letras tórridas de doble sentido y en los que tocaba una peculiar guitarra que había construido él mismo, utilizando el mástil de una Grestch a la que sumó un cuerpo rectangular, algo totalmente inaudito en un momento en el que la mayoría de los instrumentos tenían formas sinuosas. Incluso cuando ya en la década de los 60 la audiencia estadounidense empezó a perder interés en sus discos, Bo Diddley tuvo un golpe de suerte del que no disfrutaron algunos de sus colegas: la aparición de The Beatles, The Rolling Stones, The Pretty Things, Them y otros grupos ingleses que le reivindicaron como una de sus principales influencias.

Con todo, en la década de los 70 las cosas volvieron a torcerse. El rock and roll había pasado de moda y Bob Diddley tuvo que retomar esos trabajos alimenticios del pasado. En esta ocasión se mudó a Nuevo México y se convirtió en ayudante del sheriff en la ciudad de Los Lunas, hasta que una nueva generación de músicos lo redescubrió y reivindicó. En esta ocasión fue el punk y bandas como The Clash, que lo contrataron como telonero de su gira estadounidense.

En los años 90, cuando el rock no era ya un género subversivo sino música AOR para cuarentones, Bo Diddley ya era una estrella a escala internacional que hacía giras por todo el mundo y cuya imagen resultaba tan icónica, que no pasó desapercibida para marcas comerciales y publicitarios. En 1997, la empresa R. J. Reynolds Tobacco Company lanzó un anuncio en el que se veía a un músico que, sin ser Diddley, se le parecía mucho tanto por aspecto físico como por sus accesorios: un sombrero de sheriff y una guitarra rectangular. Molesto, Diddley (que era un fervoroso cristiano y enemigo de las drogas) instó a sus abogados a que reclamasen judicialmente, logrando así que se retirase la campaña no solo por vulneración de derechos de imagen, sino por vincular su persona al consumo de tabaco.

A pesar de ser una estrella indiscutible de la música popular, de entrar en el rock and roll Hall of Fame, en el Rockabilly Hall of Fame, en la Rhythm and Blues Foundation y recibir Grammys honoríficos, Bo Diddley siempre pensó que no había sido suficientemente reconocido, al menos en comparación con la influencia que había supuesto para muchos artistas. De hecho, una de sus quejas siempre fue que todos esos músicos mencionados al principio de este artículo y otros muchos que no se citan pero también se fijaron en su obra para componer, no le abonasen nunca nada en conceptos de derechos de autor. “Le abrí la puerta a mucha gente, y ellos simplemente entraron corriendo y me dejaron sosteniendo el pomo”, se quejaba a The New York Times en 2003 el artista que, cinco años después, fallecía en Florida a consecuencia de las secuelas de varios ataques al corazón que le habían dejado muy debilitado.

