domingo, 28 de diciembre de 2025

LA HISTORIA DEL ROCKSTEADY, EL GÉNERO MUSICAL JAMAICANO QUE PRECEDIÓ AL REGGAE

Lucas Santomero

Indie Hoy, 23/12/2025

El rocksteady absorbía elementos del rhythm and blues estadounidense, pero los reinterpretaba con una identidad inequívocamente jamaicana.

A mediados de 1966, Jamaica encontró un nuevo ritmo para contar su realidad, más lento que el ska, más profundo en su groove y decisivo para el nacimiento del reggae: el rocksteady. Su nombre, un título un tanto particular, surgió de la pista de baile, una forma de moverse acorde a un clima social que empezaba a oscurecerse.

Aunque el pulso básico seguía siendo el del ska, el rocksteady introdujo cambios sustanciales. El bajo pasó al frente, adoptando líneas más pesadas y sincopadas. La guitarra rítmica y la batería desaceleraron el tempo, el piano cedió su lugar al órgano eléctrico y los vientos (protagonistas en el ska) fueron perdiendo peso hasta desaparecer en muchos casos. La música se volvió más austera y directa, y dejando más espacio para la voz y las letras.

Detrás de ese sonido emergente estuvo una nueva manera de pensar los arreglos. El guitarrista Lynn Taitt, trinitense radicado en Jamaica, introdujo la guitarra melódica que imitaba y reforzaba las líneas de bajo, mientras la batería empezaba a marcar con el golpe en el tercer tiempo del compás, el germen del posterior one drop. El rocksteady absorbía elementos del rhythm and blues estadounidense, pero los reinterpretaba con una identidad inequívocamente jamaicana.

El contexto social fue tan determinante como lo musical. Tras la independencia de la isla, en barrios como Trenchtown, Riverton City o Greenwich Town, la juventud enfrentaba pobreza, hacinamiento y falta de oportunidades. De allí surgió la figura del "rude boy": un joven marginal, desafiante, y muchas veces vinculado a la violencia callejera. El rocksteady empezó a narrar esas historias de peleas y conflictos con la ley, no siempre como glorificación, sino también como condena.

Aunque no existe un consenso absoluto sobre cuál fue el primer tema rocksteady, muchos señalan a Alton Ellis como figura clave, especialmente por "Girl I’ve Got a Date". Otros candidatos incluyen "Take It Easy" de Hopeton Lewis, "Tougher Than Tough" de Derrick Morgan o "Hold Them" de Roy Shirley. El productor Duke Reid, desde su sello Treasure Isle, fue fundamental para consolidar el estilo, trabajando con grupos como The Techniques, The Paragons, The Silvertones y The Jamaicans, y dando forma a un modelo vocal que sería central para el reggae.

El primer gran éxito internacional del rocksteady llegó con "Hold Me Tight" de Johnny Nash, que alcanzó el Top 5 tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, demostrando que aquel sonido nacido en los márgenes de Kingston podía cruzar fronteras. Sin embargo, la era rocksteady fue breve. A fines de los años 60, la migración de músicos clave para el género, los avances tecnológicos en los estudios y la evolución natural del lenguaje musical empujaron el sonido hacia una nueva estadía.

El bajo se volvió aún más complejo, los arreglos más sofisticados y la batería más precisa. Con el auge del movimiento rastafari a comienzos de los 70, las letras dejaron atrás el amor para abrazar la conciencia política, racial y espiritual. Así nació el reggae. Sin embargo, pese a su corta vida, el rocksteady tuvo un impacto innegable. Muchas de sus líneas de bajo siguen vivas en la música jamaicana contemporánea, y su influencia atraviesa décadas de reggae y dancehall.

sábado, 20 de diciembre de 2025

¿POR QUÉ LA MÚSICA ACTUAL NO SOBREVIVIRÁ AL CONTRARIO QUE LA MÚSICA DE ÉPOCAS ANTERIORES?

Mario de las Heras

El Debate, 14/12/2025

Hay canciones de grupos y artistas que ocuparon los nuevos números uno de las plataformas, alcanzando cifras desorbitadas que apenas unos pocos años después ya nadie recuerda

Hace cuarenta años surgieron grupos míticos como U2, Depeche Mode, Simple Minds, Guns N' Roses, New Order, OMD, R.E.M., The Cure, The Smiths, Metallica o Tears for Fears, por solo citar algunos.

En España aparecieron bandas como Radio Futura, Los Secretos, Ilegales, Héroes del Silencio, Alaska y los Pegamoides (y Dinarama), Gabinete Caligari, Hombres G, Duncan Dhu, Golpes bajos...

Todos ellos, tanto los del primer párrafo como los del segundo, se siguen escuchando y siguen gustando en 2025. Algunos de ellos siguen en activo y siguen girando en loor de multitudes cuatro décadas después y desde mucho antes.

Otros se han vuelto a reunir en conciertos o giras puntuales que han batido récords de asistencia, con decenas de miles de personas en cada cita coreando sus canciones muchos años después.

Hay una suerte de legado que ha pasado de generación en generación. Es como el fuego olímpico que nunca se extingue y pasa de una mano a otra en el gran momento y el resto del tiempo permanece latente y vivo.

Pero ¿qué pasará dentro de otros cuarenta años, no con estos grupos, sino con los de hoy? ¿Continuará encendida su llama? ¿Seguirán sonando y seguirán llenando Bad Bunny, Rosalía, Dua Lipa o The Weeknd? Hay indicios de que, aunque la lógica apunta que sí, la realidad será que no.

Hay canciones de grupos y artistas que ocuparon los nuevos números uno de las plataformas, alcanzando cifras desorbitadas que apenas unos pocos años después ya nadie recuerda. Basta con hacer una búsqueda de los mayores éxitos de cada año para encontrar una respuesta contundente.

Por ejemplo, el gran «hit» mundial de 2017 fue Despacito de Luis Fonsi y Daddy Yankee, la canción que rompió las listas y las discotecas y los bares y hoy ya es poco más (para algunos poco menos) que una canción del verano. El rapero Drake fue el más escuchado en 2018. En 2019 Shawn Mendes, Billie Eilish, Rosalía y otra vez Daddy Yankee. ¿Se recordará a Drake o a Shawn Mendes como a Eminem o a Bryan Adams?

A partir de 2020 empezó el reinado (como el del príncipe Juan de Robin Hood) de Bad Bunny y similares como Rauw Alejandro, con otros destacados como Harry Styles, Olivia Rodrigo o Miley Cyrus. Otros artistas de reguetón, como Karol G o el mismo Bad Bunny llenaron y llenan estadios.

Pero las canciones no resisten, como si fueran de cartón o de cera. El repertorio de la mismísima Rosalía, con su fantástico Lux de actualidad, ya no aguanta. El fondo de armario de los artistas modernos más famosos y más exitosos se muestra anticuado cuando sale al escenario después de su efímero tiempo de actualidad.

Lo que no ocurre con los artistas modernos y más famosos de hace cuarenta años, cuyas canciones resuenan hoy como si fueran de hierro, de acero, de oro o de piedra preciosa. ¿Se escuchará Tití me preguntó de Bad Bunny dentro de cuatro décadas con emoción similar a cómo se escucha Boys Don't Cry de The Cure, publicada en 1979?

La pregunta parece el chiste de una realidad imparable por los nuevos usos y costumbres, la nueva (sub) cultura musical de las canciones de usar y tirar donde nada permanece, donde nada puede ser clásico (porque no se quiere) y solo puede ser actual, pasajero.

