viernes, 14 de julio de 2017

PALMOLIVE, LA ESPAÑOLA QUE VIVIÓ EN LONDRES LOS INICIOS DEL PUNK

Amalia Plaza
Binaural, 19/03/2012

Paloma (la segunda por la izquierda) apoyada en Ari Up

Quizá Palmolive te suene a pasta de dientes, pero nada más lejos de la realidad. Paloma Romero, alias Palmolive, es una malagueña que salió de España en plena dictadura para ir a Londres, donde vivió el nacimiento del punk: tocó con Sid Vicious, fue novia de Joe Strummer y giró con The Slits y The Raincoats. Hoy vive con su familia en Massachusetts y encuentra en Dios lo que el punk no le dio. Nos pareció lo suficientemente genial como para hacerle esta entrevista.

Españoles por el mundo guarda secretos ocultos. Una aburrida tarde de domingo se me ocurrió ver el programa dedicado a Boston y entre testimonio y testimonio de gente normal que disfruta de la vida fuera de España apareció, como una revelación, Paloma: una alegre mujer que llevaba ya 22 años en la costa de Massachusetts trabajando como maestra. Todo normal hasta que la voz en off nos advierte: “su vida daría para un documental“. Paloma, sentada en la playa, sonríe y empieza su presentación. “Con 18 años, yo quería conocer el mundo y Londres significaba la libertad. Yo conocí allí a Joe Strummer”.

“¿Y quién es Joe Strummer?“, responde una audaz reportera.

Bendiciendo la ignorancia se encendieron mis alertas y busqué más. ¿Quién era esta Paloma?

LONDRES

Londres, década de los 70. Qué tiempos, ¿eh? El mundo ya estaba en crisis, la del petróleo, y en el Reino Unido, con unos niveles de desempleo juvenil épicos, algunos jóvenes empezaban a cantar que no había futuro. Pero antes de encontrar allí su libertad y paraíso, dentro de España, donde aún estábamos en otro plan, Paloma probó suerte en Madrid.

“¿Recuerdas algo mínimamente bueno de Madrid aquella época?”, inquerimos en una lista de preguntas vía email. “Madrid fue de enero a junio del 73. Para ser honesta, no mucho. Pero no se lo aquejo a Madrid, más bien mi situación allí. La universidad de San Blas, creo que nueva ese año, no era la mejor. Cada vez que hablaba en la clase (de Sociología, era lo que me había apuntado) la gente se reía por mi acento andaluz. La poli siempre detrás nuestra, pensando que era yo era un enlace político o algo, pues tenia un amigo trotskista y había estado en el extranjero“.

Al mismo tiempo, John Graham Mellor, un joven que por entonces se hacía llamar Woody y posteriormente se pasaría a Joe Strummer, “holgazaneaba” (tal y como describe este libro sobre The Clash) por lo que ya era Europa tocando con el músico Tymon Dogg en el metro. “Acabé en Gales después de mi aprendizaje con Tymon, ya que no parecía haber forma de ganarse la vida en Londres ni tan siquiera de sobrevivir. Eso fue antes de que descubriera las casas de okupas“.

LA VIDA EN 101 WALTERTON ROAD

The 101’ers fueron la precuela de The Clash, el primer grupo de Joe Strummer. El nombre, en alusión a la casa ocupada de 101 Walterton RD. La razón, ganar algo de dinero. “Vivía en una casa ocupada en Maida Hill”, continúa Joe en el libro, “y creía que tocar en pubs podía ayudarme a sobrevivir económicamente al verano. Fue la primera vez que pensé en montar un grupo de rock and roll eléctrico, pero mi ambición era sólo pasar el verano sin tener que andar corriendo por el metro cuando me sacaban a patadas de los pubs”.

“Cuando yo conocí a Woody fue un poco después“, cuenta Paloma. “En aquel momento él tenia grandes ambiciones de tocar en los pubs. A mí la verdad que nunca me importó el dinero mucho, siempre parecía que me las arreglaba. No me preocupaba vivir en una casa okupa. Yo era bastante hippy. Yo comencé porque me pareció divertido y me sentía inquieta y aburrida”.


En octubre de 1975, The 101’ers pasaron a otra casa ocupada, en cuyo bajo instalaron un estudio más profesional que el de Walterton Road. Estaba en Orsett Terrace y allí compusieron The Clash, el primer álbum de la banda.

– Te he encontrado citada en el libro de The Clash. Dice Strummer que compuso London’s Burning mientras dormías, en la casa ocupada de Orsett Terrace, en bajito para no despertarte.

Pues no lo sabía, estaba dormida.

– ¿Qué te decían tus padres de todo esto?

Yo creo que mis padres me habían dado por perdida pues sabían lo cabezota que era y que no me iban a cambiar.

UNA CABEZOTA

El libro Redemption Song también da cuenta de esta cabezonería. En el momento en el que Joe Strummer se decidió a montar The Clash, Paloma estaba en Escocia. “Tenía dudas sobre la viabilidad de la relación con Joe y necesitaba algo de espacio“. Según el libro, Paloma volvió a Londres con entusiasmo por Joe, pero él ya había decidido “estar con sus amigos. Y sus amigos eran The Clash“.

“Me fui un par de meses a Escocia, seguimos en contacto por teléfono. Durante ese tiempo, punk happened. Cuando volví, había visto la luz, quería estar con él (…) Fui a un pub a buscarle, le rodeé con mis brazos, pero muy serio me dijo: ‘voy a ser un punk rocker’. Volvimos a estar juntos pero nunca fue lo mismo, yo estaba insegura y él se mudó de nuevo a Orsett Terrace“.

“Paloma formó The Slits en un arrebato de rabia”, explica Jill Calvert (productor de The Clash). “Nunca había estado en la música antes de esta forma. Cogió la batería y pensó: si tú puedes hacerlo, yo también puedo hacerlo”. Juntos, The Clash y The Slits hicieron el White Riot Tour, pero para cuando The Slits sacaron su álbum debut, Paloma ya había abandonado la banda. “Me echaron. Lo provoqué, de algún modo: había empezado a perder el interés“, explica en esta extensa entrevista.


