Mostrando entradas con la etiqueta The Rolling Stones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta The Rolling Stones. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de abril de 2026

LITTLE STEVEN Y LA REVOLUCIÓN BARROCA DE LA MÚSICA EN LOS 60'S: EL ROCK CONVERTIDO EN ARTE

Rodrigo Contreras

Rock FM, 16/04/2026



Una nueva entrega del "Underground Garage" explora cómo el rock de los años 60 abandonó el baile para invadir los museos y las conciencias, utilizando instrumentos clásicos para redefinir el género.

Little Steven, el alma máter de la E Street Band y carismático actor y locutor, regresa a las a RockFM con una nueva entrega de su "Underground Garage" que promete sacudir los cimientos de lo convencional. En este próximo programa, Steven invita a los oyentes a entrar en un "mundo de sueños vivos donde los realistas sueñan lo irreal", advirtiendo a aquellos con condiciones cardíacas o niños impresionables que se preparen para una experiencia primitiva y creativa. El eje central de esta emisión es un homenaje al instrumento más improbable del arsenal del rock: el clavecín (harpsichord), cuya inclusión en la música popular marcó el momento exacto en que el "rock and roll" se transformó en "Rock" con mayúsculas.

1965: El año en que el rock se hizo adulto

Según relata Little Steven en sus audios, la metamorfosis del rock comenzó a gestarse en 1964 con el tema de La Familia Addams, pero fue en 1965 cuando el clavecín se integró oficialmente en la caja de herramientas de los artistas. Ese año fue testigo de cómo Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds comenzaron a influenciarse mutuamente de manera profunda. Singles icónicos como "Mr. Tambourine Man", "Help", "Satisfaction" y "Like a Rolling Stone" declararon la llegada de una nueva forma de arte personalmente invertida.

Steven destaca que fue el álbum Rubber Soul de los Beatles el que selló definitivamente este pacto con el arte. En este disco, el productor George Martin realizó un solo fantástico en "In My Life" que, aunque técnicamente no era un clavecín, sonaba como tal, inspirando a toda una generación a experimentar con sonoridades clásicas. A partir de ese momento, los jóvenes dejaron de "bailar los discos" para empezar a "escucharlos", un cambio de paradigma que Steven describe con humor como el inicio de un declive cuesta abajo hacia la intelectualización del ritmo.

Del Renacimiento a los Garajes de Michigan

El programa no solo se queda en la superficie de los años 60, sino que Little Steven profundiza en la historia del instrumento. Explica que la versión más antigua del clavecín vertical fue diseñada por Henry Arnold Dul alrededor de 1430 en los Países Bajos. Posteriormente, fue construido por Andreas Ruckers en Amberes en 1646 y perfeccionado por Pascal Tuskin en París en 1780. Steven bromea diciendo que figuras como William Byrd ya estaban "disfrutando de actos clásicos" en los años 60... pero de la década de 1560.

El relato histórico alcanza su punto álgido con Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, a quien Steven define como un hombre de clase trabajadora que veía su obra como algo funcional, sin saber que se convertiría en el compositor más dotado de la historia. Esta conexión entre la disciplina del oficio y el resultado artístico es una lección que Little Steven subraya: "cuida el oficio, que el arte se cuidará solo".

La huella de George Martin y los Stones

Uno de los momentos más destacados del programa es el tributo a George Martin, a quien Steven califica como el "mejor productor y arreglista de todos". Con un trasfondo en música clásica y grabaciones de comedia, Martin fue esencial para transformar el sonido de los Beatles, sugiriendo cuartetos de cuerda para "Yesterday" y arreglos que definirían el rock para siempre en temas como "Eleanor Rigby" y "Strawberry Fields Forever".

Por otro lado, Steven señala que The Rolling Stones abrazaron el clavecín como ninguna otra banda. Brian Jones fue el encargado de tocarlo en temas como "Lady Jane", mientras que el legendario Nikki Hopkins aportó su magia en "Dandelion" e "In Another Land". Esta sección del programa demuestra que el uso de instrumentos barrocos no era una moda pasajera, sino una expansión del lenguaje sonoro del rock.