Donde nada se hace (se compone) para perdurar, sino para entretener los escasos segundos que le concede TikTok, por ejemplo, a una canción entre tontería y tontería. Viral, que no falte, eso sí.


GRUTA 77, EL GARITO DE CARABANCHEL QUE CUMPLE 25 AÑOS COMO TEMPLO DEL ROCK UNDERGROUND

Abraham Rivera

El Confidencial, 14/12/2025

Desde su atalaya, Gruta 77 se ha convertido en una de las grandes salas de conciertos de nuestro país, apoyando a las escenas locales y los mejores grupos del planeta de estilos como el surf, el rockabilly, el ska o el punk



Con 25 años de actividad ininterrumpida, Gruta 77 sigue siendo una rara avis en la noche madrileña. Una sala de conciertos única en su especie que, desde que abrió, solo ha hecho una cosa: ofrecer algunos de los mejores directos de los diferentes estilos que ha ayudado a difundir y consolidar. Un proyecto que, además, tiene como objetivo sostener las variadas y heterogéneas escenas del rock que circulan por Madrid.

Al frente está el Indio, 56 años, músico, programador, pinchadiscos y, sobre todo, militante del rock and roll. "Gruta 77 es una sala muy peculiar", destaca el madrileño, primero criado en Chamberí y desde hace un tiempo en Carabanchel, donde se ubica el Gruta, en la zona de Oporto. "Es una sala que programa por sí misma. Aunque somos promotora, y ocasionalmente programamos en otras salas de Madrid también. En todo caso, nos hemos dedicado a los estilos del rock and roll más olvidados y más de tribu urbana, rockera, digamos".

Esa elección, como le gusta decir, tiene un precio. "Es una escena muy minoritaria. Y según pasa el tiempo, más minoritaria, porque no se regenera a nivel de edad", admite, a pesar de que también insiste en que marca el carácter. "Es una sala que jamás ha estado de moda, ni va a estarlo, pero que tiene un público fiel, estable, posiblemente de los más estables de la escena madrileña. Porque en muy pocos sitios se programa lo que nosotros programamos". Veinticinco años después, Gruta 77 sigue siendo eso: una sala que no se ha rendido ni a las inercias del negocio ni a la comodidad del calendario.

De la hostelería al templo del rock underground

El origen del Gruta está ligado a la biografía del propio Indio. "Yo vengo laboralmente del mundo de la hostelería y también del mundo del rock and roll, siempre compaginando ambas cosas", recuerda de unos inicios que sitúa en los noventa, cuando tocó en bandas como El Enjambre o Tarzán, y desde ese doble pie —barra y escenario— fue conociendo la escena madrileña, las carencias, las giras que no pasaban por la ciudad...

"Siempre quisimos, en Madrid, montar una sala de conciertos", cuenta. El detonante, en todo caso, llegó por casualidad. Un grupo inversor, procedente del sector inmobiliario, pensó que podía ser una buena idea invertir "en juventud". El Indio actuó como persona en la escena, como un agente dinamizador cuyo principal interés estaba en el movimiento de grupos. También en la necesidad no solo de salas, sino de locales de ensayo. De ahí nace un proyecto de locales, y ahí aprovecha para desarrollar la idea que finalmente se establecerá como la mejor y definitiva. "En ese proyecto, junto a las salas de ensayo, evidentemente meto la sala de conciertos. Y así es como empieza todo".

El contexto tampoco va a ser sencillo. A finales de los noventa, muchas giras underground internacionales se saltaban Madrid, no tanto por falta de espacios, como por una ausencia de promotoras dispuestas a arriesgar. "No había promotores que compraran esos conciertos", comenta. El Gruta 77 cubrió ese hueco. Los inicios, sin embargo, fueron sorprendentemente fluidos. El Indio ya conocía a buena parte de las promotoras afines y a muchas bandas nacionales. “En verdad resultó bastante sencillo, porque las promotoras más cercanas ideológicamente a los estilos de rock and roll que queríamos trabajar ya las conocía y luego tenía contacto directo con muchas bandas a nivel nacional”, cuenta. Lo internacional llegó de la mano de esas promotoras, y el objetivo quedó claro desde el principio: “La intención era, en cuanto pudiéramos, programar los siete días de la semana. Eso nos costó menos de un año”.

Desde ese momento, la sala se propuso demostrar que en Madrid podía existir una escena sostenible de conciertos a diario, con una lógica muy clara. "Entre semana igual perdías algo, o simplemente cubrías, pero los beneficios de los fines de semana eran suficientemente amplios como para sostener esas pérdidas", comenta.

Una sala para las tribus del rock

La programación del Gruta 77 se entiende casi como un mapa cronológico de la historia del rock. Arranca en los años 50, con el rock and roll de raíz, el rockabilly y el swing. Sigue con los 60: "Bandas de garaje, bandas de beat, bandas de rocksteady jamaicano, de soul. La música surf de los 60". Y continúa con los 70, el punk rock de primera generación, los inicios del hardcore, el rhythm and blues, el country.

Ese trabajo sobre escenas minoritarias ha permitido que, pese al aforo de 300 personas, el Gruta 77 haya sido capaz de acoger a referentes de casi todos esos estilos. "Al tratar estas músicas minoritarias, a pesar de nuestra capacidad, hemos podido tener a las principales figuras de cada uno de esos géneros. Da igual que fueran japoneses, australianos, americanos, suecos", resume de una forma de trabajar que les ha convertido en los más auténticos de Madrid, haciéndose un hueco por derecho propio entre las mejores salas de España por ese trato cercano y único que irradian.

Por estilos, el Indio va desgranando recuerdos. En los sonidos de los 50, poder haber tenido a Sleepy LaBeef o Robert Gordon, o a la gran banda de neo swing de la costa oeste, Royal Crown Revue. En el surf, un hito absoluto: "Hemos tenido al rey de la música surf, a Dick Dale, en tres ocasiones antes de que falleciera. Ahora trabajamos con su hijo". Y la referencia obligada: Los Coronas, "una de las mejores bandas de surf a nivel mundial", que utilizaron Gruta 77 como su casa durante años.

En el power pop, nombres como Paul Collins o The Zeros. En el punk del 77, no se queda corto al afirmar: “Te puedo decir que por aquí han pasado todos”. Por ejemplo, todos los miembros de Ramones que han seguido activos han desfilado por el Gruta; también Glen Matlock, bajista original de Sex Pistols, y bandas británicas como Stiff Little Fingers, que volvieron a tocar en una sala pequeña después de muchos años.

En el terreno del ska y las músicas jamaicanas, la nómina es impresionante: "Laurel Aitken, Derrick Morgan, Rico Rodríguez, The Slackers, The Selecter, Bad Manners". "Yo creo que todas las mejores bandas internacionales del estilo, exceptuando Madness, que no caben, las hemos tenido en Gruta". El hardcore también ha tenido su espacio, con bandas como Poison Idea o nombres clave de la escena de Nueva York, Washington o Boston. "En el nivel de hardcore yo creo que todos los grandes han estado en el Gruta antes o después".

Madrid, Carabanchel y las bandas que sostienen la escena

Si la dimensión internacional es importante, la madrileña es esencial. "Para nosotros el rock de Madrid es fundamental y cuidar la escena madrileña ha sido nuestro mayor empeño", explica el Indio, que incide como el espacio también trata de ayudar a que las bandas se profesionalicen, además de asumir que no todas llegarán lejos, aunque tengan talento.