Ahora formaba parte de The Raincoats. Duró seis meses, una gira y un EP. “Después del primer álbum de The Raincoats, fuimos de gira. Ya antes de la gira quería dejarlo, pero habíamos hecho un trato así que tampoco quería dejarlas tiradas. Así que pensé: hago la gira, and then I’m done“.

DIOS

Así que, una vez done, Paloma fue a la India y abandonó la ‘escena punk’. Y aquí empieza el encuentro con Jesús: como explica la propia Paloma en su biografía, en la India se encontró y compartió decepciones con Tymon Dogg (ese del párrafo de arriba con quien había holgazaneado Joe Strummer por Europa). Conoció a su marido, dejó la India y volvieron a España. Y después, “dispuestos a encontrar la verdad, dejaron su casa en España y fueron a un centro New Age en Inglaterra”.

“Caminando por allí, en mitad de mi confusión, decidí preguntarle a una estudiante que hablaba con convicción de su relación con Cristo. Me explicó que Cristo era una persona real, no una evasiva ‘conciencia de Cristo’ como abogaba la antroposofía. Podías, simplemente, rezar y tener una relación personal con Jesús. Tenía que ver con cómo contactar con Dios. Sonó como música en mis oídos“. La historia y las citas bíblicas continúan en su propia web. ¿Pero en qué quedó su idilio con el punk?

“EL PUNK NO APORTABA SOLUCIONES, SÓLO SACUDÍA TU CONCIENCIA PARA QUE LAS BUSCARAS TÚ”

– ¿En qué lugar tienes hoy a la música punk?

Hay algo que me gustó del punk y siempre me gustará, que es el decidirse a tocar un instrumento y experimentar con los sonidos hasta encontrar lo que te suena bien a ti. Hoy en día hay cierto sonidos punk que me pueden atraer pero para mí es muy importante lo que están diciendo las letras de las canciones. Hoy no quiero cantar sobre robarle al señor Paki, o ser el Enemigo #1 o cantar con Johnn Lydon I am an antichrist! No lo soy, de hecho amo a Jesús como persona y como Dios. El único problema es que el punk no aportaba ninguna solución; sólo te sacudía la conciencia para que la buscaras tú. Toda la energía estaba enfocada a vivir un presente“.

– ¿Ya no compartes, en absoluto, esa filosofía de ‘vivir un presente’?

Bueno, vayamos por partes . Yo pienso que el punk sí aportaba soluciones – malas, pero soluciones. No te asustes de que diga malas. Sid Vicious era una de las figuras más eminentes del punk cuando surgió y mira dónde le llevó. Mató a su girlfriend y luego se mató de una sobredosis. Era una forma de vivir: expresa tu odio, no te preocupes de nadie más que de ti, haz lo que te apetezca en todo momento, rebélate contra cualquier forma de autoridad. Después de lo bailado, los intelectuales miraron al movimiento y le dieron ese ‘twist’ de que el objetivo era romper los moldes para que la gente pudiera encontrar sus propios valores. Yo sí creo en vivir en el presente, es lo único que tenemos realmente. Yo creo en un futuro maravilloso. Pero intento vivir el presente, mi presente.

– ¿Has vuelto a Londres? ¿Te gustaría volver?

Sí, me gustaría muchísimo.

– Me da la sensación de que eres una persona que ha aprovechado al máximo su libertad, ha sido honesta consigo misma siempre y ha ido buscando sus propios valores. ¿Te arrepientes de algo?

¡Solamente de no haber aceptado la verdad de Jesús antes!

jueves, 13 de julio de 2017

LOVE, DÍAS DE ÁCIDO Y ROSAS

Everlong Magazine,  03/08/2015


Acerca de aquellos días de ácido y rosas decía Michael Stuart (batería de la banda en su etapa más creativa y kamikaze) con la perspectiva y la distancia que da el tiempo: “No tiene importancia si el recuerdo del grupo Love sigue en la memoria colectiva. En cambio, el efecto tan devastador que tuvieron las drogas en las vidas de los artistas si es digno de mención, porque ilustra la lección sobre lo rápido que tu creatividad puede desaparecer cuando se coloca al lado de algo mucho más poderoso y mortal“. Desde luego tener un vicio no significa exactamente darle un beso a la muerte, pero se acerca. En el caso de Love, la banda que mal lideraba Arthur Lee, tenían todos los vicios pero estos convivieron frenéticamente con sus virtudes, las cuales tampoco les faltaban a la hora de crear una música que solo podía brotar desde ese lugar del mundo y desde una banda donde confluían con soltura diferentes personalidades, razas, etnias y estados de ánimo.


En el año 1965 y en la ciudad de Los Ángeles, Arthur Lee, de carácter solitario y amante de la música, formó varios combos de nulo éxito como The L.A.G.’s o The American Four mientras trabajaba como compositor y músico de sesión, tarea mediante la cual conoció y se hizo íntimo de Jimi Hendrix, quien tocó la guitarra en ‘My Diary’, una canción que Lee escribió para Rosa Lee Brooks. Posteriormente montó la banda Grass Roots pero tuvo que cambiar su nombre para no coincidir con el grupo americano de idéntico apelativo cuando esta formación logró triunfar en las listas americanas. Así terminaron llamándose como la respuesta a todas las preguntas: LOVE, escrito con rojo sangre.

Coliderando la banda junto a Lee, el imprescindible Bryan MacLean cerraba el círculo sobre el que giraba el amor y, sobre todo, el odio, muy a pesar de Arthur. Suya es la composición más popular de la banda, ‘Alone Again Or’, y esta surgió, según el propio autor, mientras esperaba a su novia. Curioso que algo tan trivial dé como resultado una de las mejores canciones de la historia. Claro que hay esperas y esperas y por el tono, aquí lo que se esperaba era el desastre, convertido finalmente en delirio. La alegría, la vitalidad y la emoción que transmite este tema y a la vez ese poso de amargura que te deja, hacen de ella más que una canción una pieza de dinamita emocional. Al calor de su hermosa música y su romántica melodía he llorado, he reído y me he enamorado, pero sobre todo he sentido que ya nunca más estaría solo, contradiciendo así a su propio título.

