domingo, 15 de febrero de 2015

LOS BRAVOS: EL PRIMER GRUPO ESPAÑOL QUE REALMENTE ROMPIÓ FRONTERAS

Roberto Macho
La Fonoteca, 13/08/2009


Con solo oír mencionar a Los Bravos nos viene instantáneamente a la cabeza un ritmo obsesivo marcado por el bajo y la batería y al que poco a poco se van sumando el resto de instrumentos hasta que una voz nos dice aquello de “Black is black / I want my baby back / It's grey, it's grey / since she went away”. Para bien o para mal, Los Bravos siempre serán asociados a una canción, a esta canción. Para nosotros fueron el primer grupo nacional que rompía fronteras y conseguía llegar a los puestos más altos en las, hasta esos momentos, impenetrables listas británicas y estadounidenses; para los ingleses Los Bravos no serían más que el típico grupo One Hit Wonder, ya que su fama mundial solo se debe a esta canción; pero no adelantemos acontecimientos...

Para encontrar los orígenes de Los Bravos hay que situarse en un día de 1965 cuando en la discoteca madrileña Jaima se encuentran el grupo madrileño Los Sonor y el mallorquín Mike & The Runaways. El grupo nace de la fusión de ambas formaciones, así de los antiguos Los Sonor son el guitarrita Antonio Martínez y el teclista Manolo Fernández, y del grupo balear el cantante Michael Volker Kogel, más conocido como Mike Kennedy, el bajista Miguel Vicens y el batería Pablo Sanllehí. En sus primeros bolos juntos siguen conservando el nombre de Los Sonor hasta que en uno de ellos les ve un antiguo componente del grupo; era Manolo Díaz, que en esos momentos trabajaba en el departamento de promoción del sello Columbia. Manolo piensa que con una buena campaña pueden tener posibilidades de éxito y para ello habla con el afamado productor Alain Milhaud. Este les fue a ver en un concierto y automáticamente les quiso contratar; a pesar de algunas reticencias iniciales el grupo acepta. Como Alain Milhaud no quería repetir experiencias pasadas con otros grupos, les hizo firmar un contrato en el que ejercía un poder absoluto en las decisiones del grupo, desde la actividad discográfica, a la indumentaria, pasando por las entrevistas y el empleo del tiempo libre, nada tenía que dejarse al libre albedrío. Antes de poder firmar tenían el problema de que todavía tenían contrato en vigor con el sello Philips, pero estos, al enterarse de la contratación de Mike y del abandono del grupo de los temas instrumentales, rompieron el contrato y el grupo obtuvo la carta de libertad.

La compañía les lanzó como Los Nuevos Sonor, pero sabían que con ese nombre no iban a ningún lado y pronto decidieron cambiarlo. Para ello, a raíz del lanzamiento del que sería su primer single “It’s Not Unusual / No Sé Mi Nombre” (Columbia, 1966), y aprovechando el nombre de la que sería su cara B, organizaron un concurso para que los fans les bautizaran. Hasta aquí todo parece nada más que una campaña publicitaria de lo más normal pero no era así. Antes de todo esto Milhaud había ido con un acetato -un disco que sólo se podía poner unas 4 ó 5 veces antes de que fuese inservible- a la Cadena SER para ponérselo a Tomás García Blanco, director del programa El Gran Musical. A Tomás les gustó y entre ellos decidieron organizar toda la parafernalia correspondiente para hacerles publicidad. En realidad el nombre ya estaba decidido de antemano, Manolo Díaz fue su ideólogo y a todos les gustó; Los Bravos sonaba y se escribía de igual modo en diferentes idiomas. Para que todo fuese “legal”, Manolo mandó la postal para que fuese elegida. Pero esto no era el final sino el principio de toda la operación publicitaria que tenían pensado: para su presentación oficial se decidió hacer una edición especial de El Gran Musical en el Teatro de la Zarzuela en la calle Jovellanos, siendo la primera vez que este teatro se abría a un grupo pop. Y para rematarlo la cadena SER retransmitiría en directo el recital. Fue un gran éxito e hizo que la industria musical se diese cuenta del poder de comunicación de los medios radiofónicos.