domingo, 12 de febrero de 2023

“AKA DOC POMUS”: RECORDANDO AL TALENTO OLVIDADO QUE COMPUSO PARA ELVIS

José Martín S 

marilians.com, 23/09/2020

Doc Pomus es una de las grandes figuras olvidadas de la música popular del pasado siglo. En 2012, un documental estadounidense rescató su vida y recordó parte de sus más de 1000 creaciones musicales que popularizaron otros. “AKA Doc Pomus” de William Hechter muestra la fascinación del compositor (su nombre real era Jerry Felder) por el blues desde temprana edad. Hijo de una familia judía de clase media que vivió en Nueva York, de niño padeció la polio, lo que le obligó a desplazarse en silla de ruedas. Antes de cumplir 20 años, ya hacía sus pinitos cantando en clubes de la zona Noreste norteamericana. Los asistentes a sus directos se sorprendían al ver en escena a ese peculiar “blanco con muletas cantando blues en locales de Harlem”. Comenzaba a propagarse la leyenda y las peticiones de colaboración en cascada. Para Joe Turner compuso “Chains of Love”, un clásico del blues sobre el desamor  con instantes desgarradores como el de “These chains of blues gonna haunt me until the day I die”, “Young blood” para The Coasters que supuso uno de sus primeros número uno en ventas, o “Lonely Avenue” para Ray Charles. Hill and Range Songs, la discográfica que publicaba a Elvis, lo contrató como letrista junto al pianista Mort Shuman. Desde el edificio Brill, el centro neurálgico de composición de canciones pop situado en Broadway, el tándem artístico formado por Pomus y Shuman demostraron una capacidad innata para desarrollar hits populares que arraigaban en el imaginario de la juventud de la época ansiosa de nuevos referentes musicales. En dicho edificio, Pomus conocería al conflictivo titán de la producción Phil Spector, al que define en el documental como un hombre de “talento extraordinario y un guitarrista excepcional”. Para entonces, Pomus en colaboración o en solitario había cosechado una ristra ingente de éxitos para el sello Atlantic Records como “This Magic Moment”, “Save the Last Dance for Me” o, para Elvis Presley, “A Mess of Blues” y “Viva Las Vegas”.

En febrero de 1964, los Beatles aterrizaban en el aeropuerto JFK de Nueva York ante miles de admiradores: un terremoto que sacudió los cimientos musicales del país como lo acababa de hacer en Reino Unido. Emergía una nueva hornada de músicos-autores como Bob Dylan o los propios Beatles, que además de interpretar eran responsables de la composición de sus temas por lo que prescindían de letristas y de arreglistas externos. El matrimonio artístico entre Mort Shuman y Doc Pomus, y el sentimental entre el segundo y su mujer, la actriz Willi Burke, comenzaba a resquebrajarse. Pomus dejaba de lado su carrera y probaba suerte en las timbas de póquer. La secuelas de su enfermedad, además, empeoraban tras una caída en la calle. Hasta mediados de los setenta, y a pesar de que algunos artistas comenzaron a reivindicar su figura y realizaron nuevas versiones de sus clásicos, Pomus no fue consciente de su transcendencia para la composición musical del pasado siglo. Animado por esta legión de seguidores, decide volver a los estudios de grabación y trabaja para músicos como Dr John o Willy DeVille. Fue un leve renacer en el que, hasta Bob Dylan, que de alguna manera había contribuido a acabar con la escudería de la vieja escuela de creadores de temas populares de los cincuenta a la que Pomus pertenecía, alabó el influjo poético de algunos de sus temas.

En marzo de 1991, Pomus fallecía dejando un formidable legado que se tradujo esa misma década en “Till the night is gone: A Tribute to Doc Pomus”, un recopilatorio de versiones de sus clásicos publicado en 1995. Allí, Bob Dylan le homenajeaba con “Boogie woogie country girl”, Shawn Colvin ralentizaba el clasicón “Viva Las Vegas” llevándolo a territorios vaqueros, Los Lobos intensificaban el punch blues de  “Lonely Avenue”, el genio de los Beach Boys, Brian Wilson, añadía soniquetes con eco y color al “Sweets for my sweet” y, quizá lo más sorprendente, la apropiación por parte de Lou Reed, hasta dejarla casi irreconocible, de “This magic moment”. Un recopilatorio que hizo justicia al talento de Doc Pomus que nunca pudo escuchar pero que seguramente habría sido de su agrado. 

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lunes, 31 de octubre de 2022

BLUES EN LA ENCRUCIJADA: LOS ORÍGENES DE ROBERT JOHNSON I, «SWEET HOME CHICAGO»

Ruta 66,  26/10/2022


Muchos son los que aseguran que el blues está muerto. Pues desde aquí vamos a demostrar que no. Que está más vivo que nunca, y no solo eso, sino que ha sufrido múltiples mutaciones. Y que blues hay hasta debajo de las piedras. Blues bastardo, quizá. Pero a fin de cuentas, blues.

