jueves, 30 de agosto de 2018

GG ALLIN: EL MÚSICO MÁS EXTREMO Y ODIADO DEL PUNK HUBIERA CUMPLIDO ESTE 29 DE AGOSTO 62 AÑOS

Dani Cabezas 
La Sexta, 29/08/2018


El público asiste con una mezcla de curiosidad y terror a una escena insólita: el cantante de la banda parece haber perdido el control. Se corta con cristales rotos. Se autoflagela. Golpea a los asistentes de manera aleatoria. Y va más allá: defeca en el escenario y arroja al público sus propios excrementos, lo que terminar de desatar el caos. Antes de que concluya el set, la policía ha intervenido y ha dado por concluido el recital.

Ese era el final de muchos de los conciertos de GG Allin, a buen seguro, el músico más extremo y autodestructuivo que jamás pisó un escenario. Y un tipo al que cuesta imaginar tal y cómo sería en la actualidad. De no haber muerto de sobredosis en 1993, este 29 de agosto hubiera cumplido 62 años. En realidad, su plan era suicidarse sobre el escenario, algo que nunca llevó a cabo.

Lo que GG sí planeó, y al detalle, fue su funeral. Así lo había reflejado en la canción ‘When I die’. A petición de su hermano, el cadáver no fue maquillado ni lavado, por lo que desprendía un olor nauseabundo como resultado del concierto de la noche anterior, en una gasolinera abandonada de Nueva York. Fue vestido con su chupa de cuero negro, junto una botella de Jim Beam. Su disco ‘The Suicide Sessions’ sonó a todo volumen, y los asistentes posaron junto al cadáver, en cuya boca colocaban drogas y whiskey. Todo ello quedó grabado e incluido en el documental ‘Hated’.

GG Allin se llamaba Jesucristo de nacimiento, lo cual añade a su biografía un componente casi cómico. Su padre, Colby Allen, era un fanático cristiano que se decantó por ese nombre poco antes del parto: aseguraba que el propio Dios le había visitado días atrás para anunciarle que su hijo sería algo similar a un mesías. No iba desencaminado, aunque seguramente no en el sentido que a Colby le hubiera gustado.

La de GG -apodo que le puso su hermano, incapaz de pronunciar la palabra ‘Jesús’- fue una infancia difícil. La familia vivía en una cabaña de madera de New Hampshire, sin agua ni electricidad, y los delirios religiosos de su padre derivaban en prohibiciones como hablar una vez caía el sol. Los abusos eran constantes, lo que llevó a su madre, Arleta, a separarse cuando GG tenía 5 años y mudarse con los niños a Vermont, tras lo que decidió cambiar el nombre de GG, que pasó de llamarse Jesus Christ a Kevin Michael.

Como tantos otros, GG Allin encontró la válvula de escape perfecta en la música. En concreto, en el punk-rock que a finales de los 70 comenzaba a explotar en todo el país. Tocó la batería en bandas como Malpractice o Stripsearch. Empezó a cantar con The Jabbers. Y a lo largo de los 80, lo hizo con otros como The Scumfucs o The Texas Nazis.

Poco a poco, su manera de entender la música y las actuaciones en directo se fue volviendo más y más salvaje. Pasó de tocar una suerte de punk casi humorístico y de raíz power pop a una vena mucho más destructiva, que se acentuó cuando se enganchó a la heroína, la cocaína y casi cualquier sustancia estupefaciente que cayera en sus manos.



En 1989 fue detenido, acusado de violación y encarcelado, lo que le sirvió para tomarse un respiro y escribir “El manifiesto de GG Allin”. En él, además de llamar al caos global, cargaba contra las bandas punk que había idolatrado, como los Sex Pistols, Iggy Pop o los Ramones, a los que acusaba de ser unos vendidos. Cuando tuvo ocasión de disfrutar de la libertad condicional, la quebrantó para irse de gira. Fue entonces cuando su popularidad se disparó, llegando incluso a aparecer en programas de televisión como el popular talk-show de Jerry Springer.

25 años después de su muerte, algunos ven el paso de GG Allin por la historia del rock como una broma de mal gusto. Otros, por el contrario, ponen el énfasis en la importancia de la transgresión como camino a una catarsis individual y colectiva. Casi como una forma de arte.

