lunes, 28 de marzo de 2022

SYD BARRETT SIGUE SIN ENTERARSE DE NADA

Javier Memba

Zenda, 23/03/2022



Otro veinticuatro de marzo, el de 1973, hace hoy cuarenta y nueve años, Syd Barrett no sabe muy bien dónde se encuentra, mientras Pink Floyd, la banda que él fundó y hasta dio nombre, se dispone a publicar en el Reino Unido The Dark Side of the Moon. Ojalá estuvieras aquí (1975) será el título del siguiente álbum de la formación y estará dedicado a Barrett, dirán los comentaristas musicales.

Por el momento, puede que Syd crea estar en la cara oculta de la Luna. En realidad, está en Cambridge, en casa de su madre, pero ha dejado de enterase de las cosas. Puede que haya alcanzado cierta quimera de los consumidores de drogas. El “fije definitivo”, lo llamó William S. Burroughs en la correspondencia mantenida con Allen Ginsberg, cuando, en 1953, Burroughs viajó a los más remotos rincones de Perú en busca de la ayahuasca, un alucinógeno que, se supone, agudiza la percepción de los colores, la imaginación y los poderes telepáticos.

Los jóvenes que escuchan a Pink Floyd, puestos a dar una nueva dimensión a sus canciones —a menudo suites con varios movimientos, recuérdese Atom Heart Mother (1970)—, juegan como si tal cosa con la alteración de los procesos de la conciencia, y a eso que dice Burroughs lo llaman sencillamente el “colocón definitivo”. Pero “el colocón”, por seguir con su lenguaje, acabará siendo un “cuelgue, una vida quemada en un instante de juventud rabiosa. Casi todos recordarán a un amigo —y no digamos si fue una novia— que como Syd Barrett se quedó imaginando colores imposibles, a ver si daba con alguno nuevo, y así, sin hacer otra cosa, hasta el fin de sus días.

A buen seguro que cuando Aldous Huxley, que tanto supo de esto en sus transportes con mescalina, escribió Las puertas de la percepción (1954) no pensó en que cuando Syd Barrett las traspasase nunca iba a saber cómo cerrarlas y encontrar el camino de regreso. Hay veces, sostiene el propio Huxley, que la percepción se dispara hasta hacerse sobrecogedora y las impresiones sobrepasan a quien las experimenta.

Ése debió de ser el caso de Syd Barrett. Cuantos asistieron a los desvaríos de sus últimos conciertos en el año 70 aseguran que los alucinógenos le hicieron perder la cabeza. De modo que tal día como hoy, de hace cuarenta y nueve años, no sabe que The Dark Side of the Moon, que en Estados Unidos lleva vendiéndose desde el día primero, va a ser el álbum con el que Pink Floyd dejará de ser una de las formaciones más representativas del rock psicodélico para convertirse en una de las más destacadas y populares del rock sinfónico. Todo un fenómeno de masas de los años 70. Rosemary, su hermana, quien cuando muera la madre de ambos será la que cuide a Syd hasta el final de sus días, sí que barrunta algo.

La etapa de Barrett —quien llamó así a la formación en honor a Pink Anderson y Floyd Council, dos bluesmen proscritos— para los primeros seguidores de Pink Floyd siempre será la preferida. No en vano discurre por varios de los grandes títulos del rock psicodélico: Arnold Layne, See Emily Play, Astronomy Domine, Interstellar Overdrive… Piezas todas ellas que, incluso estando sereno, sin haber traspasado las puertas de la percepción, emocionan igual en nuestro nefasto tiempo que hace cuarenta y nueve años.

El que hoy vive el gran Syd sin enterarse de nada es uno de los nuevos momentos estelares de la humanidad, porque sintetiza un hecho insólito y sin precedentes. Por primera vez en la historia, una generación, mayoritariamente, concibe las drogas, algo que tiene tan poco que ver con la libertad más inmediata, la de poder levantarse y hacer las cosas que ocupen la cotidianidad de cada uno, como sustancias liberadoras. Incluso las víctimas venideras de la toxicomanía se darán a ella por su embriaguez, por la autodestrucción que procura o por ambas cosas, pero no por liberación alguna. Ése fue el caso de Amy Winehouse, por citar, de los últimos ejemplos, uno de los más conocidos.

“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”, escribe Allen Ginsberg en los versos más conocidos de Aullido (1956). “Negros al amanecer buscando una dosis furiosa”. Cuántos de los de entonces, de los días de Pink Floyd, del cuelgue de Syd Barrett y de la concepción de las drogas como sustancias liberadoras no habrán recordado el poema de Ginsberg al cabo de los años, tras descubrir, finalmente, que la embriaguez es mentira, que lo único cierto son las pesadumbres de las cosas.

