domingo, 2 de agosto de 2026

ADIÓS A JEFF CONOLLY, EL HOMBRE MONOAURAL

Esta vez la necrológica no va a ser un reposteo de un artículo de los mass media. Ha muerto Jeff Conolly, líder de The Lyres y DMZ y uno de mis ídolos musicales, de modo que la ocasión merece un obituario personalizado. Jeff se lo merece por el placer que me ha producido su música y porque gracias a él pude asistir al mejor concierto que he visto en mi vida.

Jeff se inició en la escena punk y garage de Boston con los DMZ a finales de los 70. En los 80, con el revival del garaje sesentero pegando fuerte, Conolly, apodado el Monoman por afición a coleccionar discos monoaurales, forma The Lyres, con los que graba tres primeros álbumes inconmensurables: On Fyre (1984), Lyres Lyres (1986) y A Promise Is A Promise (1988) . Después, en los 90, cuando el revival garajero ya no era novedad, las grabaciones se hicieron más escasas. De todas formas, The Lyres han existido hasta que un cáncer de vejiga se ha llevado al Monoman a la tumba el viernes pasado a la edad de 69 años.

Aparte de la incandescente música de The Lyres, tengo que agradecer al Monoman ese inolvidable concierto de, si no recuerdo mal, finales de junio de 1987, en mi ciudad. Y además fue al lado de donde yo vivía con mis padres, pues aún era menor de edad, en una sala muy pequeña de la que hoy día no queda ya ni rastro.  Allí los Lyres descargaron una tralla sónica de primer orden, con Conolly beodo y aporreando un viejo órgano sesentero lleno de quemaduras de cigarrillos y de pintadas, me imagino realizadas por el público. Era la época en que habían sacado su segundo disco, así que tocaron muchos temas del Lyres Lyres, al cual tengo especial cariño. Hubo un momento en que el Monoman y los suyos alcanzaron un clímax demoníaco y Jeff empezó a percutir las botellas de whisky vacías que rodaban por el escenario con un pie de micrófono, creo recordar. De repente, Conolly comenzó furioso a reventar botellas... Los cristales nos pasaban rozando la cocorota a los que estábamos en las primeras filas del público. Recuerdo que la gente se volvió absolutamente loca. A esta orgía sónica contribuyeron los efluvios de una pipa en la que un par de tipos que bailaban con sendas rubias con acento gringo quemaban cannabis. Antaño se podía fumar en las salas de conciertos, aunque no droga. La noche acabó cuando alguien de la organización promotora del concierto tuvo que comunicar que el fiestorro se había prolongado y desmadrado en demasía y que los vecinos de arriba de la discoteca habían llamado a la policía para desalojarnos por las malas. Cuando salí al exterior con los tímpanos reventados me parecía estar flotando en un sueño de una noche de verano. Jamás tuve esa sensación otra vez... Quizá sentí algo cercano cuando vi a los míticos Pretty Things en 2017... Tres años más tarde moría Phil May.

En definitiva, me alegro de haber conocido la música de Jeff Conolly y The Lyres y haberla sentido tan de cerca en aquel explosivo directo. Ahora que ya no los voy a ver en acción nunca más pienso, como en el caso de los Pretty Things, lo afortunado que he sido. Ellos ya no están pero el recuerdo nada ni nadie me lo podrá arrebatar. D. E. P, Jeff Conolly.

jueves, 23 de julio de 2026

LAURA CANTRELL, VEINTE AÑOS DE UN CLÁSICO

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, julio 19, 2026


La cantautora norteamericana acaba de relanzar Humming By The Flowered Vine, con motivo del vigésimo aniversario de su publicación original —aunque, si somos rigurosos, han pasado veintiún años—. Este tercer álbum fue uno de sus trabajos más celebrados, y ahora aparece en una reedición remasterizada que, además, incluye un tema inédito.

Laura Cantrell es una artista excepcional, no solo por la calidad de su trabajo, sino porque representa una rara anomalía en el mundo de la música: es una investigadora de los estilos con raíces, algo que puede apreciarse en sus discos, y tiene un gusto exquisito para descubrir joyas ocultas y nuevos talentos. 

En Humming By The Flowered Vine (2005), su tercera entrega tras los brillantes Not the Tremblin’ Kind (2000) y When the Roses Bloom Again (2002), la nativa de Nashville afincada en Nueva York combinaba material propio con versiones muy bien escogidas.