Controversia y vanguardia: El caso de Janice Ian

Little Steven también rescata historias de valentía artística, como la de Janice Ian y su canción "Society's Child". Ian concibió el tema a los 12 años y lo publicó a los 14, enfrentándose a una gran controversia por tratar el romance entre una chica blanca y un chico negro. Muchas emisoras se negaron a pinchar el disco, y no fue hasta que Leonard Bernstein la presentó en televisión que la canción logró entrar en las listas en 1967, dos años después de su lanzamiento. La producción de Shadow Morton, quien cambió el título original ("Baby I’ve Been Thinking"), fue clave para que esta pieza de "pop barroco" con clavecín hiciera historia.

Nuevos talentos y el espíritu del Garage

Fiel a su misión de descubrir música, Steven presenta como la "canción más cool del mundo" de esta semana a "Big in Madrid" de Nick Piunti, procedente de Gross Aile, Michigan. El locutor destaca que, a lo largo de 15 años de programa, han introducido a más de mil bandas nuevas, manteniendo viva la llama del rock auténtico y la contracultura.

El programa concluye con el agradecimiento de Steven a su equipo, incluyendo a Dennis Mortonson, y a sus patrocinadores de siempre, los Hard Rock Cafes. Con su habitual despedida, "Ciao, baby", Little Steven cierra una emisión que no solo es una lección de historia de la música, sino un manifiesto sobre la importancia de mantener el espíritu anti-establishment y creativo en un mundo que a menudo prefiere lo previsible. Los oyentes de RockFM tienen una cita ineludible con este viaje por el tiempo donde el clavecín es el rey y el rock la religión.


domingo, 19 de mayo de 2024

BRIAN JONES, EL TALENTO OSCURO DE LOS STONES

Rafa Cervera

Valencia Plaza, 19/05/2024

Brian Jones no fue el primer difunto célebre del rock, pero como sí que fue la primera estrella musical que falleció cuando la era pop estaba en su apogeo, su muerte tuvo algo de premonitorio. De hecho, se puede decir que la muerte de Jones fue la primera señal del declive del poder mágico de los años sesenta. Aunque ya no formaba parte de los Rolling Stones, que le echaron del grupo porque su estado mental y su dependencia de las drogas le habían convertido en un lastre, Jones todavía conservaba el prestigio de haber pertenecido a los Stones cuando murió ahogado en su piscina, el 3 de julio de 1969. Se habló entonces de conspiraciones –en aquella época los Stones eran perseguidos por políticos y jueces, que veían en ellos un pésimo ejemplo moral- para quitarlo de en medio.  Una teoría un tanto absurda, ya que Jones nunca fue percibido como el stone más pernicioso para la sociedad. Hasta ahora nadie ha logrado demostrar que su muerte no fuera consecuencia de otra noche de drogas y alcohol. Más revelador resulta el que Brian Jones nunca haya sido recordado con excesivo cariño por sus excompañeros. 

Amante y estudioso de las músicas afroamericanas, Brian Jones comenzó tocando jazz para luego caer rendido ante el blues. El rhythm & blues le inspiró un estilo de vida que abrazó con intensidad y de cuyo fervor se beneficiaron otros dos jóvenes fans del género, Mick Jagger y Keith Richards. Jones era el músico más dotado de aquellos recién nacidos Rolling Stones que debutaron en 1962 y también estaba convencido de las posibilidades comerciales de su música favorita en un territorio tan blanco como Inglaterra. No se equivocó. Hasta que Jagger y Richards tomaron el poder componiendo los temas originales una vez se dieron cuenta de que no podían vivir de versiones, él llevó las riendas del grupo. También tenía una imagen deslumbrante, por lo que las cámaras de los fotógrafos se fijaron sobre todo en él durante los primeros meses del grupo. El éxito no logró acallar su furia interior, la misma que le había perseguido en el pasado, desde que sus padres le echaron de casa por comportarse como un delincuente. Intentó sanar sus heridas con la música. A consecuencia de eso, la música abrió nuevas heridas.