Recuerda grupos que pasaron por el Gruta en sus primeras etapas y luego tuvieron carreras enormes, como Pereza o Sidecars. Y menciona otros proyectos que, a su juicio, merecían más suerte: Dwomo, La Vaca Azul, Sobrinus, Le Punk. "Hubo una quinta muy interesante de bandas haciendo cosas distintas que no llegaron y por calidad deberían haberlo conseguido".

Sin embargo, por encima de todo, reivindica a las bandas veteranas, formadas por músicos de más de 50 años: “Son bandas a las que hay que apoyar y además forman parte del público que viene a los conciertos luego”. Nombres como Macarrones o Rojo Omega, que se acercan o superan los 25 años de trayectoria, siguen sacando discos, componiendo, girando por pequeñas salas del Estado sin haber tocado jamás fuera de España. “Esas bandas son parte de nosotros. Igual que no nos hemos cansado de programar, ellos no se han cansado de tocar”.

La conexión con la red de locales de ensayo de Carabanchel también les hace un espacio diferente. En las tres plantas superiores del Gruta 77 ensayan grupos que, periódicamente, bajan al escenario de la sala. "Carabanchel es el distrito de España con más músicos ensayando: cerca de 3.000 músicos semanales ensayan allí". Nueve locales legalizados, hermanados y asociados, que nutren y alimentan la escena.

A nivel asociativo, Gruta es socia fundadora de Carabanchel Distrito Cultural, que agrupa iniciativas artísticas, vecinales y culturales. El objetivo: visibilizar el potencial del barrio y presionar para que las instituciones protejan los espacios culturales frente a la especulación.

Diciembre, Ramones y un fin de año muy Gruta

El presente de la sala pasa por ser realistas, sin dejar de ser combativos a su manera. "Las costumbres de los madrileños se han aburguesado", reflexiona mientras recuerda como aquel logro inicial, tener abierta la sala todos los días, hoy se ha quedado en una media de tres conciertos semanales, una cifra difícil de aumentar con la situación del sector. Su diagnóstico sobre la supuesta "moda" de la música en directo resulta ilustrativa y tajante: “La gente cree que la música en directo está de moda y es una mentira enorme. Lo que está de moda es ir a festivales de música. Las cosas que se hacen en un festival de música no son las cosas que se hacen en una sala de conciertos”, detalla, a la vez que desgrana la diferencia. "En una sala de conciertos la gente está en silencio, escuchando las bandas, aplaudiéndolas, interesándose por ellas, comprándoles los discos, charlando con los músicos… eso se está perdiendo".

Pese a todo, diciembre mantiene la esencia del Gruta 77. Entre las fechas destacadas de este final de año, el Indio subraya dos hitos. El Especial Anual Ramones, una tradición invencible: "Es una fiesta que llevamos haciendo todos los años desde que abrimos, 30 de diciembre seguidos. A los que acude gente de toda Europa. Es una noche de fans de los Ramones, escuchando a los Ramones todos juntos”.

El otro es la Nochevieja en modo aperitivo. "Lo que hacemos es conciertos a la hora del mediodía. Hacemos un aperitivo desde las dos de la tarde, cuando la gente se escapa del trabajo. Siempre en clave de humor, con bandas muy divertidas", señala. Este año, el cartel lo forman El Señor que Te Molesta y Artemio Nebraska, fieles al tono festivo del Gruta.

Por último, pero no menos representativo de lo que es la actitud y el buen hacer del Gruta, el Indio comenta que después de cada concierto, la cabina queda en sus manos. "Creo que serán 6.500 pinchadas o así", apunta. Todo en analógico: vinilo y CD. "Cada concierto en Gruta es como que está el after party garantizado. Que cuando terminen los conciertos, se pidan otra cerveza y abran las orejas". En 25 años, Gruta 77 no ha cambiado de rumbo. Ha cambiado, más bien, de generación. Y sigue, en Carabanchel, como un recordatorio incómodo de que aún existe otra manera de entender la música en directo.


RAUL MALO, EL CANTANTE POR EXCELENCIA

Miquel Botella Armengou

Ciudad Criolla, 10/12/2025

Dos días después de que algunos de sus amigos y compañeros le rindieran homenaje en un doble concierto en el Ryman Auditorium de Nashville, el líder y vocalista de The Mavericks nos abandonó. Por eso se merece que lo recordemos en su faceta como solista al margen del grupo que lo vio triunfar.

Si hay una banda que ha resultado incómoda para la industria de Nashville, es sin duda The Mavericks: ya les costó tragar que un combo de Miami liderado por un cubano hiciera country, pero aún les fastidió más cuando se liaron la manta a la cabeza y se alejaron de la ortodoxia para moverse entre el pop sofisticado y los acentos latinos,

Entre finales de los noventa y principios de los dos mil, con The Mavericks en dique seco tras su disolución —breve, porque volverían con nueva formación y un nuevo sello en 2003 con The Mavericks—, Raul Malo (1965-2025) trampeó una carrera en solitario entre la exploración de sus raíces cubanas (sobre todo, junto a Los Super Seven) y acercamientos al AOR. 

Su debut fue el maravilloso Today (2001), coproducido con Steve Berlin (saxo de Los Lobos), con once canciones escritas por el cantante —cuatro en castellano— y un cover de Takes Two to Tango —tema popularizado por, entre otros, Louis Armstrong— que interpretaba a dúo con Shelby Lynne. Envuelto en cuerdas, metales y percusiones, el álbum rezumaba sabor latino.

En 2004 brilló la sorpresa con la publicación del muy apreciable The Nashville Acoustic Sessions, firmado junto con Pat Flynn, Rob Ickes y Dave Pomeroy. Decir que Raul tenía una gran voz no es descubrir ningún secreto, ni tampoco constatar que su versatilidad como intérprete podía quedar limitada en el formato de los Mavericks.

Por eso, un experimento como el que recogía este disco resultaba de lo más interesante: enfrentar al vocalista con un repertorio de versiones, respaldado por una banda acústica integrada por Flynn (guitarra, mandolina, bouzouki), Ickes (dobro y slide guitar), Pomeroy (contrabajo) y Lenny Castro (percusión).

Con este eficaz pero escueto colchón acústico, adaptaba clásicos del folk (Early Morning Rain de Gordon Lightfoot), el country (Weary Blues From Waiting de Hank Williams y Hot Burrito #1 de Gram Parsons), el bluegrass (The Great Atomic Power y When I Stop Dreaming de los Louvin Brothers) y el rock’n’roll (Blue Bayou de Roy Orbison).

No faltaban estándares del repertorio crooner como el Moon River de Henry Mancini y (I Love You) For Sentimental Reasons. Y, además, llevaba a la sonoridad del country-blues el You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go de Bob Dylan y el Bright Side Of The Road de Van Morrison, en una brillante relectura. 

Después publicaría el más discutible You’re Only Lonely (2006), también una colección de versiones, en este caso de Willie Nelson, Randy Newman, Bee Gees y JD Souther, entre otros. “Siempre he sentido que una buena canción puede ser interpretada de muchas maneras”, aseguraba. Pero, desde que empezó, quiso grabar un disco de sonido big band.