En esta ocasión, solo cuatro canciones llevaban su firma: Khaki & Corduroy, una preciosa balada entre el country y el jazz sobre su experiencia de ser una chica del sur en la ciudad de los rascacielos; California Rose, un luminoso country-folk acústico concebido como un tributo a la pionera Rose Maddox (1925-1998), una de las grandes artistas femeninas de la era honky tonk; Old Downtown, un cántico épico con guitarras atmosféricas, y Bees, otra balada de delicadeza extrema.

Entre las versiones, Laura seguía fiel a sus colegas contemporáneos como Emily Spray (con la deliciosa 14th Street, con exquisitas armonías de Mary Lee Kortes), Jenifer Jackson (con el country What You Said, con violín y acordeón) y el guitarrista de Yo La Tengo, Dave Schramm (And Still), e incluso se atrevía con Letters, una canción inédita de Lucinda Williams escrita cuando la artista de Luisiana era una cantante folk que sobrevivía en Nueva York. 

Los sonidos más tradicionales llegaban con el Wishful Thinking de la leyenda del sonido Bakersfield Wynn Stewart (un excelente honky tonk de manual con violín y pedal steel), y la adaptación de Poor Ellen Smith, una animada murder ballad tradicional de los Apalaches de los años veinte.

Humming By The Flowered Vine estaba producido por JD Foster (Richard Buckner, Marc Ribot) y, a diferencia de los trabajos anteriores de Laura, contaba con un impresionante plantel de invitados. 

Entre ellos, John Convertino y Joey Burns de Calexico, Amy Helm y Fiona McBain de Ollabelle, Paul Niehaus (Lambchop), Rob Burger (Tin Hat Trio), Steve Goulding (Mekons, Waco Brothers), Mark Spencer (The Blood Oranges), el citado Dave Schramm (Yo La Tengo), y el pedal steel Jon Graboff. 

Con una portada que evocaba el álbum The Hummingbirds (2002) de Jim Lauderdale, Laura dedicaba su disco a la memoria de John Peel (1939-2004). No en vano, el mítico disc-jockey británico calificó su debut Not the Tremblin’ Kind como “mi disco favorito de los últimos diez años y posiblemente de mi vida”.

Para celebrar los veinte años —bueno, veintiuno, si somos exactos— de la edición de Humming By The Flowered Vine, la cantautora acaba de relanzarlo con todas las canciones remasterizadas, además de incluir un tema inédito, Hammer and Nails, también compuesto por Dave Schramm.

miércoles, 22 de julio de 2026

¿EL FINAL MÁS TRISTE DEL ROCK? LA DOLOROSA HISTORIA DETRÁS DE «¡ADIÓS AMIGOS!», EL ÚLTIMO RESPIRO DE THE RAMONES A 31 AÑOS DE SU ESTRENO

Gabriel Ávila Morán 

Futuro, 18 Jul, 2026. 



Un 18 de julio, pero de 1995 los iconos absolutos del punk presentaban el que sería su despedida discografía en medio de tensiones y dramas.

Un 18 de julio de 1995, el reloj del punk rock marcó su hora final. Aquel día, The Ramones publicaba «¡Adiós Amigos!», su decimocuarto y último álbum de estudio.

No era un lanzamiento cualquiera; era la crónica de una despedida anunciada. Era el punto final para una de las maquinarias más influyentes en la historia del rock ‘n’ roll. A más de tres décadas de su llegada a las disquerías, el disco se sostiene como un emocionante y digno canto de cisne.

Siendo uno de las almas fundadores del legendario grupo, celebramos el legado del reconocido percusionista a 12 años de su partida.

Sin embargo, detrás de esa energía aparentemente intacta, la realidad interna de la banda distaba mucho de los cuatro delincuentes juveniles que en 1975 se subían al tren F desde Forest Hills rumbo al legendario CBGB.

Un mapa de fracturas internas y herencias

Para la mitad de los noventa, la alineación era un mapa de cicatrices. El baterista original Tommy Ramone ya había dejado su puesto décadas atrás. Eso abrió una puerta por la que pasaron Richie y Elvis. Luego regresó un Marky Ramone para el tramo final. En el bajo, el histórico y caótico Dee Dee Ramone había cedido su lugar al joven C.J. Ramone para intentar una bizarra aventura en el rap. A pesar de su salida física, Dee Dee siguió operando como el principal motor creativo a la distancia. Él enviaba composiciones que usualmente terminaban bajo la voz de C.J.

