miércoles, 24 de febrero de 2016

LO QUE QUEDÓ DEL ROCK GÓTICO

Miguel U.
Jot Down, agosto de 2012

Joy Division

Poco susto se lleva uno hoy día si, al cruzar la esquina entre la calle Fuencarral y Velarde, se topa con cinco adolescentes aireando las chorreras de sus camisas de franela negra, maquillaje que haría sonrojarse a la mismísima Cristina Aguilera, rímel suficiente para soldar el casco del Ulisses SS Grant, corsés ajustados con presión para competir con la mordedura del gran cocodrilo del Orinoco, recociéndose en plena segunda quincena de julio, mientras lo que antaño fuese una anatomía humana deviene uno de esos rodillos de carne tostada de aspecto sospechoso que hay en los fast food turcos.

Son góticos, sí, reconocible figurante de un sector demográfico perfectamente integrado en la sociedad española, un elemento del paisaje ibérico que ya no choca al espectador que, acodado a la barra del bar, se zampa un pincho de jamón ibérico con la misma mano que segundos antes hurgase despreocupadamente bajo la camisa primero, peinando la pelambrera que sepulta el crucifijo; en lo que vienen siendo los huevos sudados después.

Pero esta tribu urbana con sus costumbres que son suyas y digo yo que habrá que respetar, tuvo su momento, el viejo y nostálgico momento de gloria, de provocación, que al igual que la música que da ritmo y vida a los movimientos juveniles de nombre anglosajón y estrafalaria puesta en escena, se vio en la cúspide de la Cultura con mayúsculas para precipitarse al abismo e, incapaz de asumir su decadencia, darse cuenta de sopetón de que le habían vendido la moto. Así pasaron los años de la movida, cuando los chicos más trendys del lugar, tras haber quemado el viaje de fin de curso en Londres dándose la vida padre y experimentar lo que se cocía en occidente, volvían a casa para fardar de lo aprendido con los amigos para espanto de abuelas, párrocos y profesores.

Ian Curtis

El origen

Fue en 1979 que John Peel, el gurú musical de la televisión británica, decidió bautizar la actuación que acababa de presentar como “rock gótico”. Cuatro chavales de Manchester, de aspecto más bien apocado dados los estándares de aquella época del punk-rock, venían de ejecutar uno de los temas del que sería su primer álbum, Unknown Pleasures. Su vocalista, un delgado y pálido veinteañero tocado con un peinado de emperador romano, pasó toda la actuación retorciéndose como un cable sometido a una descarga eléctrica en un baile frenético que, si se hubiese visto hoy día, habría sido identificado inmediatamente como “el bailecito de Chiquito”. Hablamos de Joy Division, claro.

Joy Division brotaron en el terreno fértil del post-punk británico (sus miembros fundadores se conocieron en un concierto de los Sex Pistols), la escena que sucedió y aspiró a superar los esquemas del estilo. Tras unos primeros pasos como un grupo convencional de punk-rock llamado Warsaw, decidieron cambiarse de nombre y emprender junto al productor Martin Zero Hannet, un genio loco de lengua incontenible, su propio camino redefiniendo el rock y el pop de la época. A la ralentización del sonido le sucedió una forma distinta de arropar la música de melodías funerarias, atmósferas densas y letras de empantanado nihilismo. Hannet tuvo mucho que ver en esto.

Dejando de lado la conocida y trágica historia de su vocalista, Joy Division dieron el pistoletazo de salida de un género que ha recibido nombres distintos desde entonces (coldwave, darkwave, after-punk, goth-rock, música siniestra, etc) que ahora nos ocupa, ya sea escribiendo con sangre humana en un tétrico castillo o como yo ahora mismo, bebiendo cerveza en la terraza en calzoncillos.

Si el punk supuso una expresión de ira combativa, el rock gótico fue la decepción que certificaba la derrota. La lucha contra el sistema quedó rápidamente finiquitada por mucho que los ingenuos rockeros creyeran tenerlo agarrado por los huevos, y el estado anímico de aquella generación de músicos cambió. Los de Manchester lo ilustraron con una banda sonora inspirada en los suburbios industriales, tenebristas referencias a Gogol (Dead souls) y Ballard (Atrocity exhibition), y un cadáver balanceándose suavemente de una soga en la cocina.



No duró mucho este sonido “frío”, ya que sus discos hicieron escuela, y la denominación acuñada por John Peel se convirtió en vocabulario de uso corriente. Bauhaus, Siouxie and the Banshees y Sex Gang Children entre otros añadieron a los ambientes tenebristas la estética glam y cierta querencia por la imaginería cultureta, de manera que el invento cobró unas connotaciones más estrambóticas y la presentación del producto musical tintes barrocos. Los escenarios se poblaron de circos ambulantes que añadían al concierto una puesta en escena bastante currada, por decirlo así.