Con su cuarto álbum como solista, After Hours (2007), se quitó esa espina. Aquí el repertorio incluía canciones popularizadas por Elvis Presley, Hank Williams, Kris Kristofferson, Dwight Yoakam, Roger Miller, Buck Owens o Jim Reeves, barnizadas con un marcado matiz jazzístico.

Con solo cuatro músicos y el protagonismo de saxo, clarinete y piano, el cantante de voz portentosa flirteaba con el jazz de coctelería elegante, con apasionadas baladas crooner y swing sensual. 

Entre las adaptaciones, destacaban tres: For The Good Times (Kristofferson), Pocket Of A Clown (Yoakam) y un Cold Cold Heart (Williams) a ritmo de jump blues, como si la interpretara Louis Prima. After Hours era un ejercicio de exquisito lounge, y confirmaba a Malo como un superdotado intérprete capaz de adaptarse a cualquier estilo.

Tras After Hours, llegarían el navideño Marshmallow World & Other Holiday Favorites (2007) —donde no faltaban clásicos como Feliz Navidad de José Feliciano o Jingle Bells—, Lucky One (2009) —de nuevo con la coproducción de Steve Berlin— y Sinners & Saints (2010) —con el ‘Til I Gain Control Again popularizado por Emmylou Harris y el Saint Behind The Glass de Los Lobos y colaboradores como Augie Meyers, Ray Benson y Shawn Sahm—.

Les seguirían el directo Around the World (2012) con The Northern Sinfonia —con adaptaciones de Ornella Vanoni, Gilbert Bécaud, Édith Piaf… además de Guantanamera y Bésame mucho— y el doble de versiones Quarantunes (2021) —un proyecto solista iniciado durante la pandemia al que se sumaron otros músicos, además de los Mavericks y The Band of Heathens, “con canciones que nunca antes había grabado”, confesó—.

Paradójicamente para un cantante tan excepcional como Malo, su último álbum fue instrumental: en Say Less (2023), con todos los temas compuestos por él —excepto The Sound of Silence de Paul Simon—, su intención era demostrar su destreza con la guitarra con una gran variedad de estilos, de la cumbia al blues, del surf al spaghetti wéstern. Y lo cierto es que lo logró con creces.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

RAÚL MALO, SE APAGA EL ALMA DE THE MAVERICKS

Ruta 66, 09/12/2025

[Vaya racha llevamos. DEP.]


El mundo de la música americana y latina está de luto tras la  muerte de Raúl Malo, el carismático cantante, compositor y guitarrista de la legendaria banda The Mavericks. Nacido en Miami, Florida, en 1965, Malo se convirtió en una figura insustituible del panorama musical internacional, gracias a su voz profunda con ecos a Roy Orbison, y su capacidad para fusionar country, rock, pop y ritmos latinos con un estilo único e identificable. Malo ha fallecido ayer 8 de diciembre de 2025, tras varios meses luchando contra el cáncer. Su ausencia en los conciertos que se han celebrado recientemente en el Ryman en su honor hacían presagiar lo peor. Y así ha sido.

Más allá de su voz, reconocida por su rango y calidez, Malo era un compositor prolífico y un intérprete magnético. Sus conciertos, siempre llenos de energía, carisma y una elegancia innata, eran celebraciones de la vida y la música. A lo largo de su carrera, recibió múltiples premios y reconocimientos, incluido un Grammy y varios galardones de la Asociación de Música Country (AMC), además de ser ampliamente admirado por su capacidad de mantener la autenticidad y el espíritu original de su música a lo largo de décadas. DEP.

martes, 9 de diciembre de 2025

MUERE EL MÚSICO JORGE MARTÍNEZ, ALMA INDÓMITA DE ILEGALES, A LOS 70 AÑOS

Carlos Marcos

El País, 09/12/2025

[Qué mala noticia. D.E.P.]

Impetuoso, salvaje e inadaptado social, el artista marcó un punto diferencial en el pop-rock español con canciones como ‘Tiempos nuevos, tiempos salvajes’ o ‘Soy un macarra’

Una enfermedad ha tumbado en dos meses y medio a una roca que parecía indestructible. Jorge Martínez, alma y carácter animal del grupo Ilegales, ha muerto a los 70 años. En septiembre anunció que paraba su gira para “someterse a un tratamiento contra un cáncer”. Quedaban en el aire una veintena de conciertos entre septiembre, octubre, noviembre y diciembre. El grupo presentaba su espléndido disco de 2025, Joven y arrogante, y esperaba retomar la gira tras la mejoría de su líder. Pero el cáncer, de páncreas, era más agresivo de lo previsto. Llevaba dos semanas en el hospital, los últimos con grandes dolores. “No quiero vivir esta parte de mi vida”, decía ante el tormento físico. Sus amigos se turnaron para pasar la noche con él. Roberto Nicieza, exbatería de Australian Blonde, pasó la última, la de anoche. “Pensó en música hasta el final. La última vez que hablamos me dijo que había que editar una canción que tenía inconclusa. Y me contó un sueño que había tenido, casi pesadilla para él: un concierto suyo que había sonado mal”, cuenta destrozado por teléfono Nicieza.

Alto, fornido, impetuoso, bocazas, provocador, salvaje, inadaptado social. Todo eso era al que la gente llamaba Jorge Ilegal. También fue un gran músico, un bicho raro en los ochenta, diestro con su guitarra en una época en la que se alardeaba de amateurismo. Por actitud, pocos tan punk como él; por la música, mucho más allá del punk. Sus canciones eran contundentes, secas, pero con un sonido cristalino, arrimado a la nueva ola y con un gusto por la melodía que las alejaba de la ruidosa tropa del punk. Tiempos nuevos, tiempos salvajes; Soy un macarra; ¡Hola, mamoncete! o Agotados de esperar el fin, todas de sus dos primeros discos, forman parada ineludible de los mejores temas del pop español de los ochenta.

Últimamente, Martínez hablaba con frecuencia de la muerte en las entrevistas. “Está bien plantearse de vez en cuando que puedes morir. Yo me lo he planteado, sin miedo, porque soy un indigente en cuestión de miedo”, decía. En marzo de 2025 reflexionaba así en EL PAÍS al hilo del título del último disco de Ilegales: “Joven y arrogante [nombre del álbum] es una postura inherente al rock and roll. La arrogancia no se debería perder nunca. La juventud evidentemente se pierde por una cuestión vital, aunque a mí todavía me queda juventud, y también me queda arrogancia, por supuesto. Cada concierto de Ilegales es lo que debe ser un concierto de rock: un ejercicio de arrogancia. Yo estoy seguro de que lo que estoy ofertando es algo realmente bueno”. Efectivamente, sus conciertos (muy especialmente los últimos) eran de una solvencia sónica apabullante.

Jorge Martínez nació en Avilés (Asturias) en 1955. Procede de una familia de estirpe noble “venida a menos”. “Nunca nos faltó de nada, eso sí”, informaba. Su padre trabajaba de secretario de Justicia Municipal. La radio se convirtió en uno de los mejores entretenimientos de su niñez. Odiaba la copla imperante de la época, pero el pequeño Jorge movía el dial hasta que surgían Elvis Presley, los Teen Tops, Lone Star y sobre todo Los Bravos. Así relató a este periódico el impacto que le causó descubrir Black is Black: “Esta es la canción con la que dije: ‘Quiero dedicarme a la música’. Tendría unos 12 años cuando la escuché. Me quedé impresionado. Ese órgano tan bien puesto, y esa voz tan potente que tenía Mike Kennedy. Yo estaba en un colegio de esos militarizados de la OJE, y los sábados por la noche nos ponían la tele, un programa de actuaciones. Pero no había el más mínimo interés por parte de nosotros en ver el programa. Todos nos íbamos a hacer otras cosas. Pero cuando salían Los Bravos había una expectación total”.

