martes, 1 de marzo de 2016

RAMONES: JOEY, LA VOZ DEL PUNK 77

Sara Morales
Efe Eme, 23/02/2016



Todos los que coincidieron en el tiempo con él y compartieron parte de su vida de alguna manera, llegaron a una misma conclusión: Joey era un buen tío, un tipo noble. Su naturaleza afable le hacía huir de las situaciones tensas, era incapaz de mostrarse enfadado o agresivo con alguien. Aunque protagonizó uno de los desencuentros más sonados del rock al estar dieciocho años sin hablarse con uno de sus compañeros de banda –Johnny–, su papel en toda esta revuelta fue desempeñado desde la pasividad.

Reconocido liberal de izquierdas, debido a su debilidad ante las discusiones siempre anduvo en desventaja frente al imperativo carácter de su rival conservador, en las constantes desavenencias políticas que se traían entre manos. Unas incómodas e innecesarias discrepancias que afectaron íntimamente a la banda desde su origen y a las que, en 1981, se les sumó el despecho y la traición cuando su novia, Linda Danielle, le abandonó porque se había enamorado de Johnny, su eterno contrincante ideológico. Ese fue un duro golpe para él, y aunque su carácter le obligara a optar en la mayoría de ocasiones por el silencio en detrimento del enfrentamiento, tras este hecho Joey no tuvo más remedio que reaccionar, aunque lo hizo a su manera. Eligió la música como medio de expresión, agudizó su aptitud letrista más que nunca para escribir unas cuantas palabras y sumó fuerzas para entonar delante de todos la mítica ‘The KKK took my baby away’, tema incluido en el álbum “Pleasant dreams”, de aquel 1981, en el que narra cómo un supuesto miembro del Ku Klux Klan (metafóricamente Johnny) le roba a su chica. Una indirecta muy explícita y el mayor reproche de la historia hecho canción que, todavía hoy, continúa circulando vivo y actual.

Este suceso marcaría para siempre la vida personal de Joey, inseguro e incapaz ya de mantener una relación amorosa duradera, presa del temor al fracaso y al sufrimiento. De ahí que su visión del amor, a pesar de ir cumpliendo años, aflorara todavía más desde un planteamiento platónico, infantiloide, tierno e incluso ñoño, en un constante anhelo del mismo. Canciones compuestas por él a lo largo de su trayectoria como ‘Listen to my heart’, ‘Locket love’, ‘Ramona’ y, sobre todo, ‘7-11′ son claras muestras de ello.




Antihéroe de serie B

De nombre real Jeffrey Ross Hyman, adoptó el apodo de Joey en 1974, cuando fundó los Ramones junto a Dee Dee y Johnny. A ambos los conocía de Forest Hills, el barrio que lo vio nacer el 19 de mayo de 1951; con Johnny incluso coincidió en el instituto a pesar de que este era tres años mayor. Entonces era demasiado pronto para augurar la tormentosa relación que protagonizarían un tiempo después.

Aunque le costó asimilar el divorcio de sus padres cuando tenía ocho años, y el posterior trasiego marital de su madre con la que vivió hasta su juventud, se puede decir que Joey tuvo una infancia feliz. Desde el núcleo familiar le inculcaron a él y a su hermano menor Mickey Leigh la pasión por la música, de pequeño no se despegaba de un viejo acordeón y a los trece años su abuela le regaló su primera batería, con la que practicaba diariamente al salir del colegio en el sótano de su casa junto a varios amigos. No hay que olvidar que, aunque terminara convirtiéndose en el vocalista de los Ramones, Joey comenzó asumiendo el papel de “drummer” en la banda hasta que llegó Tommy –batería especializado– unos meses después de la fundación. Entonces pudo dedicarse a lo que siempre había deseado: componer y cantar. ‘Judy is a punk’, del álbum debut y homónimo, fue una de sus primeras creaciones.

Era despistado, torpe, miope, zurdo… Y en su adolescencia ya tardía, un mal viaje con las drogas le llevó directamente a pasar unos días por un psiquiátrico. Pero en sus 1,98 metros de altura también albergaba un corazón solidario, atento, sensible y dispuesto siempre a ayudar a los demás. Tímido, aunque divertido y entusiasta, fue el único Ramone que disfrutó rodando aquella película de Allan Arkush en 1979, “Rock ‘n’ roll high school”, en la que la banda formó parte del reparto. Mientras el resto de miembros se sentían ridículos y apenas mostraron interés, Joey, armado de su indisoluble optimismo, disfrutó como un niño. Sabía estrujar el lado positivo de cada situación y en cualquier movimiento veía una oportunidad de agradecer.

Antes de acarrear con una etapa rebelde tras la cual su madre terminó echándolo de casa, en la que comenzó a dejarse el pelo largo, a merodear con hippies, a pisar la cárcel por vender flores en la calle de forma ilegal y a escaquearse del instituto hasta abandonarlo, Joey se había pasado los años pegado a la televisión convirtiéndose en un vivaz devorador de películas de serie B y cine “underground”. Su predilección por la cultura alternativa alimentando un imaginario atestado de monstruos y personajes de ficción, y su gran pasión por la música “teenager”, le llevaron a que, establecido ya como compositor de los temas junto a Dee Dee, sus aportaciones estuvieran casi siempre ambientadas en una ciudad plagada de freaks, mocosos y antihéroes extraños. De ahí, canciones como la memorable ‘Beat on the brat’, ‘Cretin hop’ o ‘Chainsaw’, donde Cara de Cuero, el protagonista del film “La matanza de Texas”, le arrebata la novia. Una vez más, la obsesión de ser abandonado.