Milhaud estaba satisfecho con el impacto inicial que tuvo el grupo pero quería más, veía que el grupo podía ir más allá e intentar el triunfo internacional, pero para intentar semejante locura primero tenía que convencer a los altos directivos de Columbia España. Si bien Enrique Inurrieta era reticente, la amistad que tenía Milhaud con el otro directivo, Augusto Algueró, le valió para emprender la aventura. Así los tres viajaron a Londres para entrevistarse con los mandamases del sello Decca. Estos a su vez les recomiendan que hagan una visita a una mansión situada en Park Lane. Allí estaba situada la sede administrativa de Radio Caroline, radio pirata que transmitía desde un barco en el Canal de la Mancha. Se entrevistaron con Phil Solomon que después de escuchar un poco del acetato que llevaban les dijo que con esos temas no iban a triunfar allí pero que había algo que le convencía y llegaron a un acuerdo. Envió un arreglista a Madrid con algunos temas, se escogieron unos cuantos y viajaron a Londres para grabarlos. Si la producción era buena, nada más y nada menos que Decca los publicaba en el Reino Unido y Radio Caroline los emitía, aunque todos los gastos corrían por cuenta de Columbia.

Poco tiempo después viajó a Madrid Ivor Raymonde, el arreglista prometido con una treintena de temas de los cuales en una primera criba “Black is black” se quedaba fuera, pero Milhaud y Raymonde la incluyeron a pesar de que al grupo no le parecía nada del otro mundo. Viajaron a Londres para grabar los diferentes temas, pero solo grabaron Mike en las voces y el resto del grupo en los coros. Los instrumentos fueron tocados por músicos profesionales del sindicato inglés. Era una práctica habitual en la época, hay que recordar que los primeros en romper con esta práctica fueron Los Brincos. Además que dicho sindicato no permitía que su gente tocara con otros musicos que ellos no consideraban a la altura.


El resultado final fue un éxito total, “Black is black” fue número uno en España durante doce semanas, llegó al número dos en las listas inglesas de singles y al número cuatro en la Billboard estadounidense. Pero lo que parecía el despegue de una impresionante carrera musical internacional no fue más que un leve fogonazo: para su segundo single en el mercado inglés se presionó para que fuera el tema “I don’t care”, canción compuesta por el A&R de Decca y el arreglista Ivor Raymonde que alcanzó el puesto decimosexto más por la inercia del “Black is black” que del tema de por sí. Para Estados Unidos se eligió “Bring a little lovin’”, gran canción compuesta por The Easybeats, pero a pesar de que tuvo un relativo éxito la gira acabó por sepultar todas las esperanzas del grupo; sirva como ejemplo que en Turquía tuvieron que salir escoltados del local debido al lamentable aspecto con el que salió Mike a cantar gracias a ciertas sustancias alucinógenas proporcionadas por un taxista y que en Estados Unidos estuvieron a punto de cancelarla porque Mike no se quería vacunar -algo imprescindible para entrar en el país-. Al final aceptó, pero lo que mal empieza mal acaba, y esta no iba a ser la excepción.

Durante este tiempo en España mantuvieron su fama y popularidad, ya se encargaba Milhaud de que eso fuera así; para ello se hacía valer de cualquier arma a su disposición como para el lanzamiento del single “La Moto / La Primera Amistad” (Columbia, 1966).“La moto” era un tema compuesto por Manolo Díaz que en un principio se lo había cedido a Los Pasos, pero Milhaud presionó para evitar que lo grabaran antes que Los Bravos ya que la legislación vigente en la época permitía al autor impedir la primera publicación de una canción, si bien perdía ese derecho una vez editada por cualquier artista. Al final Los Bravos la lanzaron en primer lugar y se llevaron la batalla editorial ya que el single alcanzó el número uno de las listas de éxitos nacionales. Para completar un ajetreado año lanzaron su primer álbum, el homónimo “Los Bravos” (Columbia, 1966), con los temas que grabaron en las sesiones londinenses del grupo y que contenían la mayoría de éxitos que habían cosechado durante ese mismo año.