Cuando Jorge empezó a crecer tuvo varios choques frontales con la figura paterna. Todavía con Franco vivo se sacó el carnet de músico, obligatorio en aquella época para actuar, y comenzó a tocar en orquestas. También inició la carrera de Derecho, pero no la terminó. Con 20 años dejó la casa familiar. Su primera banda seria, sobre 1977, se llamó Madson. También formaba parte de ella su hermano Juan. Tocaban rock and roll y en las letras ya despuntaba su estilo provocador. “No fumes marihuana ni esa mierda de hash, sabes que la heroína te coloca más”, decía uno de los temas. Madson no solo tocaban música: también eran aficionados a las incursiones delictivas, pequeños hurtos en farmacias y otras tiendas. Era la época de la reconversión industrial en Asturias: desempleo, pelotas de goma, peleas entre bandas, drogas. Cuando Madson se rompió, Jorge fundó Los Metálicos, que a los pocos meses pasó a denominarse Ilegales. Antes de ese nombre, Jorge propuso este otro que finalmente desecharon sus compañeros: Los Hijos de la Gran Puta. Así se las gastaba. Ya había comenzado la década de los ochenta. Era la época en la que Jorge vestía de mod e iba siempre por Gijón con un palo de hockey, que utilizaba sin miramientos en las frecuentes peleas en las que se metía.

Un actor inesperado se cruzó entonces en el camino del joven airado: el cantautor Víctor Manuel, también asturiano. Con las canciones del primer disco grabadas, ninguna discográfica se atrevía a editarlas. El cantautor Víctor Manuel, una estrella en aquella época, trabajaba para la Sociedad Fonográfica Asturiana. Le llegó la maqueta de Ilegales y tuvo claro que aquella bestialidad de sus paisanos merecía ser publicada. Intercedió con la potente CBS y el primer disco de Ilegales se publicó en 1982.

Despachó 200.000 unidades, una cifra estratosférica para un debut. Son canciones rocosas, nueva ola expeditiva y coreable, gamberradas como ¡Heil Hitler! “Tiempos nuevos, tiempos salvajes. / Toma un arma, eso te salvará”, proclamaban en el tema que abría el álbum. Estéticamente también abrumaban: tres tipos liderados por un armario de casi 1,90 con evidentes problemas de alopecia, cantando bravuconadas y tocando la guitarra con el volumen al diez y con los ojos a punto de salirse del rostro. Ellos mismos definieron su estilo como “música peligrosa”. Eran diferentes: trituraban el festivo concepto pop del momento y resultaban demasiado dotados instrumentalmente para alinearse con el punk. Sacaban un amplio partido al minimalista batería/bajo/guitarra. Además, no había nadie con la arrolladora e intimidante personalidad de Jorge Martínez. Y venían de Asturias, donde la industria musical no hacía parada. Iban, en definitiva, por otro carril.

En el documental sobre el grupo, Mi vida entre las hormigas (2017), el trío señala sin ambages: “La violencia en Ilegales era algo natural. Formaba parte del proyecto”. Eran frecuentes las broncas en los conciertos. Cualquier circunstancia podía producir una buena tangana. Si los punks escupían al escenario (algo habitual en la época), Jorge se lanzaba al público y se liaba a mamporros; si alguien ponía en duda su calidad musical en un garito, ahí asomaba el stick del cabecilla del grupo. Decía que era imposible ser honesto sin hacerse enemigos: “¿Le caemos mal a usted? Pues estoy encantado de que usted sea mi enemigo, porque es usted un cretino”, aullaba.

El segundo disco, Agotados de esperar el fin (1984), acrecentó la fama del trío. Allí se incluía Soy un macarra, un tema en el que no confiaban y que incluyeron a última hora porque el disco se quedaba corto. A la postre, esa canción y esos versos (“soy un macarra, soy un hortera y voy a toda hostia por la carretera”) resultaron ser los más populares de su carrera. En estos primeros años Ilegales amasaron dinero y se lo gastaron según llegaba. La heroína consumió a alguno de los miembros y Jorge debió reformar el grupo en varios momentos, pasando en algunas ocasiones a quinteto.

En los noventa Jorge se convirtió en un recurso para ambientar las tertulias televisivas. Él se dejaba utilizar y los programadores babeaban cuando le veían decir barbaridades: la audiencia subía. Trascendieron casi más sus exabruptos en los medios que su música. Existe calidad en sus álbumes de los noventa, pero va perdiendo frescura por una tendencia a la autoindulgencia. A pesar de que muchas veces su excesivo personaje abrumaba a los interlocutores, los que le conocieron bien destacan un lado tierno que ocultaba cuando se transformaba en Jorge Ilegal. Además de sus estacadas sónicas podía componer canciones realmente delicadas, como Las rosas trepadoras asesinas, Hoy no hay sonrisas o Luminoso viento nocturno, esta última de este mismo 2025.

En 2010 Ilegales anunció una gira de despedida. ¿Se iba a quedar parado este hombre inquieto? No: montó inmediatamente Jorge Ilegal y los Magníficos, un delicioso recorrido por los ritmos latinos de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Pero, como no podía ser de otra forma, Ilegales regresó por aclamación popular en unos últimos años de reivindicación y de buenos discos, como el citado Joven y arrogante.

Coleccionista compulsivo de soldaditos de plomo (tenía una colección impresionante) decía disfrutar viviendo solo. Su refugio era una casa en un pueblo cerca de Oviedo. No tuvo hijos. Cuando se ponía nostálgico hablaba de aquella novia que cayó en la red de la heroína. “Pienso todos los días en ella”, añoraba. Los encuentros que tuvo con este periodista siempre resultaron revitalizadores. Jorge contagiaba entusiasmo. Disfrutaba escenificando cómo sonaba ese modelo de guitarra Fender que se había comprado (“suena… guauuuu”) y aunque con el tiempo atemperó su lado animal, siempre soltaba alguna burrada que hasta daba reparo publicar. Así se le quería a Jorge Ilegal. Vivió como clamó en uno de sus dichos: “Antes morir que perder la vida. El momento es ya”.

lunes, 8 de diciembre de 2025

ROSALIA, EL FALSO PRODUCTO DE FLAMENCO FUSIÓN

Plásticos y decibelios, 06/07/2019

[Cuesta encontrar en internet alguna crítica negativa a este pestilente producto lumpen y reaccionario que el sistema nos intenta vender como el culmen de la música moderna, pero al final encontré este acertado (y un tanto añejo) texto de Plásticos y decibelios de Julián Ruiz. Y es que Rosalía se ha convertido en la banda sonora del nuevo NODO de las decadentes democracias  fascio-liberales del occidente colectivo. Mucho ojo con decir algo en contra: la inquisición de lo políticamente correcto te vigila.]


El alcalde de Valladolid, el socialista Óscar Puente, anunciaba que el cartel para las fiestas de la capital vallisoletana ya estaba cerrado. En el mismo mensaje, un usuario curioso preguntó si iba a actuar  Rosalía . El edil  Puente desveló el caché de la artista catalana, como  primordial explicación de por qué su nombre no aparecía en el cartel.