Para Eddie Kramer, ingeniero que trabajó con los Stones y con Hendrix, Jones fue el miembro musicalmente más completo de la banda. Suyos son los arreglos instrumentales que embellecieron las canciones del grupo que fueron, una tras una, subiendo a los primeros puestos de las listas. La marimba de “Under My Thumb”, el sitar de “Paint It Black”, el dulcémele en “Lady Jane”, el mellotron de “We Love You”. La innovación sonora y el aura pop del sonido stoniano pasaban por Jones, algo fácil de comprobar, teniendo en cuenta que, una vez expulsado del grupo, sus excompañeros se ciñeron a los esquemas del rock y el blues. Jones también poseía un enorme magnetismo. Su melena rubia y sus atuendos a partir de la época psicodélica, cuando abandonaron los botines puntiagudos, los pantalones pitillo y las camisetas a rayas en pos de prendas más sofisticadas y exóticas, hicieron de él la estrella del rock más exótica del Swinging London. Jones, al igual que Jagger, era un personaje lleno de ambigüedad, pero solamente se sentía sexualmente atraído por las mujeres. Una cosa más en la que llegaba a hacerle sombra a Jagger.

Unas fotos de 1967 en las que aparece acompañando a Nico en el Monterey Pop Festival los muestran más como hermanos gemelos que como los amantes que fueron. Jones ayudó a Nico en su primer single, grabado en 1965, un año antes de que volara a Nueva York y se convirtiera en miembro habitual de la Factory y cantante de The Velvet Underground. Tal como describió ella la relación que mantuvieron, Jones fue un maltratador. A pesar de todo, Nico mantuvo amistad con él una vez rompieron. De su mano, estuvo presente en la inauguración de Paraphernalia, la primera boutique mod que se abrió en Estados Unidos. En Nueva York hizo amistad con Warhol, Dylan y Kenneth Anger, y se convirtió en una celebridad por su cuenta y riesgo. Para el crítico de rock Nick Kent, Jones fue la quintaesencia de la estrella pop: “Era un chico que resultaba tan atractivo como las chicas y era el creador de su propia imagen, él elegía lo que llevaba, no había nadie detrás aconsejándole”. Esa imagen de pavo real psicodélico alcanzo su apogeo cuando conoció a la actriz Anita Pallenberg, con la que también mantuvo un sonado idilio. Ambos se retroalimentaron a la hora de cultivar una imagen exuberante que los representara, y eso hizo de ellos una especie de pareja sagrada en la sociedad elegante inglesa. Cuando ella lo dejó para irse con Keith Richards, hubo quien vio en aquello un acto de justicia poética. Pallenberg era una mujer fuerte que le dio su merecido al novio maltratador que se comportaba como un psicópata con muchos de los que le rodeaban. Nunca se recuperó de aquel golpe y su declive comenzó a partir de ese episodio.

Después de que en 1967 Jagger y Richards se libraran de ir a prisión por acusaciones de tenencia de drogas, la policía británica centró su atención en Jones, cuyo comportamiento errático le convertía en una víctima fácil. En mayo de ese año, Jones fue acusado de tenencia y consumo de cannabis. Se le obligó a ingresar en una clínica psiquiátrica, de la que salió para grabar el vídeo de “We Love You”. Se dice que el vídeo fue censurado por la BBC a causa de las referencias al acoso judicial que había sufrido el grupo, pero el verdadero motivo fue el aspecto de Jones, que aparece completamente ido y con un aspecto lamentable. Lo que vino después no ayudó a mejorar la situación. Jagger se erigió en el hombre de negocios de los Stones mientras que Jones, devorado por la droga y el alcohol, se quedaba dormido en el estudio. “Llegó un momento en el que ni siquiera aparecía, y ya sabemos lo que ocurre cuando alguien deja de ir al estudio”, comentó años después Charlie Watts. Brian Jones se convirtió en un espectro en su propio grupo. En 1968 se produjo una segunda detención, de nuevo producida por la tenencia de drogas, que estuvo a punto de llevarle a la cárcel. Para entonces, la brecha que le separaba de sus compañeros de grupo ya era insalvable. Cuando los Stones supieron que los problemas de este con la justicia les impedían ir de gira a Estados Unidos, tomaron una decisión. El 14 de junio de 1969 se hizo público que ya no era parte del grupo y que los sustituía un joven guitarra llamado Mick Taylor. Jones declaró que no estaba a gusto con la dirección musical que había tomado la banda y que se iba a centrar en hacer su propia música y en crear su propio grupo. El 3 de julio aparecía muerto en su piscina. Los Stones le dedicaron su actuación en Hyde Park dos días después, antes 250.000 personas. Jagger leyó un poema de Shelley y se liberaron 3000 mariposas en su recuerdo, muchas de ellas cayeron inmediatamente al suelo, muertas a causa del calor. Hay quien vio en aquel detalle una metáfora de aquella triste historia.