La teoría más acertada al respecto del éxito comercial de Robert Johnson parte de la base de que el blues es un constructo cultural blanco y anglosajón. La idea de blues que tenemos brota de los textos que infinidad de autores de clase media o alta han publicado desde la década de los 60. Esto quiere decir que la imagen que tenemos de Johnson no tiene nada que ver con la realidad, de hecho, ha sido diseñada para que tengamos un mito que lo explique todo. Un icono con el que describir todo lo que ocurrió antes de 1959. Un solo artista al que escuchar para poder decir que te gusta el blues, si es que crees que asegurar tal cosa en público te convierte en alguien intelectualmente respetable en lo tocante a la música popular del Siglo XX. Robert resume lo que cualquiera que no tenga la menor idea sobre el género cree que es el blues. El arquetipo perfecto de afroamericano pobre del sur de Estados Unidos, el rambler[1] por antonomasia, el artista torturado, el músico que vendió su alma al diablo en el cruce de caminos, el alcohólico, el mujeriego descarado que dio con la muerte en una botella de licor de maíz envenenada por un marido celoso a la conveniente edad de 27 años, inaugurando un club de jóvenes artistas malditos y malditas. No cabe duda de que la realidad nos otorga en ocasiones historias tan buenas que parecen ficción y no lo son, ¿Es el caso de Robert Johnson? El presente texto es el primero de una serie de artículos en los que espero deconstruir la leyenda del bluesmen más misterioso de todos los tiempos.

Sweet Home Chicago / Walkin' Blues by Robert Johnson (Single, Delta Blues):  Reviews, Ratings, Credits, Song list - Rate Your MusicLo primero que quiero decir al respecto es que nadie sabe si murió a la edad de 27 años. Nadie sabe la fecha exacta en que Robert Johnson llegó al mundo. El estado de Mississippi no registraba los nacimientos antes de 1912, tampoco lo hicieron en el condado Copiah County o en la ciudad de Hazlehurst, en la que nació el artista. Los datos oficiales extraídos de registros escolares y matrimoniales, así como su certificado de defunción, indican que pudo haber nacido en 1908, 1909, 1910 y 1912. Se ha llegado al consenso de que nació el 8 de mayo de 1911, así podemos presentarle como fundador del famoso “Club de los 27”. Lo cierto es que tampoco podemos estar seguros de que naciera en Hazlehurst, puesto que la única fuente de esto es su madre, Julia Ann Majors Dodds, de cuya memoria nos podemos fiar hasta cierto punto, ya que no llegó a confirmar una fecha. Del padre, Noah Johnson, solo sabemos el nombre. Tampoco sabemos cómo y cuándo murió. Existe un certificado de defunción, hallado por el escritor e historiador Gayle Dean Wardlow en 1973. Por desgracia, lo que nos dice el documento es que Robert Johnson no recibió atención médica alguna ni se realizó una autopsia para determinar la causa de su fallecimiento. Establece una fecha y una localización: el martes 16 de agosto de 1938 a las afueras de Greenwood, Mississippi. Años más tarde se consultó por segunda vez el certificado de defunción, en esa ocasión se revisó el documento original, descubriendo que en el dorso había unas anotaciones manuscritas, según las cuales el dueño de la propiedad donde Johnson había muerto, la plantación “Star Of The West”, era un tal Luther Wade. En estas líneas constaba una causa de muerte, la sífilis, dando carpetazo a una posible investigación por asesinato. Aquí acaba todo lo contrastable sobre la vida y la muerte de Robert Leroy Johnson, la persona, el resto está basado en testimonios cuya veracidad es imposible de medir, por lo que no voy a entrar en ellos. En consecuencia, la única certeza sobre él son sus grabaciones y eso es lo que pretendo abordar aquí.