Al año siguiente les invitan a participar en el festival de San Remo con la cara A del single “Une Come Noi / Don't Be Left Out in the Cold” (Columbia, 1966), pero en un festival predominantemente vocal un grupo poco tiene que hacer y se quedan fuera de la final. Pero ese año, aparte de intentar ganar festivales, también se dedicaron al cine, y es que el segundo disco de Los Bravos “Los Chicos con las Chicas” (Columbia, 1967) fue ideado para ser la banda sonora de su primera película “Los Chicos con las Chicas” (Javier Aguirre, 1967) y que fue rodada en los estudios de los hermano Moro. A pesar de que la película no destacara por su calidad fílmica, la misma fue un éxito en taquilla ya que ofrecía lo que querían los seguidores del grupo; eso, sumado al lanzamiento de su tercer EP, “Los Chicos con las Chicas” (Columbia, 1967), les mantuvo en la cima de popularidad ya que la canción que daba nombre tanto al disco como a la película fue su último número uno en las listas de éxitos españolas.

Esta no sería la única incursión en el mundo del celuloide de la banda, ya que al año siguiente rodarían “Dame un Poco de Amooor...!” (José María Forqué, 1968), película de aventuras con secuestros, chinos y un malvado que quiere dominar el mundo. Las canciones de la película fueron incluidas en el tercer álbum del grupo, “Dame un Poco de Amor" (Columbia, 1968). Eran tiempos felices para el grupo pero ese año, 1968, empezaría el principio del fin. En marzo de ese mismo año el teclista Manolo Fernández se casa con Lotty Rey y pocos meses después es Miguel Vicens el que contrae matrimonio. Tras esta celebración Manolo tiene un accidente de tráfico en el que fallece su mujer. Esto hace que entre en una profunda depresión de la que no saldrá ya que poco tiempo después se suicida.

Este suceso evitó que se hiciera una tercera película que ya estaba apalabrada, e incluso se había llegado a hablar con Manuel Summers para la dirección. La causa de su no realización fue una cláusula introducida por el propio Milhaud que el contrato quedaba rescindido en caso de separación voluntaria de uno de los miembros del grupo. Fue objeto de pleito judicial que desestimó la demanda del grupo ya que consideró el suicidio como acto voluntario de separación. Pero ese no fue su único paso por los juzgados ya que con el lanzamiento del single “Just Holding On / We'll Make It Together" (Columbia, 1968) también tuvieron problemas judiciales debido al uso de las medallas para confeccionar la portada.

Para sustituir a Manolo Fernández a los teclados encuentran a Peter Shelley, joven británico que había tocado con Chris Farlowe y The Thunderbirds o Terry Reid. Para intentar desviar la atención de la prensa sobre la muerte de Manolo, a Milhaud se le ocurrió organizar un concurso para averiguar el nombre del nuevo componente del grupo al estilo del que se montó para poner nombre al grupo. Para que todo funcione en las actuaciones de la banda aparece encapuchado para que nadie lo reconociese, pero aquí la jugada no salió nada bien. La prensa empezó a especular con que era el mismo Manolo el que tocaba los teclados y que en realidad todo lo de su suicidio era un montaje del sello. Esto hizo que mucha gente de las más altas instancias se cabreara, ya que en una España donde la Iglesia Católica mandaba -y mucho- el suicidio era algo innombrable y que se banalizara con ello peor aún. Al final se mostró quién era el joven debajo de la capucha y toda la campaña no hizo más que deteriorar la imagen de un grupo que no pasaba por sus mejores momentos. Peter fue despedido pocos meses después y se contrataría a Jesús Glück para sustituirlo.