Y decía:

«Pide 500.000 €. Tú me dirás».

Una cifra que, cierta o no, desató los más ácidos  comentarios.

Lo de Rosalía es sólo el ejemplo perfecto de como se desarrolla el negocio de la música actual. Rosalia no canta un pimiento. Mide mal, se va de tono, una voz impostada , falsa, no sabe nada de música …  Es una «choni» , en el más directo sentido de la palabra . Lo que se dice que es «flamenco-fusión» es simplemente  una patraña, una mierda. 

La respuesta a su descarada fama hay que llegar a través de una pregunta: ¿Qué poder, que marca con muchos millones estás detrás de su brutal lanzamiento?.

La clave es la de un nombre, Rebeca León. De origen latino pero afincada en Estados Unidos, Rebeca se caracteriza por ser una cazatalentos musical con una visión que le permite convertir a pequeños  artistas ,en artistas globales, con mucho dinero bajo cuerda y promesas de giras futuras , porque al artista le hacen un contrato leonino. Les dan mucho dinero por adelantado , pero los convierten en  esclavos de Live Nation , AEG y secundarias.

Junto a Rosalía, Rebeca León también se encarga de la carrera de artistas como J. Balvin y toda la basura actual de la música latina, que ha penetrado brutalmente en la clase media-baja de los Estados Unidos.

Rebeca León fue la directora de la filial latina de AEG, uno de los gigantes de música en vivo, que siempre compitió  con el monopolio de Live Nation. Abandonó la compañía hace un año para dedicarse a su propio negocio, Lionfish Entertainment, de la que se dice que hay una poderosa multinacional detrás, con millones y millones, que quiere recuperar más pronto que tarde el dinero que han invertido con Rosalía, que se dice que la cifra ronda los seis millones de euros.

¿Quién está detrás de la mediocre Rosalía? Es posible que sea la propia  AEG, ese monstruo que hace las giras de los Rolling Stones.

AEG fue cofundadora de la Major League Soccer y ha sido dueña de múltiples equipos de fútbol: Los Angeles Galaxy y Houston Dynamo en la actualidad, y anteriormente Chicago Fire, Colorado Rapids, D.C. United, New York/New Jersey MetroStars y San Jose Earthquakes.

También es dueña de los Los Angeles Kings, Manchester Monarchs, Eisbären Berlin y Hamburg Freezers de hockey sobre hielo, organiza el Tour de California de ciclismo, y tiene acciones en Los Angeles Lakers de baloncesto. Anteriormente, AEG tuvo acciones en la promotora de boxeo Golden Boy Promotions.

Fue la empresa que le dio a millones a Michael Jackson para que volviera  actuar, antes de actuar en el O2. Lo que provocó el fatal  stress de Jackson y su muerte.

Un inteligente A&R, un director artístico de antaño, de las antiguas compañías de discos, jamás hubiera fichado a Rosalía por muchos motivos. No es la Pantoja. Ni siquiera Lola Flores,  pero ahora llega el  negocio del «latinismo» en los Estados Unidos.

Todo empezó con Ricky Martin y, ahora, es una legión de cantantes mediocres y sin ninguna credibilidad.  Música basura, de fusión, de reggaetón, sin fuste, sin  talento.

jueves, 4 de diciembre de 2025

BREVE ESTUDIO ACERCA DEL BARROCO POP

Grace Morales
Jot Down, diciembre 2025

e aquí lo que muchos llamarían la cumbre del rock y del pop. Por encima de tres acordes y un acompañamiento básico —guitarra eléctrica, bajo y batería— estarían aquellas grabaciones de músicos de rock y pop en las que encontramos el sonido primorosamente producido de cuartetos de cuerda —dos violines, una viola y un violonchelo—, con pianos, cítaras, arpas, laúdes, sítar, clavicordio, saxofones, trompetas… a veces, hasta puede desaparecer el acompañamiento básico. Como en la canción de Paul McCartney que compuso para su grupo, los Beatles, en 1965. Tras muchas vueltas, la grabaron en el elepé Help!, perdón, la grabó Paul con una guitarra y un cuarteto de cuerda. Sus compañeros estaban pelín hartos de la canción, porque Paul se obsesionó con ella, no paraba de tocarla en el piano y la canción no tenía letra, todos la conocían por «Scrambled eggs» (Huevos revueltos). George Harrison decía: «Se podría decir que era Beethoven o algo por el estilo». Bueno, en algo así se convirtieron cuando le puso el título definitivo. En 1965 ya eran más que un grupo de pop, pero esta canción transformó su carrera, a pesar de que no salió en single en Inglaterra, porque los otros Beatles se negaron. A Paul le encantaba, pero los demás manifestaron su rechazo por aquella balada triste y llena de sentimientos evocadores. A pesar de eso, es una de las canciones que más veces se han versionado, por artistas de todo tipo, especialmente melódicos, sin nada que ver con el pop. Y a pesar de eso, «Yesterday» fue lo que es por el arreglo de cuerda que tiene, resultado de la labor de su productor, George Martin, sin pegar nada en el disco, ni ser tocada en directo por ellos, ni nada.

Pero aquí no quedó la cosa. Al año siguiente, y esta vez apoyada por todos los Beatles, Paul escribió una balada demoledora sobre la soledad, que fue incluida en su elepé Revolver (probablemente el más señalado de cuantos grabaron, en mi opinión). Ya estamos en la psicodelia y en este disco hay muchos ejemplos, desde la mismísima portada, pero «Eleanor Rigby» va un paso más allá, pues está grabada nada menos que con un doble cuarteto de cuerda, dirigido y orquestado por George Martin, que tenía una formación musical académica. También está incluida «Got to Get You into My Life», que se presenta adornada por una sección de viento, fanfarria incluida, metales muy a lo Stax, y una letra, ejem, dedicada a la droga.

Los Beatles continuaron en esa deriva de grandeza que los llevó a lo más alto que jamás había estado alguien en el siglo XX con un grupo de guitarras, bajo y una batería, y volvieron a hacer otra demostración de barroquismo extremo con «A Day in the Life», canción que cerraba su Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, composición de Lennon-McCartney —mejor dicho, composiciones, una canción de cada uno que fue unida en una sola—, acompañado el grupo por una orquesta, que hacía crescendos paulatinos, y terminaba la canción con un acorde sostenido de piano. Se considera la obra definitiva de los Beatles. Y con eso está todo dicho.

Por poner un inicio del barroco pop, lo pongo por tanto en los Beatles, como grupo que dio el pistoletazo de salida. Una música con deseos de tramar un sonido más superior al del pop simple. Pero no fueron los únicos. En USA, Phil Spector estuvo siempre obsesionado en conseguir un sonido «bigger than life» en sus producciones, utilizando para ello una técnica conocida como «muro de sonido», consistente en grabar multitud de instrumentos y en aplicarles efectos de reverberación y eco. Este sistema fue especialmente señalado en los discos de The Ronettes, The Crystals y Ike & Tina Turner, que han quedado como joyas inmortales de la música en los sesenta.