A finales de 1966 y tras un seguimiento de culto en los clubs de Los Ángeles, Love fue el primer grupo en fichar con Jac Holzman y su sello Elektra. Su sencillo de debut fue la adaptación de un tema compuesto por Burt Bacharach titulado ‘My Little Red Book’, ejecutado de una manera personalísima y alejado de los habituales sonidos del mítico compositor. Tras éste, su primer y más que destacable LP, titulado simplemente “Love”, en 1966, ponía de manifiesto el liderazgo de Lee y su apego por el folk y la psicodelia de la costa oeste. Un sonido siempre pasado por el filtro del rock más puro y mestizo.

El primer disco de Love es de esas obras cercanas, para cantar acompañado, fácil de entender para los jóvenes de la época. Y es que era normal identificarse con esa preocupación por la era nuclear (‘Mushroom Clouds’), la frustración al intentar conseguir drogas (‘You I’ll Be Following’) o el lamento por un amigo enganchado al caballo (‘Signed DC’, seguramente inspirada esta en Don Conka, primer batería de la banda y del que se dijo en su momento que era uno de los mejores de la época pero que cambió su trono de hierro en Love por la heroína, siendo así el primer hombre del brazo de oro). El disco se completaba con canciones de amor como ‘A Message To Pretty’ o ‘No Matter What You Do’, conceptos universales vinculados a todo el mundo, al menos en ese espacio de tiempo, y la violenta urgencia de ‘My Little Red Book’ o la explosión salvaje de ‘Can’t Explain’, que daba un toque proto-punk al álbum inexistente en las bandas contemporáneas. Un toque que más tarde clavarían en ‘7 And 7 Is’, canción en la que invito a prestar la atención que se merece a lo que el gran maestro del psycho-blues Johnny Echols hace con la guitarra, disparando por ella rayos y centellas.

Pero el gran salto de calidad le llegaría al grupo con su segundo disco, con el que cerrarían definitivamente la formación tras sufrir algunos cambios en la banda, quedando Alban “Snoopy” Pfisterer relegado a los teclados, labor que gracias a su formación como pianista solventó de una forma increíble, y entrando a ocupar la batería que este último había dejado vacía Michael Stuart. Otro miembro que también se incorporó al grupo en este momento fue Tjay Cantrelli, especialista en instrumentos de viento que iba a brillar en este segundo LP con la flauta y el saxo.

“Da Capo” es una hoja musical con una dirección que te devuelve al principio del pasaje, con la experimentación lírica y acústica llena de agresividad e inventiva que es ‘Stephanie Knows Who’, el barroquismo psicodélico de ‘Orange Skies’, el trallazo mil veces versionada ‘7 And 7 Is’, del que hablamos anteriormente, o esa maravilla sedante y optimista que es ‘¡Qué Vida!’, con su magistral comienzo punteando y seguido de un rasgueo sincopado parecido a un ritmo de bossa. Imagina por un momento el penúltimo chiringuito de la cala más perdida de Baleares mientras suena esta joya acompañando a los cielos de color vino en la más larga puesta de sol Bloody Mary en mano. No puede haber mejor sensación para beberse la vida, el aquí y ahora, y solo sentir nostalgia del futuro. Tras estas, la cara b del álbum se vio sacrificada en favor de ‘Revelation’, un lienzo de jazz-rock basado en las largas improvisaciones que el grupo desarrollaba en sus nocturnas veladas e inspirado en los trabajos de los viejos bluesman, una fuerza motriz que unía sus dos mundos en una única y explosiva plataforma.


En noviembre del 67, justo después del verano del amor, iba a ver la luz “Forever Changes”, el tercer álbum del grupo. Una obra de arte única y absoluta que combina unas intensas cotas de brillante, eterna e indescriptible belleza con unos tremendos toques de oscuridad directamente susurrados por los demonios de Arthur Lee, empeñados en convencer al carismático y genial líder de la banda californiana de que la muerte le esperaba de forma infranqueable a la vuelta de la esquina. El álbum estuvo muy lejos de ser un éxito de ventas en su día, como tantas veces ha ocurrido en la historia de la música en todas sus formas y estilos, pero la leyenda, influencia y magia de esas canciones no ha hecho más que crecer desde el mismo segundo en que fueron compuestas, hace ya casi cincuenta años. Cuna del folk rock psicodélico de la vida y del amor, habrá cosas en eterno cambio pero lo que es seguro es que esta maravilla siempre enamorará.

Perfecto reflejo del punto álgido del verano del amor y los 60 y al mismo tiempo capaz de predecir y vislumbrar desde su grandeza el fin de esos breves tiempos, “Forever Changes” se abre con las serpenteantes guitarras acústicas de ‘Alone Again Or’, aires hispanos que acompañan a una letra sencilla y espectacular, pasando en apenas unos versos de una descorazonadora y nostálgica angustia a un corrosivo sentido del humor con un viaje perenne de ida y vuelta (“Dijo todo está bien, no olvidaré todas las veces que esperé pacientemente por ti y tu harás solo lo que elijas hacer, y estaré solo otra vez esta noche, mi amor. Escuché algo gracioso, alguien me dijo: sabes que podría estar enamorada de casi todos. Creo que estas personas son las más divertidas“). El tema acaba explotando a través de sus trompetas mariachis y los preciosos arreglos de orquesta y la sensación que te deja probablemente sea similar a lo que encripta la letra: esa tristeza postcoital que aguardaba su momento para embriagar a los amantes del amor libre.

Tras ésta, ‘A House Is Not A Motel’ incluye imágenes de guerra y muerte que colisionan con una preciosa música. Lee, convencido de que iba a morir, entregaba sus visiones del mundo y de su realidad, casi como si de epitafios se tratasen, con la claridad y la contundencia del que ya nada tiene que esconder. Con sincera urgencia para marcar a fuego sus últimas palabras y con la sombra del temor que sobrevuela su existencia ya nada es lo que parece y, en aquel momento, las noticias de hoy serán las películas de mañana. La sombra de Vietnam y las alucinadas drogas planean por esta poderosa pieza sónica.