Vamos a empezar por su gran clásico, “Sweet Home Chicago”. Antes de empezar les ruego que detengan la lectura y escuchen tres canciones: una de 1928, el “Kokomo Blues” de Francis Hillman ‘Scrapper’ Blackwell, otra de 1934, el “Old Original Kokomo Blues” de James ‘Kokomo’ Arnold y, por último, “Sweet Home Chicago”, de Robert Johnson, que fue grabada en 1936 y lanzada en 1937 con muy poco éxito. Una vez hayan hecho esto se preguntaran si Johnson plagió su gran obra maestra. Con el prisma actual es evidente que sí, no obstante, en los años 20 y 30 del siglo pasado no existía un concepto de autoría como el que manejamos hoy, especialmente entre los y las artistas de blues que eran exclusivamente afroamericanos y afroamericanas. El primer caso de plagio ganado por un artista negro fue el de Chuck Berry y su “Sweet Little Sixteen” de 1958 contra los Beach Boys y su «Surfin’ U.S.A.” de 1963. Hubo litigios con anterioridad, algunos de ellos sustentados por canciones de blues, género exclusivamente negro durante años, de ahí que originalmente fueran race recdords, o música con raza. Lo que quiero decir con esto es que tanto Blackwell como Arnold grababan canciones folclóricas, con progresiones de acordes y letras estandarizadas a base de usarlas para atraer audiencias ocasionales a lo largo y ancho del sur de Estados Unidos. Nadie se consideraba el creador de nada y todos estaban de acuerdo en el hecho de que si algo funcionaba comercialmente y eras capaz de darle tu estilo, debías hacerlo. La alternativa a eso no era un juicio millonario por el cual obtener un millonario acuerdo extra judicial. Eventualmente se producían escaramuzas legales entre disqueras. Sweet Home Chicago by Robert Johnson - Full Score Guitar Pro Tab |  mySongBook.comPor ejemplo, Victor Recrods acusó a OKeh Records de que su éxito “Stop and Listen Blues”, de los Mississippi Sheiks, era un plagio del “Big Road Blues” de Tommy Johnson (sin relación con Robert, al menos familiar). Esto era tan absurdo como que Tommy desarrolló su repertorio exclusivamente para poder grabar tras ser recomendado por el bluesman Ishman Bracey al cazatalentos H. C. Speir. Fue el propio Bracey el que le ayudó a reelaborar varias piezas populares con el fin de alcanzar el mínimo de cortes necesarios para conseguir un contrato discográfica exigían en aquel momento, ni más ni menos que cuatro. ¿Por qué cuatro? Porque eso permitía a las compañías editar dos sencillos, con una canción en cada cara, y rentabilizar el coste de la grabación y el salario de los y las artistas, a los que se les hacía firmar una cesión de derechos. Esto funcionaba así, por lo tanto, era completamente absurdo hablar de plagios, no es que se copiasen, es que era la metodología de trabajo establecida en la industria. Robert Johnson hizo lo que un cantante y guitarrista de folk rural del Delta del Mississippi hacía para ganarse la vida: actuar constantemente y grabar siempre que estuviera remunerado de forma adecuada. Cuando digo remunerado de forma adecuada, me refiero a una cifra a la que un vagabundo negro podía aspirar en aquel momento y aquel lugar. Johnson no pensaba en el dinero que podía generar “Sweet Home Chicago”, bastante tenía con evitar que lo mataran por el color de su piel.