En 1966, seguimos en USA, pero ahora estamos en California. Durante el año anterior, Brian Wilson está inmerso en la composición y producción del elepé nº 11 de los Beach Boys. El disco anterior, The Beach Boys Today!, había sido, además de un gran éxito, un cambio de rumbo en las canciones que llevaban haciendo. Ya no había chicas a bordo de coches, ni sobre tablas de surf. Eran temas adultos, casi desgarradores («Let Me Wonder», «When I Grow Up (To Be a Man)»); en este último suena un clavicordio. Ya encerrado en su estudio —había dejado las actuaciones, después de su primera crisis nerviosa—, allí estuvo componiendo junto con Tony Asher y diseñando un nuevo disco. Cuando digo nuevo, me refiero a eso. Pet Sounds es un elepé completamente nuevo, tiene voluntad conceptual (como la había tenido Rubber Soul de los Beatles) y un desfile de instrumentos impresionante: viola, tamborín, saxo, clarinete, flauta, trompeta, mandolina, theremin eléctrico, clavecín, ukelele, órgano, vibráfono, tímpano, trombón… alguno de ellos interpretados por la conocida como Wrecking Crew, además de añadir sonidos de bocinas, timbres de bicicleta, botellas de bebida y los ladridos de los perros de Brian Wilson. Todo el disco está producido mediante capas y capas de sonidos, que ponen en paralelo a Pet Sounds con una obra sinfónica, experimental y de vanguardia absoluta. Cualquier cosa parece este disco, menos un elepé de pop o de rock. ¡Y son los Beach Boys!

Hasta los Stones tienen aportaciones al barroquismo psicodélico. Tras «Lady Jane», recogido en Aftermath (1966), y Between the Buttons, con canciones como «Ruby Tuesday», tenemos el sensacional elepé del mismo año, sexto del grupo, Their Majestic Satanic Request. Aquí abandonaron el blues (bueno, no del todo) y metieron la cabeza en nuevos sonidos y ritmos. Sobresalen el melotrón, el theremin y un montón de arreglos de cuerda, aportados por John Paul Jones (además de ser el bajista de Led Zeppelin, es un multiinstrumentista de gran renombre). Aparte de ruidos y sonidos experimentales, estática de radio, etc. Es también el último disco de los Stones en el que participó Brian Jones antes de su muerte, que también aportó cantidad de instrumentos africanos. Tiene canciones memorables, sobre todo «She’s a Rainbow», obra cumbre del pop barroco. La portada también es memorable.

Otros que se internaron en el barroco pop, con resultados espectaculares, fueron The Kinks en el año 1967 y 1968. El elepé fue compuesto por el líder de los Kinks, Ray Davies, The Kinks Are the Village Green Preservation Society. El disco es conceptual: son canciones compuestas en memoria de las aldeas, de los village green que proliferaron en Inglaterra desde la Edad Media, como el sitio donde se criaron los hermanos Davies y como símbolo del paso de la vida, preimaginando la gentrificación actual. En lo musical, tiene arreglos de orquesta en la primera canción, y las del resto —arreglos de cuerdas y viento— fueron simuladas por un melotrón. Los temas son preciosos, Kinks en estado puro, pero pasados por un tamiz psicodélico y barroco.

The Left Banke. Americanos de Nueva York, decían de ellos que hacían «Bach-rock». Se formaron en 1965 y dejaron dos hits para esta música: «Walk Away Renée» y «Pretty Ballerina». Sus formidables arreglos vocales estaban inspirados en los de los Beach Boys y Beatles, pero eran más increíbles si cabe.

Love. El caso de este grupo sobrepasa los límites del barroco pop, y de todo lo que se diga, pues lo que dejaron grabado es una mezcla tal de pop orquestal con elementos de jazz, blues, funk y flamenco, que crearon un lugar especial solo para ellos en el amplio mundo del rock. Su obra maestra, Forever Changes, así lo demuestra.

Spanky and Our Gang. Liderados por Elaine «Spanky» McFarlan, su nombre fue puesto en homenaje a las comedias de los 30, Our Gang, por la similitud del nombre de Elaine con el de Spanky (nosotros las conocimos, más tarde, como Little Rascals). Tres sencillos llegaron a lo más alto de las listas americanas, sobre todo «Sunday Will Be Never the Same», «Make It Every Count» y «Lazy Count», por su orquestación de cuerda y los arreglos vocales.

Honeybus. Mala suerte tuvo este genial grupo inglés, que se formó en Londres en 1967. Estaba compuesto por el compositor Pete Dello y el bajista Ray Cane al principio. Grabaron con Deram dos singles, «Do I Figured in Your Life» y «Delighted to See You», que eran dos tiros enormes, pero no encontraron el éxito que merecían. Al año siguiente, su siguiente disco llegó a las listas: el maravilloso «I Can’t Let Maggie Go», y parecía que iban a ser alguien en el pop, pero la aversión que tenía Dello a las galas lo hizo dejar el grupo, y fue Ray Cane quien se encargó de componer. Es un grupo delicioso, con armonías vocales, arreglos orquestales y las canciones, inspiradísimas.

La lista de grupos que se apuntaron a esta corriente es muy larga. Tenemos a grupos muy conocidos, como los Bee Gees, que comenzaban su quinto elepé de 1968, Idea, con la monumental «Let There Be Love»; Donovan, que metió una orquesta en «Lalena»; o Elton John, que cambió el piano en su disco de debut de 1969, Empty Sky, por un clavicordio en «Skyline Pigeon»; hasta solistas más minoritarios, tales como el maravilloso Roy Wood, quien dejó en su primer elepé, Boulders, la bella «Dear Elaine». The Turtles se beneficiaron de los arreglos del bajista Chip Douglas en sus exitosos singles («Happy Together»), tanto, que Michael Nesmith, impresionado, de los Monkees le fichó para su grupo. The Zombies no tuvieron la suerte que merecían, a pesar de haber grabado maravillas como «Care of Cell 44» o «Time of the Season» en su elepé Odessey and Oracle. La lista no se acaba.

El pop barroco en España

Pues sí que lo hubo en los últimos sesenta. Puede parecer un contrasentido, pero es cierto que productores y compositores españoles se dedicaron a realizar temas influidos por la moda que venía de Inglaterra-USA. Y los grupos, a cantar y tocar melodías preciosas, vestidos algunos con una moda de la época mezclada con la del siglo XVII. Hay, para quien quiera hacer una labor de búsqueda en tiendas y mercadillos, toda una colección de singles con portadas increíbles. Para los que no, hay recopilaciones, por ejemplo, Papagayo! (The Spanish Sunshine Pop & Popsike Collection) (Toytoon Recordings, 2007). La realidad es que la mayoría de los grupos que eran algo, y los solistas más o menos conocidos en aquel tiempo, practicaron este estilo en España. Algunos ejemplos:

Pop-Tops. Este grupo madrileño, formado por músicos de relumbrón, que tenía como cantante a Phil Trim, nacido en Trinidad y Tobago, con una preciosa voz soul, grabaron en 1968 la que fue su primera canción de éxito mundial: «Oh Lord, Why Lord!», producido por Alain Milhaud. Y fue la primera canción pop inspirada en el Canon de Pachelbel. La portada del single era de no creérsela, pues se veía a los seis Pop-Tops ataviados con auténticos trajes victorianos, sosteniendo instrumentos tradicionales. En vez de pelucas, lucían unas melenas muy cuidadas. En la cara B incluyeron «The Voice of the Dying Man», una canción basada en un fragmento de la Pasión según San Juan, de J. S. Bach.