En 1969 lanzan el que sería su cuarto álbum, “Ilustrísimos Bravos” (Columbia, 1969). Poco después de su lanzamiento Mike Kennedy abandona el grupo para intentar triunfar como solista. Para sustituirlo iniciaron un casting y apostando por la vía continuista eligieron al británico Robert Wright que no fue capaz de integrarse en el grupo: apenas duró seis meses y sólo grabo el single “Individuality / Viva la Vida” (Columbia, 1969). Robert sería sustituido por Andy Anderson, hermano de Jon Anderson, cantante del grupo Yes. Con su incorporación el grupo toma un camino musical diferente, dejan de lado el pop-rock para adolescentes y abrazan otros estilos como el funky o el rock progresivo que en esos momentos estaba teniendo auge en el underground español. Graban varios sencillos pero, a pesar de la calidad de algunos de sus temas, no consiguen convencer al sello para sacar un quinto álbum. De esta etapa destaca el single “People Talking Around / Every Dog Has His Day" (Columbia, 1970), con el que consiguen el primer puesto en el festival Barbarella mallorquín.



Tras la marcha de Andy del grupo, éste fue sustituído por Pedro Chaklat con el que Los Bravos grabarían un único single, "Welcome to Mars / Better Be You, Better than Me" (Columbia, 1973). Volverían a la carga con otro nuevo cantante, esta vez el elegido fue Henry Seür. Con el grabarían dos trabajos más, siendo el más destacable "Ma Marimba / Down" (Columbia, 1974), cuya canción titular es un tema vibrante y donde consiguen sonar frescos. Pero las ventas no son muy altas y el grupo decide disolverse.

Pero esta disolución tuvo un pequeño epílogo. Ya que poco después intentan relanzar el grupo con el single “Never, Never, Never / Hey Mama" (Columbia, 1976) bajo el nombre de Mike Kennedy y Los Bravos, pero no sirvió para nada más que para certificar la defunción del grupo.

El grupo posteriormente se ha reunido en multitud de ocasiones, para realizar giras, promocionar diferentes recopilatorios, etc. Se intentaron diferentes reunificaciones pero ninguna tuvo mucho éxito. Ya en el siglo XXI, ve la luz “The Return of the Midnight Storm" (Zyx, 2004), un disco con temas nuevos más diferentes versiones de su clásico “Black is black”, porque a pesar de que pasen los años hasta ellos mismo lo saben: siempre serán conocidos, para bien o para mal, por esa canción: “What can I do? 'cause I'm feelin' blue”.



lunes, 26 de enero de 2015

GENE CLARK Y "NO OTHER": ÉL ERA EL COSMOS

Enrique Martínez
Feedback-zine, febrero 2004


Si la industria discográfica, desde los lejanos tiempos del golpe de cadera de Elvis, ha avanzado a base de “hype” más o menos hueco (muchos dudaron de que debajo de los flequillos de los Beatles se escondiera algo de peso), después de largos años de reciclaje, modas caducas y revival más o menos disimulado, uno comienza a tener la impresión de que existe una nueva e insospechada forma de “hype”: el de las reediciones. Las maquinarias promocionales de las compañías comienzan a trabajar con sumo interés una parcela que durante años no pasó de ser un trámite sin mayor historia ni esfuerzo. Ahora todo se trata con mimo, las revistas musicales se pueblan de anuncios y comienzan a distinguir por un lado “el disco del mes” y por otro “la reedición del mes”. Y del mismo modo que se intenta promocionar nuevos artistas, ahora se pretende también rescribir la historia y crear nuevos clásicos. Discos más o menos enterrados, más o menos olvidados en su momento, y que se transforman por arte de transferencia digital y “liner notes” en los nuevos Santos Griales de eterna juventud.