Servando Rocha, escritor y fundador de la editorial La Felguera, especializada en la contracultura, el underground y el misterio, así como ex batería de la banda de punk madrileño Muletrain, hace hincapié en este último aspecto. “Tendemos a considerar que se trataba de un cantante que había perdido toda brújula, pero en mi opinión era justamente lo contrario”, asevera. “GG Allin era inteligente, a pesar de su carrera hacia el abismo y la transgresión de todos los tabúes y barreras”.

Para Rocha, “en todo lo que hizo hubo una deliberada intención de arte, en el sentido de que usó su cuerpo igual que décadas antes lo hicieron los accionistas vieneses y algunos artistas sado. Lo que representó fue el lado maldito de la realidad y la civilización defendida por el rock and roll. Alguien dijo una vez que "la negación de una negación es una afirmación", y esto puede servir para explicar su historia”.

“Habría que diferenciar a GG Allin de sus fans”, aclara Rocha. “La mayoría de ellos se quedaron con todo lo que tenía de exaltación de la fealdad, la violencia y lo atávico, pero se olvidaron que él conocía qué tipo de arte era capaz de hacer y cual era su objetivo: superar el cuerpo, destruir cualquier norma, la libertad entendida como el rechazo a la prohibición y la defensa del Mal. Fue uno de los grandes artistas del siglo XX y dejó, además, un puñado de canciones redondas”, concluye.

Ya fuera un paleto exhibicionista y ególatra o un artista genial incomprendido por la gran mayoría, hay quien piensa que con GG Allin murió el último punk. O al menos, el último que encarnó su espíritu de manera más real y salvaje. Sea como sea, una cosa está clara: no volverá a haber nadie como él. O al menos, nadie que lleve hasta las últimas consecuencias la filosofía que plasmó en una de sus frases más recordadas: "La sociedad es una gran broma, y la única manera de enfrentarse a ella es siendo una broma más grande, nauseabunda, amoral y desagradable, pero sincera”.


domingo, 26 de agosto de 2018

LA CANCIÓN QUE CONECTA EL UNIVERSO ‘BLACK MIRROR’

Daniel Partearroyo
Cinemanía, 02/01/2018

¿Qué tiene esta clásica pieza de soul interpretada por Irma Thomas que Charlie Brooker ha convertido en el tejido conjuntivo de los episodios de su serie de distopía tecnológica?



Black Mirror es la serie antología más importante de nuestro tiempo. La creación de Charlie Brooker para Channel 4, adquirida por Netflix en 2015, funciona como contenedor para historias de ciencia-ficción sobre avances tecnológicos llevados hasta sus consecuencias más críticas. Aunque cada episodio de Black Mirror cuenta una historia independiente y autoconclusiva, sin más vinculación entre sí que ansiedades diversas en el uso que hacemos de las nuevas tecnologías y su efecto sobre las relaciones humanas, a los responsables del show les gusta esconder pequeños detalles (nombres de personajes, titulares de prensa, objetos…) que remiten a episodios anteriores y cohesionan el universo de las historias a modo de guiño para fans.

Pero ningún elemento de Black Mirror se repite con tanta insistencia en cada temporada como cierta canción. Anyone Who Knows What Love Is (Will Understand), un clásico soul de Irma Thomas, probablemente sea una de las canciones favoritas de Brooker, pues se las ha apañado para hacer acto de presencia en casi todas las temporadas de la serie.

La primera vez fue cuando Abi (Jessica Brown Findlay) la cantó ante el jurado de Fifteen Million Merits, el segundo episodio de la primera temporada.

Si bien en la segunda temporada no hubo rastro de la canción, volvimos a escucharla en voz de un personaje de la serie en el especial navideño White Christmas. Allí, en la tercera historia, Beth (Janet Montgomery) la canta en un karaoke reflejando la toxicidad de la relación que mantiene con Joe (Rafe Spall).

En la tercera temporada, primera producida por Netflix, es la soldado Raiman (Madeline Brewer) quien la canta con fines intimidatorios en Men Against Fire (quinto episodio). Y, por último, en la cuarta temporada la canción juega un papel muy importante en la investigación que se lleva a cabo en Crocodile (tercer episodio), pues se utiliza como una de las claves para reavivar el recuerdo de los testigos del accidente con la furgoneta repartidora de pizza.