Si las cosas eran tan prosaicas, ¿Por qué ha sobrevivido una canción y las otras dos no? La respuesta no es científica, pero sí evidente: Porque la grabó Robert Johnson, nuestro icono del blues. No solo ha prevalecido, la inmensa mayoría cree que fue un pionero. Es abrumadora la cantidad de gente que está convencida de la importancia pivotal de Robert Johnson en el nacimiento y el desarrollo del blues. No fue así y “Sweet home Chicago” es un buen ejemplo de ello. Aunque nos resulte difícil de creer, no fue un éxito en 1937 y ni siquiera fue incluida en el lanzamiento de “King Of The Delta Blues Singers” por Columbia Records en 1961. El recopilatorio tuvo un impacto radical en Bob Dylan, Jimi Hendrix o Keith Richards, dio alas al nacimiento del rock como movimiento cultural y artístico. Dado que estaba orientado a la audiencia blanca, intelectual, folclorista e incipiente, que lideraban Dylan y Dave Van Ronk, los responsables del álbum dejaron fuera las piezas que, en su opinión, mostraban a un bluesman tradicional (algo completamente pasado de moda en EE. UU.), seleccionando aquellas con las que pudieran construir un mito. La leyenda del maldito, perseguido por demonios, obsesionado con las mujeres, el diablo y las carreteras. Fue Magic Sam el que popularizó en cierta medida “Sweet Home Chicago” al incluir una versión en su “West Side Soul”. De hecho, cuando al final de la película de 1980 “The Blues Brothers”, dirigida por John Landis y protagonizada por Dan Aykroyd y John Belushi, interpretan la canción de Robert Johnson, Belushi se acerca al micro y pronuncia las siguientes palabras: “This is dedicated to the late, great Magic Sam”, lo que en español quiere decir que se la dedican al difunto y gran Magic Sam.

Con todo esto no intento desprestigiar en absoluto a Robert Johnson. Todo lo contrario, piensen detenidamente en ello. Vamos a tomar como referencia a Kokomo Arnold, que sin duda inspiró “Sweet Home Chicago”. Arnold tomó una canción de Blackwell y la convirtió en su seña de identidad, incluso adoptó el título como apodo. Obtuvo un gran éxito dentro de sus posibilidades y llegó a ser un bluesman muy reconocido, mucho más que Johnson. De hecho, el bluesman Honeyboy Edwards cuenta que conoció a Robert mientras este actuaba en un callejón de Greenwood, Mississippi, mas al escucharle dio por hecho que se trataba de Kokomo. Puede que esto fuera así hace noventa años, pero hoy en día la estrella del rock es Robert Johnson y no es casualidad. La primera biografía de Robert apareció en 1959, a modo de capítulo del libro Samuel Charters The Country Blues. En ella se hace referencia a Robert Johnson como un absoluto don nadie. Charters asegura que Robert Johnson no fue más que uno de tantos nombres impresos en viejos discos de 78 RPM, olvidados y cubiertos de polvo. El hecho de que Columbia decidiera publicar un LP con una selección de sus canciones fue crucial, pero lo más importante es que su obra seguía vigente. Interpelaba directamente a la vanguardia cultural del momento en Nueva York, y eso es mérito exclusivo de Robert Johnson. se sigue pinchando y tocando hoy en día, sin la necesidad de variar un solo acorde. Logró trascender a su género, marcando el rumbo a muchos, al punto de convertirse en un producto susceptible de ser vendido a cualquier tipo de público. Constituyó además una excelsa maniobra de marketing por parte de Robert Johnson: colocó a Chicago como la tierra prometida más de diez años antes de que alguien pudiera ver claro que la ciudad del viento acabaría siendo conocida como el hogar del blues.

Come on

Baby, don’t you wanna go home

Come on

Baby, don’t you wanna go home

Back from the land of California

To my sweet home Chicago 

Vamos

Nena, ¿no quieres ir a casa?

Vamos

Nena, ¿no quieres ir a casa?

De regreso de la tierra de California

A mi dulce hogar Chicago

Aunque con la premisa de que todo es relativo podríamos cuestionar también este punto. ¿Por qué? Porque no sabemos si esto lo robó de alguna otra parte, tampoco qué pretendía decir Johnson en caso de que fueran sus palabras. Podría no tener ningún significado o, dado el retorcido sentido del humor que encontramos en la lírica del Delta, puede que estuviera siendo sarcástico con lo de “Chicago, dulce hogar”. Al fin y al cabo, Johnson estuvo en Chicago y también en Nueva York, pudo quedarse y convertirse en artista discográfico, pero se volvió a Mississippi. Tampoco sabemos por qué, podemos asumir que era su hogar y por ende su contexto; una tierra en la que sabía moverse y le encontraba un sentido a su existencia. Pero, ¡qué demonios! Demos por bueno que fue un visionario. Que el éxito de su estilo parte de la autoconciencia, de la convicción personal que le empujaba a cuidar su obra con el fin de que trascendiera. Lo que es evidente es que de la diferencia entre “Kokomo Blues” y “Sweet Home Chicago” obtenemos una medida exacta de la grandeza de Johnson. Escúchenlas y saquen sus propias conclusiones.