En el 75, mientras Pink Floyd grababa su nuevo álbum, Syd se presentó en los estudios de Abbey Road donde se estaba llevando a cabo. Apenas fue capaz de pronunciar palabra alguna. Tenía la cabeza rapada hasta las cejas y aquellos aún eran los días del pelo largo —hoy los recuerdos del pelo largo (Burning)—. La impresión que causó a sus antiguos compañeros, que nunca le olvidaron, fue tan tremenda que nació el Wish You Were Here.

A instancias de varios de los grandes de la escena del rock británico —Pete Townshend, Kevin Ayers, David Bowie…— pudo volver al estudio. No grabó más que acordes desafinados y otros desvaríos. En el 82 intentó dejar la casa de su madre y volver a instalarse en Londres. Fue superior a sus fuerzas. Regresó andando a Cambridge, unos ochenta kilómetros.

Desde que perdió la cabeza en el 70 hasta que se lo llevó la Parca en 2006 a consecuencia de un cáncer, Syd Barret se dedicó a la pintura en un intento de plasmar sus alucinaciones. Triste suerte para uno de los grandes del rock psicodélico. ¡Larga vida al rock en todas sus manifestaciones! Así se escribe la historia.

domingo, 27 de marzo de 2022

30 AÑOS DEL ÚLTIMO GRAN MOVIMIENTO MUSICAL: ¿QUÉ FUE DEL GRUNGE?

Alberto Bravo

La Razón, 21/03/2022


Este fenómeno vinculado al rock and roll tuvo grandes músicos, pero varios murieron, muchos fueron olvidados y unos pocos resisten

El grunge lo tuvo todo: grandes músicos, un contexto social, una reivindicación, una ideología, una generación con nombre, diferentes soportes culturales, padrinos de renombre, un público masivo… Pero hoy, tres décadas después, aquello casi parece la primavera de hace mil años. Porque varios quedaron por el camino mientras otros muchos fueron olvidados. Unos pocos resisten, probablemente algunos de los más talentosos y sensatos, aunque si fuerzan la memoria pueden recordar que aquel movimiento registró un buen número de discos maravillosos y un par de clásicos.

Basta con echar un vistazo a las listas de éxitos de 1992, hace ahora 30 años, para comprobar qué había pasado con ese movimiento que comenzó marginalmente muy pocos años atrás hasta convertirse en una corriente contracultural de éxito masivo. Algo que sorprendió hasta a ellos y que, en muchos casos, también les acabó devastando. Entre los discos más populares de aquel momento estaban cosas como «Dirt» (Alice in Chains), «Core» (Stone Temple Pilots), «Dirty» (Sonic Youth), «Cracker Brand» (Cracker), «It’s a shame about Ray» (Lemonheads)… Mientras, el «Ten» de Pearl Jam y, sobre todo, el «Nevermind» de Nirvana ya eran la referencia de una nueva generación. ¿Cómo había comenzado aquella revolución y en qué se sustentó?

Grunge significa «mugre». Así llamaban los reaccionarios a la música que a finales de los 80 surgió en un lugar concreto, la lluviosa Seattle, en respuesta a cosas tan atemporales como el paro, la falta de esperanza y la necesidad de encontrar un vehículo con el que expresar diferentes frustraciones. Varios muchachos con talento se agarraban no solo al viejo punk, sino a enseñanzas musicales incluso más pretéritas (blues, The Who o Neil Young) para recuperar el valor de las guitarras furiosas y el riff en tiempos en los que la industria musical estaba sumida en el adocenamiento y la reverencia desmedida y nada exigente a los dinosaurios. En su voz había urgencia y en sus textos se apreciaba un lirismo casi asfixiante y opresor. «Nevermind», de Nirvana, lo cambió todo. Publicado en 1991, fue un bombazo y la canción «Smells like teen spirit» conquistó la MTV para llevar aquel movimiento marginado y marginal a millones de hogares en todo el mundo.

Pero no solo de música se alimentó el grunge. También contó con la adhesión de un colectivo denominado como «Generación X», gente que había crecido durante los años 70 y se había formado culturalmente durante la inacción de los 80. «Generación X» fue el título de la obra más popular del novelista canadiense Douglas Coupland, un libro que logró conectar también con muchos chavales hartos de estar hartos. De la misma forma, el grunge también vio amplificada su forma de expresión a través del celuloide con la explosión creativa del (mal) llamado «cine independiente», personificado en películas como «Drugstore Cowboy» (Gus Van Sant), «Solteros» (Cameron Crowe) o «Reality Bites» (Ben Stiller), entre muchas otras. Y, por supuesto, el movimiento también contó con una estética determinada. De la extravagancia y ganas de mostrarse originales de los años 80 se pasó a la completa austeridad (mugre) que proponían las camisas de cuadros, los vaqueros rotos, las camisetas con mensaje o las zapatillas de lona.