‘Andmoregain’ es pura emoción, un pedazo de cielo y una de las canciones más bonitas que te puedes echar al alma, sin importar a que se refería Lee con ella. ¿Amor? ¿Adicciones? Seguramente obsesiones en general. ‘The Daily Planet’ por su parte maneja una psicodelia pop de la más majestuosa y elegante, con el repetitivo ciclo de la vida de fondo y la muerte como un hombre de hielo acechando. ‘Old Man’, compuesta y cantada por MacLean, supone otra bellísima canción de amor y redención especialmente recomendable para el más escéptico ante el más loable de los sentimientos. Y con ‘The Red Telephone’ llegamos al ecuador de la obra, siendo esta la cumbre de un disco lleno de ellas. Una sensacional canción llena de matices y poderosos detalles acompañada de un texto brillante: “La vida sigue adelante aquí, día tras día. No sé si estoy viviendo o si se supone que lo hago. A veces mi vida es tan extraña… Y si crees que soy feliz píntame de blanco“.

La segunda mitad del disco arranca con ‘Maybe The People Would Be The Times Or Between Clark And Hilldale’, que es una auténtica vacilada en la que Lee enlaza con una facilidad pasmosa cada estrofa y cada verso y donde juega con su voz y los metálicos arreglos de viento a su antojo. Aun hoy, tras escuchar esa parte miles de veces, se me sigue erizando el alma. En ‘Live And Let Live’ derrocha un sentido del humor tan irrepetible como su magnífico genio además de cierta intuición para predecir acontecimientos mientras que en ‘The Good Humor Man He Sees Everything Like This’ encontramos imaginería hippie por doquier. Pero además de flores, verano, chicas y pájaros hay algo retorcido en esta canción. Se puede sentir en ella cierto malestar y desasosiego desde la lindura más exquisita de su música y ese premeditado fallo final, como si de algo inesperado se tratase. ¿Quizás se acababa el resplandeciente sueño de una época? No lo sabemos, pero sobre este tema y a su manera vuelve a incidir en ‘Bummer In The Summer’, una suerte de crítica al amor libre.

Por último, ‘You Set The Scene’ no es solo el broche perfecto a una obra excepcional, es que además es una de las mejores canciones que existen. Casi siete minutos de absoluta grandeza, con una letra increíble llena de ácidas reflexiones de un genio dando lo mejor de sí mismo. Y no podemos olvidarnos de la gran línea de bajo que atraviesa la canción, con Ken Forssi comiéndose el mástil. Una vez más el sofisticado

martes, 11 de julio de 2017

TOWNES VAN ZANDT: EL FOLK MÁS ALLÁ DE DYLAN

Luis Arteaga
Everlong Magazine, 23/02/2016


Con casi un siglo de historia visto desde el retrovisor, raro es el melómano que no haya escuchado alguna mítica historia de aquellos músicos errantes que vagaban por las carreteras probando fortuna en Estados Unidos. Talentos redescubiertos décadas después de su muerte. A la memoria nos vienen los más recientes homenajes cinematográficos a leyendas olvidadas en su tiempo, como el superviviente Sixto Rodríguez o ese retrato de Dave Van Ronk que desenterraron los hermanos Coen en “Inside Lewyn Davis”. Sin la menor de las dudas, como sucedía precisamente en esta película, muchos artistas quedaron en el olvido mientras la escena de la música folk americana determinaba el devenir de sus vidas con una relación tan simple como aleatoria: estar en el momento adecuado tocando en el garito adecuado.

Esperando a ser descubiertos por un astuto cazatalentos en alguna de las mecas sagradas de la música en Estados Unidos, aún quedaba superar el escollo comercial, una aventura de peregrinaje que en muchos casos terminaba antes de lo previsto, y en las que de la fama y la fortuna solo quedaban el reconocimiento y la admiración de sus propios compañeros de viaje.

Más allá de Dylan, en las raíces del folk americano aparecen figuras desdibujadas a lo largo de los años, que únicamente el tiempo, y solo en algunos casos, ha conseguido darles algo de luz. El resurgir del llamado folk alternativo en los albores del nuevo siglo también nos hizo volver la vista atrás e indagar en los referentes de grupos como Wilco, Ryan Adams (sobretodo al frente de Whiskeytown) o, poniendo un ejemplo más cercano, Nacho Vegas. Y es que desde Gijón, y ya embarcado en su carrera en solitario lejos del amparo de Manta Ray, Nacho Vegas debió de ser uno de los pocos en este país que homenajeó hasta la saciedad a Townes Van Zandt, el poeta maldito al que hoy dedicamos estas merecidas líneas. Siguiendo con Vegas, en 2004 el asturiano participaba en un concierto en Palma de Mallorca que conmemoraba el 70 aniversario del nacimiento de Van Zandt bajo el nombre de “Waiting for Waits”, un paso más después de marcarse una magnífica versión de Townes en su debut en solitario, de la mano de Limbo Starr y que daba como fruto sus “Actos Inexplicables”. Hablamos de ‘Que Te Vaya Bien Miss Carrusel’, una de las canciones más brillantes del álbum y que sin embargo muy pocos reconocen como versión a la obra original de Townes Van Zandt.

Desafiando el destino prestablecido

Nacido 3 años después que Bob Dylan en el otro extremo del país, Townes Van Zandt llegaba a este mundo en 1944 en pleno corazón de Texas en el seno de una familia adinerada y establecida en el negocio del petróleo. Con la vida resuelta y criado en un entorno familiar cálido, el joven Townes no tarda en fijar su atención en otros clásicos olvidados del género como el imprescindible Woody Guthrie, así como en artistas locales como Ligthnin’ Hopkings. Músicos de folk, country y blues de quienes heredará su particular técnica de fingerpicking en la guitarra.

Por aquellos años Bob Dylan ya publicaba sus primeros álbumes y llegaban las locuras de la juventud, algo que en los sesenta y en las décadas venideras se traduciría con facilidad en el coqueteo con las drogas. Un acontecimiento que si bien se ha estereotipado hasta el hartazgo en el mundo de la música, es absolutamente imposible de pasar por alto al contar la historia y la obra de Townes Van Zandt, quien lejos de flirtear, se sumergió hasta las más oscuras profundidades de prácticamente cualquier adicción conocida por el ser humano. Heroína, cocaína, marihuana, pegamento y cantidades ingentes de alcohol que administraba a su cuerpo de todas las maneras posibles. Cuenta la mitología que incluso llegó a inyectarse bourbon con coca cola en varias ocasiones.