Continuará…

[1] Término vernáculo para referirse a un músico ambulante.

domingo, 30 de octubre de 2022

MUERE JERRY LEE LEWIS, LA ÚLTIMA LEYENDA DE LA EDAD DORADA DEL ROCK AND ROLL

Fernando Neira

El País, 28/10/2022

[Se nos ha ido el último de los pioneros.]

El músico ha fallecido a los 87 años en su casa de Memphis


Jerry Lee Lewis, la última leyenda de la edad dorada del rock and roll, ha muerto este viernes a los 87 años en su casa de Memphis (Tennessee). Algunos portales llevaban un par de días rumoreando sobre su fallecimiento, pero la triste noticia llegó al final este viernes. A Jerry Lee Lewis le apodaban elocuentemente The Killer (El Asesino), por su temperamento colérico y fiereza interpretativa, se convirtió en pionero e icono del rock and roll, rivalizó en la década de los cincuenta con toda aquella gloriosa avanzadilla de la nueva música del diablo –Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Carl Perkins–, los sobrevivió a todos y siguió impartiendo lecciones de furia hasta bien entrado en la condición de octogenario. Pero su ya maltrecha salud le dio la espalda definitivamente a los 87 años. Deja una vida de película (en todos los sentidos, también el literal: Great Balls of Fire triunfó en la gran pantalla en 1989), momentos trágicos y truculentos y, sobre todo, dos de las canciones más importantes de la década de los cincuenta: Whole Lotta Shakin’ Going on y, claro está, esas celebérrimas “Grandes bolas de fuego”.

Había nacido en Ferriday (Louisiana) en 1935, en el seno de una familia paupérrima que supo barruntar su descomunal talento artístico y se endeudó para comprarle un piano de pared de tercera mano que le enseñaron a tocar desde los 10 años dos de sus primos. Encarnaba el perfil más temible y afilado de aquella nueva música excitante que supo canalizar las ansias de liberación juvenil tras el trauma de la guerra. Elvis podía mostrarse también como un chico tierno y adorable, pero Lewis –pelo largo y rubio, fuerte acento sureño, actitud desafiante y libidinosa– era el yerno que ningún padre desearía encontrarse en casa. Y todo ello pese a haber sido educado en una iglesia evangélica, un aspecto que siempre le produciría contradicciones internas, porque agudizaba el contraste con su temperamento alocado, sicalíptico y propenso a las adicciones.

Presumía de haber debutado en público a los 14 años con un concierto en un concesionario de automóviles, desarrolló un estilo bombástico y muy teatral (siempre de pie, siempre deslizando los dedos en virulentos glissandos sobre las teclas) y terminó resultando inevitable que Sam Phillips, el plenipotenciario fundador de Sun Records, supiera de sus andanzas y le fichara para sus estudios de Memphis, primero como músico acompañante y enseguida ya como jefe de filas. Allí coincidió en 1956 con Elvis Presley, Carl Perkins y Johnny Cash, con los que integraría el llamado Million Dollar Quartet. Fue solo la antesala de sus dos temas superlativos, que estrenaría en 1957 en el televisivo The Steve Allen Show y que le catapultaron a una fama incontrolable de costa a costa.