Bauhaus, el grupo capitaneado por Peter Murphy, alcanzó la fama gracias a su single Bela lugosi is dead, tema incluido en la banda sonora de la película El Ansia, protagonizada por Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie, que fue una de las inspiraciones de Ian Curtis (posiblemente la mayor junto a los Doors e Iggy Pop durante la etapa de The Idiot ), y alma mater del movimiento, por lo menos en lo que estética y actitud andrógina se refiere. El culturetismo de Bauhaus, además del propio nombre del grupo, se deslizó peligrosamente hacia la pedantería; referencias al teatro del absurdo y Antonin Artaud (con su tema homónimo) incluidos. Hasta llegaron a grabar un tema de Brian Eno, fíjate. La querencia por los guiños finolis y la literatura de tronío tuvo continuidad en el género y resulta ya casi tópico parodiar a los miembros de la tribu como flemosos afeminados obsesionados con Nietzsche, Poe, Lautréamont y otros nombres rimbombantes cuyos libros seguramente pasan por sus manos muy de vez en cuando.

Bauhaus

Llegaron los ochenta y con ellos el Horror, el Horror…

Los blandengues 80 fueron la época perfecta para la música siniestra. El clima comercial del negocio discográfico unido a un mercantilismo que se beneficiaba de la bonanza de la cultura juvenil, la aparición de las tribus urbanas (ese singular dogma que obliga a sus miembros a escuchar un tipo de música en exclusiva y a vestirse como mamarrachos) y la fortaleza de los medios de difusión de masas fueron el hábitat idóneo para que los góticos eclosionasen a pie de playa y emprendiesen su carrera hacia el proceloso mar del rock´n roll. Los 80 fueron La Década de las tribus urbanas, pero también la época elegida por el mundillo musical para convertirse en un monstruo tragón absorbido por la mercadotecnia; la misma que vio nacer al grupo siniestro por excelencia, el que popularizó el rollete y marcó tendencia, plenamente reconocible en pósters y camisetas de los personajes de tantas películas cutres protagonizadas por chiquillos con el pelo cardado, o más concretamente por su líder y capitán indiscutible, único superviviente de la formación original: The Cure y Robert Smith.



Aunque miento, The Cure no aparecieron en los 80. Ya por 1979 tenían publicado un LP, Three imaginary boys, que reforzaría el canon con de baterías comatosas, bajos saltarines y letras pesadillescas. La indudable calidad de sus discos fue en aumento hasta finales de los 80, con álbums tan redondos como Pornography, Disintegration, Kiss me, Kiss me, Kiss me o Boys don´t cry, dejando paulatinamente de lado la faceta más oscura de su sonido en favor de los temas pop y un engrudo patafísico que algunos llamaron neo-psicodelia. Es el mismo subgénero que practicaron en su momento bandas tan notables como Echo & The Bunnymen, The Church o Comsat Angels. El caso es que los baños de masas que se daba Robert, unidos a la coba y constantes lamidas de polla de crítica y público terminaron por afectarle. Poco a poco, a medida que asistía a desfiles de canas y discos de oro, el adolescente eterno fue echando tripa y criando una barba que ninguna mascarilla facial ha sido capaz de disimular. Sus discos perdieron chispa convirtiéndose en una grotesca parodia de sí mismo, haciendo honor a aquel sketch de La Hora Chanante en el que, henchido de orgullo y sebo, encaramado a una rama, contemplaba cómo esa lucecita que una vez fuera su talento se eclipsaba en el horizonte.

Las tribus reaccionaron durante este periodo como cabría esperar: criando facciones enfrentadas y depurando a sus miembros cual comisario soviético. Aparecieron entonces los vástagos con mala leche y el movimiento se fraccionó generando un campo tan rico como inane. Tenemos así cosas como el deathrock (45 Grave, 1919, Penis Flytrap), la movida industrial (Swans, Laibach) y el electropop siniestroide (Klan of xymox), que acudirían a engrosar las filas de los siniestros junto a ya clásicos de la movida como Sisters of Mercy o Killing Joke.

The Sound

Y había variedad, no creas tú que no. Desde los grupos que todavía conservaban el espíritu original coldwave (The sound, The Passage) hasta el punkarrismo embadurnado de órganos de iglesia y el chunda-chunda machacón, que fue sin duda, además de la licuefacción cerebral masiva entre los jóvenes (crimen por el que será sin duda recordado y figurará en las enciclopedias virtuales del futuro junto a Aphex Twin y Chimo Bayo, y por cierto el valenciano dio sus primeros pasos en el mundillo musical pinchando en discotecas a Alien Sex Fiend y Depeche Mode, justo antes de decidir que no había en esta vida hábito más elegante que los trajes de motocross y que las rulas debían ingerirse salteadas), gracias a Front 242, entre otros. Del punk al bakalao. Si hay algo de lo que no se puede acusar a los góticos es de inmovilismo, eso hay que reconocerlo.