Una lista interminable de adicciones que fue in crescendo a lo largo de su vida y que daba comienzo en sus primeros años de universidad, donde las fiestas y el alcohol fueron el día a día en su diario de abordo. Fue precisamente a raíz de una de esas parrandas cuando el destino de Townes Van Zandt quedaría descarrilado para siempre al caer desde un cuarto piso mientras trataba de experimentar la sensación de “la pérdida del control y la caída”, según sus propias palabras. Un accidente que fue interpretado por sus padres como un intento de suicidio, y que le llevó directo al ingreso en una prestigiosa clínica de Texas en la que le sometieron a “terapias” de electroshock durante 3 meses. Unas sesiones de tortura que acabaron por borrar todos sus recuerdos de la infancia, algo que jamás recuperaría y que marcaría aún más su carácter solitario, además de agravar sus problemas mentales.

La solitaria vida en la carretera

Después del traumático episodio, Townes Van Zandt se casa por primera vez y sus padres, arrepentidos por lo sucedido y, asentados en una comodidad económica abultada, deciden comprarle un piso con gastos pagados. Al mismo tiempo el joven Townes empieza a tocar en pequeños clubs para seguir pagándose comida y priva, algo que no dejaría de lado pese a los esfuerzos de sus progenitores. Un ambiente en el que conocerá a otros músicos coetáneos como el propio Ligthnin’ Hopkings, Guy Clark o la desdichada y eterna Janis Joplin.

Por aquel entonces, el tan afortunado como talentoso Bob Dylan se consolidaba con “The Time They Are A-Changin”, un disco que serviría de inspiración a toda una generación y con el que Townes Van Zandt comenzaría a descifrar esas letras misteriosas que dan que pensar una vez escuchadas. En definitiva, un álbum que marcaría de manera inequívoca su forma de escribir música, don que le llevaría años más tarde a ser considerado por los propios artistas del género como el mejor compositor de canciones que jamás haya existido.

Alentado por su propia madre, a quien siempre tuvo muy presente, Townes Van Zandt empieza a componer su propia música y a probar fortuna lejos de los ambientes locales, después de un intento fallido por formalizar su vida alistándose en el ejército. Algo que jamás llegaría a suceder puesto que el destino guardaba otros planes para él. Townes fue declarado no apto por un psiquiatra que llegó a definirle en el informe como “un maniaco depresivo mínimamente adaptado a la vida”, a la vez que le recomendó viajar para encontrarse a sí mismo.

Como reza en una de sus más conocidas canciones: “Vivir en la carretera amigo mío, te mantendrá libre y limpio. Tienes la piel como el hierro y tu aliento es como el queroseno”. Arrojado a la carretera por los avatares del destino en busca de fortuna y renunciando así a un matrimonio y a toda una vida de comodidades, Townes se embarca en una aventura musical en la que como tantos otros no conocería ni el éxito ni la fortuna.

Considerado un alma agrietada y solitaria, el trovador tejano apuntaba con clarividencia que; “estar solo es un hecho pero la soledad es un sentimiento. Es como arruinarse o ser pobre. Yo siempre estoy solo pero apenas me siento así de día…”. Sin duda a estas alturas sabía muy bien de lo que hablaba. La miserable vida errante y al límite de la pobreza que había elegido encontraba en Nashville su primera oportunidad.

El nacimiento de la leyenda

Conocido como el Cowboy de Nashville, el productor Jack Clement y Kevin Eggers como manager a su cargo, le brindan la posibilidad de grabar su primer disco: “Fort the Shake of the Song”. Un LP en el que evidencia su inmenso talento como escritor de canciones y que muestra al mundo un compendio de 11 temas con un eminente tono melancólico. Por el disco desfilan un montón de personajes acabados pero llenos dignidad. Historias de perdedores entre las que nos encontramos con algunas de las joyas más brillantes y tristes de su tremendo legado. En especial cabe destacar la desgarradora historia detrás de ‘Tecumseh Valley’, ‘For the Shake of the Song’ o la demoledora ‘Waiting ‘Round to Die’, capaz de hacer llorar a cualquier hombre con sus primeras estrofas tal y como muestra este fragmento del documental “Heartworn Highways”:

De la mano de Clement y Eggers también llegarán sus próximos 5 discos de estudio. En ellos consolida aún más su faceta de songwriter con más letras duras y rotundas. Pese a la calidad de las composiciones y de las propias canciones, Townes Van Zandt en todos estos álbumes suena a un folk más moderno, más melódico, algo que le aleja bastante de las contundentes letras que escribe, y que por el contrario gana enteros en sus directos, donde en muchas ocasiones aparece en solitario. Un terreno en el que su voz desgarrada y su guitarra como única compañera hacen que sintamos en nuestras propias carnes esas historias que nos hacen reflexionar y que impactan de forma directa en nuestros corazones.

En estos discos encontramos canciones repetidas, en las que el propio Van Zandt variaba las letras en busca de mejorarlas, y por supuesto la mayor parte de temas nuevos de lo que vino a ser la etapa más prolífica y brillante del poeta tejano.  Entre ellas, reliquias de la música folk y country como ‘Colorado Girl’, ‘Lungs’, ‘Fare Thee Well, Miss Carousel’, ‘Katlheen’, ‘Poncho & Lefty’ o las baladas ‘To Live is to Fly’, de la que dicen haber sido escrita como un precioso homenaje a su ya difunta amiga Janis Joplin, o la magnífica ‘If I Needed You’, que el propio artista reconoció haber escrito durante un sueño lúcido en el que soñaba ser un cantante de folk que componía esta canción.




Exiliado con su segunda mujer en Clarksville, Townes vive en una caravana en unas condiciones al borde de la miseria y envuelto siempre en drogas y alcohol, un problema que se acentuaba cada vez más. Ninguno de sus discos superó la barrera de las 7.000 copias vendidas, algo que Townes se tomaba con ese sentido del humor que siempre le caracterizó. En una ocasión le preguntaron en televisión si se podían comprar sus discos, ya que nadie los encontraba, a lo que contestó: “Bueno, mi mujer los tiene todos y mi madre los tenía todos”. En estas cortas apariciones en pequeños shows de televisión locales ya dejaba patente su deterioro físico a causa de una vida plagada de excesos.