viernes, 3 de septiembre de 2021

IN MEMORIAM: CHARLIE WATTS

Emilio de Gorgot

Jot Down, agosto 2021



Permitan que les hable de Victor Wooten. Muchos de ustedes ya sabrán quién es, pero para aquellos que no, lo presento: Victor Wooten es uno de los mejores bajistas del mundo. Un virtuoso, un genio. Procede de una familia donde cada miembro dominaba un instrumento, y lleva tocando desde que se andaba en pañales. Es capaz de hacer cualquier cosa concebible con ese instrumento, ya sea tocar cosas muy complicadas usando técnicas que lo dejan a uno boquiabierto, o tocar cosas sencillas con una sensibilidad exquisita. Domina el ritmo como se espera de un bajista de primera clase, pero eso no le impide dominar también las melodías y las armonías como si fuese un pianista.

Wooten es una bendición para quienes apenas sabemos música. Es un fantástico orador con el poder de resumir la esencia de la música en unas pocas frases, y escucharlo hablar sobre música es tan hipnótico como verlo tocar. No se anda por las ramas, y sus consejos musicales (por ejemplo: «Nunca pierdas el compás intentando encontrar una nota») son tan directos y pragmáticos como los de Thelonious Monk en su día, y sirven no solo para quienes tocan un instrumento, sino para que los oyentes tengan una idea de dónde buscar la calidad de los músicos. Wooten posee un instinto didáctico envidiable y suele citar una idea Albert Einstein: si no eres capaz de explicar algo con sencillez, es que tú mismo no lo entiendes. «¿A qué viene todo esto en un texto de homenaje a otro músico?», se estará preguntando usted. Pues bien, voy a tratar de explicar por qué en mi cabeza tiene sentido. Cuando he sabido de la muerte de Charlie Watts, lo primero que me ha venido a la mente, además de un luctuoso ensombrecimiento, ha sido una pequeña perorata que Victor Wooten pronunció sobre la clave para que la música llegue a los oyentes:

Maya Angelou dijo que las personas no recordarán lo que dijiste, no recordarán lo que hiciste, pero sí recordarán cómo las hiciste sentir. La música no es diferente. Si puedo atraparte mediante el sentimiento, ya te tengo, y puedo conseguir que escuches para llevarte hacia donde están las cosas buenas. El sentimiento es la clave. Tú naces teniendo sentimientos y morirás teniendo sentimientos. Los sentimientos no son algo que necesitas aprender; son otro lenguaje universal: el amor, el odio, los celos. Nadie ha aprendido esos sentimientos, no son dependientes de la cultura. Sentimos cosas en todas partes y en todo momento. Así que, cuando eres capaz de llegar al oyente con un sentimiento, puedes tocar con menos técnica pero acabas tocando más música. Si B. B. King se presentase a un concurso de guitarristas bajo los estándares de hoy día, ni siquiera sería admitido, ¿verdad? [En un concurso se trata de] cuánta teoría sabes, cuántos acordes tocas. B. B. King tocó las mismas cinco notas durante sesenta, setenta años. Pero tus abuelos y tus nietos conocen el nombre de B. B. King. Esta pasada Pascua perdimos a Allan Holdsworth. Impresionante músico. Pero tu madre no sabe quién es Allan Holdsworth, ni tampoco lo saben tus hijos. Todo el mundo sabe quién es B. B. King. Deduce por qué. Y, después, toca de esa misma manera.