A partir de ahora a ti también te resultará imposible escuchar la canción sin que Black Mirror venga a tu memoria.


jueves, 23 de agosto de 2018

THE DOORS, ESPERANDO A QUE SALGA EL SOL

Enrique Viñuela
Bilbao,  02/08/2018



Se cumple el 50 aniversario de la publicación de ‘Waiting for the Sun’, el disco con el que The Doors alcanzaron su único número uno en las listas de ventas

En agosto de 1968, The Doors sacaron a la venta su tercer álbum, Waiting for the Sun. A pesar de que escaló hasta el número uno en las listas de ventas, en su momento las críticas no fueron precisamente buenas. Algunas, especialmente hirientes, como la que firmó Jim Miller en la revista Rolling Stone: “No es un disco terrible, pero tampoco es particularmente excitante. El grupo suena bien, pero el principal problema es Jim Morrison. No canta tan bien como en su primer disco, y adolece de falta de sutileza. Por supuesto, hay algunas buenas canciones, como Spanish Caravan, con un hermoso trabajo de guitarra de Krieger, Not to Touch the Earth tiene sus momentos y, a pesar de las letras, la música de Summer’s Almost Gone es evocativa. En Yes, the River Knows, Morrison demuestra que es incapaz de sostener una balada. De todas formas, la portada es bonita”. Miller tiene razón. No es el único que opina que es el disco más flojo de la banda californiana. Lo que no significa que sea un mal álbum. Pero palidece frente al resto de una discografía que no baja del sobresaliente.

Waiting for the Sun cumple medio siglo. Y para celebrar el aniversario, el sello Rhino publicará el 14 de septiembre una edición de lujo en formato de doble CD. En el primero encontramos el disco nuevamente remasterizado por Bruce Botnick, el ingeniero de sonido que trabajó con el grupo en los sesenta, a partir de las cintas originales. El segundo CD incluye nueve mezclas inéditas registradas en las sesiones de grabación y cinco temas en directo del concierto que The Doors ofreció en Copenhague el 17 de septiembre de 1968. Botnick prefiere estas nuevas mezclas a las que finalmente aparecieron en el disco, porque, en su opinión, “representan con mayor fidelidad el espíritu de la banda, tienen un sonido más rudo, atractivo y refrescante”.

La grabación del álbum fue tensa. El escritor Stephen Davis, autor del libro Jim Morrison: vida, muerte, leyenda, sostiene que Waiting for the Sun fue “el principio del fin de The Doors”. La banda se encontraba en su punto álgido de popularidad, y solo unos meses después de lanzar Strange Days, la discográfica Elektra presionó para que entraran en el estudio para grabar otro disco. El principal problema era la falta de nuevas canciones. Así que echaron mano de temas antiguos que no habían entrado en el listado de sus dos primeros trabajos. En un inicio, la idea era que toda la cara A estuviera ocupada por una extensa pieza teatral titulada Celebration of the Lizard, basada en un poema surrealista escrito por Morrison. Tras grabar las primeras maquetas y comprobar los pobres resultados, desecharon la propuesta y al final solo se incluyó una pequeña parte del poema en la canción Not to Touch the Earth.

Si, como dijo John Lennon, los Beatles eran más grandes que Jesucristo, por entonces Morrison se creía Dios. O en su defecto, el presidente de los Estados Unidos de América. Pero con unas cuantas copas de más. En una entrevista para Rolling Stone, el cantante le dijo a su amigo Jerry Hopkins: “Una vez dije que la extensión lógica del ego es Dios. Creo que la extensión lógica de vivir en América es ser presidente”. En apenas año y medio, desde que publicaron su disco de debut, Morrison había pasado de ser un completo desconocido a convertirse en una estrella mediática. Y en el hombre más deseado del país. “No ha surgido ningún símbolo sexual importante desde que James Dean muriera y Marlon Brando comenzara a echar barriga. Dylan es más una palpitación intelectual, y los Beatles siempre han sido demasiado monos para ser profundamente sexys. Y ahora llega Jim Morrison, de The Doors. Podría ser el fenómeno más grande en apoderarse de la libido de las masas en mucho tiempo”, escribió Howard Smith, columnista del Village Voice.