Relegado a la categoría de músico de culto para una minoría de fans y artistas coetáneos como el propio Bob Dylan, Townes Van Zandt acepta su fracaso comercial, del que se ríe con sorna en el título de su sexto disco: “The Late Great Townes Van Zandt”.



El precio del exceso

Corre el año 1973 y Townes Van Zandt vive sus momentos más bajos. El abuso de estupefacientes y alcohol acaba por costarle la relación con su manager Kevin Eggers. Esta ruptura deja en el olvido un disco ya grabado, “Seven Come Eleven”, álbum que vio la luz 20 años después bajo el nombre de “The Nashville Sessions”. En él encontramos al menos otros dos temas imperdibles en su discografía: ‘Rex’s Blues’ y ‘Snake Song’.

Townes se muda a un pequeño terreno donde por fin se asienta en una cabaña y deja de componer. Sumido en una crisis creativa y en un océano de adicciones, baila con la muerte en varias ocasiones. Como relata su amigo Steve Earle, para quien Townes Van Zandt fue un auténtico mentor, un buen día fue a su finca a cazar y a la vuelta se encontró a Townes en el porche con un revolver. Metió una bala en el tambor y jugó a la ruleta rusa delante de él apretando el gatillo hasta en tres ocasiones.

En ese mismo año Townes Van Zandt había grabado un directo que no obstante se publicará en 1977 con el nombre de “Live at the Old Quarter, Houston, Texas”. Tal vez la mejor muestra que ha llegado hasta nuestros días de la esencia que destilaba la música del trovador tejano. En solitario, con su guitarra y entre bromas, toses del público y tintineos de la barra, Townes Van Zandt ofrece sus canciones a pelo, sin mezclas ni artificios y con esa nostalgia capaz de hacerte reflexionar sus letras y desgarrarte por dentro una vez asimiladas. En esta grabación interpreta en directo algunos de sus mejores temas así como algunas versiones de clásicos tradicionales del género como la obsesiva y maravillosa ‘Cocaine Blues’. Si alguien quiere acercarse a la auténtica figura de Van Zandt, este es el disco que debería escuchar.

Tras su separación de Kevin Eggers, John Lomax III empieza a representarle y de esta unión nace su séptimo álbum de estudio, “Flyin’ Shoes”, en el que registra algunas de las canciones perdidas en ese disco que no llegó a materializarse a su debido tiempo por sus problemas con Eggers. El nuevo manager también decide, en un intento desesperado por dar a conocer la obra de Townes, poner un anuncio clasificado en la revista Rolling Stone en el que alienta sin demasiadas esperanzas a la creación de una especie de club de fans de Van Zandt. Como si de un profeta de la música se tratase, el resultado de este experimento resultó sorprendente, y es que contra todo pronóstico empezaron a recibir centenares de cartas con mensajes muy profundos, llegadas desde todos los rincones del mundo. En algunas de estas misivas se agradecía a Van Zandt su legado musical, llegando incluso a decir que sus canciones habían evitado suicidios o servido como remedio natural para muchas personas deprimidas.

Sin embargo esta nueva unión duraría poco y Lomax dejaba de representarle un año más tarde. Estamos en 1978, Bob Dylan ya es una estrella consagrada tras publicar discos como “Blood on the Tracks” o “Desire”, mientras que Van Zandt dejará de grabar hasta pasados 9 años. Entre medias Kevin Eggers siente la culpabilidad de estar dejando de lado a un talento como el de Townes y decide preparar una gira en la que invierte mucho dinero. Pero una vez más los excesos hacen que el tejano se rompa un brazo tras una juerga que acaba con un accidente de tráfico. La carrera del chico pródigo de Texas toca fondo tras una nueva sucesión de desdichas provocadas por sus adicciones.

Un pequeño affaire con algo parecido a la gloria

Comienza la nueva década de los 80 y paradójicamente, como si hablásemos del fracaso mismo hecho historia, dos de sus mejores canciones alcanzan la fama cuando son versionadas por artistas consagrados del mundo del country. Convertidos ya en estrellas dentro de su género, Emmylou Harris, y más tarde Willie Nelson, versionan la canción ‘Pancho & Lefty’, llevando la misma en el caso de Nelson hasta el nº1 de las listas. Un par de años antes de este éxito, la propia Harris exprimía de nuevo el talento compositivo de Twones, alcanzando el nº3 de la listas de country con ‘If I Needed You’. Dos bombazos que pese a llevar más de una década escritos y grabados, fueron reconocidos por la crítica y el público en las voces de otros artistas, quedando el nombre de Townes Van Zandt en la sombra, como mero compositor de dichas canciones.

Mientras tanto, Townes seguía sumido en unos años creativamente muy pobres en los que solo consiguió sacar al mercado “At My Window”, un álbum bastante mediocre si tenemos en cuenta todos los anteriores. Sin embargo a finales de los 80 los éxitos reportados por Harris y Nelson le dan algo más de visibilidad y un buen montante de dinero.

En 1988 vive lo más parecido a un resurgir, deja la bebida, empieza a tocar para audiencias más amplias y cruza por fin el charco para realizar una gira europea. A su regreso de ésta, un año más tarde, volverá a encontrarse irremediablemente con el alcohol, su eterno enemigo y fiel compañero que habría de acompañarle hasta sus últimos días.

También desde otros géneros musicales se ensalza la figura de Van Zandt. Una generación de jóvenes músicos que ven en sus letras una gran fuente de inspiración. Prueba de ello es la versión de los Tinderstick de ‘Kathleen’, la cual, una vez más lejos de la voz de Van Zandt, llegó a ser nº1 en Europa. En esta misma línea Townes se embarca a principios de los 90 en una gira junto a Cowboy Junkies. Una unión para la que el artista tejano les regala la canción ‘Cowboy Junkies Lament’, a la que el grupo canadiense correspondió con otro homenaje: ‘Townes Blues’.