De garajes a arenas

En todo ese contexto crecieron bandas de tremenda electricidad, tales como Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains, Mudhoney, Sonic Youth y muchas más. Pero igualmente otras de corte más suave como Cracker o Lemonheads, quienes también reivindicaban un tipo de canción más acústica relacionada, por ejemplo, con bandas como The Byrds o tipos como Gram Parsons. Mientras tanto, viejos dinosaurios como Neil Young o Pete Townsend bendecían el advenimiento de la nueva generación y manifestaban su admiración por aquello que volvía a la base del rock and roll.

Pero pronto llegarían sucesos extraños. Aquella gente generalmente no estaba preparada para el éxito masivo. En muy poco tiempo, habían pasado de tocar en el garaje a llenar arenas. La mayoría de ellos provenía de familias desestructuradas y no sabían qué contestar cuando miles de personas les manifestaban un amor casi histérico. Mientras, las casas de discos comenzaban a forrarse con gente que apenas pedía cosas y a cambio les exigían más y más discos.

Nadie como Kurt Cobain reflejó el desencanto que trajo todo aquello. El líder de Nirvana se agarró a las inestables redes de la heroína para dejar de perseguir el rastro de sus lágrimas. Otros muchos colegas también lo hicieron en un contexto en el que la Generación X comenzaba a ver que aquellas promesas de cambio tampoco se cumplirían. Kurt Cobain murió el 5 de abril de 1994 a los 27 años de una sobredosis nacida de una profunda depresión y muchos sitúan aquello como el principio del fin del grunge.

Grunge significa ‘‘mugre’’, ya que surgió en respuesta al paro o la falta de esperanza

A partir de 1996, los hechos comenzarían a desencadenarse casi sin freno. En ese año, Alice in Chains dio sus últimos y lastimosos conciertos con un Layne Staley ya en estado decrépito. Moriría en 2002. Y en mayo aparecería «Down On the Upside», el que sería el último álbum de Soundgarden. Porque sí: los grupos se peleaban y ponían fin a una bonita amistad de la forma más lamentable. Lo mismo ocurriría con Screaming Trees. Por su parte, Evan Dando, de Lemonheads, acabaría perdiendo la cabeza y la inspiración por su hedonismo. Como tantos otros.

Cansados de depresiones

El golpe de muerte llegaría desde Inglaterra y sería musical. A finales de los 90, el público ya se había cansado de los gritos de auxilio, los textos depresivos y los riffs claustrofóbicos. Las ventas de discos así lo presagiaban. El público estaba esperando lo siguiente. Y lo que llegó fue la nueva explosión del «brit-pop» personificado en dos bandas: Blur y Oasis. Era otra forma de hacer música y de vivir. Les gustaba fumar hierba, tomar pastillas y escuchar a los Beatles y los Kinks. El interés cruzó el charco y abrazó a los nuevos chicos con flequillo y amplias sudaderas.

Casi nadie sobreviviría en el viejo mundo del grunge. A nivel popular, solo están dos rostros ampliamente visibles. El primero de todos es Pearl Jam, probablemente la banda más inteligente que quedó de aquellos tiempos. Y también la más virtuosa. «No Code», de 1996, casi les cuesta la salud. Pero salieron de aquella grabación fortalecidos tras tantas tensiones. Hoy llenan estadios y su banda tiene estatus de clásica mientras sacan discos tremendamente honestos. Eddie Vedder, su líder, acaba de publicar un valorable trabajo en solitario y se codea con la aristocracia del rock. El otro nombre propio es Dave Grohl, batería de Nirvana y hoy líder de Foo Fighters. Publica buenos discos, es un gran músico y también permanece intacta su credibilidad. Son los restos de un naufragio que dejó tanta mugre, desesperanza y soledad, pero también álbumes excelentes y un par de clásicos («Nevermind» y «Ten») para la historia.

Nunca es tarde: por qué Pearl Jam fue una banda mágica

No es fácil iniciarse en la obra de Pearl Jam y comprender todo lo que les hizo mágicos. Eran las canciones, pero también la personalidad de la voz de Eddie Vedder y el respaldo de una de las últimas grandes bandas de rock and roll, unos músicos realmente sensacionales. Un buen punto de partida puede ser «Rearviewmirror», álbum de grandes éxitos publicado originalmente en 2004 y que ahora se reedita. Originalmente salió en un único formato de 4 vinilos y 2 CDs, y permaneció descatalogado durante años. Ahora ve de nuevo la luz en dos sets de dos dobles vinilo por separado. El primero, «Up Side», con las canciones más potentes, y el segundo, «Down Side», incluye los medios tiempos y canciones más suaves de la banda de Seattle.