Vivir al límite

Fue durante la grabación del disco cuando Morrison comenzó a sentirse atrapado en su propia imagen. No dejaba de beber y drogarse. Estaba fuera de control. Apenas aparecía por el estudio. En vez de Esperando al sol, el disco debería haberse titulado Esperando a Jim. El baterista John Densmore amenazó con abandonar el grupo tras encontrárselo completamente beodo sobre un charco de orina. Una de tantas. Y lo peor estaba por venir. “Nadie sale vivo de aquí”, cantaba el Rey Lagarto de forma premonitoria en Five to One. Su comportamiento impredecible era un dolor de cabeza permanente para sus compañeros, pero también una bendición para quienes acudían a sus conciertos. “Jim vivió toda su vida al límite y la gente podía sentirlo cuando se subía al escenario; siempre había algo por debajo, a punto de suceder… y podía pasar esa misma noche si eran afortunados. Todo lo que puedo decir es que estaba totalmente comprometido con vivir la vida de la revolución”, recordaba el guitarrista Bobby Krieger.

A diferencia de los dos primeros discos, que compartían la misma atmósfera oscura y estructura, con piezas de larga duración como punto final, Waiting for the Sun ofrece un sonido más ligero, más pop. Apenas dura media hora. Hello, I Love You fue el primer sencillo extraído del álbum. En su biografía Jinetes en la tormenta, Densmore cuenta que Paul Rothchild “nos sacó a rastras de la sala de control y nos dijo que necesitábamos un hit pronto y que, con unos arreglos, Hello, I Love You podría servir. Se convirtió en una canción fuera de lo corriente, con mogollón de distorsiones de guitarra conseguidas con el último juguete electrónico, el Fuzzbox. Aunque la letra me gustaba muchísimo, los nuevos arreglos parecían artificiosos. Me quedé alucinado cuando llegó al número uno”. Ray Davies, líder del grupo británico The Kinks, demandó a The Doors argumentando que la canción era un plagio de All Day and All of The Night. El asunto se zanjó fuera de los tribunales a cambio de una buena suma de dinero.

Aunque a nivel musical sea un disco irregular, es innegable que Waiting for the Sun captura de forma fidedigna el espíritu de la época en temas como The Unknown Soldier, en el que Morrison denuncia la pasividad de sus compatriotas ante la guerra de Vietnam. Las canciones suenan premonitorias. Son un aviso. Como una alarma o el chasquido del gatillo de una pistola justo antes de dispararse. No sabes qué, pero presientes que algo está a punto de ocurrir. Y no va a ser nada bueno.

En su ensayo Escuchando a The Doors, Greil Marcus escribe: “En 1968, el miedo era la moneda circulante. Era lo que te mantenía despierto, y no solo la noche en que dispararon a Bobby Kennedy. El miedo era la razón por la que cada día podía parecer una trampa. Parecía que el país se estaba desmoronando. En este escenario, The Doors eran una presencia. Eran un grupo al que la gente sentía que tenían que ver; no enterarse de su existencia, ni descubrir, ni escuchar el mensaje que les revelara la verdad, sino estar en presencia de un grupo que parecía aceptar el momento actual sin más. Nada en su comportamiento hacía prever un final feliz. Su mejor canción (The End) decía que los finales felices no eran interesantes, ni merecidos”.

viernes, 17 de agosto de 2018

MUERE A LOS 76 AÑOS ARETHA FRANKLIN, LA REINA DEL SOUL

Amanda Mars
El País, 17/08/2018

[¡Qué mala noticia! Descanse en paz.]

La última gran diva de la edad de oro de la música afroamericana, con éxitos legendarios como ‘Respect’, había suspendido sus escasos conciertos de este año por motivos de salud.



La reina del soul, Aretha Franklin, ha fallecido este jueves en Detroit a los 76 años. Hija de un conocido reverendo, comenzó a cantar en el coro de la iglesia de su padre y sacudió el panorama musical de los 60 al introducir los recursos del góspel en la música secular, con éxitos hoy legendarios como Respect o (You make me feel) A natural woman. Tuvo una vida precoz y turbulenta, con su primera maternidad cuando era apenas una niña, un matrimonio violento y un considerable historial de desavenencias y desdichas. El representante de la artista confirmó el fallecimiento, a causa del cáncer de páncreas que sufrió por primera vez en 2010. Con ella desaparece la última gran superviviente de la era dorada de la música negra estadounidense.

El mundo de la música y la política -el mundo en general- se volcó inmediatamente en demostrar su admiración por el legado que dejó la artista. De Paul McCartney a Elton John, pasando por Barbra Streisand, quien dijo que "es difícil concebir un mundo sin ella. No solo fue una cantante excepcionalmente brillante, sino que su compromiso con los derechos civiles tuvo un impacto indeleble en el mundo". El expresidente Barack Obama, gran admirador de la estrella, y su esposa Michelle, escribieron que "en su voz, podíamos sentir nuestra historia, toda ella y en cada sombra: nuestro poder y nuestro dolor, nuestra oscuridad y nuestra luz, nuestra búsqueda de la redención y nuestro respeto, duramente ganado". También el presidente Trump, el expresidente Bill Clinton y Hillary Clinton expresaron su pesar por esta mujer que revolucionó la canción en los 60.