Pero la grieta más profunda y dolorosa estaba al frente del escenario. El vocalista Joey Ramone y el guitarrista Johnny Ramone compartieron metros de distancia durante dos décadas. Sin embargo, personalmente estaban en galaxias distintas.

Más allá de sus personalidades opuestas (Joey, un espíritu libre y liberal; Johnny, un adicto al trabajo ultraconservador), el quiebre definitivo ocurrió a inicios de los ochenta, cuando Linda, la novia de Joey, lo dejó por Johnny.

Se casaron en 1984 y permanecieron juntos hasta los últimos días del guitarrista. Así, sellaron una ley del hielo interna que duró hasta el final de la banda. Creativa y humanamente, The Ramones grabó su último disco siendo el cascarón de un mito.

El último arsenal de himnos de The Ramones

Pese a que la interna sangraba, el cuarteto se las arregló para empaquetar un puñado de tracks irresistibles. Los fantasmas de Dee Dee se hicieron presentes en misiles como «Makin’ Monsters for My Friends», «The Crusher», «It’s Not for Me to Know» y la lúgubre «Born to Die in Berlin» (donde Joey comparte el micrófono). El disco también supo equilibrar la balanza con la luminosa pero melancólica «Life’s a Gas» y la ganchera «Have a Nice Day». Además, agregó las valiosas e inyecciones de sangre nueva de C.J. en «Scattergun» y «Got a Lot to Say».

El álbum se completó con la crudeza habitual de «Cretin Family» y una vibrante relectura de «I Love You» de Johnny Thunders. También incluyó una gema oculta y psicodélica firmada por Joey: «She Talks to Rainbows». (Incluso el mercado japonés sumó como regalo el cover a «R.A.M.O.N.E.S.», el tributo que Motörhead les había rendido en vida).

El epílogo y la tragedia

Para una fanaticada global que se resistía a aceptar el fin, la gira de Lollapalooza en el verano de 1996 funcionó como un indulto y, finalmente, como un tardío acto de justicia y reconocimiento masivo para una banda que dio todo a cambio de dividendos económicos y personales bastante modestos.

Lo que vino después fue el golpe de gracia de la biología. El destino post-Ramones fue trágico: Joey falleció en 2001 debido a un linfoma; Dee Dee partió un año después por una sobredosis; Johnny perdió su batalla contra el cáncer de próstata en 2004, y Tommy, el último bastión fundador, nos dejó en 2014.

Hoy, con Marky Ramone girando por el mundo custodiando los parches y el legado, ¡Adiós Amigos! se lee en perspectiva como el cierre perfecto para una historia única. No fue un disco perfecto, pero sí un testamento honesto, ruidoso y acelerado. La forma exacta en que los reyes de Queens tenían que decir adiós.

BELLE AND SEBASTIAN EMOCIONAN CON SU CUMPLEAÑOS POP EN LA NOCHE TROPICAL DE BARCELONA

Carmen López

El Mundo, 18/07/2026



La banda escocesa intervino en el festival Barts del Poble Espanyol en Barcelona

Existe cierto riesgo de caer en el pantano de la cursilería al escribir sobre Belle and Sebastian, porque los sentimientos que generan sus canciones están más cerca de la ternura que de la ira. El disco If You're Feeling Sinister, bálsamo musical para los espíritus sensibles del colectivo indie (cuando esa etiqueta aún no llenaba estadios ni daba lugar a equívocos), celebra tres décadas este 2026 y la banda está de gira para celebrarlo con sus fans. Son conciertos en los que toca de forma íntegra el también conocido como álbum rojo además de otros caramelos extra, porque en una fiesta de cumpleaños no hay que escatimar.

El grupo liderado por Stuart Murdoch salió al escenario instalado en la plaza mayor del Poble Espanyol -la actuación forma parte de la programación del festival Barts- cuando el sol apenas se había ido aunque no el calor. Las caras del público brillaban pero no debido a un maquillaje con extra de glow, sino por la pátina de sudor cortesía de la humedad mediterránea y los abanicos aleteaban histéricos. Sin embargo, la determinación del fan puede con eso y con mucho más, así que cuando las primeras notas de The Stars of Track and Field llenaron el aire se sintió como si alguien hubiese abierto una ventana para dejar pasar la brisa. Arriba los corazones, todo el mundo a disfrutar.