En realidad el revisionismo reivindicativo viene de muy lejos, desde el momento en el que un enorme fracaso comercial se ha convertido con el tiempo en uno de los discos más influyentes de la historia, como puede ser el debut de la Velvet Underground. Y como la crítica musical siempre ha sido ese prodigio de ceguera colectiva que conocemos, es probable que en ocasiones crítica y público coincidiesen también a la hora de equivocarse. Por lo tanto, las oportunidades de rescate de grandes obras deben estar ahí. Frente a ellas siempre nos queda esa desconfianza casi innata ante los manejos de esta tramposa industria, que ha decidido que la relación inversión-beneficios siempre es una cuestión de escala y que así ha descubierto un nuevo filón debajo de sus propias dormidas (y doloridas) posaderas.


Todo esto viene a cuento para aclarar desde el principio que cuando servidor pase a glosar las excelencias del álbum que nos ocupa, lo está haciendo desde el espíritu crítico, dispuesto a desmarcarse de doctrinas oficiales si fuera el caso. Por eso si digo que “No Other” es una obra maestra perdida, un disco único en su especie, y que cualquier clase de alabanza sobrevenida que se haya podido leer u oír a raíz de esta nueva y exuberante reedición por Rhino, está sobradamente justificada, lo digo desde el convencimiento. Gene Clark, cuyo malogrado e inmenso talento debe ser ya conocido por todo seguidor de The Byrds, de los que fue su reticente líder y principal compositor en su primera etapa, es uno de esos genuinos malditos, uno de aquellos reyes exiliados que lo pudieron tener todo, y lo echaron a perder. Esa aura de malditismo que le ha acompañados sin embargo no ha resultado completa y suficiente, pues (duro como suena, es la verdad) no murió lo suficientemente joven ni dejó un tan bonito cadáver. Por lo que no ha alcanzado el “estatus” que otros compañeros generacionales de talentos similares (tal vez menores) como Gram Parsons, sí gozan.

Pionero del country-rock en sus primeros trabajos tras abandonar The Byrds, con los Gosdin Brothers, compositor luminoso, cantante excepcional, fue su propia incapacidad para adaptarse al negocio, y al estilo de vida insalubre que se cocía en las alturas del rock californiano, la que lastró y condenó finalmente su carrera. Por este accidentado camino fue dejando un selecto puñado de canciones y obras mayores, de las que una de las más extrañas y mejores es “No Other”. Clark, que no había conseguido arrancar su prometedora carrera en solitario tras abandonar los Byrds, recibió en 1973 la interesada ayuda de David Geffen. El avispado magnate, dispuesto a aprovechar su talento y la oportuna coyuntura de explosión del country rock californiano comandada por The Eagles y Jackson Browne, creía tener una carta ganadora entregando a Clark un presupuesto amplio y todos los medios del mundo. Así Clark se embarcó, con la asistencia de Thomas Jefferson Kaye, en la creación de una visionaria superproducción, en unas sesiones carísimas, sobrealimentadas de cocaína, y finalmente interrumpidas desde un sello, Asylum, que obliga finalmente a Clark a reducir el proyectado doble álbum a los ocho cortes publicados definitivamente.

A juicio de muchos entonces, debido al barroquismo extremo de “No Other”, en el álbum las cualidades de las transparentes melodías de Clark parecían perderse en el bosque de instrumentos y voces. Kaye y Clark se dejaron llevar sin ataduras, partiendo desde una acumulación de cuerdas, percusiones y primitivos sintetizadores Moog, que añadían aún más capas a una ya nutrida presencia de la flor y nata de los músicos de sesión americanos (Jesse Ed Davis, Leland Sklar, Butch Trucks, Russ Kunkel, Joe Lala, el Byrd Chris Hillman...) pasando por unos inopinados coros gospel sorprendentemente situados en canciones de country rock que por momentos cogen estratosféricos vuelos épicos, el disco era excesivo desde cualquier punto de vista. Aquello sonaba a una fusión incomprensible de country rock, pop psicodélico, soul e incluso funk y jazz eléctrico, envuelto todo en un dopado halo de misticismo Zen californiano. Auténtica música cósmica americana, en palabras de Gram Parsons. O el “Motown Cósmico” que afirmaban proyectar Kaye y Clark. Y ante la casi lógica renuncia del sello a gastarse un centavo más en promocionar aquel extraño artefacto, de extravagante portada colorista “Art Decó” y con Clark disfrazado de Rodolfo Valentino en la contraportada, “No Other” se hundió sin remedio en las listas, tal vez esperando mejor suerte en el futuro.