Franklin nació en 1942 en Memphis (Tennessee), pero creció en el mismo lugar que le ha dicho adiós, Detroit (Michigan), la otrora próspera capital de la música y el automóvil. La suya fue una de las muchas familias afroamericanas que en los 40 emigraron del sur al norte al calor del boom industrial. El esplendor del jazz y otros ritmos en ciudades como Chicago o la citada Detroit se entienden a partir de ese fenómeno económico y demográfico; el declive del mismo, también. Una incipiente clase media afroamericana que se había formado en el cinturón industrial entró en barrena. Pero cuando el motor se gripó, Aretha ya se había convertido en una artista reconocida. Su padre, además, era Clarence LeVaughn Franklin, un pastor muy conocido e influyente, amigo de Martin Luther King, cuya voz resultaba tan musical que sus sermones acabaron editados en discos.

Fue en el coro de la iglesia de su padre donde la artista comenzó a cantar, al igual que sus hermanas, y fue en su propia casa cuando entró en contacto con el movimiento de los derechos civiles. Pero lo privilegiado de su hogar -dentro de la comunidad afroamericana- no le libró de una infancia dura y, sobre todo, muy breve. El reverendo C. L. Franklin, bebedor y acusado de maltrato en su biografía, había tenido otros hijos fuera del matrimonio y su esposa Barbara, la madre de Aretha, los abandonó. A los 12 años, quedó embarazada de un chico de una escuela y a los 15 ya había tenido su segundo hijo con otro hombre. Ambos llevan el apellido Franklin. Se casó a los 19 con Ted White, que fue violento con ella, y se divorció ocho años después. Tuvieron un chico. Años después se casaría (y divorciaría) de nuevo y tendría un cuarto vástago. El reverendo Franklin murió en el 84 tras pasar cinco años en coma a consecuencia de un tiroteo cuando se enfrentó a unos ladrones.

Muchos de los episodios turbios de su vida quedaron recogidos -para su disgusto- en una biografía de 2014 (RESPECT: The life of Aretha Franklin) publicada por David Ritz, quien años antes había trabajado para ella como escritor fantasma (o negro, como se dice en España) de una autobiografía que la artista se encargó de edulcorar. Como su música, Aretha era peleona y trataba de arrinconar en su historia la parte más dura. Decía su productor de Atlantic, Jerry Wexler, que sus ojos luminosos cubrían la angustia y que sus depresiones podían llegar a ser “tan profundas como el mar oscuro”.

Aunque había comenzado grabando en Columbia Records, los grandes éxitos llegaron en Atlantic, con Wexler. A temas tan célebres como Respect o Natural woman se sumaron rápidamente otros imborrables, como Think o Say a Little prayer. A finales de los 60, ya se había convertido en uno de los iconos de la comunidad afroamericana, con canciones que transpiraban reivindicación femenina y racial. Cantó en el funeral de Martin Luther King, al que había conocido de niña en su casa, en el 68, y lo hizo también en enero de 2009 cuando Barack Obama tomó posesión y se convirtió en el primer presidente negro de la historia estadounidense. Hace pocos años, en un acto público, la reina del soul dijo que aquel había sido el momento más emocionante de su carrera.


Diva con miedo a volar

Ganadora de 18 premios Grammy y con 10 millones de discos vendidos, llevaba desde los años 80 sin viajar fuera de Estados Unidos debido a su también legendaria fobia a volar. Esta limitación, aunque le privó de veladas de gloria en vivo, no limitó el alcance internacional de su carrera ni su consagración como reina del soul. Se le atribuyen celos de diva contra otras artistas que en algún momento la superasen en ventas -como Barbra Streisand o Whitney Houston- y, de hecho, fue público y morrocotudo su enfado cuando en la entrega de los premios Grammy de 2008, a Beyoncé no se le ocurrió otra cosa que presentar a Tina Turner como “la Reina”. Franklin se ofendió y lo consideró un golpe bajo de los guionistas para generar polémica.