Curiosamente desde un mundo aparentemente tan alejado al folk, como es el noise y el rock experimental, aparece una nueva oportunidad para grabar otro disco. La propuesta llega de manos de Steve Shelley, quien en aquel entonces vivía la época dorada de Sonic Youth como batería de la banda. Con los estudios ya contratados, Townes sufre una fuerte caía por las escaleras días antes. Pese a que se desplaza en silla de ruedas a los estudios, Shelley acaba cancelando definitivamente la grabación y Townes vuelve a casa, donde sería operado 8 días después de haberse roto la cadera. Otro capítulo más dentro del libro maldito que fue la biografía de Van Zandt.

Ya en el ocaso de su carrera, Townes graba otros dos discos que se publican en 1994: “No Deeper Blue” y “Roadsongs”, un álbum, este último, de covers de clásicos como Bruce Springsteen, quien también versionó en numerosas ocasiones a Townes, o los mismísimos Rolling Stones, de quienes extrae todo el jugo de una sus mejores canciones como es ‘Dead Flowers’ y la convierte en suya, demostrando al mundo de una vez por todas que no solo es un gran compositor, sino también un excelso intérprete. Quizás el único artista que ha sido capaz a lo largo de la historia de mejorar una canción de los Stones.

Precisamente con esta versión de ‘Dead Flowers’, Townes Van Zandt entraría de manera póstuma en el mundo del cine de la mano de los ya citados hermanos Coen. Lo haría como parte de la banda sonora de esa historia de parias que maravilló al mundo bajo el nombre de “El Gran Lebowski”. Un nuevo escenario en el que redescubrir su música que sigue muy activo gracias a cintas modernas como “Calvary”, “Corazón Rebelde” o la exitosa serie “True Detective” y la siempre seminal “Six Feet Under”. Mención aparte para el documental, también de público minoritario, “Be Here to Love Me”, dedicado a su figura.

Volviendo a la cronología de los acontecimientos, un primero de año de 1997, después de sanar con su música multitud de corazones y desgarrar otros tantos, el suyo se paraba definitivamente a los 52 años. Siempre bajo la atenta mirada de La Parca y con un destino tan convulso como maldito, Townes Van Zandt dedicó su vida entera a la música. Una andanza que terminaba con un deseo cumplido, como el mismo llegó a decir: “Me gustaría escribir algunas canciones tan buenas que nadie entendiese, incluido yo”. Y vaya si lo conseguiste vaquero, vaya si lo conseguiste…



lunes, 10 de julio de 2017

EL FIB SE BLINDA

María Pitarch
El País,  07/07/2017

El festival de Benicàssim extrema las medidas de seguridad



La 23.ª edición del Festival Internacional de Benicàssim (FIB) que se celebra del 13 al 16 de julio en el municipio castellonense contará con el mayor dispositivo de seguridad de la historia de los festivales de música que acoge la provincia. El subdelegado del Gobierno, David Barrelles, ha detallado este viernes en la junta local de seguridad extraordinaria en Benicàssim el despliegue que velará por la seguridad de los más de 50.000 asistentes diarios al macroevento musical. Un operativo que lleva gestándose desde hace dos semanas “para poder aprovechar todos los efectivos humanos y medios técnicos al servicio de todos los escenarios de seguridad posibles”. No ha trascendido la cifra de agentes que blindarán el FIB, “porque va en contra del propio dispositivo de seguridad”. Pero superará la de las 1.600 personas destinadas en 2016, entre Guardia Civil, Policía Nacional, Policía Local, Policía Autonómica, Protección Civil, bomberos, seguridad privada y voluntarios.

Entre las novedades, un cambio de concepto en la forma de operar llevada a cabo hasta ahora. “Vamos a volcarnos en las acciones de prevención y respuesta”, ha dicho Barelles. “No hay una amenaza directa que nos haga estar en una situación especial de alerta, pero tampoco estamos exentos de ella. De ahí que vayamos a contar con todas las capacidades que posee la Guardia Civil, además de colaborar con el Cuerpo Nacional de Policía en materia de extranjería”, ha reiterado.

Destaca entre las nuevas medidas el incremento en un 30% respecto a la última edición de los efectivos de la Guardia Civil. También la creación de un área de seguridad en todo el perímetro del recinto de conciertos, que quedará cerrado a los vehículos ajenos al evento, de modo que el acceso para los usuarios se realizará “estrictamente caminando”, ha añadido Barelles. El subdelegado ha anunciado que se realizarán controles “exhaustivos” a los asistentes no solo en la zona de conciertos, sino también en las tres áreas de acampada, y se reforzará la vigilancia en los viales de acceso, en la zona de la playa y el casco urbano de Benicàssim en general.

A los efectivos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se suma “un incremento de la seguridad privada por parte de la propia organización del festival, que incrementa su personal, como responsable de la seguridad en el perímetro interno del evento”, ha añadido Barelles. “Estamos convencidos de que el FIB va a ser todo un éxito. Hemos dispuesto el dispositivo de seguridad necesario para un evento de esta magnitud, para que de lo único que se hable sea de la música”, ha concluido.

El festival espera batir récord de público este año gracias a un cartel “potente y extraordinario”, en palabras del propio director del FIB, el británico Melvin Benn, que unirá durante cuatro días a nombres como Red Hot Chili Peppers, Kasabian, The Weeknd, Foals y Deadmau5, junto a referentes nacionales como Los Planetas.

La organización del FIB ha anunciado también a través de su página web las medidas de seguridad que aplicará en el interior del recinto de conciertos, entre las que figura la prohibición de entrar bolsas o mochilas de gran tamaño y los cacheos en los accesos. Los registros, añade el comunicado, “pueden incluir de cuerpo entero hacia abajo y/o el uso de detectores de metales”. Además, tampoco habrá consignas y guardarropa en la zona de conciertos.

Según han explicado a EL PAÍS fuentes del festival, la seguridad del público “siempre ha sido una prioridad en todas las ediciones”. Ha destacado que la organización trabajará con las autoridades pertinentes “al máximo nivel” para poner en marcha todas estas medidas. La alcaldesa de Benicàssim, Susana Marqués, ha hecho especial hincapié hoy en el dispositivo especial de tráfico con el que contará el FIB y ha animado al público a utilizar el transporte público “al máximo, porque es la forma más rápida y cómoda de acceder”.