Mejor que ninguna otra cosa, estas palabras me hacen entender cuál es la conexión que mucha gente siente con Charlie Watts. En los ya antediluvianos tiempos del cassette, la segunda cinta de música que tuve en mis manos fue el directo Still Life de los Rolling Stones, cuyo efecto fue tan mágico como el de la primera, una recopilación de canciones de rock & roll de los cincuenta y principios de los sesenta que mi madre, con un infalible instinto, me regaló diciendo: «Esto te va a gustar». Y ya saben que las obsesiones musicales de la infancia no solamente duran hasta la adolescencia, sino que ya nunca se olvidan. Recuerdo perfectamente la sensación que me producía la presentación del concierto, mientras sonaban por megafonía unos breves compases de Take the A Train de Duke Ellington (¡Tardé años en poder escuchar la pieza completa!), y el invariable escalofrío cuando los Stones empezaban a tocar «Under my Thumb». No importa lo maravillosa que sea, que lo es, la versión en estudio de la canción. La versión del Still Life siempre será la que ponga los pelos de punta.

Gracias a aquella cinta, los Rolling Stones de 1981 fueron el primer grupo de quien podía citar todos los miembros. Aunque parezca mentira, ni siquiera conocía los nombres de los cuatro Beatles a quienes, de hecho, no había escuchado, o no había sido consciente de escucharlos. Y la batería de Charlie Watts fue la primera que pude asociar a un nombre y un estilo concretos. Fue el primer tic-tac reconocible de mi infancia como oyente. Charlie tenía una manera de tocar sencilla y asequible que, como dice Wooten, apelaba al sentimiento. Y eso es justo lo que necesita un niño cuando está aprendiendo a escuchar. Su estilo también era lo que necesitaban los Rolling Stones. Aunque el virtuosismo instrumental es admirable, no es la única herramienta admirable que puede poseer un músico. En especial cuando hablamos de grupos de rock, que son entidades musicales generalmente fundamentadas en la casualidad y la química: cuatro o cinco jóvenes de una misma zona empiezan a tocar juntos y crean un sonido que, a diferencia del de las orquestas sinfónicas, suele distar de ser perfecto. Pero es un sonido único en el que algunos miembros se vuelven sencillamente insustituibles. No porque cambiando de miembros los resultados vayan a ser peores. En realidad, los discos de los Rolling Stones tienen varias canciones clásicas donde la batería no la toca Charlie Watts: «It’s Only Rock ‘n Roll», «You Can’t Always Get What You Want», «Happy», la parte final de «Tumbling Dice». No es fácil percatarse porque las pocas veces que ha sido sustituido, los sustitutos han imitado su estilo.

Lo importante son las canciones en las que sí está, y la manera en que ha contribuido a construir el inconfundible sonido de los Stones. La música de los Rolling Stones nace normalmente, aunque no siempre, de los riffs de guitarra de Keith Richards. Acostumbran a ser fraseos cortantes, muy rítmicos, muy afilados. Cuando los has oído una vez, ya nunca confundirás esas canciones con otras. Los tres primeros segundos de «Rocks Off» sirven para que cualquier fan salte de la silla y reconozca la canción. En eso consiste el genio de Richards, una fábrica andante de frases memorables. Alguien como Richards necesita un batería que sepa leer esos fraseos. Una de mis canciones favoritas de los Stones es «If You Can’t Rock Me», donde los Stones suenan tan Stones como es posible concebir. De nuevo, un seco riff de guitarra es la parte reconocible, pero la canción se edifica sobre el ritmo simple —y nada seco— de la batería de Charlie. Y, ¿los últimos cuarenta segundos? Son Charlie y nada más que Charlie. Hace justo lo que tiene que hacer para crear tensión, y hace justo lo que tiene que hacer para liberarla (minuto 3:25). Hace un pequeño redoble, cambia la manera de tocar y eleva la canción a un nuevo nivel justo antes de que esta termine. Y el oyente lo siente; no sabe por qué, pero lo siente.