Llegado este momento actual de completa bonanza para todo aquello que huela a country rock, el gran álbum perdido de uno de sus ilustres pioneros se muestra finalmente como una de las obras más personales y distintas de la historia del género. Reeditado ahora con la compañía de las maquetas de la mayoría de los cortes del disco, algo que permitiría conocer definitivamente el sustrato oculto, y para algunos corrompido, de las canciones, “No Other” está así dispuesto para su reevaluación, y eventual rescate.

En un plano teórico “No Other” lo tiene todo en su contra. A primera vista es el producto arquetípico de una época tradicionalmente vista como nefasta. El final de la edad de oro de la contracultura y el comienzo del reinado de los dinosaurios, del aposentamiento en la F.M de una música cómoda, un nuevo “easy listening” que pacta con el sonido de la América más conservadora, el country, y sobrevive tranquilo así durante décadas ajeno a las modas. Y en ese contexto es en el que surge la nueva obra de una vieja gloria de los sesenta venida a menos, drogada y consentida en el estudio de grabación, en pleno ataque de dopado misticismo pre – New Age. De lejos, todo huele a podrido. Es por ello que la victoria artística que supone “No Other” resulte más increíble, y su carácter aún más personal.



Puede ser cierto que el sólido esqueleto de las canciones quede ahora verdaderamente de manifiesto en las versiones alternativas, mucho más desnudas, que Rhino nos ofrece en esta reedición. Pero, en realidad, no son superiores a las publicadas en su momento, sí acaso muchos más convencionales. Es verdad que la belleza inmaculada de unas melodías como las de “From a Silver Phial” o “Some Misunderstanding” no requieren más para brillar que lo que recibe en su resplandeciente demo. O que tal vez parte de la tensión instrumental que se capta en la de “No Other” esté ausente en la definitiva. Pero se me antoja que de haber optado Clark por este tratamiento más tradicionalista y conservador, “No Other” no pasaría de ser un disco excelente, pero para nada el objeto único que es. El hecho de que la producción (que llevó a considerar este disco como el “Sgt. Peppers” del country rock) consiguiese plasmar la escala cósmica a la que pretendía moverse Clark, es lo que convierte a “No Other” en una rara avis. Las canciones para Clark en la mayor parte de su carrera nunca fueron el problema, sino más bien el acabado producto de una caligrafía clara y redonda, de una voz nítida y siempre, por alucinada que pareciera, sincera. Transparencia íntima que estaba también presente en “No Other” para el que quisiera buscarla, sin tener que hacer tampoco demasiados esfuerzos.

El arrepentimiento de un Clark que, como Young reconoce haber estado orinando contra el viento (“Solía tratar a mis amigos como si fuera más que un millonario/ gastándome los grandes como si me los pudiera fundir/ pero lo que vuela alto con certeza tiene que bajar/ tan sólo sube la escalera y te dirigirán hacia abajo/ a la realidad de lo que estás haciendo”) presente en “The True One”, nos lleva a una visión escrutadora y poco indulgente de la realidad circundante. En “The True One” Clark trata de encontrar, de aprender a detectar la clase de amor que resuelva la parálisis vital que conllevan tantas preguntas sin respuesta.

Finalmente emerge así la respuesta que se lleva buscando. “Lady Of The North”, rescate de un viejo tema propio escrito a medias con su amigo Doug Dillard, plantea la desencantada hipótesis de que ese momento sublime que ha buscado en el nudo del disco, en realidad ya fue, y no se pudo (o quiso) retener. Fue aquel amor tan perfecto que alcanzó tintes místicos, y del que se nos canta en pasado. Aterrizamos así en la cruda realidad. Tal vez más sabios, pero no más felices.