El éxito parecía no conocer cenit, pero el mundo tampoco tardaría en descubrir el lado más turbio y controvertido de nuestro personaje. En mayo de 1958, inmerso en una gira por el Reino Unido que debía erigirle como ídolo también al otro lado del Atlántico, un reportero descubrió que su tercera mujer, su prima Myra Gale Brown, tenía tan solo 13 años cuando contrajeron matrimonio. El escándalo fue mayúsculo, Lewis fue acusado de pederastia y tuvo que suspender todo el calendario de actuaciones cuando solo llevaba tres conciertos sobre suelo inglés. Nunca se recuperaría del todo de aquel episodio: las radios estadounidenses le censuraron de inmediato y ninguna de sus cientos de composiciones posteriores alcanzaría el Top 20 en las listas.

Su legado discográfico incluye cerca de 40 elepés, notables incluso en la última década: se despidió de los estudios de grabación en 2014 con el hermoso Rock and Roll Time, pero cuatro años antes se había dado el gustazo de manufacturar un álbum de duetos, Mean Old Man, con una nómina impagable de admiradores y amigos, desde Mick Jagger a Eric Clapton, Willie Nelson o Sheryl Crow. Pese a todo, nunca logró que su nombre no estuviese más vinculado a las páginas de sucesos que a las de espectáculos. Perdió a su cuarta y quinta esposa en circunstancias nada claras (Jaren Pate se ahogó, sobre Shawn Stephens siempre pesó la sospecha de que sufría violencia machista), vio también morir a dos de sus hijos (Steve Allen Lewis se cayó a una piscina con tres años; Jerry Lee Lewis Jr., que despuntaba como batería, falleció en accidente de tráfico a los 19) y protagonizó algunos episodios terribles por su afición a las armas de fuego. Sobre todo, cuando disparó de manera fortuita a uno de los miembros de su banda o cuando en 1976 la policía le arrestó borracho en las inmediaciones de Graceland, la mansión de Presley, y descubrió que en la guantera del coche escondía un revólver cargado.

Tampoco contribuyó a paliar su aureola de chico malo el célebre incidente en la gira compartida con Chuck Berry, al que los promotores colocaron como cabeza de cartel y, en consecuencia, responsable del último concierto de la noche. Preso de los celos y de la ira, Lewis acabaría rociando el piano con gasolina y prendiéndole fuego mientras interpretaba la versión más flamígera, indudablemente, que jamás haya conocido su Great Balls of Fire.

Achantado por la mala fama y la pujanza incontestable de Beatles, Rolling Stones y demás aristocracia rockera de los años sesenta, Jerry Lee se reconvirtió a finales de aquella década como artista de country y supo mantener una trayectoria musical bastante más coherente que la vital. La versión del clásico Chantilly Lace, por ejemplo, fue muy celebrada. Pero la sucesión de peripecias extremas en su currículo era demasiado golosa como para no dar pie a obras muy relevantes en torno a su figura. En 1982, siete años antes del largometraje protagonizado por Dennis Quaid, Nick Tosches ya había dado forma a una biografía apabullante, Fuego eterno: la historia de Jerry Lee Lewis. La editorial Contra publicó la versión en castellano hace relativamente poco, en 2016.

Aquel texto no llegó a reflejar otros momentos de una vida que nunca llegó a ser del todo apacible. En 1984, por ejemplo, tuvo que someterse a una delicada cirugía para extraerle un tercio del estómago, ulcerado por los severos abusos en la ingesta de drogas. Mucho más agradable fue que en 1986 su nombre figurase, junto a Elvis, Chuck Berry, Ray Charles, Sam Cooke, James Browne, Buddy Holly o los Everly Brothers, entre los 16 primeros inscritos en el Rock and Roll Hall of Fame.

La ya maltrecha salud de estas últimas semanas le impidió asistir, el pasado 16 de octubre, a su inclusión en otro Hall of Fame, en este caso el de la música country. La muerte le visitó finalmente en el condado de Desoto (Misisipi), donde residía junto a la séptima de sus esposas, Judith Coghlan. Le sobreviven también cuatro de sus hijos. Tras la pérdida de Little Richard, en 2020, el rock and roll pierde al último de sus padres fundadores y se queda huérfano ya para siempre.