La cuestión de la técnica daría para discutir en otro momento, pero siempre me ha molestado que alguien pueda menospreciar la forma de tocar de Watts por el hecho de que Watts no fuese capaz de ejecutar determinadas virguerías. Y ojo, soy el primero que disfruta con los baterías muy técnicos como Neil Peart, con los baterías apabullantes como John Bonham, y no digamos con los baterías salvajes y excesivos como Keith Moon. Pero estos no serían buenos baterías para los Rolling Stones aunque técnicamente posean más recursos que Charlie Watts. Un virtuoso circense en los Rolling Stones tendría tanto sentido como Yngwie Malmsteen tocando escalas veloces en lugar de los hachazos breves de Keith Richards. Y así como Richards siempre ha sido el cerebro de la banda, Watts era el corazón. Era un batería jazzy, no al modo de Buddy Rich, desde luego. Y ni falta que hacía. Es como cuando alguien hace de menos a Ringo Starr: si Stewart Copeland y Dave Grohl dicen que Ringo es grande, es que Ringo es grande y punto. Del mismo modo, si Chad Smith o Stephen Perkins tratan a Charlie Watts como un maestro, es porque Watts es un maestro, y punto. Como he dicho más de una vez, no me hagan caso a mí, hagan caso a los músicos.

Del antiguo swing, Watts heredó la elegancia, la discreción y la capacidad para poner acentos en el momento indicado. Basta escuchar la música que tanto lo influyó para entender su filosofía. No se trata de cuántos golpes por minuto se hacen, sino de hacer los golpes que demanda la música de los compañeros. Y esto es algo que Watts hacía a la perfección. Lo único es que él lo hacía en la música rock, consiguiendo que los Stones sonasen diferentes a muchas otras bandas cuyos baterías solían provenir de un rhythm & blues más contundente. Con ese estilo tan suyo aprendimos muchos a escuchar, a mover la cabeza, a golpear el suelo con el pie. La cadencia de Watts nos es tan amada como lo que cocinaban nuestras madres y abuelas. Supongo que las madres y abuelas de ustedes, salvo alguna excepción, no eran chefs de restaurantes con estrellas Michelin. Y eso no significa que nos guste la idea de que Ferran Adrià venga y «deconstruya» nuestro potaje familiar favorito. Hay cosas que el exceso de afán técnico puede destruir. Y Charlie Watts es insustituible. Los restantes Stones tienen suficiente influencia (y dinero) como para fichar a alguno de los mejores baterías —en el sentido técnico— del mundo, y quizá lo hagan, pero dudo que haya algún batería que sienta que de verdad puede ponerse los zapatos de Watts (como Watts tampoco se pondría los zapatos de ellos en otras bandas).

Otro ejemplo. No hay ninguna complicación en la batería de otra de mis canciones favoritas, «Stray Cat Blues». Pero es esa batería la que hace que la canción, cuya letra es bastante perversa de por sí, suene aún más perversa. La batería de Watts suena como una serpiente de cascabel, y ahí está el secreto del tema. Produce el efecto de un ritmo mortecino cuando, en realidad, no es una canción lenta. Apenas más lenta que, por ejemplo, «Another One Bites The Dust» de Queen. Velocidad similar, sensación muy distinta. Lo que Watts toca no es técnicamente difícil; no sé nada sobre tocar la batería, pero imagino que es sencillo de reproducir. Cosa distinta es que otros baterías capten ese sonido reptiliano o, más bien, que sepan sustituirlo con algo mejor. «Stray Cat Blues» también es una de las canciones favoritas de dos insignes fans de los Stones, Johnny Winter y Chris Cornell, quienes hicieron sus propias versiones. Matt Cameron, el por otra parte extraordinario batería de Soundgarden, no reprodujo el ponzoñoso siseo de Watts y por ello la versión de Soundgarden no suena tan retorcida. Johnny Winter fue más astuto; aunque su batería de entonces, Richard Hughes, tenía un estilo muy diferente al de Watts, Winter ralentizó su versión para conseguir por otros medios un efecto similar. Las versiones de Winter y Soundgarden me gustan mucho, ambas, pero no tienen la serpiente de cascabel, que es lo que esta canción, que habla de depredación, necesita:

En fin, hay muchos (¡muchos!) otros ejemplos, y siempre así de sutiles, de por qué Charlie Watts era tan importante para el sonido de los Stones. En las canciones más conocidas, y en las menos. Tomemos una canción solitario de Keith Richards con su banda X-Pensive Winos, «Take It So Hard» (¿La mejor canción en solitario de Richards? ¡Voto que sí!). Empieza con uno de esos riffs de guitarra tan increíblemente reconocibles, pero pronto se echa algo de menos. Y ojo, el batería, Charley Drayton, no es un cualquiera; de hecho ha trabajado con una imponente lista de grandes nombres. Pero falta ese indefinible toque swing de Watts, esos detalles que no están en el sitio donde los pondría otro batería. Supongo que lo que intento decir es que, por mucho que nos duela, no habrá Stones sin Charlie Watts. Habrá, si lo hay, algo parecido a los Stones. Pero será como si alguien se empeña en cambiarle las especias al guiso favorito de nuestra madre. No va a funcionar. Cuando uno ha crecido amando algo, no hay manera de mejorarlo. Que Mick Jagger y Richards sigan haciendo música juntos me parecerá genial, pero, aunque duela pensarlo, oficiosamente, al menos para mí, con Watts han muerto los Stones.

Crean que soy el último interesado en un mundo sin los Rolling Stones, pero así de cruda es la realidad. Cuando uno crece acostumbrado a escuchar sonar ese platillo en los Stones, quiere ese platillo en los Stones, y ya no le sirve otro. Te echaremos de menos, Charlie.

sábado, 24 de abril de 2021

ARTE POP, TRANSGRESIÓN Y ROCK AND ROLL: A 50 AÑOS DE STICKY FINGERS DE LOS ROLLING STONES

Marianela Insua Escalante

Infobae, 23/04/2021

La eternidad de la gran banda británica en diez canciones que se convirtieron en clásicos imprescindibles



La lengua, la bragueta, Andy Warhol, las canciones más lindas del mundo y una banda que estaba de luto, pero que no se había enterado. Sticky Fingers es el disco que los Rolling Stones eligieron para recuperarse de la muerte de Brian Jones, y lo hicieron con creces. Lograron un disco honesto, sensible, brutal. Mick Jagger, Keith Richards, Bill Wyman, Charly Watts y Mick Taylor consiguieron, también, juntar diez de las canciones que los iban a acompañar toda la vida.

En menos de una hora de música hay rock, blues y country, que atraviesan una decena de temas perfectos y diferentes entre sí. Brian Jones había muerto en junio de 1969 y para abril del 71 los demás se estaban despachando con esto. En el medio también habían superado la tragedia y el escándalo del festival Altamont Speedway, donde la banda misma había producido aquel evento enorme que concluyó mal. La seguridad estaba a cargo del grupo de motoqueros Hells Angels, quienes manejaron el asunto a las trompadas y terminaron matando a puñaladas a un joven afroamericano en un confuso episodio. La época de los pies descalzos y la inocencia habían terminado para los Stones, entraban en una nueva era un poco más oscura y madura. Esta transición queda plasmada en Sticky Fingers.

En cuanto al escenario administrativo, habían completado su contrato discográfico con Decca y empezaban a pensar en tener su propio sello, en alejarse de su ex manager Allen Klein, y en resolver sus problemas con el fisco en Gran Bretaña. Venían de Let It Bleed (1969), otro gran disco, y necesitaban mostrar algo más, algo mejor. Así fue como invirtieron un montón de dinero y trabajaron durante más de un año en la preproducción y su posterior grabación. Para esta tarea, confirmaron la presencia de Mick Taylor, que ya había empezado a colaborar un tiempo antes, y que les dio el equilibrio que necesitaban después de la muerte de Brian Jones.

Richards lo valoró enseguida y supo que Taylor era un gran activo para la banda. En su libro autobiográfico “Life”, el guitarrista escribió: “El hecho de que Mick Taylor estuviera en la banda en esa gira del 69 ciertamente selló a los Stones de nuevo. Así que hicimos Sticky Fingers con él. Y la música cambió casi inconscientemente. Escribes con Mick Taylor y tal vez sin darte cuenta, sabiendo que él puede pensar en algo diferente, terminas consiguiendo lo que él propone. Algunas de las composiciones de Sticky Fingers se basaban en el hecho de que sabía que Taylor iba a sacar algo grandioso, realmente he disfrutado hacerlo con él”.

Pocas personas han llegado a tener charlas tan profundas y sinceras con Mick Jagger como Jann Wenner, el cofundador de la revista Rolling Stone. Fue a Wenner a quien le blanqueó, en una serie de encuentros que tuvieron a mediados de la década del 90, cómo compuso “Brown Sugar”: “Escribí esa canción en Australia en medio de un campo. Eran circunstancias realmente extrañas. Estaba haciendo la película Ned Kelly, y mi mano se había dañado mucho en una secuencia de acción. Fui tan estúpido. Estaba tratando de rehabilitar mi mano mientras probaba un nuevo tipo de guitarra eléctrica, así fue como comencé a tocar y escribí esta melodía”.