Los Brincos. En su elepé más famoso, Contrabando (1968), lleno de canciones increíbles, hay varios ejemplos de pop barroco. Entre canciones clásicas del grupo, podemos encontrar «Big Temptation», «So Good to Dance», «El domingo», «Apolo» o «Gracias por tu amor», con orquestas de este estilo. Fue un intento de entrar en las listas inglesas, como habían hecho los Pop-Tops, pero los de Fernando Arbex no lo consiguieron. Y, además, los Brincos fueron adelantados al barroco, componiendo en 1966 para la cantante Adriángela la canción «Porque nunca se contó».

Los Bravos. Estos sí que llegaron a las listas inglesas y también grabaron alguna canción, como «Baby, I Love You» (mezclando los coros orquestales con olés de plaza de toros —ni los Gabinete se atrevieron con tanto—).

Los Banzos. Grupo vallisoletano que facturó tres singles con Polydor de gran calidad, pero de escasa repercusión. El primero, «Margarette» / «Quiero creer», es un disco muy inspirado. Juan Carlos Calderón le adorna con arreglos de viento y cuerda. El segundo, «Vacío» / «El rostro perdido», el mejor de los tres singles, también con arreglos de orquesta, juegos de voces a lo Beatles. Y el tercero, «El barco de papel» / «Regreso», con unas voces tremendas. No llevaban disfraces, pero en la portada del segundo single salían asomados a un claustro medieval. Brillante grupo.

Los que sí iban disfrazados eran Os Duques, portugueses que vivieron temporadas y grabaron en España, como el EP Tus viajes (1966), versión de «Ticket to Ride». Aunque estos eran más psicodélicos.

El revival en los 90

Esta música quedó acallada durante las décadas de los setenta y los ochenta por los sintetizadores y las cajas de ritmos (con algunas excepciones, véase Kate Bush, la ELO). Pero hacia los noventa del pasado siglo, el pop de cámara volvió en serio, con artistas como Belle and Sebastian (llevan desde los 90 teniendo éxito comercial haciendo pop barroco, sobre todo en la primera mitad de su carrera; luego, los discos han revelado mayor influencia de la música disco y el funk), Tindersticks (inclasificables, pero haciendo gala de unos arreglos orquestales que vienen del soul o del jazz, y la voz de barítono de su cantante, Stuart Ashton Staples. Llevan desde los años 90 en activo, fuera del canon de la música pop inglesa), High Lamas (los discos del colectivo irlandés-inglés se volvieron hacia las texturas, los motivos repetitivos y largos pasajes instrumentales), The Divine Comedy (indispensable su disco Absent Friends) y Rufus Wainwright (compositor y autor de canciones llevadas a los discos de forma teatral), entre otros muchos. Y ya entrado el siglo XXI, con Anohni and the Johnsons (escuchen, si no lo conocen, sus tres primeros elepés, y las colaboraciones con Lou Reed), Decemberists (grupo indie de Oregón, que llegaron a actuar en el Hollywood Bowl, acompañados por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y junto a la Orquesta Sinfónica de Atlanta en el legendario Chastain Park). Andrew Bird incorporó a su carrera indie el violín, que había aprendido a tocar en el conservatorio. Lo mismo hizo Joanna Newsom en el 2000. Ella es una música rock que construye sus arreglos sobre su arpa y las sensibilidades folk que la han marcado. E incluso Scott Walker volvió en 2006 con un disco orquestado, The Drift.

Elf Power son un miembro central del colectivo Elephant 6. Procedentes de Athens, Georgia, sus discos llevaron el pop barroco a una estética lo-fi. No tienen esa grandeza de las bandas de los sesenta, pero incorporan arreglos de orquesta a su grupo de rock.

Por útlimo, Cardinal. Dúo formado por el americano Eric Matthews y el australiano Richard Davies, que organizaron un pop de cámara en compactos y fácilmente accesibles fragmentos que podían pegar dentro del indie. Los álbumes en solitario de Matthews y Davies también han demostrado las posibilidades del indie pop orquestado.

MUERE STEVE CROPPER, EL MEJOR GUITARRISTA DE LA HISTORIA (CON PERMISO DE HENDRIX)

Claudio Tornamira

El Independiente, 04/12/2025



Steve Cropper, histórico guitarrista de Booker T. & the MG’s y uno de los arquitectos del soul de Memphis, ha fallecido este miércoles a los 84 años en Nashville. La noticia fue adelantada por Variety y confirmada por su hijo, Cameron Cropper. Su nombre queda asociado a un modo de tocar –seco, preciso, ajeno a virtuosismos innecesarios– que ayudó a definir una corriente del soul que aún hoy se reconoce al primer compás.

Cropper fue guitarrista, productor y compositor decisivo en el desarrollo de Stax Records, el sello que impulsó una identidad musical opuesta a la pulcritud de Motown. Mientras Detroit apostaba por el brillo, los arreglos de cuerda y la elegancia pop, Stax articuló un sonido más crudo, nacido en un estudio instalado en un viejo cine del barrio de Soulsville, en Memphis. Allí, blancos y negros grababan juntos en plena segregación, con Booker T. & the MG’s como núcleo creativo y sección rítmica residente. De esa convivencia surgió un lenguaje propio: bases concisas, riffs repetidos, silencios y una producción espartana. Cropper fue una pieza central de esa economía del groove sin adornos ni notas gratuitas.

El soul interracial de Stax

Ese enfoque se escucha en Green Onions, con su órgano serpenteante y la guitarra afilada de Cropper; en Soul Man, donde su entrada punzante sostiene la llamada enérgica de Sam & Dave; y en quizá la más conocida de todas Sittin’ On The Dock of the Bay, donde sus acordes caen con la quietud de una respiración contenida. También en composiciones firmadas junto a Otis Redding, Wilson Pickett o Eddie Floyd. Eran canciones construidas desde el ritmo, repetidas hasta el trance, sin artificio. La influencia se percibe hoy en el funk, el rock sureño y en los cimientos del hip-hop, que ha sampleado Stax hasta convertirlo en una biblioteca rítmica permanente.

Booker T. & the MG’s no fueron solo banda de estudio: grabaron, giraron y más tarde regresaron en diversas etapas entre los 70 y los 90, acompañando a Bob Dylan, Neil Young o John Fogerty, entre otros. En 1996, tal y como señala el New York Times en su obituario, la revista Mojo lo situó como el segundo mejor guitarrista de todos los tiempos, solo por detrás de Jimi Hendrix. Su estilo, ajeno a la exhibición, hacía que las canciones respiraran. Como él decía, tocaba lo necesario y nada más.

El Coronel de los Blues Brothers

Tras abandonar Stax en 1970, Cropper mantuvo una carrera prolífica como músico de sesión y productor. Su popularidad se multiplicó en los años 70 y 80 con The Blues Brothers, el proyecto musical de John Belushi y Dan Aykroyd. Allí encontró un escaparate masivo y una nueva generación de oyentes. Participó en discos, giras y películas –incluida la secuela de 1998– y adoptó en pantalla el apodo con el que ya lo conocían sus compañeros: El Coronel

Nacido en 1941 en Missouri y trasladado a Memphis a los nueve años, a los 14 compró su primera guitarra por correo. Con Donald “Duck” Dunn logró un primer éxito con Last Night en 1961. Poco después, en una jam de estudio nació casi por accidente Green Onions.

En 2005 fue incorporado al Songwriters Hall of Fame. En sus últimos años siguió grabando, tocando en directo y colaborando con artistas de generaciones distintas. Su trayectoria reapareció con detalle en documentales y series dedicadas al legado de Memphis, y su figura se mantuvo como referencia para guitarristas que buscaban menos velocidad y más sentido del espacio.