If You're Feeling Sinister se publicó unos meses después de Tigermilk, el primer LP de la banda que nació como proyecto final de un curso de estudios musicales. El responsable del taller trabajaba también en Jeepster Records y, con buen tino, les consiguió el contrato de su debut 'oficial' (del primer disco solo se publicaron 1.000 copias hasta que en 1999 la discográfica lo reeditó y dejó de ser la ballena blanca de los coleccionistas), que grabaron en un santiamén. Aunque el talento de Murdoch, compositor de todos los cortes, era innegable, no se imaginaban que habían tallado una de las gemas del pop más importantes del siglo XX. Pero vaya si lo hicieron.

Ya habían sonado Seeing Other People y Me and the Major, así que las gargantas estaban a tono para corear "Well, if they follow you, don't look back/ Like Dylan in the movies/ On your own, if they follow you/ It's not your money that they're after, boy it's you". Esa cuarta pista del álbum rojo es una de las más apreciadas de sus seguidores, que cuando entonaron "I will love you over, I will love you" quizá sintieron un pinchacito de melancolía por aquel amor de hace treinta años. Muchos de los asistentes eran adolescentes cuando estas canciones vieron la luz, una edad en la que los sentimientos tienden a estar exaltados y se graban a fuego en la memoria. Algo que quizá experimenten pronto los hijos que les acompañaban, porque el fandom de Belle and Sebastian tiende a la captación (o no quiso pagar canguro por un concierto para todos los públicos).

El setlist siguió en riguroso orden las pistas del disco, con momentos de exaltación como cuando sonó Get Me Away from Here, I'm Dying, posiblemente una de las composiciones más famosas de Stuart Murdoch. Se supone que es una reflexión sobre el éxito, pero lo que ocurre con las canciones que se convierten en clásicos es que el público las hace suyas y les da el significado que le da la gana. Y versos como "I always cry at endings/ I always cry at endings" son fáciles de adaptar a la banda sonora particular de cada persona. Quién no ha llorado por el final de algo a lo largo de su vida ya fuera una relación, un fracaso laboral o cualquier otra cosa que no volverá a ser.

Pero como bien saben sus fieles, aunque las letras de Belle and Sebastian puedan tener un punto de tristeza, sus discos no son para nada deprimentes. Como tampoco lo son, en consecuencia, sus conciertos. En el escenario y pese a la agobiante temperatura de la noche barcelonesa, el cantante lucía una sonrisa perenne y estaba animado como es habitual en él. If You're Feeling Sinister fue una fiestita "la, la, la, la, la, la, la", creció con Mayfly, tomó aliento con la tranquila The Boy Done Wrong Again y sopló las velas con la golosina que es Judy and the Dream of Horses.

Se había acabado el cumpleaños feliz del LP rojo, pero los escoceses no iban a abandonar a su público después de alrededor de una hora de actuación. La banda ofreció una macedonia de temas de sus otros álbumes (tiene 12, el último, Late Developers, salió en 2023), entre ellos Another Sunny Day, The Boy With the Arab Strap y Sleep the Clock Around como broche final. Como ya es tradición, subieron al escenario a algunas de las personas presentes en una especie de versión pop y poco elitista de la casita de Bad Bunny: en el escenario de Belle and Sebastian no hay lista vip, solo gente con ganas de cantar y bailar. Qué gran noche.

viernes, 26 de junio de 2026

IRLANDESES, NEGROS Y PERROS PROHIBIDOS: UNA HISTORIA DE LOS SEX PISTOLS

Luis Arribas

Jot Down, abril 2026



Es muy probable que pocos de ustedes hayan visto a los Sex Pistols en vivo. Yo tampoco, por una mera cuestión de edad, por lejanía geográfica o porque la vez que más cerca estuvieron de hoy fue una gira de reunificación y de hacer dinero fácil que recaló por España en el Summercase de 2008. No: llamar Sex Pistols a lo que vino a ser las posteriores actuaciones en España con Frank Carter como vocalista es participar en un autoengaño infantil que reside en un rincón color pastel de nuestras cabezas de cincuentones. 