Si miras al escote, el escote te devolverá la mirada

Pero realmente no hay ningún delito nuevo en la evolución de la música gótica. De hecho el desarrollo del estilo musical que va de la excitante novedad a la institucionalización malsana, el dogmatismo teenager y la tribalización estética, tan rentable para la industria audiovisual y los modelitos de diseño vendidos en tiendas de ropa temática, el farrismo nocturno y demás, es sospechosamente parecido al sufrido por otros estilos musicales como el punk y el heavy metal.

Igualmente a la diversificación estilística le siguió la difusión. Nació como un estilo 100% británico de chavales paliduchos criados en suburbios y “ciudades verdes” en las que llueve 300 días al año —y hombre, eso no es algo que fomente un carácter risueño y tropical— con sus industrias y sus carbones, sus paisajes negros y su spleen flemático tratado con pintas de cerveza y pastillas, pero dejó su simiente aquí y allá. Hay cierta correlación entre este paso del rock de guitarras a la música de baile, tanto como de la estética contestataria al after. Quien quiera ver esto y echarse unas risas al mismo tiempo no tiene más que ver 24 hours party people.

The Cure

En algún momento tuvo que recalar en España, y así lo hizo. Sin duda alguna Parálisis Permanente es el grupo más conocido, aunque aún hoy punkies y góticos se pelean por dirimir a cuál de las dos tribus pertenecen realmente. Tres cuartos de lo mismo con Los paralíticos (sí, hay cierta fijación con las parálisis), Qloaca Letal y Kante Pinrélico. Más clara resulta la filiación sin embargo de combos siniestros evidentes y tediosos como La Dama se esconde o Décima víctima, pastiches sin gracia puramente coyunturales.

Pero sin duda, si hay un país en el que la música siniestra ha echado raíces y se ha convertido en una auténtica institución, hasta el punto de que la mayor parte del público lo considera su país de origen y su inspiración primera, es Alemania. Por algún motivo que aún hoy se me escapa parece que lo gótico, si alemán, dos veces gótico. Ya no es música oscura, es antimateria. Debe ser el acento, el lenguaje gutural, las catedrales o los uniformes de las SS que los siniestros, incluidos los nuestros, ven en el país de Merkel una fuente de credibilidad gótica, de marca de autenticidad, como Seattle con el grunge o Nueva Orleans con el jazz.



Herencia macabra

Aunque no lo crean los góticos también procrean. Lo juro. Y no por escisión, no me consta que ningún siniestro perdiese un dedo en la obra y este se convirtiese en otro siniestro, sino copulando como cualquier otra persona. Pero no era de esto de lo que quería hablar, sino de lo que ha quedado de la música siniestra en la actualidad. Por un lado existe todavía un circuito alimentado por sellos independientes en el que el estilo sobrevive gracias al constante revisionismo de sus tics más obvios. Aún quedan bandas que reproducen (¿homenajean?) a los clásicos como The Cure y Bauhaus, aunque su alcance es bastante limitado y suele quedar restringido a los ambientes más cerrados. Pero por otra, y esto sí me parece importante, ha sido una importante influencia en grupos de otros palos. Baste mencionar que en una entrevista Chris Cornell reconocía que sus grupos favoritos eran Joy Division y Killing Joke. Billy Corgan participó en un disco tributo a los de Manchester y su influencia es evidente en otros unos cuantos grupos de la generación grunge así como en la precedente (Dinosaur Jr, Pixies, Melvins, Long Ryders, Hüsker Dü, My Bloody Valentine y muchos otros), y podríamos decir que es el 50% de la inspiración de los grupos de “american gothic” actual y pasados como Woven Hand, Jay Munly y Thoose Poor Bastards; el otro 50% correspondería al folk y el blues americano. No hay que tomarse tan a coña a los góticos, nos han dejado cosas muy sabrosas en lo musical, tanto como cansinas y bobas en lo estético (¿y quién no? ¿se libran los hippies, los mods o los heavys?), pero sí que son, en mi opinión, uno de las tribus urbanas que mejor encarnan cómo un puñado de buenas ideas pueden reproducirse hasta la hartura por mor de factores extramusicales y estéticos. ¿Por qué no decirlo? del dichoso “popularismo” de instituto.


No es que sea malo del todo, si hay algo que anima el pop además de la música es la posibilidad de encontrar un medio de vehicular las ansiedades y preocupaciones juveniles, de entrar a formar parte de un grupo y, vamos a decirlo, de apuntalar una personalidad zozobrante justo cuando más falta de directrices vitales está. Pero atentos, como diría Ronnie James Dio: Beware! Watch out! Tras estas soluciones a las tribulaciones, este modus videndi en snack siempre hay un difusor interesado, un creador de cultura a sueldo, un mercenario de los significados. O lo que es lo mismo, un capullo de marketing con la conciencia de un melocotón dispuesto a hacer un buen montón de pasta con eso que a ti, joven lector, te parece tan importante. No me harán caso o si lo hacen poco importará, pero que no se diga que al final no quedó dicha esta advertencia.

Killing Joke