Así encontramos en “No Other” el desconocido nexo de unión entre las sinfonías introspectivas de los grandes popes del soul de la época y aquella desacreditada escena country rock, heredera tanto del movimiento psicodélico y del folk rock de cantautor. Un extraño “What’s Going On” desde ese Laurel Canyon repleto de estrellas. Igual de místico y de visionario en lo sonoro, pero producto de una escena que, en sentido inverso a la de la música negra, había pasado de la reivindicación revolucionaria a un desencantado ensimismamiento, quemando billetes y enrollándolos, intentando así levitar para no pisar un mundo que no pudo cambiar. Un viaje de vuelta que se cruza con un viaje de ida. Y de aquél es un muy personal cuaderno de bitácora “No Other”.

Un disco tan único como su propio título indica, la clase de obra maestra que sale de debajo de la piedra más insospechada. Un disco que, y aquí nos ponemos solemnes y asumimos lo que decimos, debe estar desde ya en ese panteón de dolidas obras maestras rescatadas a destiempo. Allí, con todos los “Foreverchanges”, “Sister Lovers” y “Pink Moon” de este mundo. Donde habita la grandeza oculta del ser humano puesto en la estacada. Donde haber estado en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno se convierte en una circunstancia menor cuando se ha dejado una marca tan falsamente discreta como verdaderamente indeleble. Marca que espera que alguien, alguna vez, le preste la atención que siempre ha merecido. Ahora, ese alguien puedes ser tú.

sábado, 24 de enero de 2015

GENE PARSONS. “KINDLING” (1973). Un tesoro oculto del country rock



Gene Parsosns es conocido por haber sido miembro de la formación más tardía de los Byrds (cuando Roger McGuinn era el último "pájaro" original que quedaba) además de por haber ideado el "b string bender", un mecanismo para estirar la segunda cuerda de la guitarra eléctrica (en su caso una Fender Telecaster) y hacerla sonar como una pedal steel. De hecho, hoy día Parsons todavía ofrece sus servicios como luthier a través de su página web para instalar el ingenioso mecanismo en cualquier guitarra eléctrica o acústica (no es necesario que sea una Telecaster). Menos conocido  es el hecho de que grabara un disco en solitario que es un auténtico tesoro oculto del country rock.

Fender Telecaster con "b bender".

Mayormente un disco acústico, Kindling (o sea, "astillas"), que muestra a Parsons en el tajo cortando leña, representa la quintaesencia del folk rock americano. En él, Gene Parsons muestra sus habilidades como multi-instrumentista (toca la guitarra, el bajo, la armónica, el banjo, la percusión y además canta) a la vez que se lo pasa en grande tocando con algunos de sus amigos como Clarence White, también miembro de The Byrds (a la mandolina y la guitarra), o Gib Gilbeau (al violín y la guitarra rítmica), quien formaría con Parsons los Nashville West antes de que este último fichara por los Byrds. Y el resultado, como cabe esperar, es espectacular.



Probablemente la canción más memorable es la que abre el álbum, "Monument". "Monument" es una exaltación de las cosas simples y de la vida rural envuelta en atractivos rolls de banjo. El disco se desliza a terrenos más psicodélicos con el siguiente tema, la etérea "Long Way Back", una pieza de folk ácido adornada con la deslizante Telecaster con "b string bender" de Parsons. Con "Do Not Disturb" Gene vuelve al banjo esta vez tocado en el estilo más rítmico y primitivo, el clawhammer style, y añade al conjunto unos gorgoritos tiroleses. Con "Wiilin'" Parsons se adentra en el territorio de las baladas y demuestra que no se le dan nada mal los temas lentos. Repite la misma jugada con "I Must Be A Tree", donde hace sonar otra vez su gimiente Telecaster así como con el tema final,  "And Back Again", que tiene un aire a lo Chris Bell (Big Star), con un sintetizador de fondo y una mandolina que ponen el tema a punto de caramelo.