Para situar a los lectores que anden un poco perdidos con el contexto de este primer párrafo, cuatro adolescentes del entorno requetepobre londinense se unieron en 1975 para fundar un grupo dentro de la emergente corriente del punk rock. En un año en que las listas estuvieron encabezadas por grupos como The Bay City Rollers y su «Bye Bye, Baby», Rod Stewart, The Stylistics o Art Garfunkel, donde la brillantina y las armonías vocales competían por elevar el canto al amor juvenil hasta los cielos de la isla y los techos del Hammersmith Odeon, estos cuatro críos ni sabían cantar, tocar tocaban poco, sus conciertos eran un tumulto constante y tampoco ellos aguantaban mucho tiempo la compostura sobre el escenario. Al menos, acorde con lo que se estilaba en esos días. Nadie les aconsejó sobre cómo evitar ser timados por la industria musical de su tiempo, y no duraron en activo ni cuatro años. 

Sus nombres son Paul Cook (batería), Steve Jones (guitarra), Glen Matlock (bajo) y John Lydon (voz). A ellos hay que añadir a un quinto, el bajo sustituto, un malogrado Simon Ritchie, alias Sid Vicious. A pesar de todo lo anterior, entre todos constituyeron una leyenda musical cuya trascendencia todavía asombra a quien se hace esta pregunta a día de hoy.

En 1975 casi nadie de los que nos sentamos en torno a este artículo pululábamos todavía por el Reino Unido, así que tenemos que ahondar en la historia de los Pistols a través del relato. Precisamente, Lydon —conocido por su alias Johnny Rotten—, vocalista original y, hasta cierto punto, estandarte de la banda, letrista y rostro inquietante para el establishment, colaboró en 1994 escribiendo y dando cierta sistematización a la formación del grupo y ayudando a comprender un poco el mismo sopicaldo musical del punk a través de la autobiografía Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs (Plexus Limited Ed.). También hizo bastante dinero con ello. Recomiendo vivamente su lectura. 

El libro es tanto un relato sobre sí mismo como sobre la fugaz e imprescindible banda, con el que el bocazas de Lydon nos abre la puerta de entrada a su mundo tal que así: «Ni se han editado las contradicciones ni los insultos. Tampoco los piropos, si los hubiera. No tengo tiempo para mentiras ni para fantasías, y tú tampoco deberías tenerlo». 

Poco hay que explicar de las perrerías a las que se enfrentaban los grupos de las décadas doradas del rock. Engañados por el tiburón de las ventas Malcolm McLaren, arrojados a las fauces de las discográficas EMI, Virgin o Warner y paseados por programas de la rancia televisión inglesa como el show de Bill Grundy, al que se le veía que aquellas carreras musicales se la pelaban desde el momento en que presentaba medio borracho, los chicos eran unos adolescentes salidos de la generosa pobreza británica de los años setenta —salvo Matlock, que aspiraba a cantar bingo en la industria y atesoraba una cierta cultura musical y vivencial—. Lydon vivía en la zona de Islington, al norte de Londres. La casa donde Eyleen, su madre, intentó salir adelante aprovechaba malamente el espacio que ocupaba el escaparate de una tienda que daba a Benwell Road, tapada por unas cortinas. A la original y bastante hippie madre de Sid y a su hijo, medio idiota, la alcaldía los desalojaba y realojaba casi semanalmente en pisos de mierda, de puro pobres que eran. Cook y Jones crecieron enredando y delinquiendo por los bloques de pisos chungos de White City Estate —en efecto, les sonarán del álbum y película homónimos de Pete Townshend—, situados por la zona de Shepherd’s Bush, otra zona donde en los años sesenta se habían comenzado a tirar hileras de casas victorianas donde no había ni luz ni agua corriente, y que se sustituyeron por tochos de vivienda pública de una calidad sórdida.

Irremediablemente. Porque a la vieja Gran Bretaña le estorbaba la chusma, una vez que era estabulada y se le asignaba un hueco en el statu quo. La chusma propia, pero también la ajena, que había sido adherida por inercia geográfica o por el fruto de siglos deglutiéndola en la expansión colonial y bélica del Reino Unido. La british era una sociedad que necesitaba imperiosamente mantener los arriba y abajo de las castas históricas. El título del libro, sin ir más lejos, era un cartel común que usaban los elegantes y flemáticos dueños de pubs ingleses expresando su derecho de admisión. Dueños muy seguramente con escasa alfabetización, pero dueños de su public house al fin y al cabo. En los setenta, jamaicanos, indios y esos vecinos irlandeses a los que odiaban por haberse independizado de la Corona en 1921 servían para nutrir la estirada maquinaria fabril de la isla, solo sostenida por Dios y nunca sujeta a lo terrenal: Dieu et mon droit. Y los padres de Johnny Lydon eran irlandeses y mano de obra barata, que habían huido de un esquinazo de una isla en guerra —Lydon reconoce en su biografía tener familiares en ambos bandos de la confrontación entre unionistas y republicanos—.