Franklin anunció su retirada a principios de 2017 con la idea de limitar su agenda a actuaciones escasas y muy escogidas, aunque muchas de estas tuvieron igualmente que cancelarse por recomendación médica este año. Así, no pudo actuar el pasado marzo en Newark, como estaba previsto, ni tampoco el pasado abril en el festival de jazz de Nueva Orleans. Su última actuación tuvo lugar el pasado noviembre, en Nueva York, con motivo del 25 aniversario de la fundación contra el Sida de Elton John. Su influencia musical, sin embargo, pervive para la opinión de los expertos en artistas de generaciones posteriores, como Mariah Carey o Beyoncé.

Decía Obama en un artículo de David Remnick de 2016 en The New Yorker, que si tuviese que llevarse unos pocos discos a una isla, su admirada Aretha Franklin figuraría en esa lista. “Porque me recordaría mi humanidad. Lo que es esencial en todos nosotros. Y simplemente: suena puñeteramente bien”.

martes, 14 de agosto de 2018

BABE RAINBOW. "DOUBLE RAINBOW" (2018). Psicodelia en alta de definición.


Solo hay que fijarse en la decoración del fondo de este blog, en el título y el subtítulo, para darse cuenta de que la psicodelia es uno de los estilos favoritos de la casa. Y partiendo de esta premisa, no pude más que quitarme el sombrero ante este LP, publicado el mes pasado y enseguida difundido al completo por youTube (¡gracias!). Se trata del segundo álbum de un joven grupo australiano que contribuye a revitalizar el género. Y de una manera que sorprende, por la frescura y la redondez de sus temas.

La canción que abre el disco, de título bastante gráfico, es un guiño no solo a ese mago de la psicodelia británica que fue Syd Barrett sino también al sonido Canterbury en concreto a Caravan (sobre todo los del primer álbum, algo más psicodélico que progresivo). Lo más hipnótico del tema a parte de los vistosos trémolos y glissandos de los teclados es ese bajo que bombea magia a lo largo de todo el tema y que es lo que más me recuerda al sonido Canterbury. Impresionante. Pero si eso no ha sobrecogido al oyente ahí está el segundo tema "Supermoon" (hermoso nombre) un pildorazo psicodélico que rezuma cornezuelo de centeno por todos los poros. El vídeo, por cierto, que acompaña al tema tiene una fotografía y una puesta en escena magnífica y es un prodigio visual de luz color y movimiento. Las referencias a la contracultura de los 60 son evidentes.


El álbum prosigue con un tema, "Gladly", algo más bluesy y hendrixiano aunque suavizado por la voz de Angus Dowling y los coros de sus compinches. También tiene tintes de blues ácido "Darby And Joan", donde la voz de Dowling suena más aguda y melosa. Pero es con el siguiente corte "Eureka" cuando el Lp vuelve a alcanzar otro punto álgido. Con la adición de un sitar, percusión exótica y una flauta travesera y arreglos de funky setentero con pedales wah-wah, los Babe Rainbow lo bordan. Y para seguir rindiendo homenaje a ese hipnótico instrumento de cuerda indio se incluye un corte de solo de sitar llamado "Alan Chadwick's Garden" que suena de lo más enigmático.

Otro punto culminante del disco es el maravilloso "Cool Cat Vibe", en el que los australianos con una letra minimalista ("Cool Cat Vibe / Yeah yeah yeah") se trabajan un tema espléndido, tan mágico como pegadizo, que a un servidor le recuerda a Strawberry Alarm Clock. También es bastante lacónico en cuanto a letra el siguiente tema "Bella Luna", sin embargo la mezcla de soul y psicodélica hace que, cuando se acaba, sepa a poco. A destacar los certeros arreglos de flauta travesera que recuerdan algún tema de Love. Por su parte "2nd of April" es un instrumental de guitarra acústica que suena a ratos a psicodelia, a ratos a folk y a country/blues e incluso, en ciertos fragmentos, a flamenco. Una muestra de lo variado de las influencias de la banda. También resulta deliciosa "Running Back", donde remiten a la manera de concebir el folk ácido de mis queridos Beachwood Sparks. Y finalmente el LP se cierra con la soleada tonada entre el rag y el swing (a mí me recuerda al inmortal "Daydream" de los Lovin' Spoonful) que deja la mente del oyente inundada de sunshine pop del bueno. Una delicia de álbum que ayuda a combatir el aburrimiento y la soledad si te toca, como al que esto escribe, pasar el mes de agosto en la ciudad.