Fuente de la eterna adolescencia

Esa cadencia fresca, bailable y contagiosa propia del sonido Ramone se debe a la predisposición de Joey por rescatar el lado simpático, aunque ácido, de la realidad. Su gusto por el pop básico, optimista y juvenil, y su admiración por bandas como los New York Dolls, unidos a su voz rasgada, redonda y desenfadada, le convirtieron en el dueño de un nuevo término con el que se empezó a acuñar a los Ramones y del que él fue el gran responsable, el punk chicle.

Su obstinación era reducir la estructura típica de la canción pop en un estallido corrosivo de apenas un minuto de duración, y así lo demostró haciéndose un hueco compositivo junto a la crudeza de Dee Dee durante los primeros once discos del grupo y ya prácticamente solo frente a los tres últimos trabajos, tras la marcha de este en 1989. En definitiva, poniéndole voz y alma a los veintidós años de carrera de los Ramones.

A través de su particular timbre vocal, recordado para la posteridad como una de las grandes referencias líricas del punk rock, puso de manifiesto su faceta más reflexiva en buena parte del repertorio del segundo disco de la banda, “Leave home”, publicado en 1977. También en un tono más intimista, la tierna ‘Questioningly’ del “Road to ruin” de 1978 y la conmovedora ‘Danny says’ incluida en “End of the century” de 1980, que le dedica a Danny Fields, mánager de la banda, en la que habla sobre la dura e inestable vida de los músicos. Sin embargo, la canción que encumbró a Joey a la cima de la popularidad como cantante, en su habitual pose de trípode encorvado sobre el escenario apoyado en el micrófono de pie, fue ‘Baby I love you’. Un tema compuesto por él, también para aquel “End of the century”, con el que los Ramones consiguieron tocar en el programa “Top of the Pops” y su primer top ten en Reino Unido.

Aquel fue el disco producido por Phil Spector. El polémico productor estaba fascinado con la voz de Joey y siempre decía que haría de él “el nuevo Buddy Holly”. El desgarbado melenudo se había convertido en su ojito derecho, un favoritismo que levantó ampollas en el resto de miembros al ver peligrar su unidad como grupo ante la posible marcha de Joey en solitario motivado por la voracidad de Spector. Pero Joey nunca lo habría permitido y aquello jamás ocurrió.



La triste madurez de Peter Pan

Tras varios años de éxito de los Ramones, en los que destacaron temas de Joey como el inolvidable ‘Everytime I eat vegetables it makes me think of you’ del “Subterranea jungle” de 1983, o la que para muchos es su mejor demostración vocal, ‘Daytime dilemma’ del disco “Too tough to die” en 1984, Joey se lanzó con un single en solitario. Paralelamente a la banda publicó aquel “Merry Christmas (I don’t want to fight tonight)” para el que adoptó la estética de pantalones de cuero y guantes, reivindicando un estilo propio, con el que dejó patente su gran devoción por la música de las Ronettes y las Shangri-La’s. Pero aquello solo fue un simple escarceo, su sitio estaba con “sus hermanos”, los Ramones, y acabó integrando la canción en el repertorio de la banda.

Sin embargo, en 1989, en el seno del grupo el clima era tenso e incómodo. Dee Dee ya había abandonado el barco y Joey, que aunque siempre fue un gran bebedor nunca había asimilado bien las drogas, se encontraba sumido en una profunda adicción a la cocaína. Todo ello debilitó su estabilidad mental encaminándole a una complicada psicosis persecutoria en la que veía peligro y personas dañinas a cada paso. Aun así, aportó aquellas siete magníficas canciones de “Mondo Bizarro” en 1992.

Dos años más tarde, como una losa, le fue diagnosticado un cáncer linfático incurable. El grupo acababa de lanzar al mercado “Acid eaters” y ahora debían ponerse manos a la obra con el que ellos sabían que sería su último álbum y su gira de despedida, “Adiós, amigos!” (1995). Joey solo pudo aportar dos canciones a este disco, en ambas aludía a su enfermedad de una forma conmovedora: ‘She talks to rainbows’ y ‘Life’s a gas’ en la que se dirigió directamente con una frase a todos sus fans despidiéndose: “Don’t be sad at all” (“No estéis tristes en absoluto”).

En 1996 los Ramones se separaban después de más de dos décadas frenéticas e inolvidables. Tras la disolución, y mientras la enfermedad se lo permitió, Joey siguió muy ligado a la escena musical de Nueva York conduciendo un programa de radio, organizando conciertos y apoyando a infinidad de bandas emergentes en sus primeros pasos. Pero el 15 de abril del año 2001, su delicado corazón dejó de latir y partió a ese otro lugar, no sin antes dejarnos un último mensaje: un disco póstumo publicado en febrero de 2002 titulado “Don’t worry about me” (“No os preocupéis por mí”).