Rotten, como buen bufón, se explaya en el libro contra todos ellos. Lo hace usando un humor mezclado con amargura dickensiana. No tiene respiro el repaso a su supervivencia en un sistema educativo totalmente anclado en el siglo XIX. Y que no por nada es la diana de un buen número de canciones del punk rock, como las múltiples «I Hate School» firmadas por grupos como los Suburban Studs, The Necros o «Alternative Ulster», de Dead Kennedys. La leña injustificada, un clasismo añejo y el desbordamiento producido por intentar meter en cintura a clases con cuarenta criaturas era el proyecto educativo que prepararía a cualquier adolescente inglés a enfrentarse a la jungla de una economía tambaleante y de una sociedad abominable y rancia. Les sonará el eslogan «No Future» de verlo impreso en camisetas y en paredes pintadas. Pues bien: se acuñó mientras la vieja isla afrontaba, dicho de tirón, unas cifras de desempleo nunca vistas desde la segunda guerra mundial, el desmoronamiento de su parque de viviendas, una inflación de casi un treinta por ciento, la crisis del petróleo de 1973, las huelgas del sector público de todo un invierno, las basuras sin recoger y los servicios básicos cortados. Gran Bretaña incluso tuvo que pedir un préstamo gigantesco —un manojo de billetes de cuatro mil millones de dólares— al Fondo Monetario Internacional para sostener la libra esterlina.

Y Rotten, como libro, es mucho más entretenido que las series de plataformas contando las batallas entre hooligans. Pero es que, como revista gordota de moda, también hace la mejor síntesis —su síntesis— de cómo se pasó de una actitud del movimiento adolescente a la maquinaria del dúo McLaren y Vivienne Westwood. Y ojo, que cuenta para ello con testimonios de chavales que vivieron en primera línea aquella época como Crissie Hynde (The Pretenders) o Steve Severin (bajista de Siouxsie and the Banshees). Como relato documental, el libro supera a The Filth and the Fury, de Julian Temple. La mala leche de Lydon consigue convertir en una prosa digerible e incluso cómica las terribles necesidades de unos adolescentes que no encajaban en la sórdida sociedad obrera de los años del alcoholismo, el desempleo y el racismo. La historia detrás de la canción «Bodies» supera el material que se puede encontrar en cualquier declaración en comisaría o ante un tutor de frenopático: revive el asombro de unos chicos de ciudad que creían haberlo visto todo, serenos o drogados, ante las cartas que les escribe Pauline, una fan totalmente chiflada desde una institución mental de Birmingham en la que asegura que es violada por el personal y que, un día, se presenta ante los miembros del grupo con una bolsa de plástico que, según Lydon, contendría un feto abortado.

Las trescientas treinta páginas de Rotten son un viaje a una ciudad en la que ningún redactor de Condé Nast se atrevería a poner el pie. El libro es de lectura directa, es ácido y es muy conveniente detenerse a observar que, cincuenta años más tarde, las bases de la confrontación entre la juventud desencantada y las figuras de la élite mundial, figuritas de un tono casi monárquico e intocable, son las mismas.

¿Fue el fenómeno Sex Pistols algo más que el generador de hasta cinco himnos eternos a la rabia («Holidays in the Sun», «Pretty Vacant», «God Save the Queen», «Bodies» y «Anarchy in the U.K.»)? Por encima de todo, hay que reconocerles el inconsciente empuje pionero de ir con la cara descubierta. Cuando Lydon enseñó al grupo la letra de «God Save the Queen», Matlock dijo que ni de coña, que acabarían siendo asesinados. «Pero merecía la pena correr el riesgo», continúa el vocalista. «Nadie había declarado nada abiertamente en contra de la familia real durante tanto tiempo en nuestra feudal y ridícula Gran Bretaña». Quien haya tenido dieciséis años y unos colegas con una guitarra eléctrica y un amplificador entenderá ese proceso liberador y suicida.