El coronel jefe de la Comandancia Provincial de la Guardia Civil en Castellón, Miguel Fresneda, ha hecho balance en el transcurso de la junta de seguridad de la campaña del pasado año. En 2016 este cuerpo instruyó 360 diligencias penales, hubo 12 detenidos, se sancionaron a 130 personas por incumplimiento de la Ley de Seguridad Ciudadana en materia de drogas, se realizaron 2.000 controles de alcohol y drogas entre los conductores y se cursaron 550 denuncias por infracciones de circulación en materia de tráfico.

domingo, 9 de julio de 2017

AARON WATSON CANTA A LAS «BLUEBONNETS» EN EL HUERCASA COUNTRY FESTIVAL 2017: ASÍ DE SENCILLO, ASÍ DE ESPECTACULAR

Álvaro Alonso, Riaza (Segovia)
ABC, 09/07/2017

Éxito total de organización, espectáculo y audiencia en la fiesta del country en España



«No pudieron con nosotros. Sois los mejores». De esta forma agradecía Manolo Fernández la comprensión y fortaleza de ánimo de una audiencia que el viernes tomó el pueblo de Riaza y todos los pueblos limítrofes para asistir al festival de country más genuino que pueda encontrarse en Europa. La lluvia dio al traste con la primera jornada. Pero hay músicos que lo de tocar lo llevan en la sangre, como los Cactus Blossoms, quienes dieron un concierto improvisado en los soportales del centro histórico de Riaza ante 300 personas más que agradecidas.

El sábado el cielo dio una tregua, y a eso de las siete de la tarde toda la tropa de amigos del country, venidos de toda la península, fueron entrando en el precioso recinto, que aprovecha las gradas del estadio de fútbol de Riaza, colocando en frente un enorme y vistoso escenario con una visibilidad magnífica. La cerveza tostada La Virgen no dejaba de llenar generosos vasos, el sol lucía en la tarde y los amantes del «country line» disfrutaban de los bailes, mientras otros se iban a la zona de barbacoa Huercasa a degustar algún menú y otros vigilaban de los niños en la zona de juegos.

Los sombreros de cowboy, los vistosos cinturones, las botas y los vaqueros, daban en sí ya un gran espectáculo que te transportaba a Texas o a Nashville con su bello paisaje. «Muchos pensaban que era imposible hacer esto en España», recuerda Manolo Fernández, «pero yo pensé, ¿por qué no? ¡Claro que se puede! Y lo hicimos».

En efecto, lo que parecía un sueño es desde hace años una realidad, un festival de auténtico country en España con un cartel de primera fila.

Ganas había de desquitarse de la jornada inaugural, por lo que la audiencia estuvo a pie del cañón desde el primer minuto que salieron al escenario a eso de las nueve Young Forest, una banda de aquí, que empieza y que, con un pequeño empujón, bien pudiera codearse con bandas de folk rock de éxito masivo como Mumford & Sons.



Apenas tiempo para respirar y ya tenemos a uno de los tres grandes triunfadores de la noche. Joshua P. Harris, con una banda impecable que desarrolló un perfecto ejercicio de estilo country rock acompañado por su poderosa voz y una banda donde brillaba y mucho la guitarra Fender y el pedal steele. Muchos se frotaban los ojos, pensando si lo que estaban escuchando era real o si estaban frente a los Flying Burrito Brothers en 1969. Pero J.P. Harris, natural de Montgomery, AL, hizo mucho más incorporando sorpresas como recordar al outlaw Terry Allen.

Tras el fenomenal concierto del de Montgomery, el tejano Shooter Jennings lo tenía difícil. Los técnicos de sonido sudaron la gota gorda porque el show de Shooter requería otro sonido mucho más rockero. Entró la banda de Shooter con una espectacular violinista y un bajista que parecía salido de los mismísimos Led Zeppelin y un guitarra oscuro y endiablado. El único hijo de Waylon Jennings arrancó como una fiera, descargando un tremendo trallazo de guitarras de rock sureño con electricidad a raudales engrandecido por un jovencísimo y enérgico batería. Se atrevió a coquetear con el rock sinfónico en un par de piezas más complejas, para enlazarlo con algunas de las mejores canciones medio tiempo de americana extraídas de sus primeros discos.

Da la sensación de que Shooter Jennings y sus secuaces son capaces de tocar en un arco que va mucho más allá del country. Ésta es una de sus virtudes, explorando territorios nuevos con base en la tradición de su padre y esa rebeldía que tuvo lugar en aquellas noches de blues en el Old Quarter de Galveston en los años setenta.

Aaron Watson, apoteosis del festival

El festival seguía su curso, al igual que la luna llena, hasta llegar a la apoteosis. Con sombrero tejano apareció Aaron Watson, natural de Amarillo, esa pequeña población del oeste de Texas donde el cielo es tan especial. Aaron se enseñoreó del escenario de manera asombrosa, con su simpatía, su calor humano y una sencillez como solo los tejanos saben demostrar. Su caso es una rareza, porque desde un sello independiente consiguió auparse al número uno de las listas country, sorprendiendo a la industria, que desde hace años intenta emular su estilo y sus canciones. Pero Aaron Watson no hay más que uno, fabuloso espectáculo, canciones que se instalan en lo que es Texas hoy, y lo refleja sin nostalgia, instalado en una modernidad que le pertenece. Y es que Texas es así, es como lo describe Aaron, esos son sus ritmos, orgulloso de sus raíces y dispuesto a sonar a novedad sin ningún complejo. Presentó canciones de su último disco «Vaquero», en español como suena, y durante más de hora y media puso a bailar y a saltar a un público entregado sin fisuras al artista.

Solo un detalle más: Aaron Watson explicó en el tramo final de su concierto ese pequeño prodigio de la naturaleza que ocurre en Texas cada primavera y al que le dedicó una excelente canción. Las llaman «bluebonnets» y son unas florecillas silvestres que cubren con un irreal manto azul los verdes prados de aquella generosa tierra. Así de sencillo, así de espectacular.