En Sticky Fingers también hay lugar para la balada rockera y ahí llega “Wild Horses”, un temazo con melodía de Richards y letra de Jagger. “Dead Flowers” es lo más americano que se puede escuchar de estos británicos en un disco que ya de por sí no tiene nada de europeo. Las raíces del blues se mezclan con el folk una y otra vez sonando más cerca de los campos de algodón del estado de Mississippi que de la flemática Londres. “Me encanta la música country, pero me resulta muy difícil tomármela en serio. En cuanto a lo armónico es muy diferente al blues”, le dijo Mick a Wenner sobre “Dead Flowers”.

En esa misma entrevista, el stone también se animó a hablar de Marianne Faithfull y su relación con la autoría de “Sister Morphine”: “Escribió un par de líneas, aunque siempre dice que lo escribió todo. Ni siquiera puedo decirte cuáles. Ella siempre se queja de que no obtiene suficiente dinero con eso. Ahora dice que debería haberlo conseguido todo”. Después de ser bastante duro con quien fuera su pareja, Jagger aclaró que el tema “se trata de un hombre después de un accidente, no se trata tanto de ser adicto a la morfina”. “Brown Sugar” sí habla abiertamente de la heroína, así como también se refiere al sexo y a la esclavitud, un combo de temas fuertes para una melodía igual de shockeante.

El álbum de 10 temas incluye, además, “Sway”, “Can’t You Hear Me Knocking”, “”You Gotta Move”, “Bitch”, “I Got Blues” y “Moonlight Mile”.

Sticky Fingers se lanzó el 23 de abril de 1971 y fue un éxito inmediato: llegó al puesto número 1 en Europa y los Estados Unidos y logró llamar la atención no solo por la música, sino también por su arte. La tapa del disco no tenía la foto del grupo, tampoco la torta lisérgica del álbum anterior, sino que apuntaba directamente a los bajos instintos. La tapa de Sticky Fingers era el vivo retrato de una bragueta de varón, una entrepierna ajustada y sugerente. La idea fue del genial artista Andy Warhol que captó en una imagen el concepto de los Stones: eran una banda sexy.

El long play original se convirtió con los años en un objeto de culto, ya que incluía un cierre y una hebilla de cinturón que se abría de verdad. Debajo aparecían unos calzoncillos de algodón. Nunca se había visto algo así y este golpe de marketing sumado a la calidad musical logró que el lanzamiento se convirtiera en un suceso mundial. Cuando años más tarde le preguntaron a Jagger si el trasero que ilustraba la contratapa era suyo, solo respondió que no, era de un amigo de Warhol.

Algunos coleccionistas argentinos aseguran que, en nuestro país, el disco venía con una calcomanía de la marca de jeans Levi´s, como parte, quizá, de una campaña promocional. En países como España, por ejemplo, la portada original fue directamente censurada por el gobierno del dictador Francisco Franco. En lugar de la bragueta, en la tapa de la edición española de Sticky Fingers se puede ver una lata de la que salen dedos, diseñada por John Pasche junto con Phil Jude. Aunque a la imagen se le pueda atribuir el juego de palabras de los “dedos pegajosos”, causa cierta impresión si se tiene en cuenta el periodo por el que estaba pasando el país. Las muertes y las torturas fueron moneda corriente durante el franquismo, y dejaron un saldo de 140 mil víctimas, según las cifras que los historiadores de ese país barajaron en los últimos años.

El álbum también estrenó el logotipo de la lengua como parte de la presentación en sociedad de Rolling Stone Records. Los labios más famosos del mundo habían sido diseñados originalmente por John Pasche en 1970, después de que Jagger le sugiriera copiar la boca con la lengua afuera de la diosa hindú Kali. Por suerte, Pasche fue más allá y logró el distintivo stone que perdurará por siempre, como las canciones de Sticky Fingers y las ganas de volver a escucharlas, aunque pase otro medio siglo.