El siguiente paso, en una carrera cutre, manipulada por un McLaren cuyo único interés era aparecer como el genial ideólogo de todo aquello, era sacar esa ristra de temas salvajes y nunca imaginados a las salas, pubs, garitos y hasta colegios. Pero va un mundo entre la idea irreverente y anárquica que uno tiene y labrarse un nombre como grupo de rock. Spoiler: en efecto, intentaron asesinarlos. Lydon cuenta a su modo cómo empezaron a foguearse en colegios mayores y garitos de universitarios moñas con material robado —no temas robados, sino material musical sustraído por un Steve Jones con un amplio historial delictivo por hurtos menores—. Enfrente, una juventud pija que ni entendía nada ni se animaba a soltar un solo aplauso. «Nuestros peores enemigos eran estudiantes universitarios que creían saberlo todo porque escuchaban discos de Emerson, Lake and Palmer». Antes de la irrupción de los Sex Pistols, afirma Johnny, «la música juvenil era aburrida: imágenes asociándose a una mística alejada de toda realidad. ¿Cómo cojones íbamos a conectar con esa música si veníamos de los pisos municipales?».

Su repertorio se solidificó girando por salas y pubs del profundo norte inglés, a las que McLaren les enviaba como carnaza, teniendo, sabe Dios, qué proyecto musical en la cabeza. Ahí, en lugar de pedantes universitarios, se encontraban con una masa social que les odiaba por ser unos putos cockneys. Sin duda, un modo de madurar como grupo era mandarlos a cantar sus letras disruptivas a los trabajadores de una industria y una minería en crisis. Los mil matices de la cerrilidad de la sociedad inglesa obrera —brutos que también odiaban a iguales por el mero hecho de ser de la ciudad de al lado— producían escenas en las que los cuatro cabras subidos en el escenario decidían tirar para adelante y coger experiencia como banda mientras les tiraban botellas. Pero era la primera banda que respondía a la pelea mientras tocaba. O lo que fuera aquello que salía por los altavoces.

Buena parte del crecimiento, los meses culminantes y la caída del grupo tras la fallida gira por Estados Unidos pueden seguirse perfectamente en cualquier documento recopilatorio que circule por internet. Johnny dibuja en su biografía un entretenido encadenado, a su modo. La integración de Sid Vicious en el grupo; tener que volver a contratar a Matlock para grabar porque aquel, totalmente drogado, era incapaz de tocar una nota en estudio; la aparición de Nancy Spungen y los roces constantes; encerrar a Sid por voluntad propia para desengancharlo; firmar un disco con A&M Records y que el acuerdo solo durase en vigor unas semanas; la desastrosa gira británica y la peor resolución de la estadounidense tras la acusación de asesinato y posterior muerte por sobredosis de Vicious. Lydon da su versión y los dos periodistas encargados del ensamblaje del material, Keith y Kent Zimmerman, insertan con solvencia los testimonios de gente cercana a la vieja pandilla de Londres y músicos de esos meses clave.

Repetí su lectura hace unas semanas y decidí tomar estas notas. Este tomo es un trabajo de gran calado desde el momento en que gente como Billy Idol afirma que los Sex Pistols eran lo que todos esperaban ser como banda de rock a mitad de los setenta. «Si pudiéramos visualizarlo, allí estaban frente a nosotros». Que un grupo con su influencia mediática y aparición en la prensa diaria cobrase treinta libras semanales es un síntoma de la calaña de los tipos que hicieron crecer la industria del pop y el rock, mendas que posteriormente hicieron volar hasta la estratosfera aquella máquina de picar carne, cuando, en palabras de Steve Severin, «recuerdo que nadie tenía un duro en mitad de una de las peores recesiones del país». Y que el final de todo fuera una mezcla entre los miedos de la gente de Warner Brothers por tocar en los estados del profundo sur y su público homicida —resultó que fueron los únicos conciertos con éxito— y el empeño por hacerles girar en las grandes ciudades del norte, donde la mayoría conservadora ya había decidido de antemano cancelar las actuaciones de aquellos ingleses satánicos.

Un guion al que no le faltó de nada. Un par de discos con canciones eternas. Y todos los personajes a los que se podía haber pedido participar para hundir aquello.

«Ever get the feeling you’ve been cheated?».