Algo más folclórica es "Take A City Bride", recreación de la música "cajun" de la Louisiana que, de hecho, es cantada parcialmente en francés. Es de suponer que su amigo "cajun" Gib Gilbeau tuviera algo con ver con ello. También tiene aires del bayou country "On The Spot", donde Parsons nos muestra sus habilidades con la armónica. Por su parte, "Banjo Dog", también instrumental, es una muestra de alegre bluegrass de los Apalaches interpretado con banjo, mandolina y violín. También es evidente el guiño al bluegrass en "Sonic Bummer", donde destaca el gran trabajo hecho con el violín por Gilbeau. Finalmente, "Drunkard's Dream", remite al honky tonk más hondo y sentimental, al estilo del gran Hank Williams.



Solo pondría una pega a esta colección de joyas del country rock: su corta duración. Y es que Los 27 minutos y 7 segundos que dura este LP le saben al oyente a muy poco. Y tras la primera escucha uno no puede por más que reproducirlo otra vez y otra y otra y otra...

lunes, 12 de enero de 2015

NORMAN BLAKE. "BACK HOME IN SULPHUR SPRINGS" (1972). Testimonio del virtuosismo de un "baroque hillbilly"


Nada que ver con su tocayo el cantante de Teenage Fanclub. El Norman Blake del que voy a escribir es norteamericano de Georgia y empezó su carrera musical a principio de los 70. Precisamente, Back Home In Sulphur Springs es su primer disco, un disco con un título que hace referencia a su lugar de nacimiento en el sur de los EE.UU. Habitualmente encasillado bajo la etiqueta de "bluegrass", Blake es un excelente guitarrista y mandolinista, extraordinariamente diestro con la púa plana, cuya música va más allá de dicha etiqueta. Es más exacto hablar más genéricamente de un músico de folk americano, aunque a veces haya hecho incursiones en campos adyacentes (por ejemplo, el rock acústico o, incluso, el folk rock ácido).



Back Home In Suphur Springs es una auténtica joya de la música acústica de raíces norteamericana. El virtuosismo con la púa de Blake (es único rasgando y punteando a la vez, de tal manera que parece que hay dos guitarras tocando) lo hace una pieza de folk inolvidable. Blake da un vigoroso repaso a tonadas tradicionales como "Little Joe", "Cattle In The Cane", "Bringing In The Georgia Mail", "Bully Of The Tow", "Done Gone", o "Spanish Fandango". En todas ellas la púa de Blake se desliza por las cuerdas como un consumado acróbata confiriendo a los temas una energía inusitada. Junto al virtuosismo a la guiatarra acústica de Blake hay que nombrar a otro gran músico, Tut Taylor, que se encarga de tocar el cuello de botella con su "dobro". 

Pero además también el disco incluye un buen puñado de enormes temas propios. El más memorable de ellos es "Randall Collins", una historia de ambiente ferroviario en el sur de los EE.UU., tiene de aire de banda sonora de western con ese increíble martilleo en los bajos de la guitarra a la vez que suena un rasgado de ritmo inequívocamente vaquero. Otro tema memorable de los de cosecha propia es "Down Home Summertime Blues". En él se recrea el mejor blues folky con una slide guitar que quita el hipo. También brilla con luz propia las slides de "Ginseng Sullivan", otro tema evocador del costumbrismo de su querido sur.



Mención especial merece el instrumental "Warp Factor No. 9" porque incorpora toques de jazz y de folk rock psicodélico al bluegrass tradicional y justifica que tanto Norman Blake como su amigo el banjista John Hartford fueran tildados por los puristas del género como "baroque hillbillies". Lo dicho: algo más que virtuosismo bluegrass, aunque ya el virtuosismo de este "flatpicker" justificaría de sobra la escucha del disco.

Trío de ases: John Hartford, Norman Blake y Tut Taylor.